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3 de julio de 2013

El corazón delator

 
 
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme. Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

2 de diciembre de 2010

Un brazo

-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.

-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.

-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.

-¿Es un anillo de compromiso?

-No, un regalo. De mi madre.

Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.

-Tal vez se parezca a un anillo de compromiso, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.

Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.

-¿En éste?

-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.

Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.

-Ahora se moverán.

-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?

-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.

-Seré bueno con él.

-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.

Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.

-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo.

-Gracias.

Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.

Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.

Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.

Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.

Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.

Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.

La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.

Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.

Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.

-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.

Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.

«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»

Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en una noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.

Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.

Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.

-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.

-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?

-¿Crees que puede haberlo?

-Percibo cierto olor.

-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.

-Es un olor dulce.

-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.

Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.

-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.

-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.

Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.

La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.

-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.

-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?

Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.

-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.

-¿Ah, sí?

-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.

La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.

Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.

Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.

-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.

Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.

Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.

Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:

-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio...

¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.

Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.

En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.

-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.

-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.

-Un hombre o una mujer, nada más.

-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.

-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?

-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.

-¿Y llegan a encontrarlos?

-Muy lejos -repitió el brazo.

Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.

La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.

-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.

También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.

De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.

-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.

-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.

Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.

-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?

-Nada en absoluto.

Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.

Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.

El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.

-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?

-Sí.

-En cierto modo, me asusta hacerlo.



-¿Ah, sí?

-¿Puedo?

-Por favor.

Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría.

-Dilo otra vez. Di «por favor».

-Por favor, por favor.

Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.

-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: "¡Miren cuánto la amaba!»

Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.

Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.

Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.

-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.

Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.

-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.

Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.

Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.

Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.

«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?

Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.

Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.

-Me haces cosquillas. Pórtate bien -el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios.

-Precisamente cuando bebía algo bueno.

-¿Y qué bebías?

No contesté.

-¿Qué bebías?

-El olor de la luz. De la piel.

La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.

-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?

Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.

Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.

-Vámonos a la cama. Nosotros también.

Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.

Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.

Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.

Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.

-¿Estás dormido?

-No -replicó el brazo.

-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.

-¿Qué quieres que haga?

Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.

Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.

-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.

Me apresuré a recogerlo.

-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?

El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.

Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.

En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.

Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.

Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.

Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto a la almohada.

Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.

Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di unas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, y después los dedos.

«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.

Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.

El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.

-¿Duele? ¿Te duele?

-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.

Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.

Tenía los dedos en la boca.

De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.

-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante...

Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.

-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?

Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.

-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío?

-Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.

Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.

-¿El pulso no se ha detenido?

-Deberías ser más confiado.

-¿Por qué?

-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?



-¿Fluye la sangre?

-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»

-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»

-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.

Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.

-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.

-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.

Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.

-El pulso. El sonido del pulso.

Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.

-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.

Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.

Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.

-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?

-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo!

-¿Y qué ves?

-Ha desaparecido.

-¿Y qué has visto?

-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.

-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.

-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?

Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.

-¿Era una ilusión que querías enseñarme?

-No. Al final la he borrado.

-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.

-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?

-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.

Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?

En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.



Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.

-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.

No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?

-No semejante traición -murmuré.

-Todo irá bien -susurró el brazo.

No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.

Me quedé dormido.

Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.

Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.

La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.

Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.

Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.

Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.

Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.

-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.

Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.

Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!

27 de febrero de 2010

El barril de amontillado

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
-No es nada -dijo por último.
-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.
-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

20 de febrero de 2010

El tatuaje

-La jerga artística de esa mujer me cansa -dijo Clovis a su amigo periodista-. Le gusta tanto decir que ciertos cuadros "crecen sobre nosotros", como si fueran una especie de hongos.
-Eso me recuerda -dijo el periodista- la historia de Henri Deplis. ¿Te la conté alguna vez?
Clovis negó con la cabeza.
-Henri Deplis era por nacimiento un nativo del Gran Ducado de Luxemburgo. Por una reflexión más madura, se convirtió en un viajante de comercio. Sus actividades frecuentemente lo llevaban más allá de los límites del Gran Ducado, y paraba en una pequeña ciudad del norte de Italia cuando le llegaron noticias de que había recibido un legado de una parienta distante que había fallecido.
"No era un gran legado, aun desde el modesto punto de vista de Henri Deplis, pero lo impulsó hacia algunas extravagancias aparentemente inofensivas. En particular lo condujo a patrocinar el arte local en tanto representado por las agujas de tatuaje del Signor Andreas Pincini. El Signor Pincini era, tal vez, el más brillante maestro de tatuaje que Italia había conocido jamás, pero estaba decididamente empobrecido, y por la suma de seiscientos francos emprendió alegremente la tarea de cubrir la espalda de su cliente, desde la clavícula hasta la cintura, con una brillante representación de la Caída de Ícaro. El diseño, cuando fue finalmente desarrollado, le produjo una ligera desilusión a Monsieur Deplis, que había imaginado que Ícaro era una fortaleza tomada por Wallenstein en la Guerra de los Treinta Años, pero quedó más que satisfecho con el trabajo ejecutado, que fue aclamado por todos los que tuvieron el privilegio de verlo, como la obra maestra de Pincini.
"Fue su más grande esfuerzo, y el último. Sin siquiera esperar que le pagaran, el ilustre artesano dejó este mundo y fue enterrado en una ornamentada tumba, cuyos querubines alados habrían proporcionado poco campo de aplicación para el ejercicio de su arte favorito. Quedaba, sin embargo, la viuda de Pincini, a quien se le debían los seiscientos francos. Y acto seguido surgió la gran crisis en la vida de Henri Deplis, viajante de comercio. El legado, bajo el peso de numerosos pequeños reclamos, había menguado hasta una proporción insignificante, y cuando una apremiante factura de vinos y diversas otras cuentas corrientes habían sido pagadas, quedaba poco más de cuatrocientos treinta francos para ofrecerle a la viuda. La dama estaba justamente indignada; no tanto, como explicó volublemente, debido a la sugerencia de suprimir ciento setenta francos, sino también por el intento de disminuir el valor de la reconocida obra maestra de su difunto esposo. En una semana, Deplis se vio obligado a reducir su oferta a cuatrocientos cinco francos, lo que atizó la indignación de la viuda, que se transformó en furia. Canceló la venta de la obra de arte, y algunos días después Deplis se enteró consternado de que la había donado a la municipalidad de Bérgamo, que la había aceptado con agradecimiento. Dejó la vecindad lo más discretamente posible, y se sintió genuinamente aliviado cuando sus negocios lo condujeron a Roma, donde esperaba que su identidad y la del famoso cuadro pudieran perderse de vista.
"Pero cargaba en su espalda el peso del genio del difunto. Al aparecer un día en el humeante corredor de un baño de vapor, fue enseguida obligado a ponerse sus ropas por el propietario, que era un italiano del norte, que rehusó enfáticamente permitir que la celebrada Caída de Ícaro fuera exhibida en público sin el permiso de la municipalidad de Bérgamo. El interés público y la vigilancia oficial aumentaron cuando la cuestión fue más ampliamente conocida, y Deplis no pudo tomar un simple baño en el mar o en un río en las tardes más tórridas, a menos que se cubriera hasta la clavícula con un amplio traje de baño. Más adelante, las autoridades de Bérgamo concibieron la idea de que el agua salada podía ser perjudicial para la obra de arte y se obtuvo un perpetuo interdicto que impedía al atormentado viajante comercial bañarse en el mar en ninguna circunstancia. Se sintió fervientemente agradecido cuando la firma que lo empleaba lo destinó a una nueva rama de actividades en la vecindad de Bordeaux. Su agradecimiento, sin embargo, cesó abruptamente en la frontera franco-italiana. Un imponente despliegue de fuerzas oficiales impidió su partida, y se le recordó severamente que una estricta ley prohibía la exportación de obras de arte italianas.
"Una reunión diplomática entre los gobiernos italiano y luxemburgués siguió a continuación, y en un momento la situación europea se ensombreció con la posibilidad de problemas. Pero el gobierno italiano se mantuvo firme; declinó ocuparse en absoluto de las peripecias o aun de la existencia de Henri Deplis, viajante de comercio, pero permaneció inconmovible en su decisión de que la Caída de Ícaro (obra del difunto Pincini, Andreas), actualmente propiedad de la municipalidad de Bérgamo, no debía abandonar el país.
"La excitación decayó con el tiempo, pero el desgraciado Deplis, que estaba constitucionalmente en condiciones de retirarse, se encontró unos meses más tarde otra vez en el centro mismo de una furiosa controversia. Cierto experto en arte de nacionalidad alemana, que había obtenido de la municipalidad de Bérgamo el permiso para inspeccionar la famosa obra maestra, declaró que era un Pincini falso, probablemente la obra de un discípulo que había empleado en los años de su decadencia. La declaración de Deplis sobre el asunto carecía obviamente de valor, puesto que había estado bajo la influencia de los habituales narcóticos durante el largo proceso de punzar el diseño. El editor de una revista italiana de arte refutó las opiniones del experto alemán y se propuso demostrar que su vida privada no se adecuaba a ningún criterio moderno de decencia. La totalidad de Italia y Alemania se trenzaron en la disputa, hubo escenas borrascosas en el Parlamento español, y la Universidad de Copenhague otorgó una medalla de oro al experto alemán (enviando después una comisión para examinar sus pruebas in situ), mientras que dos escolares polacos en París se suicidaron para mostrar lo que ellos pensaban del asunto.
"Entretanto, al desagraciado portador humano no le iba mejor que antes, y no es sorprendente que cayera en las filas de los anarquistas italianos. Cuatro veces por lo menos fue escoltado hasta la frontera como un peligroso e indeseable extranjero, pero era siempre traído de vuelta como La caída de Ícaro (atribuido a Pincini, Andreas, principios del siglo XX). Y luego, un día, en un congreso anarquista de Génova, un compañero trabajador, en el calor del debate, derramó una ampolla de líquido corrosivo en su espalda. La camisa roja que usaba mitigó los efectos, pero el Ícaro quedó arruinado al punto de ser irreconocible. Su atacante fue severamente reconvenido por atacar a un camarada anarquista y fue condenado a siete años de prisión por destruir un tesoro de arte nacional. Tan pronto como pudo abandonar el hospital, Henri Deplis fue obligado a cruzar la frontera como un extranjero indeseable.
"En las calles más tranquilas de París, especialmente en la vecindad del Ministerio de Bellas Artes, se puede encontrar a veces un hombre deprimido y ansioso, a quien si se le pregunta la hora, responderá con un acento ligeramente luxemburgués. Abriga la ilusión de que es uno de los brazos perdidos de la Venus de Milo, y espera persuadir al gobierno francés para que lo compre. Sobre toda otra cuestión creo que está tolerablemente cuerdo."

2 de febrero de 2010

La bolsa-maletín

Cuando la palabra "inocente" resonó a lo largo de la concurrida sala de justicia aquella oscura tarde decembrina, Arthur Wilbraham, el notable abogado criminalista y líder de los defensores jurídicos, estaba representado por su subalterno; sin embargo, Johnson, su secretario privado, llevó el veredicto a su despacho con la rapidez del rayo.
-Creo que eso era lo que esperábamos -dijo el abogado, sin mostrar emoción-. Y, personalmente, me alegro de que haya terminado el caso.
No había ninguna señal particular de alegría ante el hecho de que la defensa de John Turk, el asesino que alegaba demencia, resultara exitosa, ya que indudablemente consideraba, como todos los que habían seguido el caso, que ningún hombre había merecido tanto la horca como Turk.
-Yo también me alegro -dijo Johnson, quien había asistido a la corte durante diez días, observando el rostro del hombre que había llevado a cabo uno de los asesinatos a sangre fría más brutales de los años recientes.
El abogado miró a su secretario. Eran mucho más que patrón y empleado; debido a relaciones familiares y muchos otros motivos, eran además muy amigos.
-Ahora que lo recuerdo -dijo, con una bondadosa sonrisa- ¿quieres irte para Navidad? Vas a patinar y a esquiar en los Alpes, ¿no es cierto? Si tuviera tu edad, te acompañaría.
Johnson sonrió. Era un joven de veintiséis años con facciones finas.
-Podré tomar el barco de la mañana -dijo-, pero esa no es la razón por la cual me alegro de que haya terminado el juicio, sino porque no volveré a ver el espantoso rostro de ese hombre. Indudablemente, me persiguió. Esa tez blanca, con el cabello negro cepillado bajo la frente, es algo que nunca olvidaré, y su descripción de la forma en que el cadáver desmembrado fue empacado con cal en ese...
-No pienses en ello, mi querido amigo -interrumpió el abogado, mirándolo con curiosidad a través de sus penetrantes ojos-, no pienses en ello. Esas imágenes suelen regresar cuando uno menos lo desea -se detuvo un momento-. Ahora vete -añadió-, y disfruta de tus vacaciones. Voy a necesitar toda tu energía para mi trabajo parlamentario cuando regreses. Y ten cuidado, no quiero que te rompas el cuello esquiando.
Johnson le dio la mano y se despidió. Ya en la puerta se volteó súbitamente.
-Sabía que olvidaba algo... ¿No le importaría prestarme una de sus bolsas-maletín? Es demasiado tarde para comprar una esta noche y mañana saldré antes de que abran las tiendas.
-Por supuesto; en cuanto llegue a casa te la mandaré a tu cuarto con Henry.
-Le prometo cuidarla -aseguró Johnson con gratitud, encantado al pensar que en treinta horas se estaría acercando al brillante sol de los elevados Alpes en el invierno. El recuerdo de aquel tribunal de criminales era como una pesadilla para él.
Johnson cenó en su club y se dirigió a Bloomsbury, donde ocupaba un piso de una de esas viejas casonas desoladas donde los cuartos son muy amplios y altos. El piso abajo del suyo estaba vacío y sin muebles y debajo de ése había otros inquilinos a quienes no conocía. Era una casa triste, y él ansiaba un cambio con todo el corazón. La noche era más triste aún: el clima era inclemente y había poca gente en la calle. Una lluvia fría de aguanieve barría las calles ante el viento oriental más fuerte que él había sentido. El viento aullaba tristemente entre las enormes casas lúgubres de las grandes plazas. Cuando llegó a su habitación escuchó el viento silbando arriba de aquel mundo de techos negros más allá de sus ventanas.
En el corredor se encontró con su casera, que tapaba con su delgada mano una vela para protegerla de la corriente.
-Esto llegó con un mensajero de parte del señor Willbraham -le dijo la mujer señalando a lo que evidentemente era la bolsa-maletín, y Johnson le dio las gracias.
-Mañana saldré al extranjero durante diez días, señora Monks –le informó-. Dejaré una dirección para las cartas que me lleguen.
-Espero que pase una feliz Navidad, señor -le deseó la mujer, con una voz ronca y jadeante que sugería que había estado bebiendo-, y que tenga mejor clima que éste.
-Yo también así lo espero -contestó el inquilino, temblando de frío.
Al subir, escuchó el aguanieve golpeando contra las ventanas. Puso la cafetera en la lumbre para prepararse una taza de café bien caliente y luego empezó a poner sus cosas en orden para el viaje.
-Y ahora, debo empacar -se dijo a sí mismo, riendo-... para lo mucho que yo empaco.
Le gustaba empacar, ya que al hacerlo recordaba vívidamente las montañas cubiertas de nieve y lograba olvidar las desagradables escenas de los últimos diez días. Además, la empacada en sí no era complicada. Su amigo le había prestado precisamente lo que necesitaba: una resistente bolsa-maletín de lona, en forma de saco, con agujeros en el cuello para la barra de latón y el candado. Ciertamente, no tenía forma y no era muy bonita, pero su capacidad era ilimitada y no había necesidad de empacar con cuidado. Metió su impermeable, su sombrero de piel y sus guantes, los patines y las botas de alpinista, los suéteres, las botas de nieve y las orejeras. Luego, encima de todo esto, apiló sus camisas y ropa interior de lana, los calcetines gruesos, pantalones de vestir y pantalones bombachos. En seguida metió el traje de vestir, en caso de que la gente del hotel se vistiera formalmente para cenar. Luego, pensando en la mejor forma de empacar sus camisas blancas, se detuvo un momento para reflexionar.
-Eso es lo peor de estas bolsas-maletín -pensó vagamente, parado en el centro de la sala, adonde había llegado para buscar un cordón.
Eran más de las diez de la noche. Una fuerte ráfaga de viento movió las ventanas, como para apresurarlo, y Johnson pensó con compasión en los pobres londinenses que pasarían la Navidad bajo un clima tan inclemente, mientras que él se encontraría deslizándose por las nevadas pendientes bajo el sol, y bailando en las noches con muchachas de mejillas sonrosadas. ¡Ah! Entonces recordó que debía llevar sus zapatos de baile y sus calcetines de noche. Atravesó la sala para llegar al armario en el descanso de la escalera donde guardaba su ropa.
En ese momento escuchó a alguien subiendo suavemente la escalera. Se detuvo un momento en el descanso, tratando de escuchar. Pensó que eran los pasos de la señora Monks; seguramente estaba subiendo con el último correo. Pero los pasos cesaron súbitamente; consideró que estaban cuando menos dos pisos abajo, y Johnson llegó a la conclusión de que eran demasiado pesados para ser los de su casera bebedora. Indudablemente, debían ser los pasos de algún inquilino que llegaba tarde y se había equivocado de piso. Olvidando el asunto, Johnson entró a su alcoba y empacó sus zapatos y camisas de vestir de la mejor manera posible.
Para entonces, la bolsa-maletín estaba llena en dos terceras partes y estaba parada sobre su propia base como un saco de harina. Por primera vez, Johnson notó que la bolsa-maletín era vieja y estaba sucia; la lona estaba desgastada y desteñida y era evidente que había sido sometida a un tratamiento bastante rudo. No era una bolsa muy atractiva; ciertamente, no era nueva, ni una bolsa que apreciara su jefe. Johnson pensó en ello de una manera pasajera y prosiguió empacando. No obstante, en una o dos ocasiones se preguntó quién pudo haber estado caminando abajo, ya que la señora Monks no había subido con cartas y el piso estaba vacío y sin muebles. Además, de vez en cuando estaba casi seguro de haber oído una pisada suave de alguien caminando sobre la madera desnuda, cautelosa, furtivamente, de la manera más silenciosa posible y, además, que poco a poco aquel ruido se acercaba cada vez más.
Por primera vez en su vida, Johnson empezó a asustarse. Luego, para acentuar esta sensación, ocurrió algo extraño: al salir de la alcoba después de empacar sus recalcitrantes camisas blancas, notó que la parte superior de la bolsa-maletín se inclinaba hacia él, con un extraordinario parecido a un rostro humano. La lona se dobló como una nariz y una frente y los anillos de latón para el candado llenaban justamente la posición de los ojos. Una sombra... ¿o era una mancha de viaje?... no podía decirlo con exactitud, pero parecía el cabello. Esto impresionó a Johnson, ya que se parecía de una manera absurda, intolerante, al rostro de John Turk, el asesino.
Repentinamente Johnson soltó una carcajada y se dirigió a la sala, donde la luz era más fuerte.
"Ese horrible caso me tiene loco", pensó. "Estaré feliz con el cambio de escenario y de aire." Sin embargo, en la sala no le agradó escuchar de nuevo aquella pisada furtiva en la escalera, comprendiendo que cada vez se acercaba más y que, indudablemente, era real. Y, en esta ocasión, se levantó y se asomó para ver quién podía estar deslizándose por la escalera de arriba a una hora tan avanzada.
Pero el ruido cesó: no había nadie visible en la escalera. Johnson bajó un piso con bastante aprensión y encendió la luz eléctrica para asegurarse de que no había nadie escondiéndose en los cuartos vacíos del departamento que no estaba ocupado. No había un solo mueble que fuera suficientemente grande para ocultar quizá a un perro. Luego, Johnson se asomó por la barandilla y llamó a la señora Monks, pero no obtuvo respuesta y su voz resonó en un eco a través de la oscura bóveda de la casa y se perdió en el aullido de la ventisca en la calle. Todos estaban en cama y dormidos, todos menos él y el causante de aquella pisada suave y furtiva.
"Supongo que se trata de mi ridícula imaginación", pensó. "Después de todo, debe haber sido el viento, aunque pareció estar muy cerca y muy real". Ya para entonces era cerca de la medianoche. Johnson bebió su café y encendió otra pipa, la última antes de acostarse.
Es difícil precisar con exactitud en qué punto comienza el miedo, cuándo las causas del temor no son claras. Las impresiones se acumulan en la superficie de la mente, película por película, como el hielo se acumula en la superficie de las aguas quietas, pero a menudo de una forma tan ligera que la conciencia no las reconoce. Luego, se llega a un punto donde las impresiones acumuladas se convierten en una emoción definitiva y la mente comprende que algo ha ocurrido. Saltando un poco, Johnson de pronto reconoció que estaba nervioso, extrañamente nervioso; asimismo, reconoció que desde hacía un rato las causas de esta sensación se habían estado acumulando lentamente en su mente, pero que apenas había llegado al punto donde estaba obligado a reconocerlas.
Era un curioso y singular malestar el que lo dominaba y no pudo comprenderlo. Sintió como si estuviera haciendo algo a lo que otra persona objetaba con vehemencia; más aún, otra persona que tenía el derecho de objetar. Era una sensación molesta y desagradable, parecida a los persistentes avisos de la conciencia: de hecho, como si estuviera haciendo algo que él sabía era incorrecto. Sin embargo, aunque Johnson examinó su conciencia vigorosa y honestamente, no podía decir, a ciencia cierta, cuál era el secreto de su creciente inquietud y esto lo desconcertaba. Más aún, lo afligía y asustaba.
"Supongo que sólo son mis nervios", dijo Johnson en voz alta con una risita forzada. "El aire de las montañas me curará de todo esto. Ah -añadió, hablando solo aún- eso me recuerda mis anteojos para la nieve".
Johnson estaba parado junto a la puerta de la alcoba durante este breve monólogo, y al pasar rápidamente hacia la sala para tomar los lentes del armario, con el rabillo del ojo vio el vago contorno de una figura parada en la escalera a una corta distancia de la parte superior. Era alguien que estaba en posición agachada, con una mano en la barandilla y el rostro asomándose hacia arriba, hacia el descanso. Y, al mismo tiempo, oyó una pisada: La persona que había estado caminando furtivamente abajo todo este tiempo por fin subió a su piso. ¿Quién podía ser? ¿Y qué querría?
Johnson contuvo la respiración bruscamente y se quedó quieto. Luego, tras unos segundos de titubeo, se armó de valor y se volteó para investigar. Ante su asombro, observó que la escalera estaba vacía; no había nadie. Sintió una serie de escalofríos y los músculos de sus piernas se debilitaron. Durante un lapso de varios minutos, Johnson se asomó con firmeza a las sombras que se congregaban arriba de la escalera donde él había visto la figura; luego, comenzó a caminar aprisa, de hecho, casi corrió hasta llegar a la luz de la sala; sin embargo, apenas había pasado por la puerta cuando escuchó a alguien subiendo por la escalera detrás de él rápidamente y entrando a su alcoba. Era una pisada fuerte, pero a la vez furtiva, la pisada de alguien que no quería ser visto. Y, en ese preciso momento, el nerviosismo que Johnson había sentido antes excedió sus límites y entró en estado de pánico, de un miedo agudo, irracional. Antes de convertirse en terror, sería necesario cruzar otra frontera y más allá estaba la región del horror puro. La posición de Johnson no era nada envidiable.
"¡Caramba! Entonces sí había alguien en la escalera", murmuró, mientras la piel se le erizaba. "Y, quienquiera que haya sido, ahora entró a mi alcoba". El delicado rostro pálido de Johnson se tornó absolutamente blanco y, durante algunos minutos, no supo qué pensar ni qué hacer. Comprendió intuitivamente que la demora sólo agravaría el miedo, así que cruzó por el descanso con audacia. Entró en la otra habitación donde habían desaparecido las pisadas apenas unos segundos antes.
-¿Quién está allí? ¿Es usted, señora Monks? -llamó en voz alta, mientras caminaba y oyó la primera mitad de sus palabras resonar en un eco hacia abajo, por la escalera vacía, mientras que la segunda mitad cayó muda contra las cortinas en una habitación que aparentemente no tenía otra figura humana salvo la suya.
"¿Quién anda ahí?", preguntó Johnson una vez más, con una voz innecesariamente fuerte y apenas firme. "¿Qué desea aquí?"
Las cortinas se movieron un poco y, al verlas, pareció que su corazón dejó de latir un momento; no obstante, Johnson fue hacia allá y corrió las cortinas rápidamente. Una ventana chorreando lluvia fue lo único que contemplaron sus ojos. Continuó buscando, pero todo fue en vano. Los armarios no contenían nada excepto filas de ropa colgando sin movimiento. Debajo de la cama no había señales de que alguien estuviera ocultándose. Johnson se paró en medio de la habitación y, al hacerlo, algo casi lo hizo tropezar. Giró alarmado y vio la bolsa-maletín.
"¡Qué raro!", pensó. "¡No la dejé allí!" Unos momentos antes, la bolsa había estado a su derecha, entre la cama y el baño; no recordaba haberla movido. Era muy curioso. ¿Qué demonios pasaba? ¿Estaba perdiendo el juicio? Otra terrible ráfaga de aire golpeó las ventanas, lanzando el aguanieve contra el vidrio con la fuerza del disparo de una pequeña pistola. Una súbita imagen del Canal de la Mancha al día siguiente se presentó ante la mente de Johnson y lo volvió a la realidad.
"¡Es evidente que no hay nadie aquí!", exclamó en voz alta. Y, sin embargo, al momento de pronunciar estas palabras, sabía perfectamente bien que no eran ciertas y que él mismo no las creía. Sintió que alguien se estaba escondiendo cerca de él, observando todos sus movimientos, tratando de alguna manera de impedir que empacara.
"Y dos de mis sentidos", añadió, tratando de guardar las apariencias, "me han hecho malas jugadas absurdas: las pisadas que escuché y la figura que vi fueron enteramente imaginarias".
Johnson regresó a la sala, atizó el fuego y se sentó a pensar. Lo que más lo impresionaba era que la bolsa-maletín ya no estaba donde él la había dejado. Había sido arrastrada más cerca de la puerta.
Lo que ocurrió después esa noche, sucedió, por supuesto, a un hombre que ya estaba excitado por el miedo y fue percibido por una mente que, en consecuencia, no tenía el pleno y apropiado control de sus sentidos. Por fuera, Johnson permanecía tranquilo y dueño de sí mismo hasta el final, fingiendo hasta lo último que todo lo que vio tenía una explicación natural, o que fueron simples ilusiones de sus agotados nervios. Pero en el interior, en el fondo de su corazón, Johnson sabía que alguien había estado escondiéndose en el departamento vacío cuando él entró y que esa persona esperó la oportunidad para llegar furtivamente a la alcoba, y que todo lo que vio y escuchó después, desde el momento en que la bolsa-maletín se movió hasta... bueno, hasta todo lo demás que esta historia debe relatar, fue causado directamente por la presencia de esa persona invisible.
Y aquí fue precisamente cuando él deseaba controlar su mente y sus ideas; cuando las imágenes vívidas que había recibido día tras día sobre las placas mentales expuestas en la corte de Old Bailey salieron a la luz y se desarrollaron en el cuarto oscuro de su visión interior. Los recuerdos desagradables y obsesionantes suelen cobrar vida de nuevo precisamente cuando menos lo desea la mente, en las silenciosas vigilias de la noche, sobre almohadas sin sueño, durante las solitarias horas pasadas al lado de lechos de enfermos y de moribundos. Y ahora, de la misma manera, Johnson sólo vio el espantoso rostro de John Turk, el asesino, frunciéndole el ceño desde cada rincón de su campo de visión mental; la piel blanca, los ojos malévolos, el fleco de cabello negro sobre la frente. Todas las imágenes de aquellos diez días en la corte volvieron a su mente, de una manera involuntaria, sumamente vívidas.
"Todo esto sólo es una tontería y mis nervios", exclamó al fin, saltando con súbita energía de la silla. "Terminaré de empacar y me iré a la cama. Estoy inquieto, agotado. ¡Indudablemente, si sigo así, escucharé pisadas y otros ruidos toda la noche!"
No obstante, su rostro palideció. Recogió sus anteojos y caminó hasta la alcoba, tarareando una canción popular con una voz demasiado fuerte para ser natural. En el instante en que cruzó el umbral y se paró dentro de la habitación, su corazón se paralizó y sintió que se le erizaron los cabellos.
La bolsa-maletín estaba en el suelo, frente a él, un poco más cerca de la puerta que antes. Por encima de la arrugada parte superior, Johnson vio una cabeza y un rostro hundiéndose lentamente y desapareciendo de la vista como si alguien se estuviera agachando detrás para ocultarse. Al mismo tiempo, un sonido como un largo suspiro se escuchó claramente en el silencio que lo rodeaba, entre las ráfagas de la tormenta que soplaba afuera.
Johnson tenía más valor y determinación de lo que indicaba la indecisión juvenil de su rostro; sin embargo, al principio lo invadió una ola de terror y durante algunos segundos no pudo hacer nada excepto quedarse parado, mirando fijamente. Un violento temblor lo sacudió a lo largo de la espalda y piernas y se dio cuenta de que sentía un impulso absurdo, casi histérico, de gritar. Aquel suspiro parecía encontrarse en sus oídos y el aire aún temblaba con él. Indudablemente, era un suspiro humano.
"¿Quién anda ahí?, preguntó Johnson por fin, al recuperar su voz; sin embargo, aunque su intención era hablar con determinación, el tono que salió fue de un débil murmullo, ya que había perdido parcialmente el control de su lengua y de sus labios.
Johnson dio un paso hacia adelante para ver a su alrededor y encima de la bolsa-maletín. Por supuesto, no había nada, excepto la desteñida alfombra y el abultado maletín. Extendió las manos y abrió la boca del saco donde había caído, habiendo estado lleno en sólo tres cuartas partes, y entonces, por primera vez, vio que en el interior, a unas seis pulgadas de la parte superior, había una mancha ancha de color rojo opaco. Era una vieja mancha de sangre desteñida. Johnson gritó y apartó las manos, como si se las hubiera quemado. Simultáneamente el maletín dio un débil pero inconfundible salto hacia adelante, hacia la puerta.
Johnson se tambaleó hacia atrás, buscando con las manos el apoyo de algo sólido. Como la puerta se encontraba más retirada de lo que había creído, ésta recibió su peso justo a tiempo para impedir que cayera y se cerró con un fuerte golpe. Al mismo tiempo, su brazo izquierdo tocó accidentalmente el interruptor eléctrico y la luz del cuarto se apagó.
Fue un predicamento incómodo y desagradable, y si Johnson no hubiera tenido tanto valor, habría hecho muchas tonterías. Pero se controló y, a tientas, trató de encontrar la perilla de bronce para volver a encender la luz. Pero al cerrarse la puerta, los sacos que se encontraban colgados comenzaron a mecerse y sus dedos se enredaron en las mangas y en las bolsas, de modo que se tardó un poco en encontrar el interruptor. Y en esos momentos de confusión y terror ocurrieron dos cosas que lo pusieron irremediablemente en la región del auténtico horror. Claramente escuchó al maletín arrastrándose pesadamente por el piso, con saltos y jalones; además, frente a su rostro escuchó una vez más el suspiro de un ser humano.
En sus angustiados esfuerzos por encontrar la perilla en la pared, casi se raspó las uñas; sin embargo, aun en aquellos desesperados momentos (así son de rápidas y alertas las impresiones de una mente excitada por una emoción vívida) tuvo tiempo para comprender que tenía miedo del regreso de la luz y que quizá sería mejor permanecer oculto en la misericordiosa protección de la oscuridad. No obstante, sólo fue el impulso de un momento, y antes de poder aprovecharlo, Johnson cedió automáticamente al deseo original y el cuarto se llenó de luz nuevamente.
Pero el segundo instinto había sido correcto. Hubiera sido mejor que Johnson permaneciera bajo la protección de la oscuridad. Allí, cerca de él, agachándose sobre el maletín medio empacado, tan claro como la vida bajo el cruel brillo de la luz eléctrica, se encontraba la figura de John Turk, el asesino. El hombre estaba a un metro de él y el fleco de su cabello negro se enmarcaba claramente contra la palidez de la frente; ahí estaba toda la horrible presencia del canalla, tan vivida como Johnson lo había visto, día tras día en Old Bailey, donde se paraba en el banquillo de los acusados, cínico e insensible, bajo la misma sombra de la horca.
Como un relámpago, Johnson comprendió lo que aquello significaba: el sucio maletín tantas veces usado, la mancha roja en la parte superior, la espantosa condición abultada de los lados. Johnson recordó cómo se había metido el cuerpo de la víctima en una bolsa de lona para enterrarlo; los atroces fragmentos desmembrados metidos por la fuerza con cal en esa misma bolsa, y la bolsa misma exhibida como evidencia... Johnson recordó todo esto con claridad.
Suavemente, con cautela, la mano de Johnson buscó a tientas la manija de la puerta, pero antes de que pudiera darle la vuelta, sucedió lo que más temía: John Turk levantó su rostro de demonio y lo miró. En ese mismo momento se escuchó aquel pesado suspiro, de alguna manera formulado en palabras:
-Es mi bolsa. Y yo la quiero.
Johnson sólo pudo recordar después que abrió la puerta y cayó como un pesado bulto en el piso del descanso de la escalera, mientras intentaba desesperadamente llegar a la sala.
Durante largo rato permaneció inconsciente y aún estaba oscuro cuando abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba acostado, tieso y adolorido, sobre el frío piso. Finalmente recordó lo que había acontecido e inmediatamente volvió a desmayarse. Cuando despertó la segunda vez, la aurora invernal comenzaba a asomar por las ventanas, pintando la escalera de un triste y deprimente color gris; logró arrastrarse hasta la sala y cubrirse con un abrigo en un sillón, donde por fin se quedó dormido.
Un fuerte clamor lo despertó. Reconoció la voz de la señora Monks, potente y voluble.
-¿Cómo? ¿Todavía no se acuesta, señor? ¿Está enfermo o le ha sucedido algo?... Ha venido a visitarlo con urgencia un caballero, a pesar de que aún no dan las siete de la mañana y...
-¿Quién es? -balbuceó Johnson-... Estoy bien, gracias. Supongo que me quedé dormido en el sillón.
-Es alguien de la oficina del señor Wilbraham y dice que necesita verlo pronto antes de que salga usted de viaje, y yo le dije...
-Por favor, hágalo pasar de inmediato -indicó Johnson, cuya cabeza daba vueltas y su mente estaba llena aún de espantosas visiones.
El mensajero del señor Wilbraham entró con miles de disculpas y explicó breve y rápidamente que se había cometido un absurdo error y que se le había enviado a Johnson una bolsa-maletín equivocada la noche anterior.
-De alguna manera, Henry obtuvo la bolsa-maletín que llegó de la corte y el señor Wilbraham sólo lo descubrió cuando vio la de él en su habitación y preguntó por qué no se le había mandado a usted -informó el mensajero.
-¡Ah! -exclamó Johnson estúpidamente.
-Y seguramente le trajo la bolsa del caso del asesinato, señor -prosiguió el hombre, sin mostrar expresión alguna en el rostro-. Me temo que le mandaron la bolsa donde John Turk metió el cadáver. El señor Wilbraham está muy molesto, y me dijo que viniera temprano esta mañana con el maletín correcto, ya que usted viajaría por barco.
El hombre señaló hacia una bolsa-maletín limpia que había puesto en el piso.
-Y me dijo que debía regresar la otra -añadió de manera casual.
Durante unos momentos Johnson permaneció mudo hasta que por fin señaló en dirección de su alcoba.
-Tal vez sería usted tan amable de desempacarla. Por favor, deje las cosas en el piso.
El hombre desapareció en la otra habitación durante unos cinco minutos. Johnson escuchó cómo sacaba las cosas del maletín, y el ruido de los patines y las botas mientras desempacaba.
-Gracias, señor -dijo el hombre, al regresar con la bolsa-maletín doblada sobre su brazo-. ¿Puedo hacer algo más para ayudarlo?
-¿Como qué? -preguntó Johnson al notar que el hombre deseaba añadir algo más.
El hombre movió los pies y lanzó una mirada misteriosa.
-Perdone, señor, pero como sé que se interesó en el caso de Turk, pensé que le gustaría saber lo que ocurrió...
-Sí.
-John Turk se suicidó anoche, se envenenó inmediatamente después de recibir su sentencia y dejó una nota para el señor Wilbraham diciéndole que le agradecería mucho que lo enterraran de la misma manera en que enterró a la mujer que asesinó, en la vieja bolsa-maletín.
-Y... ¿a qué hora lo hizo? -preguntó Johnson.
-A las diez de la noche, según informó el carcelero.