6 de diciembre de 2010

Cuatro perros hicieron justicia

Después de dos embajadas, después de una carta escrita a máquina en papel de hilo y de tres o cuatro sobresaltos de teléfono, tuve que decidirme a decir que sí.

Por la tarde, a las seis, el coche se detuvo a mi puerta y antes que yo tuviera tiempo de ponerme los puños limpio. ¡Qué fastidio! Los gemelos no entran; el pañuelo no se encuentra; los zapatos están sucios... Pero ¿no lo sabe también él que soy pobre y plebeyo?... Bueno, vamos.

El coche partió, rodó saltando melancólicamente sobre las pocas piedras que el barro no había sepultado todavía; enfiló callejas de suburbios, recorrió con monótona lentitud anónimos paseos de barrios nuevos; cruzó un paso a nivel, se acercó al campo. Llovía con decidida regularidad, como si hubiera llovido siempre, desde el principio del mundo. Algunas luces rojas entre la niebla, a través de los vidrios empañados. Conmigo, en el coche, había dos hombres, pero yo no les hacía caso. No podía soportar el sonido de sus palabras; prefería escuchar el chirriar de la grava que se rompía bajo las ruedas. Sentía que se trataba de él, de su villa, de su riqueza, de su mujer, de su porvenir, de un poema largo, eternamente, místicamente y sociamente largo..., un Mahabha-rata americano, una Biblia del año 4000, de cuando nosotros seremos también medievo. Pero el fastidio de la lluvia era mejor que todas las más ultraterrenas visiones. El caballo trotaba despacio; luego se detuvo; después se puso al paso. Tenía que remontar una subida; el hombre bajó del pescante y su sombra, con un látigo bajo el brazo, pasaba y repasaba por delante de la portezuela. Reconocía la calle: las cancelas negras, altas, macizas, a través de las cuales había olido las enormes rosas y había azuzado a los perrazos blancos; muros goteantes, desconchados, remendados de verde, con la cal mojada y los vidrios en punta en lo alto... Era mi campo: ¡paseos solitarios de los diecisiete años, idilios con la nada, perfume de violetas apenas abiertas, deseos que nunca fueron cantados!

Habíamos llegado. ¡Qué fastidio! He aquí la puerta abierta de par en par: el camarero mira con ceño de carcelero, pero si no sonríe es porque no lleva bigote. Entramos en el patio. «¡Bonito, grande, hermosísimo! Y aquellas columnas de allí, ¿estaban antes? ¡Qué buen gusto!» El Intérprete sugiere la admiración y da, sin ser solicitado, todas las explicaciones posibles. Henos en el guardarropa: todo pequeño, todo mono, todo limpio. La camarera acude: ¡También ella! «Deme el paraguas, deme el gabán.» ¿Y luego? ¡Qué maravilla verme en americana, en simple americana! ¡Y ni siquiera es mía!

Un camarero se acerca con un cepillo con la idea de limpiarme los zapatos. «No, amigo mío -le respondo entre mí-, ¿no sabes que soy plebeyo como tú y que me gusta andar con mis piernas, que son piernas de hombre, más que con las de los animales?» Pero, para no gastar demasiadas palabras, retiro los pies y me encamino hacia la antecámara con los zapatos enfangados y las manos más nerviosas que de costumbre.

El Intérprete nos empuja hacia el salón. Divanes rojos, sillitas de encina, vírgenes apócrifas y doradas, muchas luces eléctricas y alfombras de Siria. Miro a mi alrededor: ahora somos cuatro: yo y el Apóstol, y luego el Intérprete y el Anticuario.

¿Qué he hecho para estar aquí? ¿Por qué he venido? ¿A quién esperamos?

Para calmar mi impaciencia, pongo las manos sobre un librazo cubierto de un cuero viejo pelado. Todavía hay trazas de oro en la encuademación. Abro un broche de latón, pero entonces se levanta un tapiz y entra, majestuoso, pero esbelto, nuestro huésped, mister Dayson en persona. Es la primera vez que lo veo: tendrá unos cincuenta años; la barba gris, la frente despejada, una corbata blanca bajo la barbilla, las manos enormes. Es un buen muchacho: se ve en seguida. Grandes apretones de manos y muchos: How do you do? y: I am very glad...

Nos sentamos en un arcón esculpido, negro, más alto que las demás sillas: mister Dayson, en medio; yo a un lado, y el Apóstol al otro. Sobre nuestras cabezas cuelga, a guisa de cómico castigo, el retrato de mister Dayson realizado por un tal Whistler que no se avergüenza de él. ¡Hablemos! Pero ¿de qué? El señor Dayson sabe el italiano como yo sé el americano, es decir, muy mal. Él deglute el principio de una pregunta italiana, yo balbuceo la mitad de una respuesta inglesa. Pero ¿no está el Intérprete? Helo aquí todo sonriente, con la cara pálida a fuerza de lavársela, con la camisa blanca, vestido de negro, gesticulando a saltos como un autómata de sastrería, todo feliz de hacer de intermediario entre los hombres. Así empezamos una seria conversación: los nombres de Kant, de Nietzsche atraviesan el aire pesado del salón, que huele a radiador y a rosas. ¡Oh aire húmedo y libre que se respira entre los olivos mojados! Han dicho a mister Dayson que yo soy filósofo y él me tortura con su filosofía. Habla despacio, sentencia, sonríe, mira a su alrededor, interroga con sus ojos grises, se detiene para repetir sus argumentos; el Anticuario lo acompaña con una mueca sardónica, pero el Intérprete sonríe extasiado como un ángel de porcelana, como un pequeño Buda. Siento que me pasan por la cara tufaradas de revista semanal de Boston. Estamos en Schelling, hemos llegado a Mazzini. También los mártires de barbas blancas son profanados entre una sonrisa y otra, ante las alfombras de Esmirna. Me levanto: ya no puedo más.

¿Por qué me han llamado a esta villa florentina enjalbegada, refaccionada, restaurada, repintada, arreglada, alfombrada y renovada por el gusto americano? Me habían llamado para comer, y en cambio charlamos sin libertad. Por fortuna, se oye un rumor: la señora, mistress Dayson, aparece. El marido es el primero que sale a su encuentro, parece que la acaricia con sus grandes ojos grises de buey. Mistress Dayson se ha puesto guapa: ¿para quién? Es una mujer, ¡ay de mí!, en los últimos límites de la juventud. Un año más, dos y ya no podía decir que cumplió treinta y cinco el mes anterior. Es alta, va vestida de blanco; escotada, pero no demasiado; dos hileras de perlas le recogen los cabellos. Nos mira desde lo alto de sus ojos de turquesa como si fuera una reina. Y yo también la miro: su piel ligeramente agrietada, hipócritamente arrugada, me da casi piedad. Sin embargo, es preciso también inclinarse ante la reina. El elegantísimo Intérprete se precipita para traducir los necesarios cumplidos.

Los míos se reducen a unas simples «Buenas noches». Entonces mister Dayson, que se ha dado cuenta tal vez de mi triste salvajismo, me toma del brazo y me lleva a ver las maravillas de la casa: ante todo, las del salón.

-Esa copa de mármol es del tiempo de Fidias -afirma la vocecita eunuca del Intérprete, que nos sigue como un perro-; estas telas son indias; estos vasos son de la Magna Grecia; estos platos azules los he comprado en Persia; esta extraña estufa de hierro proviene de Siberia; esta Sagrada Familia es de escuela veneciana; este mar pintado es del célebre Serra, y aquel busto es del siglo XV, y aquel puñal...

¡Oh, el bonito puñal damasquinado, con su vaina cubierta de terciopelo rojo, con su hoja bien afilada y su punta bien puntiaguda! «¿Por qué -pienso- este señor Dayson no mata a su mujer con ese puñal? ¡Una bonita muerte de estetas, en una villa de Fiésole, en una fría noche de febrero!» Pero el señor Dayson no está satisfecho: es preciso seguirlo hacia arriba, a las otras habitaciones. Subimos la escalera, muelle y silenciosa por las alfombras; atravesamos salitas y salones con muebles secesionistas e imitaciones del siglo XVI; galerías con sólidas columnas de estilo toscano, y luego largos pasillos con aguafuertes en las paredes, y grandes despachos con libros por todas partes, libros bien encuadernados, limpios, intactos: libros no leídos. Pasamos a la habitación del matrimonio; subimos más. Encontramos otro gabinete, otra galería, luego una terraza cubierta, con sillas de mimbre, sillones inmensos, divanes sultanescos, bustos de mármol severos e insignificantes. Este es el santuario de mister Dayson; el último reducto de su vida, su pensador de gala. Ya que mister Dayson no es un hombre corriente, no es simplemente uno de los muchos americanos que vienen a Italia para hacer de señores con poco dinero. Es un hombre de letras, un apóstol, un escritor, puedo incluso decir un poeta desde el momento que esta palabra se ha concedido a todos los que hacen versos, e incluso a los que no los hacen. Es preciso saber, en suma, que mister Dayson es, como todos los hombres ilustrados de su tiempo, un socialista, pero no un socialista común o vulgar, sino uno de aquellos que pronuncian discursos en salas bien caldeadas, que imprimen libritos con cubierta roja y hacen a sus hermanos, no ya el sacrificio de su vida -son pacifistas incluso dentro de sus paredes domésticas-, sino aquel bastante más pesado de algún centenar o millar de monedas de cinco francos. Mister Dayson es, en suma, un socialista presentable, un socialista de lujo. Si se hubiera quedado en su país sería jefe de algo, tal vez de un ejército, de un partido, de una iglesia, pero él ha preferido, como Washington, retirarse del campo de sus hazañas. Él sabe que el mundo espera muy otra cosa de él y no quiere defraudar a la humanidad. Por eso ha tomado a su mujer y a sus millones y ha venido a Italia, a curarse el corazón y a componer un poema en cincuenta cantos. Mientras los trabajadores se fatigan con los martillos y bajo tierra, él se tumbará en una aireada galería italiana a componer cuartetas para anunciar la futura edad feliz. A cada uno su misión, la suya es cantar la revolución después de haber deglutido una buena comida bajo los artesonados de un techo del siglo XVI.

Ahora yo escribo estas cosas con cierta calma, pero cuando mister Dayson me arrastraba de cuarto en cuarto y de galería en galería, con el frívolo Intérprete a la espalda, me encontraba tan mal como si hubiese tenido una serpiente alrededor del pecho.

«¡Pedazo de sinvergüenza! -decía entre mí-. ¿Tienes el valor de escribir en las revistas rojas y de querer salvar al pueblo? ¿Y estás aquí, en una casa que te cuesta medio millón, con siete criaturas humanas a tus órdenes y varios millones en tus cajas? Y, no contento con esto, vienes aquí, a mi casa, sobre la más dulce colina toscana, en medio de mis olivos, en medio de los cipreses, en una villa de mi pueblo, en una bella y sólida casa que tú ensucias y ofendes con tus espantosas mezclas anticuarias y neoyorquinas. ¡Fuera de aquí, mala bestia, fuera en seguida!»

Creo, en serio, que si el código no castigara el homicidio habría agarrado por el cuello a mister Dayson y no lo hubiera dejado hasta que hubiese oído caer su cabeza sobre la alfombra. Tal vez tuve un estremecimiento de presentimiento, porque se apresuró a volver a bajar al salón. Desde el salón quiso por fuerza que pasara al jardín. Las galerías de la casa se iluminaron. Fuimos a tientas bajo la lluvia hacia una gran terraza que avanzaba como el espolón de una fortaleza en dirección al valle.

-Desde aquí -decía con aire de triunfo mister Dayson- se ve toda la Toscana. Allí Vallombrosa, allí Pisa, allí los montes Apuanos, y por esta parte Mugello y Vallarno, un poco de Casentino: toda la Toscana.

No se veía nada -sólo densos perfiles negros a través de la niebla y de la oscuridad-, pero yo lo veía todo: veía mi tierra divina con sus ríos de plata y sus casas color de sol y sus montes azules encipresadosr toda mi tierra a los pies de este intruso filántropo barbudo. No, no y no: decía mi corazón. Pero a mi alrededor todo estaba oscuro y frío. Ninguna voz respondía a mi rabia. ¿Dónde estaban los dueños de este país? ¿Nadie gritaba?

Una mujer nos llama a través de la niebla, desde el límite rojo de la luz. Entramos de nuevo en la casa. ¡Valor!

Gracias a Dios, anuncian que la cena está servida. Mister Dayson me da el brazo; el Anticuario se pone a disposición de la señora; el Intérprete menea la cola, y el Apóstol viene el último, más ceñudo y neurasténico que nunca. Me encuentro sentado ante una gran mesa dispuesta; delante de mí hay cinco vasos, dos platos, dos tenedores a un lado y dos cuchillos a otro. Pienso en cuando como en el campo, solo, con dos lonjas de jamón en un papel amarillo, un pedazo de pan; diez dedos como manteles y el cielo y los pájaros sobre mi cabeza.

A mi lado hay una mujer que hasta ahora no había visto: es una dama de compañía de la falsa reina, la secretaria del señor, tal vez la maestra del chico. Es una señorita prusiana que habla siempre inglés y alguna vez italiano. Tal como está, bastante descotada y con dos valientes ojos meridionales, es la mujer más mirable de la casa.

Mientras tragaba con alguna incertidumbre una pasta harinosa que recubría apenas el fondo de un gran plato sopero con flores seudocampesinas, mister Dayson reanudó la conversación. Los nombres de Fichte y de Engels resonaron una vez más en medio del gorgoteo y del chirriar de las palabras transatlánticas. La corbata blanca ondulaba y se hinchaba bajo la barbilla del elocuente anfitrión. La señora callaba y admiraba; el Intérprete reía, asentía y traducía; el Anticuario comía con su lustrosa cabeza inclinada; el Apóstol confiaba al oído de la prusiana los nombres difíciles de poetas mal traducidos. La rabia me hacía más silencioso que nunca. Contestaba que sí y que no y, contra mi costumbre, comía poquísimo. Pero los cinco vasos pequeños y grandes puestos delante de mí no me intimidaban: bebí vino blanco y vino tinto, vino alemán y champaña francés, con la firme intención de calentarme y dar un escándalo. La conversación seguía. Mister Dayson correteaba como una liebre por la historia americana. El pobre Emerson fue sacrificado en pocas frases; el gran Walt Whitman apareció un momento y sufrió su tirón de orejas; Lincoln y Thoreau salieron de la sombra y aparecieron bajo su verdadera luz de precursores de mister Dayson. Y dado que yo bebía, bebía también él. Iban pasando pedazos de asado, montañas de zanahorias, papas sin aliñar, panecillos sepultados en cándidas salsas compactas, apios crudos, pajaritos transfigurados, aceitunas en vinagre y almendras saladas; pero el señor Dayson no les hacía caso. Él bebía y hablaba, y la revolución social espumeaba en sus palabras como en una copa de champaña. Yo lo entendía a medias, pero sudaba lo mismo que si lo hubiese entendido. Una frase ingeniosa del anticuario desvió por un momento la conversación, y hasta la reina se dignó decir algunas palabras entre el Intérprete y el Apóstol. Pero el señor Dayson volvió a tomar la palabra y ya no la soltó.

Bordeamos la más alta metafísica: ni siquiera la llegada de un gran dulce de chocolate interrumpió una inconveniente comparación entre Platón y Longfellow. Improvisamente, sin embargo, mister Dayson dejó la filosofía. Estábamos al final de la comida y de las botellas: en el momento orgiástico del bajo optimismo filisteo.

-Hay tres cosas -anunció mister Dayson en voz alta y satisfecha en medio del silencio de todos- que me hacen confiar en el mundo. La primera es ésta: que no existe en el mundo una criatura tan perfecta como la señora Dayson; la segunda es que los derechos de las masas proletarias son reconocidos por aquellos mismos que deberían negarlos; y la tercera es que no veo por ninguna parte a nadie que se me parezca.

Y dicho esto, otra copa de champaña. La reina sacudió con aire compasivo su cabellera amarilla emperlada, pero se veía que estaba en el colmo de la felicidad; el intérprete rió con aquella risa suya a saltos, con aquella risa mecánica made in Germany. Los otros contemplaron el gran jarro lleno de muguetes que había en medio de la mesa y no tuvieron el valor de reírse. Yo ya no podía más.

Me levanté en medio de la sorpresa general: sentía que la cara me ardía. Miré a mister Dayson a los ojos: él abrió la boca, tal vez para preguntarme qué me pasaba, pero en aquel momento se oyó ladrar un perro. El señor Dayson agarró la ocasión por los pelos y exclamó:

-¡Mis pobres perros! Esta noche no los he hecho entrar. ¿Quiere ver mis perros?

Y así diciendo se levantó también él y corrió a la puerta. Yo me dejé caer en la silla, humillado y molesto por el estúpido contratiempo. Las señoras empezaron a asustarse. La prusiana me juró en voz baja que los perros eran malcriados y feroces y que saltaban de tal modo, para hacer fiestas, que solían destrozar los vestidos de sus dueños. Oí un gran estrépito de sillas en la habitación de al lado y un confuso galopar. Cuatro perrazos entraron corriendo, meneando las colas, golpeando con ellas las sillas y las mesas, jadeando ruidosamente, saltando, como fieras puestas en libertad. Eran cuatro hermosos perros de las marismas, altos, fuertes y jóvenes. Estaban la perra madre y el perro padre y dos vigorosos hijos, tan altos y musculados como sus progenitores. Mister Dayson, en pie en medio de ellos, parecía querer calmarlos con los gestos de su mano e hinchaba el pecho con orgullo, como un domador novato en medio de los leones. Los perros corrían por la habitación, resoplaban, ponían las patas encima de todos, arrugaban el morro enseñando los dientes.

Entonces un recuerdo se me presentó y de repente vi la certidumbre de la venganza. En la montaña, estando con los pastores, había aprendido el silbido que llama a los perros marismeños y los lanza al asalto de los lobos y de los ladrones. Entonces, ante el asombro de todos, silbé: silbé con todo el aliento de mis pulmones y toda la fuerza de mi rabia.

Las bestias comprendieron, se acordaron y obedecieron -aunque habituadas a la esclavitud- al antiguo instinto. Sin escuchar nada, asaltaron a todos, mordieron las piernas de las señoras, desgarraron el blanco vestido de la dueña, derribaron al suelo a la pequeña prusiana con su silla, saltaron a los ojos del Intérprete, derribaron la mesa con todas las cosas, todas las flores, todos los cristales, todos los platos pintados, ladraron y aullaron como si estuvieran enfurecidos y, saltando por todas partes, rompían, derribaban, destrozaban y lo trastornaban todo. El bonito comedor, con sus blancos manteles y su alegre lámpara y sus ramos olorosos y sus sillas talladas, parecía un infierno en el que cuatro demonios peludos persiguieran y martirizaran a siete condenados.

Volví a silbar y los ladridos furiosos me respondieron dominando los gritos y quejidos de los asaltados. La venganza que los hombres ni siquiera se atrevían a imaginar, las generosas bestias de la Marisma la habían realizado con todo el ímpetu de su raza robusta.

No escondo que me sentí de repente libre y satisfecho. También yo tenía un desgarrón en los pantalones, un mordisco en la mano y la chaqueta inundada de vino, pero no me importaba: mis ojos debían de chispear como los de un Mefistófeles de buen humor.

Ahora ya no tenía nada que hacer allí. Los criados habían acudido para atar a los perros y la voz de mister Dayson había cambiado. Yo, aprovechando la confusión, me deslicé fuera de la habitación, corrí a recoger el sombrero y el gabán y salí, mientras los perros seguían aullando entre los gritos enronquecidos de los hombres. Regresé a casa a pie, bajo la lluvia, y cuando me desnudé para meterme en la cama me di cuenta de que tenía los zapatos más enfangados que de costumbre.

5 de diciembre de 2010

Kokoro


Un lento caminar hacia el centro de una espiral, una madeja que pausadamente se va deshaciendo; de esa manera cabría describir la forma en que se desgrana la historia de “Kokoro” y, desde luego, la palabra clave es lentitud. Lentitud en el ritmo, lentitud en los diálogos, lentitud para llegar al desenlace. Y de ahí esa sensación de estar dando vueltas sobre lo mismo, de que la misma historia se podría haber contado de manera más directa y la impresión de que muchas veces el autor se pierde en consideraciones no tanto innecesarias como fútiles: aunque relacionadas con la historia, resultan accesorias y hasta impostadas, precisamente como si se quisiera alargar innecesariamente el relato.
La obra trata sobre la transformación de valores de la sociedad Meiji a la época moderna, el individualismo frente al grupo, la culpabilidad, la soledad o el amor. Está considerada como una de las grandes obras de la literatura japonesa.
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En una estación de ferrocarril

Séptimo día del sexto mes veintiséis de Meiji
Ayer un telegrama de Fukuoka anunció que un desesperado criminal capturado allí sería traído hoy a Kumamoto para su juicio, en el tren pasado el mediodía. Un policía de Kumamoto había ido a Fukuoka para hacerse cargo del prisionero.

Cuatro años antes un fuerte ladrón había ingresado a algunas casas por la noche en la Calle de los Luchadores, aterrorizando y atando a los ocupantes, llevándose una cantidad de cosas valiosas. Rastreado hábilmente por la policía, fue capturado dentro de las veinticuatro horas, aún antes de que pudiera disponer de su botín. Pero cuando fue llevado a la estación de policía rompió sus ataduras, le arrebató la espada a su captor, lo mató y escapó. No se había oído nada más de él hasta la semana pasada.

Entonces sucedió que un detective de Kumamoto, que se encontraba visitando la prisión de Fukuoka, vio entre los trabajadores una cara que había estado grabada durante cuatro años en su cerebro.

-¿Quién es ese hombre? -le preguntó al guardia.

-Un ladrón -fue la respuesta- registrado aquí como Kusabe.

El detective se acercó al prisionero y dijo:

-Tu nombre no es Kusabe. Nomura Teiichi, se te reclama en Kumamoto por asesinato.

El criminal confesó todo.

Fui con una gran horda de gente a ver la llegada a la estación. Esperaba escuchar y ver ira, temí aún que hubiera violencia. El oficial asesinado había sido muy querido; sus parientes ciertamente estarían entre los espectadores, y una multitud de Kumamoto no es muy amable. También pensé que encontraría muchos policías en servicio. Mis presentimientos estaban errados.

El tren se detuvo en la escena usual de prisa y ruido, corridas y traqueteo de pasajeros usando geta, griterío de niños queriendo vender periódicos japoneses y limonada de Kumamoto. Esperamos afuera de la barrera por aproximadamente cinco minutos. Luego, empujado a través de la puerta por un sargento de policía, apareció el prisionero... un hombre enorme, de apariencia salvaje, con la cabeza gacha y los brazos sujetados en la espalda. Ambos, prisionero y guardia, se detuvieron frente a la portezuela; y la gente se apretujó para ver, pero en silencio. Luego el oficial gritó:

-¡Sugihara-san! ¡Sugihara O-kibi! ¿Está ella presente?

Una pequeña mujer parada cerca de mí, con un niño en sus espaldas, respondió "Hai!" y avanzó a través de la prensa. Esta era la viuda del hombre asesinado; el niño que llevaba era su hijo. Ante una señal de la mano del oficial la multitud retrocedió, para dejar un espacio para el prisionero y su escolta. En ese espacio se paró la mujer con el niño enfrentándose al asesino. El silencio era mortal.

Luego el oficial habló, no a la mujer, sino únicamente al niño. Habló bajo, pero tan claramente que yo pude captar cada sílaba:

-Pequeño, este es el hombre que mató a tu padre hace cuatro años. Tú no habías nacido aún; estabas en el vientre de tu madre. Que no tengas ahora un padre que te ame es obra de este hombre. Míralo -aquí el oficial, poniendo una mano en la barbilla del prisionero, lo forzó duramente a levantar la vista- ¡míralo bien! No tengas miedo. Es doloroso; pero es tu deber. ¡Míralo!

Sobre la espalda de la madre el niño observó con los ojos muy abiertos, como con temor, luego empezó a sollozar: luego sobrevinieron lágrimas; pero firme y obedientemente miró, miró, miró derecho en la cara acobardada.

La multitud pareció haber dejado de respirar.

Vi que las facciones del prisionero se distorsionaban; lo vi caer súbitamente sobre sus rodillas a pesar de sus grilletes, y golpear duramente su rostro contra el polvo, gritando apasionadamente con remordimiento haciendo que el corazón de uno se sacudiera:

-¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdóname, pequeño! Lo que hice, no lo hice por odio; sino únicamente por el miedo loco, en mi deseo por escapar. He sido muy, muy malvado; ¡te he causado un mal abominable! Pero ahora por mi pecado voy a morir. ¡Deseo morir; me alegro de morir! Entonces, pequeño, ¡sé piadoso! ¡Perdóname!

El niño aún lloraba silenciosamente. El oficial levantó al tembloroso criminal: la multitud muda se dividió a izquierda y derecha para permitirles el paso. Entonces, bastante súbitamente, la multitud entera comenzó a sollozar. Y mientras el guardián bronceado pasaba, vi lo que nunca antes había visto -lo que pocos hombres han visto jamás- lo que probablemente nunca más vuelva a ver otra vez: las lágrimas de un policía japonés.

La multitud retrocedió, y me dejó asombrado sobre la extraña moralidad del espectáculo. Aquí había justicia inquebrantable aunque compasiva, forzando el reconocimiento de un crimen mediante el patético testimonio de su resultado más simple. Aquí había remordimiento desesperado, rogando únicamente por perdón antes de morir. Y aquí había un populacho -probablemente el más peligroso en el imperio cuando se enoja- comprendiéndolo todo, tocado por todos, satisfecho con la contrición y la vergüenza, y lleno, no con furia, sino solo con el gran pesar del pecado, a través de la simple y profunda experiencia de las dificultades de la vida y la debilidad de la naturaleza humana.

Pero el más significativo, porque es el más oriental, hecho del episodio fue que apelar al remordimiento había sido hecho a través del sentido de paternidad del criminal, aquel amor potencial por los niños que es una parte tan grande del alma de todo japonés.

Hay una historia de que el más famoso de los ladrones japoneses, Ishikawa Goemon, entrando una noche a una casa para matar y robar, fue encantado por la sonrisa de un bebé que extendía sus brazos hacia él, y que permaneció jugando con la pequeña criatura hasta que toda posibilidad de llevar a cabo su propósito se perdió.

Esta historia no es difícil de creer. Cada año los registros de la policía hablan de la compasión demostrada hacia los niños por profesionales criminales. Algunos meses atrás se reportó en los periódicos locales un terrible caso de asesinato, la masacre de una familia por ladrones. Siete personas fueron literalmente cortadas en pedazos mientras dormían, pero la policía descubrió un niño pequeño completamente intacto, llorando solo en un charco de sangre; y encontraron evidencia inconfundible de que los asesinos habían tenido gran cuidado en no herir al niño.

4 de diciembre de 2010

Los fabuladores

Era otoño en Londres, esa bendita estación entre la aspereza del invierno y las insinceridades del verano; una estación confiable cuando se compran bulbos y cada uno procede a registrar su voto, creyendo perpetuamente en la primavera y en un cambio de gobierno.
Morton Crosby estaba sentado en un banco en un apartado rincón de Hyde Park, disfrutando indolentemente de un cigarrillo y observando el paseo de un par de gansos árticos que pastaban lentamente; el macho parecía una edición albina de la rojiza hembra. Con el rabillo del ojo Crosby también advertía con cierto interés los vacilantes giros de una figura humana, que había pasado y vuelto a pasar por su asiento dos o tres veces a intervalos cada vez más cortos, como un cuervo cauteloso a punto de posarse cerca de un bocado posiblemente comestible. Inevitablemente, la figura vino a ubicarse en el banco a una distancia adecuada como para conversar con su ocupante original. La vestimenta desaliñada, la agresiva barba grisácea y la mirada furtiva, evasiva, del recién llegado, delataban al vendedor ambulante profesional, el hombre que soportaría horas humillantes de hilvanar historias y soportar desaires antes que aventurarse en un trabajo decente de media jornada.

Durante un rato, el recién llegado mantuvo la mirada fija hacia el frente con una mirada enérgica aunque sin ver nada; luego su voz resonó con la inflexión de alguien que tiene una historia para contar digna del tiempo requerido por cualquier persona inactiva para escucharla.

-Es un mundo extraño -dijo.

Como la declaración no recibió repuesta, le dio la forma de una pregunta.

-Me atrevo a decir que usted ha descubierto que éste es un mundo extraño, señor.

-En lo que me concierne -dijo Crosby-, la extrañeza se ha agotado en el curso de treinta y seis años.

-¡Ah! -dijo el de la barba gris-, podría contarle cosas que le costaría creer. Cosas maravillosas que me han sucedido realmente a mí.

-Hoy en día no hay demanda de cosas maravillosas que han sucedido realmente -dijo Crosby con tono desalentador-, los escritores profesionales de ficción elaboran tanto mejor esas cosas. Por ejemplo, mis vecinos me cuentan cosas maravillosas, increíbles, que han hecho sus Aberdeen y chows y perros-lobos rusos, pero nunca los escucho. En cambio, he leído El sabueso de los Baskerville tres veces.

El de la barba gris se movió incómodamente en su asiento; luego se aventuró en otro terreno.

-Deduzco que usted es un cristiano profeso -observó.

-Soy un miembro prominente y creo poder decir influyente de la comunidad musulmana de Persia Oriental -dijo Crosby, incursionando a su vez en el reino de la ficción.

El de la barba gris se sintió obviamente desconcertado por este nuevo impedimento para una conversación introductoria, pero la derrota fue sólo momentánea.

-Persia. Nunca lo hubiera tomado por un persa -señaló, con un aire algo apenado.

-No lo soy -dijo Crosby-, mi padre era afgano.

-¡Un afgano! -dijo el otro, sumido por un momento en un perplejo silencio. Luego se recuperó y renovó su ataque.

-Afganistán. ¡Ah! Hemos tenido algunas guerras con ese país, pero me atrevo a decir que en lugar de luchar podríamos haber aprendido algo de él. Un país muy rico, según creo. No hay verdadera pobreza allí.

Levanto la voz en la palabra "pobreza" sugiriendo un vivo sentimiento. Crosby captó la apertura y la evitó.

-Posee, sin embargo, una cantidad de mendigos ingeniosos y de gran talento -dijo-; si yo no hubiera hablado tan despreciativamente de las cosas maravillosas que han sucedido realmente, le contaría la historia de Ibrahim y los once camellos cargados con papel secante. Además me he olvidado de cómo terminaba exactamente.

-La historia de mi propia vida es curiosa -dijo el forastero, aparentemente ahogando todo deseo de oír la historia de Ibrahim- no siempre fui como usted me ve ahora.

-Se supone que sufrimos un cambio completo cada siete años -dijo Crosby, como explicación del anuncio anterior.

-Quiero decir que no siempre estuve en las circunstancias penosas en que me encuentro actualmente -prosiguió el forastero tercamente.

-Eso suena algo ofensivo -dijo Crosby rígidamente-, considerando que usted está hablando en este momento con alguien considerado como uno de los hombres más dotados para la conversación de la frontera de Afganistán.

-No lo dije en ese sentido -dijo apresuradamente el de la barba gris-, he estado muy interesado en su conversación. Aludía a mi infortunada situación financiera. Le costará creerlo, pero en este momento estoy sin un céntimo. Tampoco tengo la perspectiva de obtener ningún dinero durante los próximos días. No supongo que usted se haya encontrado nunca en esta posición -añadió.

-En la ciudad de Yom -dijo Crosby-, situada al sur de Afganistán, que es también mi lugar de nacimiento, había un filósofo chino que decía que una de las tres bendiciones humanas era no poseer absolutamente ningún dinero. He olvidado cuáles eran las otras dos.

-¡Ah! -dijo el forastero en un tono que no delataba ningún entusiasmo por la memoria del filósofo- ¿y él practicaba lo que predicaba? Ésa es la prueba.

-Vivía muy feliz con muy poco dinero o recursos -dijo Crosby.

-Entonces espero que tuviese amigos que lo ayudaran liberalmente cuando estaba en dificultades, como sucede conmigo actualmente.

-En Yom -dijo Crosby- no es necesario tener amigos para obtener ayuda. Es algo natural que cualquier ciudadano de Yom ayude a un forastero.

El de la barba gris se sintió ahora genuinamente interesado. La conversación había por fin tomado un giro favorable.

-Si alguien como yo, por ejemplo, que se encontrara en dificultades no merecidas, pidiera a un ciudadano de esa ciudad de que usted habla un pequeño préstamo para ayudarla durante algunos días de indigencia, digamos cinco chelines o quizás una suma mayor ¿le sería otorgado como algo natural?

-Habría ciertos preliminares -dijo Crosby-, lo llevarían a una vinería y le obsequiarían una medida de vino, y luego, después de una altisonante conversación, pondrían la suma deseada en su mano y le desearían un buen día. Es una manera indirecta de realizar una transacción simple, pero en Oriente todos los caminos son indirectos.

Los ojos del que escuchaba relucían.

-¡Ah! -exclamó, con una ligera mueca de desdén remarcando significativamente sus palabras- supongo que usted ha abandonado todas esas costumbres generosas desde que dejó su ciudad. Supongo que ahora no las practica.

-Nadie que haya vivido en Yom -dijo Crosby con fervor- y recuerda sus verdes colinas cubiertas con árboles de albaricoques y almendras, y la fría agua que se precipita como una caricia desde las nieves de la altura y corre bajo los pequeños puentes de madera, nadie que recuerde esas cosas y atesore su memoria jamás abandonaría una sola de sus leyes y costumbres no escritas. Para mí son tan obligatorias como si todavía viviera en ese sagrado hogar de mi juventud.

-Entonces, si yo le pidiera un pequeño préstamo... -empezó el barba-gris aduladoramente, acercándose en el asiento y rápidamente preguntándose qué cantidad podría pedir sin riesgo- si le pidiera, digamos...

-En cualquier otro momento, con seguridad -dijo Crosby-, no obstante, en los meses de noviembre y diciembre está absolutamente prohibido para cualquiera de nuestra raza dar o recibir préstamos o donaciones; de hecho, no se habla voluntariamente de ello. Se considera que atrae la mala fortuna. Por tanto, cerraremos esta discusión.

-¡Pero todavía es octubre! -exclamó el aventurero con un quejido ansioso y resentido, mientras Crosby se levantaba de su asiento-; ¡faltan ocho días para fin de mes!

-El noviembre afgano comenzó ayer -dijo Crosby severamente y al momento siguiente caminaba a través del parque, dejando a su reciente compañero ceñudo y murmurando en el banco.

-No creo una palabra de su historia -se decía a sí mismo- todas mentiras desagradables de principio a fin. Quisiera habérselo dicho en la cara. ¡Llamarse a sí mismo afgano!

Los bufidos y gruñidos que emitió durante el siguiente cuarto de hora eran un fuerte apoyo de la verdad del antiguo dicho de que dos del mismo oficio nunca están de acuerdo.

El muchacho que escribía poesía

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".

Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.

Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.

Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.

Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.

Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".

Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...

Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.

Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.

Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.

Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.

Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.

La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.

En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.

El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:

-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?

-¿Quiere decir Schiller?

-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.

El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".

El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.

R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.

Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.

El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.

Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.

¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.

El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?

¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.

No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.

Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.

Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.

No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".

No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.

El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la "execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".

Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".

Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:

-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.

Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.

El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.

Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.

-Anoche vi un sueño en colores.

(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).

-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?

R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.

El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.

Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:

-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.

-¿De qué?

-La verdad es... -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.

-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.

-Sí.

R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.

La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.

Por fin halló unas palabras de consuelo.

-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.

R respondió débilmente:

-Este no es momento para la poesía.

-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?

La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.

-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.

Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.

-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?

-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.

-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?

-Porque era un genio.

-Entonces...

El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.

La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".

El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.

A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.

R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.

-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.

El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.

-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. "Mi frente también es abultada", se dijo. "Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa".

En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.

El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.

-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.

El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. "Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía", pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.

3 de diciembre de 2010

Entrevista con el vampiro


Entrevista con el vampiro es el primer título de la famosa e inquietante serie de Crónicas Vampíricas. En esta novela, Anne Rice narra la conversión de un joven de Nueva Orleans en eterno habitante de la noche. El protagonista, llevado por el sentimiento de culpabilidad que le ha causado la muerte de su hermano menor, anhela transformarse en un ser maldito. Sin embargo, ya desde el inicio de su vida sobrenatural se siente invadido por los sentimientos más humanos, como el amor que lo ata a una de sus víctimas, una pasión no exenta de dependencia sexual y psicológica. Ésta es una obra de inusitado horror, producto de una pluma magistral.

Las brujas de Mayfair: La hora de las brujas

Rowan Mayfair, una bella neurocirujana consciente de sus poderes especiales, encuentra a un ahogado en la costa de California y consigue devolverlo a la vida. Ambos se enamoran ferozmente y establecen una apasionada alianza para desentrañar el misterio del pasado de ella y dominar un don maligno que le ha sido conferido a él tras su accidente. Rowan, aunque todavía no lo sabe, desciende de una dinastía de brujas que se remonta al siglo XVII y cuya historia empezó con una escocesa quemada en la hoguera.