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29 de junio de 2010

La sirena

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.

-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

-En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

-Oh, hay tantas cosas en el mar. -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

-Sí, es un mundo viejo.

-Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro.

-¿Los cardúmenes de peces?

-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida".

La sirena llamó.

-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...

-Pero... -interrumpí.

-Chist... -ordenó McDunn-. ¡Allí!

-Señaló los abismos.

-Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.

-¡Es imposible! -exclamé.

-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

-¡Parece un dinosaurio!

-Sí, uno de la tribu.

-¡Pero murieron todos!

-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

-¿Qué haremos?

-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

-¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

-¡Abajo! -gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

-¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

-Por si acaso -dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

26 de mayo de 2010

Androides

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Pasan las mesas a través del restauranteSeguidas por meseros que nunca desconfíanDe sus platos sus tazas sus tarros espumosos Llenos de azar, libertades enigmas impaciencia,Y lo sirven todo como si nada sucediera,Como si el mundo no girase en espiralY las sillas y las mesas se desplazan.Cámaras a distancia nos vigilan a todos. Salud dices y alzas una copa plena de otredadesVillaurrutias y un profundo buqué a Efraín HuertaTe respondo con un tarro lleno sólo a medias con alburesY espuma de poemas de NerudaTomas de tu plato trozos de una oveja eléctricaY sus sueños hacen que expandas la mirada;También hay entremeses con fragmentos de otoño,Con miradas de nube, con los versos de Goethe,Y platillos con el dulce sabor de la provincia velardiana.Así pasa la tarde, la comida, el movimiento del espacio.Y luego sacamos el tabaco, prendemos los cigarrosPara que el café se sienta acompañado.Pero llega un androide con un casco de glandeY la cara de escroto y pretende llevarnos a la cárcel.Hace no más de un año éramos tan sólo ciudadanosY ahora nos consideran asesinos, dices, y nos vamos.

H. Pascal

24 de marzo de 2010

Las almas permutadas

Tanto Uno como Otro eran sanos y tenían unos treinta años. Habían comido en las mismas tabernas, se habían sentado juntos en los conciertos y se habían prestado libros. Muchas veces Uno había ofrecido cigarros a Otro y éste había aceptado, pasándole, a cambio, la última revista que tenía en el bolsillo.
Pero, si no me equivoco, sus relaciones no habían sido nunca más íntimas que esto, y si alguna vez se habían estrechado la mano, Uno sentía, a través de los guantes de piel afelpada, que los blandos dedos de Otro no se entretenían con excesiva cordialidad.
Y sin embargo, Uno y Otro no se parecían a nadie de aquellos entre los que vivían, aunque tampoco se parecían entre ellos, y no me asombraría en absoluto que detrás de su silencio nacieran pensamientos bien curiosos. Pero los hombres extraños son tan corrientes que ahora ya no nos preocupamos de ellos.
Lo que supe después conmovió mi indiferencia. Parece ser que un día, mientras paseaban juntos después de la comida, Uno dijo a Otro:
-¿Estaría dispuesto a hacer conmigo un cambio importante?
(Esto fue dicho sin ninguna preparación. Entre ellos nunca habían hablado de asuntos personales.)
-Haría con gusto cualquier cambio, con tal que no perdiera demasiado -respondió Otro.
-El cambio que le propongo no se puede calcular. No podemos saber anticipadamente quién pierde o gana.
-Mejor. No busco el riesgo, pero tampoco lo rehuyo.
-Me temo que no crea posible el cambio que quiero proponerle.
-No es necesario que yo lo crea posible antes. Si lo puede llevar a cabo, creeré en él de todas maneras.
-¿Me promete, si lo rechaza, que no dirá nada a nadie?
-Le prometo todo, con tal de saber en seguida de qué se trata.
-Yo quería proponerle que permutáramos nuestras almas.
Otro sonrió y se detuvo. No se apresuró a responder, porque no quiso demostrar que la imprevista propuesta lo había asombrado demasiado. (Verdaderamente, cuesta creer que tal diálogo haya sucedido en el paseo de una gran ciudad.)
Uno tuvo que detenerse y, después de haber tenido el valor de arriesgarse a hacer la propuesta, no tuvo fuerzas para sonreír como Otro. Pero éste lo sacó en seguida del embarazo, diciendo:
-¿Por qué no? ¿Cree usted verdaderamente que es posible?
Otro, precisamente porque era un escéptico, prefería los pensamientos que nadie había pensado. Uno, enardecido, se entregó a exponer una teoría sobre las almas, sosteniendo, con mucho empeño, que en todo el mundo sólo hay una persona, que esta persona tiene muchas almas, innumerables almas contemporáneas, y que esas almas, para distinguirse, se crean cada una un cuerpo recogiendo la materia.
...Pero Otro no podía sufrir la metafísica.
-¡Basta, basta! -exclamó en lo mejor de la demostración-. Todo eso es perfectamente inútil para nuestra finalidad. A mí me importa saber si este cambio se puede hacer de verdad, de manera rápida y no dolorosa. Todo lo demás, perdóneme, es música celestial.
-¡Sea! -asintió Uno-. Veo que es usted un hombre práctico, y esto me agrada, porque yo no lo soy. Pero le diré que el problema de la sustitución de las almas es tan soluble que ya ha sido resuelto. Yo, que hablo, ya no tengo el alma con la que nací. Hace algunos años la cambié con la de un poeta que no conseguía ganar lo bastante con su alma de vagabundo, mientras yo puedo vivir de rentas. Como ve, soy un experto en estas permutas. ¿Acepta o no acepta?
-Ya le he dicho que no soy en absoluto contrario. Permítame solamente que le pida dos condiciones: ante todo, estaremos juntos por lo menos un mes, hablando mucho de nosotros mismos, para conocer mejor las respectivas almas. Por otra parte, si al cabo de un tiempo uno de nosotros ya no quisiera la nueva alma, queda entendido que nos restituiremos las que ahora poseemos.
¿Cómo podía Uno negar dos peticiones tan razonables? Así empezó, a partir de aquel día húmedo y oscuro de enero, el mes de hermandad de Uno y de Otro.
Los dos tenían mucho interés en hacerse bellos, en engañarse, en esconderse, en inventarse. Uno deseaba ardientemente hacer el cambio porque su alma de poeta no le permitía procurarse una vida tranquila y cómoda. Otro estaba estimulado por la curiosidad, por el inquieto deseo de lo nuevo.
Los dos se encontraban, por ello, en esta extraña condición: que cada uno tenía necesidad de despertar el deseo del otro y, para hacerlo, cada uno tenía que adivinar los gustos del otro; pero, por otra parte, cada uno de ellos, para presentarse de la manera más atractiva, se veía obligado a esconder algunos aspectos personales menos visibles y por ello, probablemente, más profundos. Para quien no comprenda estas sutilezas, diré, en dos palabras, que cada uno, para engañar bien, hubiera tenido necesidad de la sinceridad del otro, y que la sinceridad de uno hubiera bastado para convencer al otro de que no valía la pena de engañarlo.
Para explicarme mejor diré que Uno -el poeta- intentó mostrarse más práctico y que Otro -el práctico- se ingenió para parecer más poeta, y que Uno intentó persuadir a Otro de que solamente los poetas pueden poseer profundamente el mundo verdadero, y que Otro dio a entender a Uno que solamente los hombres prácticos pueden apoderarse del mundo concreto, el único existente.
Por otra parte, Uno hizo todo lo posible para hacer creer a Otro que también los poetas saben hacer cuentas y, en ciertos casos, incluso ganar, y Otro se dejó arrastrar a decir que también las personas prácticas tienen afán de fantasía y ráfagas de imaginación.
-Pero si todo esto es verdad, ¿por qué quiere cambiar? -preguntó Otro.
-¡Para probar, para conocer, para tener nuevas experiencias!
Verdaderamente, nunca he sabido con exactitud de qué hablaron Uno y Otro durante el mes que estuvieron juntos, pero no hace falta mucho para adivinarlo. Se contaron su vida acomodada y transfigurada, según los supuestos gustos del oyente; se hicieron todas las confidencias que no podían comprometerlos; atenuaron algunas aventuras muy graves, hasta el punto de transformarlas en pequeñas anécdotas, mientras se aprovechaban de algún hecho verdadero de poca monta para agigantarlo y hacer con él un capítulo de Plutarco o de Casanova.
Durante aquel tiempo, por deseo de Otro, vivieron juntos, en la misma habitación, sin separarse nunca ni para comer, ni para pasear, ni para dormir. Suprimieron las visitas, olvidaron los conocidos, omitieron los asuntos. Discutieron y prepararon toda la parte práctica del asunto, y cuando llegó el gran día del cambio, sólo faltaba la definitiva voluntad de los dos amigos.
La voluntad no faltaba ni a Uno ni a Otro, y, durante la noche que precedió al día treinta y uno de convivencia, la transmisión de las almas se llevó a cabo sin ninguna dificultad.
Parece ser que la operación tuvo lugar durante el sueño, es decir, en el momento en que las almas, según una vieja teoría todavía no desmentida, dejan el cuerpo y van por su cuenta en busca de aventuras que poder contar al despertar.
Cuando la mañana estuvo cerca, el alma de Uno entró en el cuerpo de Otro y la de Otro en el cuerpo de Uno. Ninguno de los dos experimentó el más pequeño sufrimiento. Cada uno se despertó con el alma deseada, con el alma nueva y, cuando notaron que todo estaba hecho, se abrazaron conmovidos, en silencio. Desde aquel día empezó para Uno la tercera vida, y para Otro, la segunda vida de este mundo.
Cada uno de ellos, con la nueva alma, se fue por caminos diversos. En el fondo, nada había cambiado entre ellos, porque las dos almas, aunque hubieran cambiado el cuerpo, eran las mismas; sin embargo, sintieron en seguida la necesidad de alejarse, como si experimentaran una imprevista repulsión después de la íntima amistad de los días pasados. ¿Quién no comprende en seguida la razón? El alma lo contiene todo, incluso el recuerdo del pasado, incluso aquello que más se esconde a los otros.
Cada uno de nosotros -con excepción del santo- es muy indulgente para consigo mismo. Intentamos no recordar las vilezas, las debilidades, las infamias cometidas; esconder y negar lo feo de nuestro carácter y, a fuerza de querer olvidar y esconder, se termina por creer que nuestra alma es pura y nuestro pasado está limpio.
Imagínense, pues, que entre en ustedes, de repente, el alma de otro. En seguida, después de una primera exploración, sentirán el mal olor de los vicios escondidos, descubrirán los rincones oscuros y se maravillarán de la cantidad de imbecilidad y de vileza que puede contener el alma de un caballero inteligente. El otro, naturalmente, hará el mismo descubrimiento en el alma que le han dado y tendrá razones de horror semejantes.
Así sucedió a Uno y a Otro: en ellos el desprecio se convirtió en odio, porque cada uno descubrió en el alma que había recibido lo que esta alma había pensado de la otra antes de pasar al nuevo cuerpo.
Uno descubrió en la memoria de Otro que éste lo había considerado como un vago vanidoso, ligero y sabihondo; Otro encontró en la memoria de Uno que éste lo tenía, antes del cambio, por un ser burdo, estrecho y orgulloso. Aunque las almas habían sido permutadas, el amor propio retrospectivo sufría y cada uno pensaba: «¡Qué alma tan terrible me ha tocado!»
Vivieron bastante tiempo alejados y cada uno buscó improvisar una nueva vida. Cada cuerpo, como consecuencia del cambio de habitante, tuvo que cambiar de costumbres y actividades. Otro, convertido en poeta, se fue a la montaña y se divirtió vagando por los campos. Uno se retiró a París y frecuentó la Bolsa. Así pasaron dos años, pero al cabo de este tiempo, a Uno lo asaltó una gran nostalgia de su alma pasada, de la que sabía algo a través de los recuerdos del alma de Otro, que ahora tenía dentro de sí, y volvió a la ciudad donde tuvo lugar el intercambio para solicitar la restitución.
Otro, en cambio, era muy feliz y había acabado por adaptarse perfectamente a su nueva alma. El alma del poeta se había vuelto verdaderamente suya. Todo lo feo estaba cubierto por la ceniza del tiempo y por las frondas de la vanidad, y Otro gozaba de los árboles, del cielo, de las aguas y de las palabras como un extático.
Es más, le había llegado una fortuna: se había enamorado de una mujer que estaba enamorada de él. Desde hacía algunos meses vivían juntos, en una casa rodeada de arroyos y de pájaros, y Otro recordaba con desagrado lo que había sido antes, cómo se había visto mientras su alma actual estaba en el cuerpo de Uno. Pero éste consiguió pronto encontrar el refugio de Otro y se presentó con bruscas maneras para pedirle el alma que le había dado; el alma que había sido suya. Los dos hombres, encerrados en un cuarto, gritaron toda una mañana sin ningún provecho. Otro no quería en absoluto restituir el alma con la que se encontraba tan bien en el mundo, y sostenía su derecho sin ninguna piedad. Hablaba a grandes voces, sin pensar que su mujer podía oírlos y, tal vez, dejar de amarlo al descubrir que aquella alma que la había enamorado no era la verdadera alma del amado. En efecto, la mujer escuchó durante mucho tiempo a la puerta, pero, como los dos gritaban a la vez sobre un intercambio tan extraño que a nadie podía ocurrírsele fácilmente, no entendió nada.
Cuando Uno salió, al fin, cerrando furiosamente la puerta, la amante se precipitó dentro del cuarto y encontró a Otro sudando, con la cara enrojecida y malhumorado.
-Se trata de un viejo acreedor -dijo, respondiendo a la pregunta de los ojos-, pero de un acreedor que no tiene ningún derecho a reclamar lo suyo.
No quiso decirle más. Comprendía que la confesión hubiera puesto en peligro su amor. La mujer amaba, sobre todo, su espíritu, su carácter, sus sueños, y por eso seguramente hubiera amado lo mismo aunque el alma hubiese vuelto a otro cuerpo, pero el pobre Otro amaba también con su cuerpo y no quería que el cuerpo de ella se le escapara.
Uno estaba fuera de sí por la rabia y, sin pensar en lo que hacía, fue a ver a un abogado y le expuso con gran calor su caso. El abogado, no pudiendo refrenar su elocuencia de ninguna manera, dejó que se desahogara, pero, apenas hubo terminado, le dijo:
-Querido señor, su asunto es muy interesante, pero creo que lo han dirigido mal. A usted le hace falta un médico y no un jurista.
Uno no se desanimó y expuso de nuevo su caso a un segundo abogado. Éste lo tomó más en serio y le dijo claramente que en el Código no había ningún artículo que hiciera referencia a una permuta tan extraordinaria, que faltaban los documentos del intercambio y que, por otra parte, él mismo reconocía que la retrocesión debía admitirse de común acuerdo, lo que, evidentemente, era imposible.
Uno pensó entonces en prescindir de los abogados, defenderse por sí mismo y denunciar el caso ante un tribunal. Encontró, por fortuna, a un juez inteligente, el cual, en lugar de hacer encerrar al pobre Uno en un manicomio, llamó a los dos contendientes para saber la verdad y, en su caso, ponerlos de acuerdo. Pero Otro sostuvo su tesis, jurídicamente legítima, de que el contrato había sido hecho contando solamente en la buena fe recíproca, y que el querellante reconocía que no se podía volver atrás más que en caso de perfecto acuerdo.
-Este acuerdo -decía- no existe y no puede existir, porque yo me encuentro bien con el alma que poseo y no quiero, en absoluto, volver a tener la antigua. La proposición del intercambio no ha salido de mí, sino de él, y es justo que sea él quien sufra las consecuencias del riesgo que ha buscado.
Uno lloraba silenciosamente y no sabía qué contestar. Se arrojó a los pies de Otro, rogó, suplicó, improvisó las más patéticas imploraciones que un hombre pueda dirigir a otro hombre, pero de nada le valió. Otro estaba demasiado apegado a su alma y a su mujer.
Uno salió de la casa del juez todo blanco, descorazonado, humillado; se encerró en un hotel y no salió de casa durante dos meses. Finalmente, una tarde -era en febrero- pensó que un poco de música le haría bien y quiso ir al teatro. Nevaba y Uno no iba bien tapado. A la mañana siguiente no se levantó de la cama, estuvo muy mal durante una semana, lo trasladaron a un hospital y sintió que la muerte se acercaba. Su cuerpo no había podido adaptarse nunca a la nueva alma.
Pero, antes de morir, pensó en la venganza. Recordó que el alma que él deseaba tan ardientemente volver a tener no había sido suya desde el nacimiento. La había obtenido, en cambio, de un pobre poeta, que, una vez librado de su incómodo espíritu, había podido llegar a ser un gran terrateniente. Uno sabía dónde vivía y le escribió una larga carta explicándoselo todo. La carta terminaba así:
Ahora que ha hecho fortuna, podría permitirse, creo, volver a tomar el alma que me cedió en la juventud. Entonces le impedía ser rico, pero hoy le serviría para gozar más notablemente sus riquezas. Vaya a casa de aquel a quien, en un momento de loca curiosidad, la cedió y no le dé paz hasta que se la devuelva. Usted será feliz, y, además, vengará a este infeliz bienhechor suyo.
Al cabo de dos días éste corrió al hospital, y llegó a tiempo de obtener todas las noticias que le hacían falta para recuperar su alma nativa. Poco después Uno moría, y el propietario -el verdadero propietario- se puso en acción para vengarlo. Fue a ver a Otro y le dijo resueltamente:
-O me devuelve mi alma o se lo cuento todo a su mujer. Para mañana tengo necesidad de una respuesta.
El medio elegido era demasiado brusco. ¿Qué le importaba a Otro tener un cuerpo si el alma se iba, si la mujer no le amaría ya? De todas maneras, perdería lo mejor de sí mismo y de su vida. Y entonces se oyó, en el silencio de la casa campestre, el acostumbrado disparo de arma de fuego que termina tan bien con todas las situaciones embrolladas.
Cuando a la mañana siguiente llegó el propietario para la respuesta, encontró a un cuerpo vivo que sollozaba sobre un cuerpo muerto: el sabio señor vio que no merecía la pena hacer revelaciones.

4 de marzo de 2010

La ladrona de libros

Érase una vez un mundo donde las noches eran largas.Érase una vez una ladrona que robaba libros y regalaba palabras.Una novela preciosa, tremendamente humana y emocionante, que describe las peripecias de una niña alemana de nueve años desde que es dada en adopción por su madre hasta el fnal de la II Guerra Mundial. Su nueva familia, gente sencilla y nada afecta al nazismo, le enseña a leer y, a través de los libros y Rudy, ella logra distraerse durante los bombardeos y combatir la tristeza. Pero es el libro que ella misma está escribiendo el que fnalmente le salvará la vida.
La historia es triste a momentos, esperanzadora en otras, pero nuestra narradora, que no gusta de guardar misterios nos adelanta en ocaciones el final, y nos hace latir el corazon a mil, y de nuevo nos regresa a la historia, no hay dudas esa narradora es vieja y posesiva y como ella misma lo dice nos veremos con ella al final todos, sin ecepciones.

Markus Zusak

2 de febrero de 2010

La elegancia del erizo


En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

Muriel Barbery

26 de septiembre de 2009

La escala del tiempo

Se trata de un relato muy simple: un periodista polaco trabajando en la sede de la ONU en Nueva York, entra en un bar y es interpelado por un compatriota que asegura haber creado una máquina que permite desdoblar el tiempo. Por supuesto, el periodista no le cree y el hombre, para demostrárselo, pone en marcha la máquina.
De esta forma, la historia se desdobla en varias historias menores, todas ellas comenzando a la misma hora y con una misma duración, pero en las que los acontecimientos difieren en función de las decisiones tomadas por el protagonista.
Estas historias paralelas nos cuentan una trama de espionaje en los bajos fondos, relacionadas con unas misteriosas cartas por las que las mafias polacas en Nueva York están dispuestas a matar.
Al final de la historia, el misterioso personaje del bar se despide y al protagonista le queda la duda de si todo lo que ha visto es real. Sólo la presencia en su bolsillo de un medallón obtenido en una de las líneas temporales confirma la veracidad de lo vivido.
Es un relato ameno pero, como ya se ha dicho, muy simple. Sólo cabe destacar una curiosa línea, muy propia de la ciencia ficción soviética:
"La humanidad aún no es lo bastante adulta para este regalo.
- Pero están los estados socialistas -dije.
- ¿Para qué iban a querer
reconstruír el futuro? Lo están construyendo por sí mismos basándose en las
premisas racionales de la realidad."
Alexander Abramov

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29 de agosto de 2009

El planeta de los muertos

I
De profesión, Francis Melchior era anticuario; por vocación, era astrónomo. De esa manera se esforzaba para calmar, si no para satisfacer, dos necesidades de un temperamento complejo y raro. A través de su oficio, gratificaba, hasta cierto punto, su ansia de todas las cosas que hubiesen estado sumergidas bajo las sombras funerarias de edades muertas, en las llamas de oscuro ámbar de soles que hacía largo tiempo que se habían puesto; por todas las cosas que tienen en torno suyo el misterio irresoluble del tiempo pretérito.
Y, a través de su vocación, encontró un camino despejado a reinos exóticos en el espacio exterior, a las únicas esferas en las que su imaginación podía vagar en libertad y sus sueños podían quedar satisfechos.
Porque Melchior era uno de aquellos que han nacido con un asco incurable a todo lo que es actual o cercano, uno de aquellos que han bebido demasiado poco del olvido y no han olvidado por completo las glorias trascendentes de otras épocas, junto a los mundos de los que fueron exiliados por su nacimiento humano; así que sus pensamientos, furtivos e incansables, y sus anhelos, vagos e insaciables, vuelven oscuramente a las costas desaparecidas de una perdida herencia.
Para alguien así, la Tierra es demasiado estrecha y la extensión del tiempo de los mortales, demasiado breve; y la pobreza y la esterilidad están por todas partes; y por doquier es su destino una infinita fatiga.
Con una predisposición que de ordinario resulta tan fatal para las facultades de hacer negocios, fue verdaderamente notable que Francis Melchior hubiese prosperado absolutamente en los suyos. Su amor por las cosas antiguas, por los jarrones raros, cuadros, mobiliario, joyas, ídolos y estatuas, le hacían estar más dispuesto a comprar que a vender; y sus ventas eran a menudo una fuente de dolor y arrepentimientos secretos. Pero, de alguna manera, a pesar de todo, había logrado adquirir un cierto grado de comodidad material. Por naturaleza, tenía algo de solitario y era considerado generalmente como un excéntrico. Nunca se había preocupado por casarse; no había tenido amigos íntimos, y le faltaban muchas de las inquietudes que, a los ojos del hombre de la calle, se supone que caracterizan a un ser humano normal.
La pasión de Melchior por las antigüedades y su afición a las estrellas procedían, ambas, de los días de su infancia.
Ahora, al cumplir treinta y un años, con un desahogo y una prosperidad crecientes, había convertido el balcón superior de su casa aislada de las afueras, que se levantaba en la cima de una colina, en un observatorio amateur.
Aquí, con un nuevo y poderoso telescopio, estudiaba los cielos veraniegos noche tras noche. Él poseía escaso talento y poca afición por esas recónditas ecuaciones matemáticas que forman una parte tan importante de la astronomía ortodoxa; pero tenía una comprensión intuitiva de las inmensas extensiones estelares, una sensibilidad mística para todo aquello que se encuentre en el espacio exterior.
Su imaginación vagabundeaba y se aventuraba entre los soles y las nebulosas; y, para él, cada nimio brillo en el telescopio parecía contar su propia historia e invitarle a su propio reino de fantasía ultramundana. No estaba especialmente preocupado con los nombres que los astrónomos han dado a cada estrella y a cada constelación; pero, de todos modos, cada una de ellas poseía para él una identidad individual que no podía confundirse con la de ninguna otra.
En particular, Melchior se sentía atraído por una diminuta estrella en una extensa constelación al sur de la Vía Láctea. Apenas podía distinguirse a simple vista; e, incluso por su telescopio, daba la impresión de una soledad y un apartamiento cósmicos como no había sentido ante otro orbe. Le atraía más que los planetas rodeados de lunas o las estrellas de primera magnitud con sus aureolas espectrales y ardientes; y volvía a ella una y otra vez, abandonando, por este solitario punto de luz, la maravilla de los múltiples anillos de Saturno y la zona nublada de Venus y los intrincados anillos de la gran nebulosa de Andrómeda.
Meditando durante muchas medianoches sobre la atracción que la estrella ejercía sobre él, Melchior razonó que su estrecho rayo era la emanación completa de un sol y, quizá, de un sistema planetario; que el secreto de mundos extraños, y puede que hasta algo de su historia, estaba implícito en aquella luz, si tan sólo uno fuese capaz de leer la historia. Y ansiaba comprender y conocer la tenuemente hilada hebra de afinidad que atraía su atención sobre este mundo en particular. En cada ocasión en que miraba, su cerebro era tentado por oscuras pistas de una belleza y unas maravillas que estaban aún un poco más allá de sus más audaces fantasías, de sus sueños más incontrolados.
Y, cada vez, le parecía que estaban una pizca más cerca y más accesibles que antes. Y una extraña e indeterminada expectativa comenzó a mezclarse con la avidez que impulsaba sus visitas de cada noche al balcón.
Cierta medianoche, cuando estaba mirando a través del telescopio, le pareció que la estrella era un poco más grande y brillante de lo habitual. Incapaz de explicar esto, la miró más fijamente que nunca y, sintiendo una emoción creciente, fue repentinamente capturado por la antinatural idea que estaba mirando hacia abajo a un abismo extenso y vertiginoso, más que hacia arriba, a los cielos primaverales. Sintió que el balcón ya no estaba debajo de sus pies, sino que de algún modo se había dado la vuelta; y entonces, de repente, estaba cayéndose directamente sobre el éter, con un millón de truenos y de llamas en torno suyo y tras él. Durante un breve instante, aún le pareció ver la estrella que estaba mirando, lejos en el terrible vacío de oscuridad espantosa; y entonces se olvidó y ya no pudo encontrarla.
Hubo el mareo de un incalculable descenso y un torrente de vértigo, de velocidad siempre creciente, que no podía soportarse; y, transcurridos momentos o evos (no podía decir qué), los truenos y las llamas se apagaron en una oscuridad definitiva, en un completo silencio; y él ya no supo que estaba cayéndose y ya no retuvo ningún tipo de inteligencia.


II
Cuando Melchior recuperó el sentido, su primer impulso fue sujetar el brazo del sillón en el cual había estado sentado debajo del telescopio. Era el movimiento involuntario de alguien que se cae en un sueño. Al momento se dio cuenta de lo absurdo de semejante impulso; porque no estaba sentado sobre una silla en absoluto; y sus contornos no tenían el menor parecido con el balcón nocturno, en el cual había sido capturado por aquel extraño vértigo, desde el que le había parecido caer y perderse.
Estaba de pie sobre una carretera pavimentada con bloques ciclópeos de piedra gris. Una carretera que se extendía interminablemente ante él, adentrándose en las perspectivas indefinidas de un mundo inconcebible. A lo largo de la carretera había árboles bajos de aspecto fúnebre, con follaje de un color triste y frutas de un violeta mortecino; y, más allá de los árboles, había una fila de obeliscos monumentales, de terrazas y de cúpulas, de colosales edificios multiformes, que se levantaban en la distancia en perspectivas, infinitas e incontables, hacia un horizonte indefinido.
Sobre todo ello, desde un apogeo ébano púrpura, caían los rayos, ricos y apagados, de la iluminación de un sol rojo como la sangre.
Las formas y las proporciones de la laberíntica masa de edificios eran distintas de cualesquiera que hubiesen sido diseñadas en arquitecturas terrestres; y, durante un instante, Melchior se sintió anonadado ante su número y tamaño, ante su monstruosidad y rareza.
Entonces, mientras miraba una vez más, ya no eran monstruosos ni raros; y los reconoció como lo que eran, y al mundo que recorría esta carretera sobre la que se encontraban sus pies y el punto de destino al que debía dirigirse y el papel que estaba destinado a representar.
Todo ello regresó a él tan inevitablemente como los verdaderos hechos y motivos de la vida regresan a alguien que se ha entregado, olvidándose de todo, a representar un papel dramático que es ajeno a su verdadera identidad.
Los incidentes de su vida como Francis Melchior, aunque aún los recordaba, se habían vuelto oscuros y sin sentido y grotescos, en su nuevo despertar a un estado más pleno de entidad, con todas sus consecuencias de recuerdos recobrados, de emociones y sensaciones resucitadas. No había rareza, tan sólo la familiaridad de un regreso a casa, en el hecho que había pasado a otra modalidad del ser, con su propio entorno, sus propios pasado, presente y futuro, todos los cuales habrían resultado inconcebiblemente extraños al astrónomo amateurque unos momentos antes había mirado una diminuta estrella alejada en el espacio sideral.
¾Por supuesto que soy Antarión ¾musitó ¾. ¿Quién, si no, podría ser yo?
El idioma de su pensamiento no era el inglés, ni ningún otro idioma de la Tierra; pero no se quedó sorprendido por su conocimiento de este idioma; ni tampoco se quedó sorprendido cuando vio que estaba ataviado con un ropaje de color rojo como una luciérnaga, de una moda desconocida en todo pueblo y época humanos. Este vestido, junto a ciertas diferencias de su personalidad física que le habrían parecido bastante raras un poco antes, eran exactamente como él esperaba que fuesen. Les dedicó tan sólo una mirada casual, mientras repasaba en su mente las circunstancias de la vida que ahora había reiniciado.
Él, Antarión, un famoso poeta del país de Charmalos, en el antiguo mundo que era conocido para sus gentes vivientes como Phandiom, había partido en un breve viaje al reino vecino. Durante el curso de este viaje, había tenido un sueño deprimente..., el sueño de una vida aburrida, inútil, como un tal Francis Melchior, en una especie de planeta de lo más raro y desagradable, que estaba en alguna parte por el otro extremo del Universo. Era incapaz de recordar con exactitud cuándo y cómo había tenido este sueño; y tampoco sabía cuánto había durado; pero, en cualquier caso, estaba contento de haberse liberado de él y de acercarse ahora a su ciudad nativa de Saddoth, donde habitaba, en su oscuro y espléndido palacio de eones anteriores, la hermosa Thameera, a quien él amaba. Ahora, una vez más, después de la oscura niebla de aquel sueño, su mente estaba llena de la sabiduría de Saddoth; y su corazón estaba iluminado por un millar de memorias de Thameera; y estaba oscurecido a ratos por una vieja ansiedad relativa a ella.
No sin razón, había estado Melchior fascinado por las cosas que son antiguas o que se encuentran lejos. Porque el mundo, en el que caminaba como Antarión, era inconcebiblemente antiguo y las épocas de su historia eran demasiadas como para recordarlas; y los elevados obeliscos y grandes edificios a lo largo de la carretera eran las elevadas tumbas, los orgullosos monumentos de antigüedad inmemorial, que habían llegado a sobrepasar en infinito número a los vivientes.
Con más pompa que los reyes terrenales, estaban los muertos alojados en Phandiom; y sus ciudades se alzaban insuperables en su extensión, con calles interminables y prodigiosas veletas, por encima de las moradas menores en las que habitaban los vivos. Y, a través de Phandiom, los años pasados eran una presencia tangible, un aire que lo envolvía todo; y la gente estaba sumergida en la oscuridad crepuscular de la antigüedad; y eran sabios con todo tipo de sabiduría acumulada; y eran sutiles en la práctica de extraños refinamientos, de eruditas perversiones, de todo lo que puede envolver, con hábil opulencia, variedad y gracia, el desnudo y tosco cadáver de la vida, u ocultar, de la visión de los mortales, el cráneo burlón de la mente. Y aquí en Saddoth, mas allá de las cúpulas, de las terrazas y de las columnas de la enorme necrópolis, como una flor nigromántica en la cual los lirios vuelven a vivir, florecía la extraordinaria y triste belleza de Thameera.


III
Melchior, en su consciencia como el poeta Antarión, era incapaz de recordar un tiempo en que no hubiese amado a Thameera. Ella había sido una pasión ardiente, un exquisito ideal, una delicia misteriosa y una pena enigmática. Él la había adorado implícitamente a lo largo de todos los cambios lunares de sus estados de ánimo, en su petulancia infantil, su ternura maternal o apasionada, su silencio sibilino, sus caprichos traviesos o macabros; y sobre todo, quizá, en las oscuras penas y los terrores que la dominaban de cuando en cuando.
Él y ella eran los últimos representantes de nobles antiguas familias, cuyos linajes no medidos se perdían en la multitud de ciclos de Phandiom. Como todos los demás de su raza, estaban imbuidos de la herencia de una cultura compleja y decadente; y las sombras de la necrópolis, que nunca se levantaban, habían caído sobre ellos desde su nacimiento. En la vida de Phandiom, en su atmósfera de un tiempo antiguo, de un arte desarrollado durante eones, de un epicureísmo consumado y ya un poco moribundo, Antarión había encontrado amplias satisfacciones para todos los instintos de su ser. Había vivido como un sibarita del intelecto; y, en virtud de un vigor medio primitivo, no había caído aún en la tristeza y desolación espirituales, el temido e implacable aburrimiento del envejecimiento de la raza, que marcaba a tantos de entre sus semejantes.
Thameera era incluso más sensible y más visionaria por su naturaleza; y a ella le pertenecía el refinamiento definitivo que está cercano a la decadencia otoñal. Las influencias del pasado, que eran una fuente de placer poético para Antarión, producían en sus delicados nervios dolor y languidez, horror y opresión. El palacio en el que ella vivía y las propias calles de Saddoth estaban llenos de efluvios que manaban de los pozos sepulcrales de la muerte; y el agotamiento de los muertos innumerables estaba por todas partes; y una presencia, malvada u opiácea, se arrastraba desde las criptas de los mausoleos, para aplastarla o ahogarla con sus alas sin forma. Solamente entre los brazos de Antarión conseguía escapar de esto; y sólo con sus besos conseguía olvidarlo.
Ahora, después de su viaje (cuya razón no lograba recordar) y después de aquel curioso sueño en que se había imaginado ser Francis Melchior, Antarión fue de nuevo admitido a la presencia de Thameera por esclavos que se mostraban invariablemente discretos al carecer de lengua.
Bajo la luz oblicua de las ventanas de berilio y topacio, en la oscuridad, malva y carmesí, de los pesados tapices; sobre un suelo de maravillosos mosaicos realizados en ciclos anteriores, avanzó lánguidamente para recibirle. Era más hermosa que en sus recuerdos y más pálida que las flores de las catacumbas. Ella era exquisitamente frágil, voluptuosamente orgullosa, con cabellos de un oro lunar y ojos de un marrón nocturno que estaban salpicados de estrellas móviles y rodeados por las perlas oscuras de las noches sin dormir. La belleza, el amor y la tristeza, los exhalaba como un múltiple perfume.
¾Me alegro que hayas venido, Antarión, porque te he echado de menos ¾su voz era tan delicada como el aire que nace entre los árboles en flor y tan melancólica como la música que se recuerda.
Antarión se había arrodillado, pero ella le tomó de la mano y le condujo hasta un sofá debajo de unas cortinas decoradas con intrincadas figuras. Allí, los amantes se miraron mutuamente en medio de un silencio afectuoso.
¾¿Te va todo bien, Thameera? ¾la pregunta estaba motivada por la ansiosa intuición del amor.
¾No, todo no va bien. ¿Por qué te marchaste? Las alas de la muerte y de la oscuridad están por las calles, revolotean más cerca que nunca; y sombras más oscuras que las del pasado han caído sobre Saddoth. Ha habido una extraña perturbación en el aspecto de los cielos; y nuestros astrónomos, después de muchos cálculos y estudios, han anunciado la inminente condena del sol. No nos queda sino un único mes de luz y de calor y el sol se desvanecerá de los cielos de la noche como una lámpara que se apaga, caerá una noche eterna y el frío del espacio exterior se arrastrará sobre Phandiom. Nuestro pueblo ha enloquecido ante el horror previsto; y algunos de ellos se han hundido en una desesperación apática y otros más se han entregado a fiestas frenéticas y a orgías... ¿Dónde estuviste, Antarión? ¿En qué sueño te perdiste para poder abandonarme tanto tiempo?
Antarión intentó tranquilizarla.
¾El amor es aún nuestro ¾dijo él ¾. Y, aunque los astrónomos hayan leído los cielos correctamente, tenemos un mes ante nosotros… y un mes es mucho.
¾Sí, pero existen otros peligros, Antarión. El rey Haspa ha mirado sobre mí con los ojos del deseo senil y me corteja asiduamente con regalos, promesas y amenazas. Es el antojo, repentino e inexorable, de la edad y del aburrimiento, el capricho de la desesperación. Él es cruel, inflexible y todopoderoso.
¾Te llevaré lejos ¾dijo Antarión ¾; escaparemos juntos y habitaremos entre los sepulcros y las ruinas, donde nadie pueda encontrarnos. Y el amor y el éxtasis florecerán como flores escarlatas bajo su sombra; y recibiremos la noche infinita el uno en los brazos del otro; y así conoceremos el máximo de los placeres mortales.


IV
Bajo la negra medianoche que colgaba sobre ellos como unas inmóviles alas colosales, las calles de Saddoth estaban ardiendo con un millón de luces amarillas, cinabrio, cobalto y púrpura. A lo largo de las anchas avenidas, los callejones profundos como valles y entrando y saliendo de los pasmosos palacios antiguos, templos y mansiones, se vertían las grotescas festividades, la tumultuosa diversión de una mascarada que duraba toda la noche. Todo el mundo estaba fuera, desde el rey Haspa y sus delgados y sibaríticos cortesanos, hasta los mendigos y los parias más bajos. Un revoltijo de disfraces extravagantes e inauditos, una mezcla de fantasías más variadas que las de un sueño del opio, iban y venían por todas partes. Como Thameera había dicho, la gente se había vuelto loca con la amenaza de la condena prevista por los astrónomos; y buscaban olvidar, en un rápido y siempre creciente delirio de todos los sentidos, su temor ante la noche que se aproximaba.
Más tarde, durante la noche, Antarión salió por la puerta trasera de la alta y oscura mansión de sus ancestros, y se abrió camino por entre el histérico revuelo de la gente en dirección al palacio de Thameera. Estaba ataviado con ropas de un estilo anticuado, tal como no había sido vestido desde hacía un puñado de siglos en Phandiom; y toda su cabeza y su rostro estaban envueltos en una máscara pintada y diseñada para representar la peculiar fisonomía de una raza ya extinta. Nadie podría haberle reconocido; y él, por su parte, a muchos de los festejantes con los que se encontró tampoco podría haberlos reconocido, sin importar lo mucho que los conociese, porque la mayoría de ellos estaban disfrazados con un ropaje no menos estrambótico y llevaban máscaras que eran caprichosas o absurdas, o asquerosas o ridículas más allá de lo que podría imaginarse. Había diablos y emperatrices y dioses, reyes y nigromantes de las lejanas e insondables épocas de Phandiom, monstruos de tipo medieval o prehistórico, cosas que nunca habían nacido o sólo habían sido contempladas en la mente de locos artistas decadentes, buscando superar las anormalidades de la naturaleza. Incluso de la tumba habían extraído su inspiración y, momias amortajadas, cadáveres mordidos por los gusanos, se paseaban ahora entre los vivos. Todas estas máscaras eran la pantalla para licencias orgiásticas sin precedente o paralelo.
Todos los preparativos necesarios para la fuga de Saddoth habían sido hechos y Antarión había dejado instrucciones, minuciosas y cuidadosas, con sus criados respecto a ciertas cuestiones esenciales. Conocía de antiguo el temperamento implacable y tiránico de Haspa, sabía que el rey no toleraría oposición alguna a la indulgencia de cualquiera de sus caprichos o pasiones, sin importar lo momentánea que fuese. No había tiempo que perder a la hora de abandonar la ciudad junto a Thameera.
Llegó por caminos retorcidos y tortuosos hasta el jardín detrás del palacio de Thameera. Allí, entre los altos lirios espectrales de colores profundos o cenicientos, los inclinados árboles fúnebres con sus frutas de sabor sutil y opiáceo, ella le esperaba, ataviada con un vestido cuya antigüedad igualaba la del suyo y que era no menos impenetrable para reconocerla. Después de un breve murmullo de saludo, salieron juntos del jardín y se unieron a la olvidadiza multitud. Antarión había temido que Thameera estuviese vigilada por los secuaces de Haspa; pero no había señales de semejante vigilancia, nadie a la vista que pareciese estar acechando o entreteniéndose; tan sólo el rápido movimiento de la siempre cambiante multitud, preocupada por su búsqueda del placer.
Entre esta multitud, consideró que se encontraban a salvo.
Sin embargo, a causa de unas precauciones escrupulosas, se permitieron ser arrastrados durante un rato en la corriente de la diversión de la ciudad, antes de buscar la larga avenida arterial que conducía a las puertas. Se unieron al canto de canciones festivas, devolvieron los chistes de bacanal que les arrojaban los transeúntes, bebieron los vinos que les ofrecieron los portadores de jarras públicas, se paraban cuando la multitud se paraba, se movían cuando la multitud se movía.
Por todas partes había llamas que ardían salvajemente y la grosería de voces elevadas y el gemido estridente o el pulsar febril de instrumentos musicales. Había festejos en las grandes plazas y las puertas de casas de antigüedad inmemorial vertían un torrente de iluminación a todos aquellos que elegían entrar. Y, en los enormes templos de evos anteriores, se celebraron ritos delirantes ante dioses que miraban, con inmutables ojos de metal o piedra, los desesperados cielos; y los sacerdotes y los fieles se drogaban con terribles opiáceos y buscaban el éxtasis embriagador del abandono a una histeria tanto carnal como devota.
Al cabo, Antarión y Thameera, por etapas que no se notaban, dando muchas vueltas y giros, comenzaron a acercarse a las puertas de Saddoth. Por primera vez en su historia, las puertas se hallaban sin vigilancia; porque, en medio de la desmoralización general, los centinelas se habían marchado sin miedo a la detención o a los reproches, para unirse a la universal orgía. Aquí, en el barrio exterior, había poca gente, y tan sólo los restos desperdigados de fiestas; y el amplio espacio abierto entre las últimas casas y las murallas de la ciudad estaba por completo desierto. Nadie vio a los amantes cuando se alejaron como sombras evanescentes por el bostezo triste de las puertas, y siguieron la carretera gris adentrándose en la oscuridad exterior, atestada con las indefinidas siluetas de los mausoleos y los monumentos.
Aquí, las estrellas habían sido cegadas por las luces brillantes de Saddoth, claramente visibles en el cielo quemado. Y, en el momento en que los dos amantes salían, las dos pequeñas lunas cenicientas de Phandiom se levantaron desde atrás de la necrópolis, y proyectaron la desesperada languidez de sus débiles rayos sobre las múltiples cúpulas y minaretes de los muertos. Y, bajo las lunas gemelas, que extraían su luz incierta de un sol agonizante, Antarión y Thameera se quitaron las máscaras y se miraron mutuamente en el silencio de un amor inefable y compartieron el primer beso de su mes de definitiva delicia.


V
Durante dos días y dos noches, los amantes habían escapado de Saddoth. Se habían ocultado durante el día entre los mausoleos, habían viajado en la oscuridad y bajo el brillo dudoso de las lunas, sobre carreteras que eran poco utilizadas, dado que se dirigían tan sólo a ciudades abandonadas desde hacía épocas en las regiones exteriores de Charmalos, en una tierra cuyo mismo suelo hacía largo tiempo había quedado exhausto y había sido abandonado al escondido avance del desierto. Y ahora habían llegado al final de su viaje, porque, tras ascender una colina baja y sin árboles, vieron, debajo de ellos, los arruinados y olvidados techos de Urbyzaun, que había estado abandonada desde hacía mil años; y, más allá de los tejados, el oscuro y apagado lago rodeado por colinas desnudas desgastadas por las olas, que una vez había sido extensión de un gran mar.
Aquí, en el palacio que se desmoronaba del emperador Altanoman, cuyas altas y tumultuosas glorias eran ahora una leyenda que se olvidaba, los esclavos de Antarión les habían precedido, trayendo un suministro de comida y de las comodidades y lujos que podrían necesitar durante el intervalo que precedería al olvido. Y aquí estaban a salvo de toda persecución; porque Haspa, sumido en la fiebre y empujado por el aburrimiento de los últimos días, se había vuelto hacia la satisfacción de algún capricho menos difícil y ya se había olvidado de Thameera.
Y ahora, para estos amantes, comenzó una vida que era el epítome breve de toda la delicia y toda la desesperación posibles. Y, lo que resultaba bastante raro, Thameera perdió los miedos indefinidos que la habían atormentado, las débiles penas que la habían obsesionado y era completamente feliz bajo las caricias de Antarión. Y, teniendo en cuenta que disponían de tan poco tiempo para expresar su amor, para compartir sus pensamientos, sus sentimientos, sus fantasías, nunca se decía o se hacía lo bastante entre los dos; y ambos estaban gozosamente satisfechos.
Pero los rápidos días implacables pasaron; y, día tras día, el sol rojo que daba vueltas sobre Phandiom fue oscurecido por un tinte de las sombras venideras y un frío se cernió sobre el tranquilo aire; y los cielos calmados, en los cuales no se movía ni una nube ni una ráfaga de viento o las alas de un pájaro, eran indicativos de la condena.
Y, día a día, Antarión y Thameera miraron cómo se oscurecía el sol desde una terraza arruinada sobre el lago muerto; noche tras noche, asistieron al palidecer de las lunas fantasmales. Y su amor se convirtió en una dulzura intolerable, una cosa demasiado profunda y querida como para ser soportada por un corazón mortal o por carne mortal.
Misericordiosamente, habían perdido la cuenta estricta del tiempo y no sabían el número de días que habían pasado y pensaban que aún tenían ante ellos varias albas y ocasos de placer. Estaban tumbados juntos en un sofá del viejo palacio..., un sofá de mármol que los esclavos habían sembrado con lujosos tejidos y estaban repitiendo una y otra vez la letanía de su amor, cuando el sol fue alcanzado al mediodía por la condena que los astrónomos habían predicho; cuando un lento crepúsculo llenó el palacio, más pesado que la sombra que proyecta una nube, siendo seguido por una ola de repentina oscuridad como el ébano y el frío que se arrastra del espacio exterior. Los esclavos de Antarión gimieron en las tinieblas; y los amantes supieron que el final de todo estaba próximo; y se abrazaron el uno al otro en un placer desesperado, con rápidos e innumerables besos y murmuraron el supremo éxtasis de su ternura y de su deseo; hasta que el frío que caía desde el infinito se convirtió en una agonía creciente y en un misericordioso atontamiento y, después, en un olvido que todo lo alcanzaba.


VI
Francis Melchior se despertó en su silla, debajo del telescopio. Temblaba porque el aire se había enfriado; y, al moverse, notó que sus miembros estaban extrañamente rígidos, como si hubiese estado expuesto a un frío más riguroso que el de una noche de verano. El largo y curioso sueño que había tenido era inexpresablemente real para él; y los pensamientos, miedos, deseos y desesperaciones de Antarión todavía seguían con él.
Mecánicamente, más que a través de una renovación de sus impulsos como ser terrenal, fijó sus ojos en el telescopio y buscó la estrella que había estado estudiando cuando el vértigo premonitorio le atrapó. La configuración del cielo no había cambiado apenas, las constelaciones que la rodeaban estaban altas al sudoeste; pero, con una impresión que se convirtió en auténtica sorpresa, se dio cuenta que la propia estrella había desaparecido.
Nunca, aunque ha explorado los cielos noche tras noche durante la alternancia de muchas estaciones, ha sido capaz de encontrar el pequeño y distante orbe que le atrajo de una manera tan inexplicable e irresistible.
Tiene una doble pena; y, aunque se ha vuelto viejo y gris con la lentitud de los años estériles, con la compra y venta de las antigüedades, con el estudio de las estrellas, Francis Melchior aún duda un poco sobre cuál es el verdadero sueño: su vida en la Tierra o su mes en Phandiom, bajo un sol agonizante, cuando, como el poeta Antarión, amó la extraordinaria y triste belleza de Thameera.
Y siempre está preocupado por un sordo arrepentimiento de haberse despertado (si despertar es lo que fue) de la muerte que murió en el palacio de Altanoman, con Thameera entre sus brazos y los besos de ella entre sus labios.




El tren de la carne de media noche

Leon Kaufman ya no era un recién llegado a la ciudad. El Palacio de los Placeres, como la había llamado siempre, en sus días de inocencia. Pero eso fue cuando vivía en Atlanta, y Nueva York todavía era una especie de tierra prometida, donde era posible cualquier cosa, todo.
Ahora había pasado tres meses y medio en la ciudad de sus sueños, y el Palacio de los Placeres le parecía menos placentero.
¿Sólo había transcurrido realmente una estación desde que se bajó en la parada de autobuses de Port Authority y miró por la calle 42 en dirección a la intersección de Broadway? Un tiempo muy corto para perder tantas ilusiones acumuladas.
Ahora se sentía avergonzado sólo de pensar en su ingenuidad. Se le ponía mala cara al recordar cómo se había parado y había declarado en voz alta: «Nueva York, te quiero».
¿Amor? Jamás.
Había sido un enamoramiento como mucho.
Y ahora, después de sólo tres meses de vida con el objeto de su adoración, de pasar los días y noches en su presencia, éste había perdido su aureola de perfección.
Nueva York tan sólo era una ciudad.
La había visto despertarse por la mañana como una mujerzuela y sacarse hombres asesinados de entre los dientes y suicidios de la maraña de su pelo. La había visto a altas horas de la noche, con sus sucios callejones cortejando sin pudor a la depravación. La había observado en las tardes abrasadoras, perezosa y fea, indiferente a las atrocidades que se cometían cada hora en sus ahogados pasadizos.
No era ningán Palacio de los Placeres.
Alimentaba la muerte, no el placer.
Siempre que se encontraba con alguien, éste huía violentamente; eran cosas de la vida. Casi resultaba elegante haber conocido a alguien que hubiera muerto de forma violenta. Era una prueba de que se vivía en esa ciudad.
Pero Kaufman había querido a Nueva York desde lejos durante casi veinte años. Había planeado su aventura amorosa a lo largo de casi toda su vida de adulto. No le era fácil, por lo tanto, sacarse la pasión de encima, como si nunca la hubiera sentido. Aún había ocasiones, muy temprano, antes de que empezaran a sonar las sirenas de la policía, o al atardecer, en que Manhattan era un milagro.
Por esos momentos, y en nombre de sus sueños, aún le concedía el favor de la duda, aunque se comportara peor que una dama. Ella no hacía sencilla esa indulgencia. En los pocos meses que Kaufman había pasado en Nueva York, sus calles se habían inundado con la sangre vertida.
En realidad, no tanto las propias calles como los túneles bajo esas calles.
«Matanza en el metro» era la expresión de moda del mes. Sólo en la semana anterior se había informado de tres asesinatos. Los cuerpos se descubrieron en uno de los vagones de metro de la Avenida de las Américas, acuchillados y con las entrañas vaciadas en parte, como si se hubiera interrumpido en plena labor a un eficiente empleado de un matadero. Los asesinatos eran tan absolutamente profesionales que la policía interrogaba a cualquier hombre que hubiera estado relacionado con el gremio de los carniceros. Eran vigiladas las plantas de empaquetado de carne en el puerto, y registrados los mataderos en busca de pistas. Se prometió un rápido arresto, aunque no se realizó ninguno.
Este reciente trío de cadáveres no iba a ser el único que se descubriera en ese estado; el mismo día en que llegó Kaufman había aparecido una noticia en The Times que era la comidilla de todas las secretarias morbosas en la oficina.
La historia contaba que un visitante alemán, perdido en la red de metros entrada la noche, se había encontrado un cuerpo en un vagón. La víctima era una mujer de treinta años, muy atractiva, de Brooklyn. La habían despojado por completo. De cada jirón de ropa, de todo artículo de joyería. Hasta de los pendientes de sus orejas.
Más extraño que el hecho de que la desnudaran era la manera ordenada y sistemática en que habían doblado la ropa y la habían colocado, en bolsas de plástico separadas, sobre el asiento que estaba detrás del cadáver.
No era obra de ningún navajero irracional. Se trataba de un cerebro muy organizado: un lunático con un gran sentido de limpieza.
Había más: más extraño aún que el cadáver hubiera sido desnudado cuidadosamente, era el ultraje que se había cometido con él. Los informes pretendían -aunque el Departamento de Policía no lo confirmó-, que lo habían afeitado minuciosamente. Le habían quitado todos los pelos: de la cabeza, de las ingles, de los sobacos; todos cortados y quemados sobre la carne. Le habían arrancado incluso las cejas y las pestañas.
Por último, habían colgado por los pies ese montón de carne absolutamente desnudo de uno de los asideros del techo del vehículo y habían colocado un cubo negro de plástico, forrado con una bolsa, también de plástico negro, para recoger la sangre que goteaba lentamente de sus heridas.
En ese estado, desnudo, afeitado, colgado y prácticamente desangrado, se había encontrado el cuerpo de Loretta Dyer.
Era repugnante, meticuloso y profundamente desconcertante.
No había habido violación, ni indicio alguno de tortura. Se había despachado rápida y eficazmente a la mujer como si fuera un trozo de carne. Y el carnicero aún andaba suelto.
Los Padres de la Ciudad, en su sabiduría, declararon una suspensión completa de los informes de la prensa sobre la matanza. Se dijo que el hombre que había encontrado el cuerpo había sido objeto de detención preventiva en Nueva Jersey, fuera de la vista de los curiosos periodistas. Pero la ocultación fracasó. Un policía codicioso había revelado los detalles sobresalientes a un reportero de The Times. Todo el mundo conocía ahora en Nueva York la horrible historia de las matanzas. Era un tema de conversación en todas las cafeterías y bares; y, por supuesto, en el metro.
Pero Loretta Dyer fue sólo la primera.
Se habían encontrado otros tres cuerpos en circunstancias idénticas, aunque esta vez el trabajo había quedado claramente interrumpido. No se habían afeitado todos los cuerpos, ni les habían cortado las yugulares para desangrarlos. Había otra diferencia más significativa en el descubrimiento: no fue un turista quien los descubrió por la noche; lo decía un informe de The New York Times.
Kaufman examinó el informe que cubría la primera página del periódico. No tenía ningún interes morboso por el asunto, a diferencia de su compañero de mostrador en la cafetería. Sólo sentía una ligera repugnancia, que le hizo apartar su plato de huevos demasiado cocidos. Era simplemente una prueba más de la decadencia de la ciudad. No podía divertirse con su enfermedad.
Con todo, como ser humano no conseguía ignorar por completo los detalles sangrientos de la página que tenía enfrente. El artículo no era sensacionalista, pero la sencilla claridad del estilo hacía más espantoso el tema. Tampoco pudo evitar el imaginarse qué hombre habría detrás de esas atrocidades. ¿Era un psicórico suelto, o eran varios, y cada uno de ellos aspiraba a imitar el asesinato original? Tal vez ése sólo fuera el principio del horror. A lo mejor le seguirían más asesinatos, hasta que por fin el asesino, confiado o exhausto, cometiera una imprudencia y fuera apresado. Hasta entonces la ciudad, la adorada ciudad de Kaufman, viviría en un estado intermedio entre la histeria y el éxtasis.
Al lado de su codo, un hombre con barba le tiró el café.
-¡Mierda! -dijo.
Kaufman se movió sobre su taburete para esquivar el goteo de café que caía de la barra.
-¡Mierda! -volvió a decir el hombre.
-No pasa nada -dijo Kaufman.
Miró al hombre con una expresión ligeramente desdeñosa. El torpe bastardo estaba intentando achicar el café con una servilleta que se quedaba hecha pegotes.
Kaufman se encontró pensando si ese zoquete, con sus mejillas coloradas y su barba descuidada, seria capaz de asesinar. ¿Había algún indicio en esa cara sobrealimentada, alguna pista en la forma de su cabeza o en el movimiento de sus pequeños ojos que revelara su auténtica naturaleza?
El hombre habló.
-¿Quiere otro?
Kaufman sacudió la cabeza.
-Café. Normal. Solo -le dijo el zoquete a la chica de detrás del mostrador. Esta levantó la mirada de la parrilla cuya grasa fría limpiaba.
-¿Huh?
-Café. ¿Estás sorda?
El hombre sonrió a Kaufman.
-Sorda -dijo.
Este se dio cuenta de que le faltaban tres dientes en la mandíbula inferior.
-Tiene mala pinta, ¿eh? -dijo.
¿A qué se refería? ¿Al café? ¿A la ausencia de dientes?
-Tres personas así. Acuchilladas.
Kaufman asintió.
-Te hace pensar -dijo.
-Claro.
-Quiero decir, ¿es un encubrimiento, no? Saben quién lo hizo.
«Esta conversación es ridícula», pensó Kaufman. Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo: la cara de la barba ya no estaba a la vista. Por lo menos eso era un progreso.
-Bastardos -dijo-. Jodidos bastardos, todos ellos. Le apostaría cualquier cosa a que es un encubrimiento.
-¿De qué?
-Tienen las jodidas pruebas: simplemente nos están manteniendo en la jodida ignorancia. Hay algo en todo esto que no es humano.
Kaufman comprendió. El zoquete estaba haciendo alarde de una teoría de conspiración. Las había oído con frecuencia: una panacea.
-Mire, hacen experimentos genéticos y se les van de las manos. Podrían estar criando jodidos monstruos por lo poco que sabemos. Hay algo en todo esto que no nos contarán. Encubrimiento, como le digo. Me jugaría cualquier cosa.
A Kaufman le pareció atractiva la seguridad del hombre. Monstruos al acecho. Seis cabezas: una docena de ojos. ¿Y por qué no?
Él sabía por qué no. Porque eso disculpaba a su ciudad: la sacaba del apuro. Y creía de corazón que los monstruos que se iban a encontrar en los túneles eran perfectamente humanos.
El hombre de la barba tiró el dinero sobre el mostrador y se levantó, deslizando su gordo trasero del manchado taburete de plástico.
-Probablemente un jodido policía -dijo, como conjetura de despedida-. Intentó hacerse el jodido héroe y, en vez de eso, se convirtió en un jodido monstruo. -Sonrió grotescamente-. Me apostaría cualquier cosa -añadió, y salió fuera torpemente sin decir nada más.
Kaufman espiró despacio por la nariz, sintiendo que se aplacaba la tensión de su cuerpo.
Odiaba estas confrontaciones: le hacían sentirse mudo e inútil. Cuando se paraba a pensar en ello, odiaba a este tipo de hombres: el bruto testarudo que Nueva York criaba tan bien.


Iban a ser las seis cuando se despertó Mahogany. La lluvia matinal se había convertido con el ocaso en una ligera llovizna. El aire era todo lo limpio que se podía esperar de Manhattan. Se estiró en la cama, tiró la manta sucia y se levantó para ir al trabajo.
En el cuarto de baño la lluvia caía sobre la caja del acondicionador de aire, llenando el piso de un rítmico sonido de palmadas. Enchufó la televisión para que cubriera el ruido, sin interés por lo que pudiera ofrecer.
Se acercó a la ventana. La calle, seis pisos por debajo, estaba atestada de tráfico y de gente.
Después de un duro día de trabajo, Nueva York regresaba a casa: a jugar, a hacer el amor. La gente salía en tropel de las oficinas y se metía en sus coches. Algunos estaban irritables después de un día de trabajo agotador en una oficina mal ventilada; otros, mansos como corderos, erraban por las avenidas en dirección a casa, acompañados por una incesante corriente de cuerpos. Otros, por último, entraban apretujados al metro, ciegos a las pintadas de las paredes, sordos al parloteo de sus propias voces y al frío estruendo de los túneles.
A Mahogany le gustaba pensar en eso. El no era, después de todo, uno del montón. Podía asomarse a la ventana y mirar a un millar de cabezas por debajo suyo, sabiendo que era un hombre escogido.
Tenía tareas que cumplir, por supuesto, como la gente de la calle. Pero su trabajo no era como la faena absurda de éstos, se parecía más a una obligación sagrada.
También necesitaba vivir, dormir y defecar, como ellos. Pero no era la necesidad pecuniaria lo que le motivaba, sino las exigencias de la historia.
Estaba dentro de una tradición, que se remontaba más allá de América. Era un cazador nocturno: como Jack el Destripador, Gilles de Rais, una encarnación viviente de la muerte, un espectro con cara humana. Atormentaba los sueños y provocaba terrores.
La gente que estaba por debajo de él no podía conocer su cara; ni se habría molestado en mirarlo dos veces. Pero él los capturaba y calibraba con la mirada, seleccionando sólo a los más maduros del desfile, escogiendo sólo a los sanos y jóvenes para que sucumbieran bajo su cuchillo santificado.
A veces Mahogany deseaba revelar su identidad al mundo, pero tenía responsabilidades y éstas pesaban mucho sobre él. No podía esperar la fama. La suya era una vida secreta, y sólo por orgullo deseaba reconocimiento.
Después de todo, pensaba, ¿saluda la vaca al carnicero cuando late arrodillada ante él?
En resumidas cuentas, estaba contento. Formar parte de la gran tradición era suficiente, y siempre debería serlo.
Recientemente, sin embargo, se habían producido descubrimientos. No eran culpa suya, naturalmente. Nadie podía achacárselo. Pero fue una mala temporada. La vida no era tan fácil como lo había sido hacía diez años. Era bastante viejo, por supuesto, y eso hacía más agotador el trabajo; las obligaciones cada vez pesaban más sobre sus hombros. Era un hombre escogido, y ése era un privilegio con el que resultaba dificil vivir.
De vez en cuando se preguntaba si no sería hora de pensar en entrenar a un hombre más joven para esos menesteres. Tendría que consultarlo con los padres, pero tarde o temprano habría que encontrar a un sustituto; le parecía que era un desperdicio criminal de su experiencia no tomar un aprendiz a su cargo.
¡Podía legar tantas alegrías! Los trucos de su extraordinario oficio. La mejor forma de acechar, de cortar, de desnudar, de sangrar. Cómo encontrar la mejor carne requerida. El modo más simple de disponer los restos. ¡Tantos detalles, tanta experiencia acumulada!
Mahogany entró en el cuarto de baño y abrió el grifo de la ducha. Al meterse en ella se miró el cuerpo. La pequeña barriga, los pelos de su pecho hundido que encanecían, las cicatrices y granos que salpicaban su pálida piel. Se estaba haciendo viejo. Sin embargo, esa noche, como todas las demás, tenía un trabajo que hacer...


Kaufman se precipitó en la oficina con su bocadillo, ajustando el dobladillo del cuello y quitándose del pelo el agua de la lluvia. El reloj que había encima del ascensor marcaba las siete y dieciséis. Trabajaría sólo hasta las diez.
El ascensor lo llevó hasta el piso decimosegundo, a las oficinas de Pappas. Cruzó descontento el laberinto de despachos vacíos y máquinas encapuchadas hacia su pequeño territorio, que todavía estaba iluminado. Las mujeres que limpiaban las oficinas estaban charlando en el pasillo: por lo demás, el local estaba desierto.
Se sacó el abrigo, sacudió la lluvia lo mejor que pudo y lo colgó.
Luego se sentó frente a los montones de pedidos con los que había estado lidiando casi tres días y se puso a trabajar. Sólo le haría falta una noche más de dedicación, estaba seguro, para hacer la parte más complicada, y le resultaba más fácil concentrarse sin el tableteo incesante de mecanógrafas y máquinas de escribir por todos lados.
Desenvolvió el jamón en pan integral con mayonesa adicional y se dispuso a pasar la tarde.


Ya eran las nueve.
Mahogany estaba vestido para la salida nocturna. Llevaba su sobrio traje habitual con la corbata marrón bien anudada, los gemelos de plata (regalo de su primera esposa) puestos en las mangas de su camisa inmaculadamente planchada, el pelo, fino, reluciente de brillantina, las uñas cortadas y limadas y la cara lavada con colonia.
Su bolsa estaba a punto. Las toallas, los instrumentos y su delantal de mallas.
Comprobó qué aspecto tenía ante el espejo. Pensó que aún podía pasar por un hombre de cuarenta y cinco años, cincuenta como máximo.
Al inspeccionarse la cara se acordó de su deber. Ante todo debía tener cuidado. Habría ojos observándole a cada paso del camino, espiando su actuación nocturna y juzgándola. Tenía que salir como un inocente, sin despertar sospechas.
Si sólo supieran..., pensó. La gente que andaba, corría y saltaba a su espalda en la calle: que chocaban con él sin pedirle perdón: que se cruzaban con su mirada despreciándolo: que se sonreían ante esa masa que parecía incómoda dentro de un traje que le quedaba mal. Si ellos supieran lo que hacía, quién era y qué llevaba.
Cuidado, se dijo, y apagó la luz. El piso estaba a oscuras. Fue a la puerta y la abrió, acostumbrado a andar entre tinieblas: era feliz en ellas.
Los nubarrones habían desaparecido por completo. Mahogany se dirigió por Amsterdam hacia el metro de la calle 145. Esta noche volvería a coger la Avenida de las Américas, su línea favorita, y a menudo la más productiva.
Bajó las escaleras del metro con el billete en la mano. Cruzó las puertas automáticas. El olor de los túneles ya estaba en sus fosas nasales. No era el olor de los túneles profundos, por supuesto; ése tenía un aroma exclusivo. Pero hasta en el aire viciado de esta línea poco profunda se respiraba tranquilidad. La respiración regurgitada de un millón de viajeros circulaba por ese laberinto, mezclándose con el de criaturas mucho mayores, cosas con voces pastosas como la arcilla, cuyos apetitos eran abominables. Cuánto le gustaba. El aroma, la oscuridad, el estruendo.
Se quedó de pie en el andén y escrutó críticamente a sus compañeros de viaje. Estuvo contemplando uno o dos cuerpos, pero tenían tanta escoria encima que pocos merecían ser perseguidos. Los estropeados físicamente, los obesos, los enfermos, los cansados. Cuerpos destrozados por los abusos y la indiferencia. Como profesional le ponía enfermo, aunque comprendía la debilidad que echaba a perder lo mejor de los hombres.
Se demoró en la estación más de una hora, paseando entre los andenes mientras los trenes iban y venían, iban y venían, y la gente con ellos. Había tan poca calidad por todas partes que era desalentador. Parecía que cada día tuviera que esperar más y más para encontrar carne digna de uso.
Ya eran casi las diez y media y no había visto a una sola criatura que fuera ideal para el sacrificio.
No importa, se dijo; todavía quedaba tiempo. Muy pronto saldría la riada del teatro. Siempre proporcionaba uno o dos cuerpos robustos. La intelectualidad bien alimentada, sosteniendo los resguardos de sus billetes y opinando sobre los entretenimientos del arte; si, habría algo ahí.
De lo contrario, y había noches en que parecía que no encontraría nunca nada apropiado, tendría que ir al centro y arrinconar a una pareja de amantes noctámbulos, o encontrar a un par de atletas recién salidos de un gimnasio. Siempre garantizaban un buen material, aunque con especímenes tan sanos se corría el riesgo de encontrar resistencia.
Recordó haber capturado hacía un año o más a un par de machos negros, puede que con cuarenta años de diferencia, a lo mejor padre e hijo. Se habían resistido con navajas y él tuvo que permanecer seis meses hospitalizado. Había sido un encontronazo muy duro, que le hizo dudar de sus habilidades. Peor aún, le hizo pensar qué habrían hecho sus amos con él de haber sufrido una herida fatal. ¿Lo habrían mandado a su familia en Nueva Jersey y le habrían dado un decente entierro cristiano? ¿O hubieran tirado su cadáver a las tinieblas, para su propio uso?
El titular del New York Post abandonado en el asiento de enfrente le llamó la atención: «Toda la policía movilizada para capturar al asesino». No pudo reprimir una sonrisa. Sus ideas de fracaso, debilidad y muerte se evaporaron. Después de todo, el era ese hombre, ese asesino, y esa noche la idea de que lo atraparan era ridícula. Al fin y al cabo, ¿no estaba su profesión sancionada por las máximas autoridades posibles? Ningún policía podía apresarlo, ningún tribunal juzgarlo. Las mismas fuerzas de la ley y el orden que armaban tanto alboroto con su persecución servían a sus amos igual que él; estuvo por desear que algún policía insignificante lo capturara y lo llevara en triunfo ante el juez, sólo para ver qué cara ponían cuando les llegara la voz desde la oscuridad de que Mahogany era un hombre protegido por encima de todas las leyes de los códigos.
Eran las diez y media pasadas. El desfile de los espectadores de teatro había empezado, pero de momento no había nada prometedor. De todas formas le habría gustado dejar pasar al gentío: seguir simplemente hasta el final de la línea a una o dos piezas escogidas. Esperaba el momento oportuno, como cualquier cazador prudente.


Kaufman aún no había acabado hacia las once, una hora después de cuando se habla prometido irse. Pero la exasperación y el aburrimiento estaban haciendo más dificil el trabajo, y las páginas de números que tenía delante empezaron a volverse borrosas. A las once y diez tiró su pluma y admitió la derrota. Se frotó los ojos -irritados- con las palmas de las manos hasta que la cabeza se le llenó de colores.
-Joder! -dijo.
Nunca decía tacos en público. Pero de cuando en cuando decirse joder a sí mismo era un gran consuelo. Salió de la oficina con el abrigo empapado sobre el brazo y se dirigió al ascensor. Sus miembros parecían drogados y apenas podía mantener abiertos los ojos.
Fuera hacia más frío de lo que habla previsto, y el aire lo sacó un poco de su letargo. Anduvo en dirección a la parada de metro de la calle 34. Logería un expreso hacia Far Rochaway. Estaría en casa en una hora.


Ni Kaufman ni Mahogany lo sabían, pero en la estación de la calle 96, la policía había arrestado al que tomaron por el Asesino del Metro, acorralándolo en uno de los trenes de la parte alta de la ciudad. Un hombre pequeño, de origen europeo, armado con un martillo y una sierra, había arrinconado a una joven en el segundo vagón y la había amenazado con partirla por la mitad en nombre de Jehová.
Parecía dudoso que fuera capaz de cumplir su amenaza. Tal como fueron las cosas, no tuvo ocasión. Mientras el resto de los pasajeros (incluyendo a dos marines) observaban, la presunta víctima asestó una patada al hombre en los testículos. Se le cayó el martillo. Ella lo recogió y le rompió con él la mandíbula inferior y el pómulo derecho antes de que se interpusieran los marines.
Cuando el tren paró en la 96, la policía estaba preparada para arrestar al Carnicero del Metro. Se precipitaron al vagón en tropel, chillando como hadas y asustados como demonios. El Carnicero yacía en un rincón del vagón con la cara hecha pedazos. Lo sacaron de ahí, triunfantes. La mujer, después del interrogatorio, se fue a casa con los marines.
Iba a resultar una distracción útil, aunque Mahogany no lo pudo saber en su momento. A la policía le costó la mayor parte de la noche determinar la identidad del prisionero, especialmente porque con la mandíbula destrozada sólo podía babear. A las tres y media un tal capitán Davis, que se incorporaba al trabajo, identificó al hombre como un vendedor de flores jubilado del Bronx llamado Hank Vasarely. Hank, según parecía, era arrestado con regularidad por conducta intimidatoria y ademanes deshonestos, todo en nombre de Jehová. Las apariencias engañaban: era probablemente tan peligroso como el Conejito de Pascua. Este no era el Asesino del Metro. No obstante, cuando los policías lo descubrieron, Mahogany ya había acabado con su tarea desde hacía tiempo.


Eran las once y cuarto cuando Kaufman subió al expreso en dirección a Mott Avenue. Compartió el vagón con dos viajeros más. Uno era una mujer negra de mediana edad con un abrigo púrpura, el otro, un adolescente pálido, lleno de acné, que observaba con mirada extraviada la pintada del techo: «Besa mi blanco culo».
Kaufman iba en el primer vagón. Tenía treinta y cinco minutos de viaje por delante. Dejó que sus ojos se cerraran, tranquilizado por el bamboleo rítmico del tren. Era un viaje tedioso y estaba cansado. No vio apagarse, parpadeando, las luces del segundo vagón. Tampoco vio la cara de Mahogany, mirando por la puerta entre los vagones, buscando más carne.
En la calle 14 la mujer negra salió. No entró nadie.
Kaufman abrió un momento los ojos, reconociendo el andén vacío de la 14, y luego los volvió a cerrar. Las puertas se cerraron con un silbido. Estaba vagando entre la conciencia y el sueño y sentía un revoloteo de sueños nacientes en la cabeza. Era una sensación agradable. El tren se puso otra vez en marcha, traqueteando por entre los túneles.
Quizá percibió a medias que detrás de su cabeza adormilada habían abierto las puertas que separaban el segundo vagón del primero. Quizá sintió la ráfaga súbita de aire del túnel y se dio cuenta de que el ruido de las ruedas fue más fuerte durante un rato. Pero decidió ignorarlo.
Quizás oyó la pelea en que Mahogany sometió al joven de mirada extraviada. Pero el ruido era demasiado lejano y la perspectiva de sueño demasiado tentadora. Siguió adormecido.
Por alguna razón soñó con la cocina de su madre. Estaba cortando rábanos y sonriendo con dulzura al cortarlos. Él aún era pequeño y le miraba la cara radiante mientras trabajaba. Cortar. Cortar. Cortar.
De pronto abrió los ojos. Su madre se desvaneció. El vagón estaba vacío y el joven se había ido.
¿Cuánto tiempo había dormitado? No se acordó de que el tren paraba en la calle 4, oeste. Se levantó con la cabeza somnolienta y estuvo a punto de caerse cuando el tren se agitó violentamente. Parecía que iba a una velocidad considerable. Tal vez el conductor quería llegar a casa, arroparse en la cama con su mujer. Iba a todo gas; en realidad era sumamente aterrador.
La ventana entre los dos vagones tenía una cortina bajada que antes no lo estaba, según creía recordar. Una ligera inquietud se apoderó de la mente despierta de Kaufman. ¿Y si hubiera dormido mucho rato y el vigilante no lo hubiera visto en el vagón? A lo mejor habían pasado Far Rockaway y el tren se dirigía a toda prisa a donde quiera que los llevaran de noche.
-Joder! -dijo en voz alta.
¿Debería ir a la cabina y preguntarle al conductor? Era una pregunta completamente estúpida: ¿dónde estoy? A esas horas de la noche, ¿podía esperar algo más que una sarta de insultos a modo de respuesta?
Entonces el tren empezó a aminorar la marcha.
Una estación. Sí, una estación. El tren salió del túnel a la sucia luz de la parada de la calle 4, oeste. No se había pasado ninguna de largo.
Entonces ¿dónde se había metido el chico?
O había hecho caso omiso del aviso que había en la pared del vagón, que prohibía el cambio de vagones durante el trayecto, o se había ido delante, a la cabina del conductor. Probablemente estaría todavía entre sus piernas, pensó Kaufman, con los labios abarquillados. Había precedentes. Este era el Palacio de los Placeres, después de todo, y todo el mundo tenía derecho a un poco de placer en la oscuridad.
Se encogió de hombros. ¿Qué le importaba dónde se hubiera metido el chico?
Las puertas se cerraron. No había suhido nadie al tren. Cambió de vía después de la estación, las luces parpadearon al utilizar el tren más corriente para recuperar un poco de velocidad.
Kaufman notó que le volvían las ganas de dormir, pero el miedo súbito de haberse perdido había inyectado adrenalina en su sistema y sus miembros hormigueaban de tensión nerviosa.
Sus sentidos también se habían agudizado.
Incluso por encima del estrépito y del estruendo de las ruedas sobre las vías oía un ruido de desgarrones de ropa procedente del vagón contiguo. ¿Alguien se estaría rasgando la camisa?
Se levantó, agarrándose a una de las correas para conservar el equilibrio.
La ventana entre un vagón y otro estaba tapada del todo por la cortina, pero se quedó mirándola, ceñudo, como si pudiera descubrir de repente la visión de rayos X. El vagón avanzaba tambaleándose. Era como volver a viajar de verdad.
Otro ruido de desgarrones.
¿Sería una violación?
Con un vago interés de mirón se acercó por el oscilante vagón hacia la puerta intermedia, esperando que la cortina tuviera alguna grieta. Sus ojos aún estaban fijos en la ventana, y no se dio cuenta de las salpicaduras de sangre que estaba pisando.
Hasta que...
...su talón resbaló. Miró hacia abajo. Su estómago vio la sangre casi antes que su cerebro, y el jamón con pan integral se le atascó a mitad de camino de la garganta. Sangre. Tragó varias bocanadas de aire viciado y apartó la vista; miró de nuevo a la ventana.
Su cabeza no dejaba de repetir: sangre. No podía pensar en otra cosa.
Ahora no había más que un par de metros entre él y la puerta. Tenía sangre en el zapato y habla un pequeño reguero hasta el vagón de al lado, pero a pesar de todo tenía que mirar.
Tenía que hacerlo.
Dio dos pasos más en dirección a la puerta y escudriñó la cortina buscando un rasguño: una hebra descosida sería suficiente. Había un pequeño agujero. Pegó el ojo a él.
Su cerebro se negaba a admitir lo que sus ojos estaban viendo al otro lado de la puerta. Rechazaba el espectáculo por absurdo, como si fuera una ensoñación. Su razón decía que no podía ser real, pero su instinto le decía que sí lo era. El cuerpo se le quedó rígido de terror. Sus ojos no podían dejar de mirar sin pestañear lo que había detrás de la cortina. Se quedó en la puerta mientras el tren seguía traqueteando; entretanto la sangre se le iba de las extremidades y su cerebro se mareaba por falta de oxígeno. Se le encendieron manchas brillantes en la vista, emborronando la atrocidad.
Luego se desmayó
Estaba inconsciente cuando el tren llegó a Jay Street. Permaneció sordo al aviso del conductor de que todos los que fueran más allá de esa parada tenían que cambiar de tren. Si lo hubiera oído se habría preguntado qué quería decir. Ningún tren vomitaba todos sus pasajeros en Jay Street; la línea seguía hasta Mott Avenue, pasando por el hipódromo del Acueducto, después del aeropuerto JFK. Habría ido a preguntar qué clase de tren era ése. Sólo que ya lo sabía. La verdad colgaba del vagón de al lado. Sonreía satisfecha desde detrás de un delantal de mallas ensangrentado.
Este era el tren de la carne de medianoche.


En un desmayo absoluto no se controla el tiempo. Pudieron pasar segundos u horas antes de que los ojos de Kaufman volvieron a abrirse, parpadeando, y su espíritu recapacitó sobre esta nueva situación.
Estaba tumbado bajo uno de los asientos, recostado a lo largo de la vibrante pared del vagón, a salvo de miradas. El destino debía estar de su parte hasta ahora, pensó: de alguna manera el tambaleo del vagón debía haber desplazado su cuerpo inconsciente.
Pensó en el horror del segundo vagón y volvió a tragarse el vómito. Estaba solo. Dondequiera que estuviera el vigilante (tal vez asesinado), no tenía forma de pedir ayuda. ¿Y el conductor? ¿Estaba muerto junto a los mandos? ¿Estaría el tren precipitándose ahora mismo por un túnel desconocido, un túnel sin una sola estación que permitiera identificarlo, hacia su destrucción?
Y, si no había ningún accidente en que morir, siempre quedaba el Carnicero, que todavía daba puñaladas, separado tan sólo por una puerta de donde Kaufman estaba tumbado.
Mirara donde mirara, el nombre que estaba escrito en cada puerta era «muerte».
El ruido era ensordecedor, especialmente en el suelo. Los dientes le temblaban en los alveolos y su cara estaba entumecida por las vibraciones; incluso el cráneo le dolía.
Poco a poco fue notando que le volvía la fuerza a los exhaustos miembros. Estiró con cuidado los dedos y se apretó los puños para que la sangre corriera de nuevo.
Y a medida que volvía en si sentía otra vez náuseas. Seguía representándose la espantosa brutalidad del vagón contiguo. En ocasiones había visto fotografías de victimas asesinadas, por supuesto, pero éstos no eran asesinatos vulgares. Estaba en el mismo tren que el Carnicero del Metro, el monstruo que colgaba de las correas a sus víctimas por los pies, afeitadas y desnudas.
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que el asesino cruzara esa puerta y lo encontrara? Estaba seguro de que si no lo mataba el Carnicero lo haría la espera.
Oyó movimientos del otro lado de la puerta.
Venció su instinto. Kaufman se apretujó todavía más bajo el asiento y se arrebujó en una pequeña bola, con la cara blanca y mareada vuelta hacia la pared. Luego se cubrió la cabeza con las manos y cerró los ojos tan fuerte como un niño aterrorizado por el coco.
La puerta se abrió con un silbido. Clic. Shsss. Entró una bocanada de aire de los raíles. Olía más raro que cualquier cosa que hubiera olido antes: y era más frío. Fue como un aire primitivo para sus fosas nasales, un aire hostil e insondable. Le hizo estremecerse.
La puerta se cerró. Clic.
El Carnicero estaba cerca, Kaufman lo sabía. No podía estar más que a unos cuantos centímetros de donde él se encontraba.
¿Estaría incluso ahora mirando hacia abajo, hacia su espalda? ¿Ahora mismo, inclinándose, navaja en mano, para sacarlo de su escondite como a un caracol de su concha?
No pasó nada. No sintió ningún aliento sobre su cuello. Su espina dorsal no estaba abierta en canal.
Sólo hubo un ligero ruido de pisadas cerca de su cabeza; luego, ese mismo sonido disminuyó.
Kaufman expulsó la respiración -contenida en los pulmones hasta que le dolieron-, con un chirrido entre los dientes.
Mahogany casi se sentía decepcionado porque el hombre dormido se hubiera bajado en la calle 4, oeste. Estaba deseando un trabajo más esa noche para distraerse hasta que bajaran. Pero no: el hombre se había ido. De todas formas, la víctima potencial no parecía demasiado sana, pensó para sus adentros, probablemente era un anémico contable judío. La carne no habría sido de calidad. Recorrió todo el vagón hasta la cabina del conductor. Pasaría ahí el resto del viaje.
«¡Cielos!», pensó Kaufman, «va a matar al conductor.»
Oyó abrirse la puerta de la cabina. Luego la voz del Carnicero: baja y ronca.
-Hola.
-Hola.
Se conocían.
-¿Trabajo hecho?
-Trabajo hecho.
Le sorprendió la banalidad del diálogo. ¿Trabajo hecho? ¿Qué significaba «trabajo hecho»?
Se perdió las pocas palabras restantes porque el tren pasó por un tramo especialmente ruidoso de la vía.
No pudo resistirse más tiempo a mirar. Se desdobló cautelosamente y echó una ojeada por encima del hombro hasta el fondo del vagón. Todo lo que pudo ver fueron las piernas del Carnicero y la base de la puerta abierta de la cabina. ¡Maldición! Quería volver a ver la cara del monstruo.
Se oyeron risas.
Kaufman meditó los riesgos de su situación: la matemática del pánico. Si se quedaba donde estaba, tarde o temprano el Carnicero lo sorprendería, y él se convertirla en carne picada. Por otra parte, si salía de su escondite, se arriesgaba a que lo vieran y le persiguieran. ¿Qué era peor: la inmovilidad, y encontrarse la muerte atrapado en un agujero, o la tentativa de fuga, y enfrentarse a su Hacedor en mitad del vagón?
A Kaufman le sorprendió su propio arrojo: se movería.
Salió infinitesimalmente despacio de debajo del asiento, arrastrándose y vigilando constantemente al hacerlo la espalda del Carnicero. Una vez fuera, empezó a reptar hacia la puerta. Cada paso que daba era un tormento, pero el Carnicero parecía demasiado absorto en la conversación para darse la vuelta.
Había alcanzado la puerta. Empezó a levantarse, intentando prepararse para lo que vería en el vagón número dos. Agarró el pomo y abrió la puerta con suavidad.
El ruido de los raíles aumentó, y le llegó una ola de aire malsano, que no apestaba a nada terrestre. Seguro que el Carnicero lo oía, ¿o lo olía? Seguro que se daría la vuelta...
Pero no. Kaufman se deslizó por la rendija que había abierto y se adentró en la cámara sangrienta.
El alivio lo volvió imprudente. Se olvidó de echar el picaporte tras él y la puerta empezó a abrirse suavemente con el zarandeo del tren.
Mahogany sacó la cabeza de la cabina y miré por el vagón hacia la puerta.
-¿Qué narices es eso? -dijo el conductor.
-No cerré bien la puerta. Eso es todo.
Kaufman oyó al Carnicero dirigirse hacia ella. Se agazapó, hecho una bola de consternación, contra la pared intermedia, consciente de repente de cuán cargadas tenía las tripas. La puerta se cerró desde el otro lado y los pasos se volvieron a alejar.
Salvado, al menos por un momento.
Abrió los ojos, intentando permanecer insensible al espectáculo de la matanza que tenía delante.
No había forma de lograrlo.
Embriagaba cada uno de sus sentidos: el olor de entrañas abiertas, la vista de los cuerpos, la sensación de liquido sobre el suelo, bajo sus pies, el ruido de las correas crujiendo por el peso de los cadáveres, hasta el aire, que sabía salado de sangre. Estaba a solas con la muerte en ese cuchitril, precipitándose por la oscuridad.
Pero ya no sentía náuseas. Sólo una repugoancia ocasional. Incluso se vio inspeccionando los cuerpos con cierta curiosidad.
El cadáver más cercano a él eran los restos del joven cubierto de espinillas que había visto en el vagón número uno. El cuerpo colgaba cabeza abajo, meciéndose adelante y atrás al ritmo del tren al unísono con sus tres compañeros; una obscena danza macabra. Sus brazos se columpiaban, flácidos, de las articulaciones de los hombros, en las que se habían practicado cuchilladas de una pulgada o dos de profundidad para que los cuerpos se balancearan con más elegancia.
Todas las partes de la anatomía del muchacho oscilaban de forma hipnótica. La lengua, colgando de la boca abierta. La cabeza, bailoteando del cuello rajado. Incluso el pene del joven se sacudía de lado a lado de sus ingles desolladas. De la herida de la cabeza y de la yugular aún manaba sangre en un cubo negro. Había cierta elegancia en el conjunto: la impronta de un trabajo bien hecho.
Detrás de este cuerpo estaban los cadáveres ahorcados de dos jóvenes mujeres blancas y de un hombre de piel oscura. Inclinó la cabeza a un lado para mirarles las caras. No tenían expresión. Una de las chicas era una belleza. Decidió que el hombre era un puertorriqueño. Todos tenían la cabeza y el vello corporal rapado. En realidad aún había un olor acre en el aire, de rapado. Kaufman se levantó deslizándose por la pared y, al hacerlo, el cuerpo de una mujer se dio la vuelta, presentando la parte dorsal.
No estaba preparado para este nuevo horror.
Habían abierto la carne de la espalda en canal desde el cuello hasta las nalgas y separado los músculos para exponer las vértebras relucientes. Era el triunfo final de la obra del Carnicero. Ahí colgaban esas tajadas de humanidad, afeitadas, sangradas y rajadas, abiertas como peces y listas para ser devoradas.
Estuvo a punto de sonreírse ante la perfección de ese horror. Sintió un arrebato de locura en la base del cráneo, tentándolo al olvido, prometiéndole una absoluta indiferencia ante el mundo.
Empezó a temblar incontrolablemente. Notó cómo sus cuerdas vocales trataban de formar un grito. Era intolerable: y sin embargo, gritar era convertirse en poco tiempo en una de las criaturas que tenía delante.
-Joder -dijo, más alto de lo que quería, y luego, apartándose de la pared, echó a andar por el vagón entre los cadáveres oscilantes, observando los cuidadosos montones de ropas y pertenencias depositados detrás de sus propietarios, en los asientos. Bajo sus pies, el suelo estaba pegajoso de bilis secándose. Aun sin hacer caso de las rajas podía ver con demasiada claridad la sangre de los cubos: estaba espesa y embriagadora, con grumos de coágulos flotando dentro.
Ya había sobrepasado al chico y veía la puerta del vagón número tres ante él. Todo lo que tenía que hacer era huir de ese montón de atrocidades. Se animó a seguir avanzando, procurando ignorar esos horrores y concentrarse en la puerta que lo devolvería a la cordura.
Había pasado a la primera mujer. Unos pocos metros más, se dijo, diez pasos como máximo, menos si andaba con tranquilidad.
Entonces se apagaron las luces.
-¡Dios mio! -exclamó.
El tren dio un bandazo y Kaufman perdió el equilibrio.
En la oscuridad más absoluta buscó un apoyo y, sacudiendo los brazos, abrazó el cuerpo que tenía al lado. Antes de que pudiera evitarlo, notó que sus manos se hundían en la tibia carne y sus dedos asían el borde de músculo que tenía la mujer abierto en la espalda, tocando con las yemas el hueso de la espina dorsal. Su mejilla rozaba la carne pelada del muslo.
Gritó y, justo al gritar, las luces se volvieron a encender parpadeando.
Según volvía la luz y se apagaba su grito, oyó el ruido de los pasos del Carnicero acercándose a lo largo del vagón número uno en dirección a la puerta intermedia.
Soltó el cuerpo al que estaba abrazado. Tenía la cara manchada por la sangre de la pierna. Podía sentirla en la mejilla; era como pintura de guerra.
El grito le había despejado la cabeza, y sintió que le invadía una especie de fuerza. No habría persecución por el tren, lo sabía: no habría cobardía, ahora no. Este iba a ser un enfrentamiento primitivo; dos seres humanos, cara a cara. Y utilizaría todos los trucos que se le ocurrieran -todos- para vencer a su enemigo. Era, pura y simplemente, cuestión dc supervivencia.
El pomo de la puerta vibró. Kaufman buscó un arma a su alrededor, con una mirada tranquila y calculadora. Su vista recayó en la pila de ropas que estaba detrás del cuerpo del puertorriqueño. Ahí había una navaja tirada entre sortijas de diamantes falsos y cadenas de oro de imitación. Un arma de filo largo, inmaculadamente limpia, probablemente motivo de orgullo de ese hombre. Pasando el cuerpo musculoso, la arrancó del montón. Le reconfortó la mano; sin duda era muy emocionante.
La puerta se abría, y asomó la cara del asesino.
Kaufman miró por entre el matadero a Mahogany. No era excesivamente corpulento; sólo otro cincuentón medio calvo y demasiado gordo. Su cara era de rasgos duros; los ojos, hundidos. Tenía la boca pequeña y de labios delicados. En realidad era una boca de mujer.
Mahogany no conseguía imaginar de dónde habla salido ese intruso, pero se dio cuenta de que se trataba de un nuevo descuido, otro signo de su creciente incompetencia. Debía despachar inmediatamente a esa criatura que había pasado por alto. Después de todo no podían estar más que a una milla del final del trayecto. Tenía que cortar al hombrecito y colgarlo por los talones antes de que llegaran a destino.
Entró en el vagón número dos.
-Estabas durmiendo -dijo al reconocer a Kaufman-. Te vi.
Kaufman no dijo nada.
-Tendrías que haberte bajado del tren. ¿Qué intentabas hacer? ¿Esconderte de mí?
Kaufman siguió en silencio.
Mahogany sacó el mango de su cuchilla del cinturón de acero desgastado. Estaba sucio de sangre, igual que su delantal de mallas, su martillo y su sierra.
-Tal como están las cosas -dijo- tendré que deshacerme de ti.
Kaufman levantó la navaja. Parecía algo pequeña al lado de toda la parafernalia del Carnicero.
-Joder -dijo.
Mahogany se echó a reír ante las pretensiones de defensa del hombrecito.
-No deberías haber visto esto: no es para tipos como tú -dijo, dando otro paso hacia Kaufman-. Es secreto.
«O sea que es del tipo inspirado por la divinidad, ¿no?», pensó Kaufman. «Eso explica algo.»
-Joder -volvió a decir.
El Carnicero frunció el ceño. No le gustaba la indiferencia del hombrecito ante su trabajo, ante su reputación.
-Todos tenemos que dormir un día, tarde o temprano -dijo-. Tendrías que estar agradecido: no te van a quemar como a la mayoría: te puedo utilizar. Para dar de comer a los padres.
La única respuesta de Kaufman fue una mueca. No le aterrorizaba nada ese energúmeno gordo y arrastrado.
El Carnicero descolgó la cuchilla de su cinturón y la blandió.
-Un judío de mierda como tú -dijo-, debería alegrarse sólo de ser útil: la carne es lo mejor a lo que puedes aspirar.
Sin previo aviso, lanzó una estocada. La cuchilla rasgó el aire a considerable velocidad, pero Kaufman se echó atrás. Rajó la manga de su abrigo y se hundió en la espinilla del puertorriqueño. El golpe partió a medias la pierna y el peso del cuerpo abrió aún más la cuchillada. La carne del muslo, en exposición, era como un filete de primera, suculento y apetitoso.
El Carnicero empezó a desclavar la cuchilla de la herida y en ese momento saltó Kaufman. La navaja voló hacia el ojo de Mahogany, pero por un error de cálculo se hundió en el cuello. Atravesó la columna y asomó con una pequeña gota de sangre coagulada por el otro extremo. De lado a lado. De un solo golpe. De lado a lado.
Mahogany recibió la hoja en el cuello con una sensación de asfixia. Emitió un sonido ridículo, una especie de tos poco entusiasta. Manó sangre de sus labios, pintándolos, como el lápiz de labios a una boca de mujer. La cuchilla cayó al suelo con gran estrépito.
Kaufman arrancó la navaja. De las dos heridas chorrearon dos pequeños arcos de sangre.
Mahogany se desplomó sobre sus rodillas, mirando la navaja que lo había matado. El hombrecito lo observaba pasivamente. Estaba diciendo algo, pero sus oídos estaban sordos a los comentarios, como si se encontrara bajo el agua.
De repente se quedó ciego. Supo con nostalgia por sus sentidos que no volvería a ver ni a oír. Esto era la muerte: la tenía encima, sin duda.
Sin embargo todavía palpaba con las manos la tela de los pantalones y las salpicaduras calientes sobre su piel. La vida parecía temblarle en las yemas mientras sus dedos se aferraban al último sentido... luego se desplomó, y sus manos, su vida y su deber sagrado se doblegaron bajo el peso de una carne avejentada.
El Carnicero estaba muerto.
Kaufman introdujo bocanadas de aire viciado en sus pulmones y se agarró a una de las correas para serenar su cuerpo tambaleante. Las lágrimas emborronaron la carnicería ante la que se encontraba. Pasó un tiempo: no supo cuánto; estaba perdido en sueños de victoria.
Luego el tren empezó a reducir su velncidad. Notó y oyó cómo apretaban los frenos. Los cuerpos colgantes se inclinaron hacia adelante al frenar la locomotora, sus ruedas chirriaron sobre las vías, que rezumaban limo.
La curiosidad se apoderó de él.
¿Se desviaría el tren al matadero subterráneo del Carnicero, decorado con las carnes que había reunido a lo largo de su carrera? ¿Y qué haría el risueño conductor, tan indiferente a la masacre, cuando el tren se detuviera? Ahora podía ocurrir cualquier cosa. Podía enfrentarse a todo: espérate y verás.
El altavoz crepité. Se oyó la voz del conductor:
-Ya estamos, colega. Es mejor que te vayas a tu sitio, ¿no?
¿Irse a su sitio? ¿Qué quería decir eso?
El tren iba ahora a paso de caracol. Fuera de las ventanas todo estaba tan oscuro como siempre. Las luces parpadearon y se apagaron. Esta vez no volvieron a encenderse.
Se quedó en la oscuridad absoluta.
-Llegaremos en media hora -anunció el altavoz, igual que un aviso de estación.
El tren se había detenido. De repente eché a faltar el ruido de las ruedas sobre los raíles, la precipitación de su paso, a los que tan acostumbrado estaba. Todo lo que pudo oír fue el zumbido del altavoz. Aún no podía ver nada.
Y de repente, un silbido. Las puertas se estaban abriendo. Penetró en el vagón un olor tan cáustico que tuvo que apretarse las manos contra la cara para zafarse de él.
Permaneció en silencio, la mano en la boca, durante lo que pareció una eternidad.
Entonces hubo un parpadeo de luz fuera de la ventana. Dibujó el perfil del marco de la puerta y se hizo progresivamente más intensa. Pronto hubo bastante luz en el vagón para que viera a sus pies el cuerpo arrugado del Carnicero y trozos cetrinos de carne colgando a cada lado de él.
También hubo un murmullo procedente de la oscuridad, fuera del tren, una congregación de pequeñas voces parecidas a las de los escarabajos. En el túnel, andando con los pies a rastras hacia el tren, había seres humanos. Kaufman pudo distinguir ahora su figura. Algunos llevaban antorchas que brillaban con una mortecina luz amarronada. El ruido tal vez procedía de su andar sobre el suelo húmedo, o del chasquido de sus lenguas, o de ambos.
No era tan ingenuo como lo había sido hacía una hora. ¿Podía haber alguna duda acerca de la intención de esas cosas que salían de la oscuridad dirigiéndose hacia el tren? El Carnicero había asesinado a hombres y mujeres para dar carne a esos caníbales; se acercaban, como comensales al oír la campana de la cena, a comer en este vagón restaurante.
Se agachó y recogió la cuchilla que Mahogany había dejado caer. El ruido de criaturas acercándose era cada vez mayor. Fue hacia el final del vagón, tratando de alejarse de las puertas abiertas, sólo para descubrir que las de detrás también lo estaban, y también allí se oía el rumor de pasos acercándose.
Se volvió a encoger detrás de uno de los asientos, y estaba a punto de refugiarse debajo de ellos cuando una mano, delgada y frágil hasta el punto de transparentarse, apareció junto a la puerta.
No pudo apartar la vista. No porque el terror lo helara, como había ocurrido junto a la ventana. Simplemente quería observar.
La criatura entró en el vagón. Las antorchas que iban detrás de ella dejaron su cara en la sombra, pero se podía ver claramente su figura.
No había nada demasiado especial en ella.
Como él, tenía dos brazos y dos piernas. Su cabeza no tenía forma anormal. El cuerpo era pequeño, y el esfuerzo de trepar al tren había enronquecido su respiración. Tenía más de geriátrico que de psicótico; generaciones de ficticios devoradores de hombres no habían preparado a Kaufman para una vulnerabilidad tan angustiosa.
Detrás de aquello surgían criaturas similares de la oscuridad, entrando torpemente en el tren. Entraban por todas las puertas.
Kaufman estaba atrapado. Sopesó la cuchilla en sus manos, buscando su equilibrio, preparado para una batalla con esos monstruos antiguos. Habían metido una antorcha en el vagón que iluminaba las caras de los líderes.
Eran completamente calvos. La carne cansada de sus rostros estaba estirada fuertemente sobre sus cráneos, de forma que brillaba por la tirantez. Había manchas de descomposición y enfermedad sobre su piel, y en algunas zonas el músculo se había podrido con un pus negro, por el que sobresalía el hueso del pómulo o de la sien. Algunos estaban desnudos como bebés, con los cuerpos pastosos y sifilíticos casi asexuados. Lo que una vez fueron pechos eran como bolsas de cuero colgando del torso, los genitales habían encogido.
Más desagradables que los que iban desnudos eran los que se cubrían con ropas. Pronto se dio cuenta de que la tela pútrida que les rodeaba los hombros o que llevaban arada en mitad del diafragma estaba hecha de pieles humanas. No una, sino una docena o más, amontonadas a la buena de Dios, como patéticos trofeos.
Los líderes de esta grotesca cola para comer ya habían llegado a los cuerpos y posaron las manos gráciles sobre los pedazos de carne, acariciando de arriba abajo la piel afeitada, de una forma que sugería placer sensual. Las lenguas bailoteaban fuera de las bocas, salpicando de baba la carne. Los ojos de los monstruos se abrían y cerraban con hambre y excitación.
Por fin uno de ellos lo vio.
Sus ojos dejaron de pestañear un momento y se clavaron en él. Una mirada inquisitiva le asomó a la cara, era como una parodia del desconcierto.
-Tú -dijo. Su voz estaba tan consumida como los labios de donde salía.
Kaufman levantó un poco la cuchilla, calculando sus posibilidades. Habría cerca de unos treinta en el vagón, y muchos más afuera. Pero parecían muy débiles y no tenían más armas que sus pieles y huesos.
El monstruo volvió a hablar con una voz bastante bien modulada cuando la recuperó; era el gorjeo de un hombre antaño cultivado, antaño encantador.
-Viniste después del otro, ¿no es verdad?
Miró de reojo el cuerpo de Kaufman. Estaba claro que había comprendido muy rápidamente la situacion.
-Viejo, en cualquier caso -dijo, con sus húmedos ojos posados otra vez sobre Kaufman, estudiándolo cuidadosamente.
-Que te jodan -dijo éste.
La criatura esbozó una sonrisa forzada, pero casi había olvidado la técnica y el resultado fue una mueca que descubrió una boca con los dientes colocados sistemáticamente en fila.
-Ahora tienes que hacer esto para nosotros -dijo, con una sonrisa bestial-. No podemos sobrevivir sin comida.
La mano dio unas palmaditas al trasero de carne humana. Kaufman no supo qué replicar ante esa idea. Se limitó a observar con repugnancia cómo las uñas se deslizaban por la hendidura de las nalgas, valorando la curvatura del tierno músculo.
-Nos repugna tanto como a ti -dijo la criatura-. Pero estamos obligados a comer esta carne o si no moriremos. Dios sabe que no tengo ganas de hacerlo.
Sin embargo, esa cosa estaba babeando.
Kaufman recuperó la voz. Era débil, más por confusión de sentimientos que por miedo.
-¿Qué sois vosotros? -Recordó al hombre de la barba en la cafetería-. ¿Sois accidentes de algún tipo?
-Somos los padres de la ciudad -dijo la cosa-. Y las madres, hijas e hijos. Los constructores, los legisladores. Hicimos esta ciudad.
-¿Nueva York? -dijo Kaufman-. ¿El Palacio de los Placeres?
-Antes de que nacieras tú, antes de que naciera cualquier ser vivo.
Mientras hablaba, las uñas de la criatura acariciaban por debajo de la piel el cuerpo destrozado y arrancaba la fina tira elástica del apetitoso músculo. Detrás de Kaufman las otras criaturas habían empezado a descolgar los cuerpos de las correas, posando las manos con la misma satisfacción sobre los suaves pechos y los costados de carne. También la habían empezado a despellejar.
-Nos traerás más -dijo el padre-, más carne para nosotros. El otro era débil.
Kaufman lo miró con reticencia.
-¿Yo? -dijo-. ¿Daros de comer? ¿Por quién me tomas?
-Lo tienes que hacer por nosotros y por otros más viejos que nosotros. Para los que nacieron antes de que se planeara la ciudad, cuando América era un bosque y un desierto.
La frágil mano señaló el exterior del tren.
La mirada de Kaufman siguió el dedo extendido en dirección a la penumbra. Fuera del tren había algo que no descubrió antes; más grande que nada humano.
El montón de criaturas se apartó para permitirle examinar más de cerca lo que estaba ahí fuera, pero sus pies no se movieron.
-Adelante -dijo el padre.
Kaufman pensó en la ciudad que había amado. ¿Eran éstos sus padres, sus filósofos, sus creadores? Tuvo que creer que así era. A lo mejor había gente en la superficie -burócratas, políticos y autoridades de todo tipo- que conocían este horrible secreto y cuyas vidas estaban consagradas a proteger a estas abominaciones dándoles de comer, como los salvajes ofrecen corderos a sus dioses. Había algo terriblemente familiar en este ritual. Pulsó una tecla, no en la inteligencia consciente de Kaufman, sino en su personalidad más recondita, más antigua.
Sus pies, que ya no obedecían a su cerebro, sino a su instinto de adoración, se movieron. Atravesó el pasillo entre los cuerpos y bajó del tren.
La luz de las antorchas empezaba a iluminar débilmente la ilimitada oscuridad exterior. El aire parecía sólido, se espesaba con el olor de tierra antigua. Pero Kaufman no olía nada. Inclinó la cabeza, fue todo lo que pudo hacer para evitar tropezar de nuevo.
Ahí estaba el precursor del hombre. El americano primigenio, cuya tierra natal era ésta, y no Passamaquody o Cheyenne. Sus ojos, si los tenía, estaban mirándolo.
Su cuerpo se estremeció. Le castañetearon los dientes.
Podía oír los ruidos de esa anatomía: latidos, crujidos y sollozos.
Se movió un poco en medio de la oscuridad.
El ruido de su movimiento fue doloroso. Como el de una montaña al levantarse.
Kaufman levantaba la mirada en dirección a él y, sin pensar qué estaba haciendo o por qué, se postró de rodillas, sobre la mierda, ante el padre de los padres.
Todos los días de su vida estaban encaminados a éste, todos los momentos apresuraban este momento imprevisible de terror sagrado.
Si hubiera habido bastante luz en este infierno para verlo entero, tal vez su tibio corazón habría estallado. Con la que había, notó que su pecho se estremecía al ver lo que vio.
Era un gigante. Sin cabeza ni miembros. Sin un rasgo que fuera análogo al de un hombre, sin un órgano que tuviera sentido, o sentidos. Era como un banco de peces, si es que se podía comparar con algo. Miles de hocicos moviéndose al unísono, echando brotes, floreciendo y marchitándose rítmicamente. Era iridiscente, como el nácar, pero más oscuro a veces que cualquier color que Kaufman conociera o pudiera nombrar.
Eso fue todo lo que pudo ver; era más de lo que quería. Había mucho más en la oscuridad, parpadeando, boqueando y aleteando.
Pero no pudo seguir mirando. Se dio la vuelta y, mientras lo hacía, tiraron desde el tren una pelota que rodó hasta pararse delante del padre.
Por lo menos creyo que era un balón, hasta que se fijó con más atención y reconoció en él a una cabeza humana, la cabeza del Carnicero. Le habían pelado la cara a tiras. Tirada delante de su señor, relucía de sangre.
Kaufman apartó la mirada y volvió andando al tren. Todas las partes de su cuerpo parecían llorar, menos sus ojos. Estaban demasiado calientes por lo que habían visto; hicieron que sus lágrimas se evaporaran.
Dentro, las criaturas ya habían empezado a cenar. Vio a uno arrancar de su órbita el dulce bocado azul de un ojo de mujer. Otro tenía una mano en la boca. A los pies de Kaufman yacía el cadáver descabezado del Carnicero, que aún sangraba profusamente de las heridas del cuello.
El pequeño padre que había hablado antes se puso delante de Kaufman.
-¿Nos servirás? -le preguntó suavemente, como se pide a una vaca que nos siga.
Él miraba fijamente la cuchilla, el símbolo del trabajo del Carnicero. Las criaturas ya abandonaban el vagón arrastrando tras ellos cuerpos a medio comer. A medida que se retiraban las antorchas del vagón volvía la oscuridad.
Pero, antes de que desaparecieran todas las luces, el padre alargó la mano y cogió por la cabeza a Kaufman, y le hizo volverse para que se contemplara en el mugriento espejo de la ventana del vagón.
Fue un reflejo rápido, pero pudo ver perfectamente lo cambiado que estaba. Más blanco que cualquier ser vivo, cubierto de mugre y de sangre.
La mano del padre aún aferraba la cara de Kaufman; le metió el dedo índice en la boca y se lo hundió en la garganta, agarrando con la uña la raíz de la lengua. La intromisión le dio náuseas, pero no le quedaba voluntad para repeler el ataque.
-Sirve -dijo la criatura-. En silencio.
Se dio cuenta demasiado tarde de la intención de los dedos.
Aprisionaron repentinamente su lengua y la voltearon en la raíz. Conmocionado, dejó caer la cuchilla. Intentó chillar, pero no emitió ningún sonido. Tenía sangre en la garganta, oyó cómo le rasgaban la carne y se contorsionó de dolor.
Luego salió la mano de su boca, y los dedos escarlatas, cubiertos de baba, tenían su lengua cogida entre el índice y el pulgar delante de su cara.
Kaufman estaba mudo.
-Sirve -dijo el padre, y se metió la lengua en la boca, mascándola con manifiesta satisfacción. Kaufman cayó de rodillas, vomitando el bocadillo.
El padre ya se iba, arrastrándose, hacia las tinieblas; el resto de los ancianos se habían escondido una noche más en su madriguera.
El altavoz crujió.
-A casa -dijo el conductor.
Las puertas silbaron al cerrarse, el tren vibró al volver a circular por él la corriente. Las luces se encendieron parpadeando, se apagaron y se volvieron a encender.
El tren se puso en marcha.
Kaufman estaba en el suelo; le rodaban lágrimas por el rostro, lágrimas de desconsuelo y resignación. Sangraría hasta morir -decidió-, donde yacía. No importaba que muriera. Al fin y al cabo era un mundo loco.


El conductor lo despertó. Abrió los ojos. La cara que lo miraba era negra, y no hostil. Sonreía. Kaufman intenté decir algo, pero su boca estaba sellada con sangre seca. Sacudió la cabeza como un idiota tratando de escupir una palabra. No emitió más que gruñidos.
No estaba muerto. No se había desangrado.
El conductor lo puso de rodillas, hablándole como si tuviera tres años.
-Tienes trabajo que hacer, colega: están muy contentos contigo.
Se había chupado los dedos y le frotaba los labios inflamados, intentando separarlos.
-Tienes mucho que aprender antes de mañana por la noche...
Mucho que aprender. Mucho que aprender.
Sacó a Kaufman del tren. Nunca había visto antes esta estación. Tenía azulejos blancos y era absolutamente prístina; el nirvana de un jefe de la estación. Ninguna pintada ensuciaba las paredes. No había máquinas de billetes, pero tampoco puertas, ni pasajeros. Esta era una línea que sólo ofrecía un servicio: el Tren de la Carne.
Los limpiadores del turno de mañana ya estaban atareados eliminando la sangre de los asientos y del suelo del tren. Alguien desnudaba el cuerpo del Carnicero, preparándolo para despacharlo a Nueva Jersey. Alrededor de Kaufman todo el mundo trabajaba. Por una reja del techo la luz del alba entraba a raudales.
De las vigas caían motas de polvo dando vueltas y vueltas. Las observó, absorto. No había visto nada tan bonito desde que era niño. Precioso polvo. Vueltas y vueltas, vueltas y más vueltas.
El conductor había conseguido separarle los labios. Tenía la boca demasiado herida para poder moverla, pero por lo menos podía respirar fácilmente. Y el dolor ya empezaba a calmarse.
El conductor le sonrió, y luego se volvió al resto de los trabajadores de la estación.
-Me gustaría presentaros al sustituto de Mahogany. Nuestro nuevo carnicero -anunció.
Los encargados de la limpieza miraron a Kaufman. Había cierto respeto en sus rostros, cosa que a él le pareció conmovedora.
Levantó la vista a la luz del sol, que ahora caía a su alrededor. Agitó la cabeza, queriendo decir que quería subir al aire libre. El conductor asintió y lo condujo a un conjunto de escaleras y, a través de un pasadizo, hasta la calle.
Hacía un día precioso. El brillante cielo de Nueva York estaba rayado de filamentos de nubes rosa pálido, y el aire olía a mañana.
Las calles y avenidas estaban prácticamente vacías. A lo lejos un taxi atravesaba de vez en cuando un cruce, y su motor era un murmullo; un corredor pasaba sudando por el otro lado de la calle.
Muy pronto aquellas aceras desiertas estarían atestadas de gente. La ciudad se dedicaría a sus negocios en la ignorancia: sin conocer jamás sus cimientos ni saber a qué debía su vida. Sin dudarlo, Kaufman se postró de rodillas y besó el sucio asfalto con los labios ensangrentados, jurando en silencio eterna lealtad a su causa.
El Palacio de los Placeres acogió esta muestra de adoración sin un comentario.