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3 de julio de 2013

EL CORAZÓN BAJO UNA SOTANA



Oh! Timotina Labinette! Hoy, que me he revestido con la vestidura sagrada, puedo rememorar la pasión, ahora enfriada y dormida bajo la sotana, que el año pasado ¡hizo latir mi corazón de hombre joven bajo mi capote de seminarista!...
1º de mayo de 18...
... Ha llegado la primavera. La viña del abate *** se llena de brotes en su maceta: el árbol del patio tiene pequeños retoños, tiernos como gotas verdes sobre sus ramas; el otro día, al salir del estudio, he visto en la ventana del segundo algo así como el champiñón nasal del sup ***. Los zapatos de J*** hacen algo de ruido; y he observado que los alumnos salen con demasiada frecuencia al patio para...; ¡precisamente ellos, que vivían en el estudio como topos, arrejuntados; hundidos en su vientre, con sus caras rojas tendidas hacia la estufa, con un aliento cálido y espeso como el de las vacas! Ahora se quedan demasiado tiempo al aire y, cuando vuelven, ríen con medias sonrisas y cierran el istmo de su pantalón con excesiva minuciosidad –no, me equivoco, con demasiada lentitud– y con unas formas que parecen mostrar una complacencia maquinal en esa operación que, en sí, es totalmente futil...

2 de mayo
El sup *** bajó ayer de su cuarto y, con los ojos cerrados, sin vérsele las manos, medroso y friolero, arrastró durante cuatro pasos sus zapatillas de canónigo por el patio (Rimbaud hace aquí una corrección; el texto primero dice: arrastró por el patio sus friolentas zapatillas de canónigo).
¡Ay mi corazón que lleva el compás en mi pecho, y mi pecho que golpea contra mi grasiento pupitre! ¡Ay! ¡ahora detesto la época en la que los alumnos eran como gruesas ovejas sudorosas en sus sucios vestidos y dormían en la atmósfera pestilente del estudio, bajo la lámpara de gas, en el intenso calor de la estufa!...
¡Estiro los brazos!, lanzo un suspiro, estiro las piernas... siento cosas en mi cabeza, ¡oh!, ¡cosas!...

4 de mayo
... Mira, ayer, no podía más: he abierto, como el ángel Gabriel, las alas de mi corazón. ¡El soplo del espíritu sagrado ha recorrido mi ser! He cogido mi lira y he cantado:

¡Acercaos,
Gran María!
¡Querida Madre
Del dulce Jesús
Sanctus Christus!
¡Oh virgen encinta,
Oh madre santa,
Acercaos!

¡Ay; si supieseis los misteriosos efluvios que sacudían mi alma mientras deshojaba esta rosa poética! lCogí mi cítara y, como el Salmista, alcé mi voz, inocente y pura, en las celestiales alturas! ¡Oh altitudo altitudinum!

7 de mayo
!Ay! Mi poesía ha replegado sus alas, pero, como Galileo, diré; postrado por el ultraje y el suplicio: !Y sin embargo, se mueve! –Leed: ¡se mueven!– Cometí la imprudencia de dejar caer la confidencia precedente... J *** la recogió, J ***, el más feroz de los jansenistas, el más riguroso fanático del sup *** y, en secreto, se la ha llevado a su señor; pero el monstruo, para hundirme bajo el insulto universal, ¡había hecho pasar mi poesía por las manos de todos sus amigos!
Ayer, el sup *** me llama: entro en su apartamento, estoy de pie ante él, sacando fuerzas de flaqueza. Sobre su frente calva temblaban como un rayo furtivo los últimos cabellos rojos: sus ojos emergían de entre su grasa, más calmos, apacibles; su nariz; semejante a una maza, era movida por un balanceo habitual: murmuraba un Orermus: humedeció el extremo de su pulgar, pasó algunas páginas del libro y saco un papelillo grasiento, doblado...

¡Graan Maariiia!...
¡Maadree Queeriidaa!

¡Rebajaba mi poesía!, ¡escupía sobre mi rosa!, se hace el Brid'oison, el José, el idiota, para ensuciar, para manchar, este canto virginal; tartamudeaba y pronunciaba cada sílaba con una mofa de odio concentrado: y cuando llegó al quinto verso,... ¡Virgen encinta!, se detuvo, redondeó su nasal, !y estalló!, ¡Virgen encinta! ¡Virgen encinta!, lo decía con un tono, frunciendo estremecidamente su prominente abdomen, con un tono tan espantoso, que un púdico rubor cubrió mi frente. Caí de rodillas, con los brazos levantados hacia el techo, y exclamé: ¡Oh padre mío!...
– ¡Vuestra liira!, ¡vuestra cítara!, ¡joven!, ¡vuestra cítara!, ¡misteriosos efluvios!, ¡que os sacudían el alma! ¡Ya habría querido ver yo!, ¡Joven alma, observo ahí dentro, en esta limpia confesión, algo mundano, un peligroso abandono, en suma, la fuerza de las pasiones!
Calló; estremeciose de arriba abajo su abdomen: después, solemne:
– Joven, ¿tiene usted fe?
– Padre, ¿por qué me lo pregunta? ¿Bromean sus labios?... ¡Sí; creo todo lo que me dice mi madre... la Santa Iglesia!
– Pero... ¡Virgen encinta!... Se trata de la concepción, joven; ¡se trata de la concepción!...
– Padre, ¡yo creo en la concepción!
– ¡Tenéis razón, joven! Se trata de algo...
... Calló... Después: el joven J *** me ha hecho una relación en la que, según vuestra actitud en el estudio, compruebo por su parte una separación de las piernas cada día más notoria; afirma haberos visto estiraros cuan largo sois, bajo la mesa, a la manera de un joven... lánguido. Son hechos sobre los que nada podéis responder... Acercaos, de rodillas, muy cerca de mí: quiero preguntaros con dulzura; contestad: ¿separáis mucho las piernas en el estudio?
Me puso, después, la mano en la espalda, en el cuello, y sus ojos se volvieron claros, y me hizo hablar sobre esa separación de las piernas... Mira; prefiero decir que fue repugnante, precisamente yo, que sé lo que eso quiere decir, ¡aquellas escenas!... Así pues, me habían espiado, habían calumniado mi corazón y mi pudor –y al estar autorizadas y ordenadas las delaciones y las cartas anónimas de los alumnos unos contra otros al sup ***, no podía decir nada–, y llegaba a ese cuarto, ¡ay... bajo la mano de semejante puerco!... ¡Ay!, ¡el seminario!...

10 de mayo
¡Oh, mis condiscípulos son espantosamente malvados y espantosamente lascivos! Todos esos profanos conocen en el estudio la historia de mis versos, y tan pronto como vuelvo la cabeza, me encuentro con la cara del asmático D ***, quien me susurra: ¿y tu cítara, y tu cítara?; ¿y tu diario? Después continúa el idiota L ***: ¿y tu lira.?, ¿y. tu cítara? Luego, tres o cuatro susurran a coro:

¡Gran María!...
¡Madre Querida!

Y yo soy un bendito: Jesús, ¡no me doy patadas a mí mismo! –Pero, en fin, ¡ni espío, ni escribo anónimos, y guardo para mí mi santa poesía y mi pudor!...

12 de mayo...
¿No adivináis por qué muero de amor?
La Flor me dice: salud; el pájaro: buenos días:
Salud; ¡es primavera!, ¡el ángel de ternura!
¿No adivináis por qué abrevo de alegría?
Ángel de mi abuela, ángel de mi cuna,
¿No adivinas por qué me hago ave,
Que se estremece mi lira y que golpea con el ala
como golondrina?...

He hecho estos versos ayer, durante el recreo; entré en la capilla, me encerré en un confesionario y, allí, mi joven poesía pudo palpitar y alzar el vuelo, en el ensueño y el silencio, hacia las esferas del amor. Después, puesto que vienen a quitarme los menores papeles de mis bolsillos; tanto de día como de noche, he cosido estos versos en el bajo de mi último vestido, el que toca inmediatamente con mi piel y, durante el estudio, saco mi poesía de debajo de mis hábitos y la pongo sobre mi corazón, y la aprieto largo rato mientras sueño...

15 de mayo
Sin duda, los sucesos se han precipitado desde mi última confidencia, y unos sucesos bien solemnes, ¡acontecimientos que, desde luego, han de influir en mi vida futura e interior de forma bien terrible!
Timotina Labinette, ¡te adoro!
Timotina Labinette, ¡te adoro!, ¡te adoro!, ¡déjame cantar en mi laúd, como el divino Salmista en su salterio, cómo te vi, y cómo mi corazón saltó sobre el tuyo para un amor eterno!
Jueves, era día de salida: disponemos de dos horas; salí: en su última carta, mi madre me decía: “... ocuparás superficialmente (?), hijo mío, tu salida, yendo a visitar al señor Cesarín Labinette, un habitual de tu difunto padre y al que es preciso que un día u otro seas presentado antes de tu ordenación”...
... Me presenté al señor Labinette, quien se mostró muy obsequioso, relegándome, sin mediar palabra, a la cocina: su hija, Timotina, quedó a solas conmigo; cogió un paño, sacó un grueso tazón ventrudo apoyándolo contra su corazón y, tras un largo silencio, me dijo de repente: ¿Y bien, señor Leonardo?...
Hasta ese momento, confundido como estaba por encontrarme con aquella joven criatura en la soledad de la cocina, había bajado los ojos e invocado dentro de mi corazón el sagrado nombre de María: alcé la frente ruborizándome y, ante la belleza de mi interlocutora, no pude más que balbucear un débil: ¿Señorita?...
¡Eras hermosa, Timotina! Si hubiese sido pintor, hubiese reproducido en el lienzo tus sagrados rasgos, con este título: ¡La Virgen del tazón! Pero sólo soy poeta y mi lengua sólo puede celebrarte incompletamente...
La cocina, negra, con sus fuegos en los que ardían las brasas como dos ojos rojos, dejaba escapar de sus cacerolas con ligeros hilos de humo, un celestial olor a sopa de coles y judías; y, colocada ante ella, aspirando con tu suave nariz el aroma de las legumbres, mirando a tu abultado gato con tus hermosos ojos grises, ¡oh virgen del bol, secabas tu tazón! Las cintas lisas y claras de tus cabellos se adherían púdicamente a tu frente, amarilla como el sol; de tus ojos corría un surco azulado hasta la mitad de tu mejilla, ¡cómo en Santa Teresa!; tu nariz, llena del aroma de las judías, henchía sus delicadas aletas; un ligero vello, al serpentear sobre tus labios, contribuía, en no poca medida, a dar una hermosa energía a tu rostro; y, en tu mentón; brillaba un bello lunar oscuro en el que se estremecían. dos hermosos pelos alocados: tus cabellos estaban juiciosamente recogidos sobre tu occipucio por unas horquillas; pero se les escapaba un pequeño mechón... En vano buscaba tus senos; no tienes: desdeñas esos mundanos ornamentos: ¡tu corazón son tus senos!... Cuando te volviste para dar una patada con tu ancho pie a tu dorado gato; pude ver tus omóplatos sobresaliendo y levantando tu vestido; ¡y fui herido de amor ante el gracioso contoneo de los dos pronunciados arcos que formaban tus riñones!...
Desde aquel momento, te adoré; no adoré tus cabellos, ni tus omóplatos, ni tu contoneo inferiormente posterior: en una mujer, en una virgen, lo que amo es la santa modestia; lo que me hace estremecerme de amor es el pudor y la piedad; ¡y eso fue lo que adoré en ti, joven pastoral...
Trataba de hacerle ver mi pasión; y, además; mi corazón, ¡mi corazón me traicionaba! A sus preguntas sólo respondía con palabras entrecortadas; en mi turbación, ¡varias veces le llamé señora, en lugar de señorita! Sentíame sucumbir, poco a poco, a los mágicos acentos de su voz; resolví, por último, entregarme, abandonarlo todo; y, ante no sé qué pregunta que me dirigió, volqué hacia atrás mi silla, puse una mano sobre mi corazón, cogí con la otra en mi bolsillo un rosario del que dejé escapar la cruz blanca y, con un ojo dirigido hacia Timotina y el otro hacia el cielo, contesté dolorosa y tiernamente, como un ciervo a una cierva:
– ¡Oh, sí!, señorita... ¡¡¡Timotina!!!
jMlserere! ¡Miserere! –en mi ojo, deliciosamente abierto hacia el techo, cae de repente una gota de salmuera, que destila un jamón colgado sobre mí, y, cuando, enteramente rojo de vergüenza, vuelto de mi pasión, bajé mi frente, me di cuenta de que, en lugar de un rosario, en mi mano izquierda tenía un biberón oscuro –¡me lo había entregado mi madre el año anterior para dárselo al pequeño de no sé qué madre!–; Del ojo abierto hacia el techo fluyó la amarga salmuera: pero del ojo que te contemplaba, oh Timotina, ¡brotó una lágrima, lágrima de amor y lágrima de dolor!...
Algún tiempo, una hora, después, cuando Timotina me anunciara una colación compuesta por judías y por una tortilla de tocino, totalmente emocionado por sus encantos, respondí a media voz –¡Tengo el corazón tan lleno, que me ha arruinado el estómago! –y me senté a la mesa; ¡oh!, todavía sigo sintiéndolo: su corazón había respondido a la llamada del mío: durante la rápida colación, ella no comió nada: –¡No encuentras un sabor extraño?, repetía; su padre no comprendía; pero mi corazón sí: era la Rosa de David, la Rosa de Jesé, la Rosa mística de la escritura; ¡era el Amor!
Se levantó bruscamente, fue a un rincón de la cocina y, mientras me enseñaba la doble flor de sus riñones, hundió su brazo en un informe montón de botas, de zapatos diversos, de donde saltó su grueso gato; lo tiró todo en una gruesa alacena vacía; volvió después a su sitio y husmeó el aire de forma inquieta: de golpe, arrugó la frente y exclamó:
– ¡Todavía se nota!...
– Sí, se nota, contestó su padre neciamente (¡él, profano, no podía comprender!).
¡Me di claramente cuenta de que todo esto no se producía en mi carne virgen sino como los movimientos internos de su pasión!; ¡la adoraba y saboreaba con amor la dorada tortilla, y mis manos marcaban el compás con el tenedor, y bajo la mesa mis pies se estremecían de placer en mis zapatos!
Pero lo que para mí constituyó un rayo de luz, como una prenda de amor eterno, como un diamante de ternura por parte de Timotina, fue la adorable cortesía que tuvo, cuando ya me marchaba, de ofrecerme un par de calcetines blancos, junto con una sonrisa y estas palabras:
– ¿Quiere usted esto para sus pies, señor Leonardo?

16 de mayo
¡Timotina!, te adoro, a ti y a tu padre, a ti y a tu gato:

17 de mayo
¿Qué me importan ahora los ruidos del mundo y los ruidos del estudio? ¿Qué me importan ésos a quienes pereza y languidez postran a mi lado? Esta mañana, todas las frentes, ávidas de sueño, estaban pegadas a las mesas; un ronquido, parecido al grito del clarín del juicio final, un ronquido sordo y lento; se alzaba de este vasto Getsemaní. Yo, estoico, sereno, derecho y elevándome por encima dé todos estos muertos como una palmera sobre las ruinas, despreciando olores y ruidos indecentes, tenía la cabeza entre mis manos, escuchaba latir mi corazón lleno de Timotina, ¡y mis ojos se hundían en el azul del cielo, entrevisto por el cristal superior de la ventana!...

18 de mayo
Gracias al Espíritu Santo, que me ha inspirado estos encantadores versos: los voy a engastar en mi corazón; y cuando el cielo me conceda volver a ver a Timotina, se los daré, ¡a cambio de sus calcetines!...
Los he titulado La Brisa:

En su retiro de algodón
Duerme el céfiro de dulce hálito:
¡En su nido de seda y lana
Duerme el céfiro de alegre mentón!

Cuando alza sus alas
En su retiro de algodón,
Cuando corre donde le llama la flor,
¡Su dulce hálito maravillosamente huele!

¡Oh brisa quintaesenciada!
!Oh quintaesencia del amor!
¡Cuando el rocío se seca,
En el día, ¡qué buen olor!

¡Jesús, José, Jesús, María!
!Es como el ala de un cóndor
Apaciguando al orante!
¡Que nos penetra y nos duerme!

El final es excesivamente íntimo y demasiado suave: lo conservo en el tabernáculo de mi alma: En mi próxima salida se lo leeré a mi divina .y olorosa Timotina.
Esperemos en la calma y el recogimiento.

Fecha incierta. ¡Esperemos!

¡16 de junio!
¡Cúmplase, Señor, vuestra voluntad: yo no pondré ningún obstáculo! ¡Si queréis alejar de vuestro siervo el amor de Timotina, sois, desde luego, dueño de hacerlo: pero, Señor Jesús, ¡no amasteis vos mismo, y no os enseñó la lanza del amor a condescender con los sufrimientos de los infelices! ¡Rogad por mí!
¡Oh!, llevaba mucho tiempo esperando aquella salida del 15 de junio: había apremiado a mi alma diciéndole: ese día serás libre: el 15 de junio me peiné mis pocos y modestos cabellos y, con una fragante pomada rosa, los había pegado sobre mi frente como las cintas de Timotina; me había untado con pomada las pestañas; había cepillado cuidadosamente mis hábitos negros, colmado hábilmente ciertas deficiencias enojosas de mi aseo, y me presentaba ante el esperado picaporte del señor Cesarín Labinette. Éste apareció, tras un buen rato, el casquete intrépidamente colocado sobre la oreja; un mechón de cabellos tiesos y muy engominados le cruzaba la cara como una cuchillada, una mano, en el bolsillo de su bata de flores amarillas, la otra sobre el picaporte... Me arrojó un seco buenos días, frunció la nariz al echar una ojeada a mis zapatos de cordones negros, y marchó delante de mí, con las manos en sus dos bolsillos, echando hacia adelante su bata, como hace el abate *** con su sotana, y modelando así, ante mis ojos, su parte inferior.
Le seguí.
Atravesé la cocina y entré, detrás de él, en su salón. ¡Ay!, ¡aquel salón!, !lo he fijado en mi memoria con las horquillas del recuerdo! La tapicería era de flores oscuras; sobre la chimenea un enorme reloj de péndulo en madera .negra, con columnas; dos jarrones azules con rosas;. sobre las paredes, una pintura de la batalla de Inkermann; y un dibujo a lápiz, de un amigo de Cesarín, que representaba un molino, con su muela abofeteando un pequeño arroyo parecido a un escupitajo, dibujo que manchan de carbón todos los que empiezan a dibujar. ¡La poesía es mucho mejor!...
En mitad del salón, una mesa con un tapete verde, en torno al cual mi corazón sólo vio a Timotina, aunque también se encontrase allí un amigo del señor Cesarín, un antiguo sacristán de la parroquia de ***, y su esposa, la señora de Riflandouille, y aunque el mismo señor Cesarín se sentara de nuevo, inmediatamente después de llegar yo.
Cogí una silla rehenchida, pensando que una parte de mí mismo iba a apoyarse sobre una tapicería hecha, sin duda, por Timotina, saludé a todo el mundo, y con mi sombrero negro sobre la mesa, ante mí, como una muralla, escuché...
Yo no hablaba, ¡pero lo hacía mi corazón! Los señores continuaron la partida de cartas empezada: pude observar que hacían trampas a cual mejor, y ello me causó una sorpresa bastante dolorosa. Una vez terminada la partida, todos se sentaron en círculo alrededor de la chimenea vacía; yo estaba en uno de los rincones, casi oculto por el enorme amigo de Cesarín, cuya silla era la única que me separaba de Timotina: me alegré interiormente del poco caso que hacían de mi persona; relegado tras la silla del sacristán honorario, podía dejar ver en mi rostro los movimientos de mi corazón sin ser observado por nadie: me entregué, por lo tanto, a un dulce abandono; y dejé que la conversación se acalorara y discurriese entre aquellas tres personas; pues Timotina sólo raramente hablaba; lanzaba a su seminarista miradas de amor y, como no se atreviese a mirarle de frente, ¡dirigía sus claros ojos hacia mis bien encerados zapatos!... Yo, por mi parte, detrás del grueso sacristán, me abandonaba a mi corazón.
Empecé inclinándome del lado de Timotina alzando los ojos al cielo. Ella se había dado la vuelta. Me levanté, y con la cabeza inclinada hacia mi pecho, lancé un suspiro; ella no se movió. Volví a abotonarme, dejé ir mis labios, hice una leve señal de la cruz; ella no vio nada. Entonces, transportado, furioso de amor, me incliné fuertemente hacia ella, y con mis manos en la misma postura de la comunión, y lanzando un ¡ay!... prolongado y doloroso; ¡Miren!, mientras gesticulaba y rezaba, me caí de la silla con un ruido sordo, y el grueso sacristán se volvió irónicamente, y Timotina dijo a su padre:
–¡Mira, el señor Leonardo rueda por el suelo!
¡Su padre se burló! ¡Miserere!
El sacristán me repicó, rojo yo de vergüenza y débil de amor, sobre mi silla rehenchida, y me hizo un sitio. Pero yo bajaba los ojos, ¡quería dormir! Aquella sociedad me resultaba inoportuna, no adivinaba el amor que sufría allí, en la penumbra: ¡quise dormir!, ¡pero oí cómo la conversación recaía sobre mí!...
Abrí débilmente los ojos...
Cesarín y el sacristán fumaban cada uno un delgado cigarro, con todo el amaneramiento posible, lo que hacía a sus personas espantosamente ridículas; la señora sacristana, sobre el borde de la silla, con su vacío pecho inclinado hacia adelante, llevando tras de sí todo el oleaje de su vestido amarillo, que le ahuecaba hasta el cuello, y abriendo alrededor suyo su único volante, desfloraba deliciosamente una rosa: entreabríase en sus labios una espantosa sonrisa, y mostraba en sus delgadas encías dos dientes negros, amarillos, como el esmalte de una cacerola vieja. –¡Tú, Timotina, tú eras hermosa, con tu gorguera blanca, tus ojos bajados y tus cintas de pelo lisas!
– Es un hombre con futuro: su presente inaugura su futuro, decía el sacristán; mientras dejaba escapar una ola de humo gris...
– ¡Oh!, ¡el señor Leonardo hará honor al vestido! –dijo con voz nasal la sacristana: ¡los dos dientes asomaron!
Ruborizábame yo, como un pudoroso muchacho: vi que las sillas se alejaban de mí, y que murmuraban a mi costa...
Timotina no apartaba los ojos de mis zapatos; me amenazaban los dos sucios dientes... el sacristán reía irónicamente: ¡yo mantenía la cabeza gacha!...
– Lamartine ha muerto... –dijo de repente Timotina. ¡Querida Timotina! Por tu adorador, por tu pobre poeta Leonardo, lanzabas a la conversación el nombre de Lamartine; alcé, entonces, la frente, sentí que el pensamiento único de la poesía iba a devolver la virginidad a todos aquellos profanos, sentía palpitar mis alas y, sin quitar ojo a Timotina, dije radiante:
– ¡El autor de Las Meditaciones poéticas tenía hermosas flores en su corona!
– ¡Ha muerto el cisne de los versos! – ¡dijo la sacristana!
– Sí, pero ha entonado su canto fúnebre –repuse yo entusiasmado.
– ¡Pero –exclamó la sacristana–, si el señor Leonardo es también poeta! Su madre me enseñó el año pasado muestras de su musa...
Yo me lanzaba audazmente.
– ¡Oh!, señora, no he traído ni mi lira ni mi cítara; pero...
– ¡Oh!, ¡vuestra cítara!; la traeréis otro día...
– No obstante, si ello no desagrada al honorable –y saqué un trozo de papel de mi bolsillo–, voy a leeros algunos versos... Los dedico a la señorita Timotina.
– ¡Sí!, ¡sí!, ¡joven!, ¡muy bien!, recitad, recitad, poneos al extremo de la sala...
Retrocedí... Timotina miraba mis zapatos... La sacristana hacía de Madonna; los dos señores se inclinaban el uno hacia el otro... Yo, enrojecí, tosí y, cantando con ternura, dije:

En su retiro de algodón
Duerme el céfiro de suave hálito...
En su nido de seda y lana
Duerme el céfiro de alegre mentón.

La asistencia entera se desternilló de risa; los señores se inclinaban uno hacia otro haciendo chistes groseros; pero especialmente horrible era el aspecto de la sacristana, quien, con los ojos vueltos hacia el cielo, hacíase la mística, ¡y sonreía con sus espantosos dientes! Timotina, Timotina, ¡reventaba de risa! Era un golpe mortal que me traspasaba, ¡Timotina se agarraba los costados!... Un dulce céfiro en el algodón, ¡es suave, es suave!... decía resoplando el padre Cesarín... Creí percibir algo, pero aquel estallido de risa sólo duró un segundo: todos intentaron recobrar la seriedad, aunque todavía estallaban de cuando en cuando...
– Continuad joven, está bien, ¡está bien!

Cuando el céfiro alza sus alas
En su retiro de algodón...
Cuando corre donde le llama la flor,
Su suave hálito huele muy bien...

Esta vez, una enorme carcajada estremeció a mi auditorio; Timotina miró mis zapatos: tenía calor, mis pies ardían bajo su mirada, y nadaban en sudor; pues me decía a mí mismo: estos calcetines que llevo desde hace un mes son un don de su amor; estas miradas que lanza sobre mis pies son un testimonio de su amor: ¡ella me adora!
Y he aquí que no sé qué pequeño sabor parecióme salir de mis zapatos: ¡ay!, ¡comprendí las horribles risas de la asamblea! Comprendí que, extraviada en aquella malvada sociedad, Timotina Labinette, Timotina, ¡nunca podría dar libre cursó a su pasión! Comprendí que también yo debía devorar aquel amor, aquel doloroso amor nacido en mi corazón una tarde de mayo, en una cocina de los Labinette, ¡ante el contoneo posterior de la virgen del tazón!
Daban las cuatro –la hora del regreso– en el péndulo del salón; fuera de mí, ardiendo de amor y loco de dolor, cogí mi sombrero, me escapé derribando una silla y atravesé el corredor mientras murmuraba: Adoro a Timotina; y huí al seminario sin detenerme...
Los faldones de mi hábito negro volaban tras de mí, al viento, ¡como dos siniestros pájaros!...

30 de junio
Dejo, en lo sucesivo, a la divina musa el cuidado de mecer mi dolor; mártir de amor a los dieciocho años y pensando, en mi aflicción, en otro mártir del sexo que nos da gozos y dichas, no poseyendo ya a la que amo, ¡voy a amar la fe! Que Cristo y María me lleven hacia su seno: yo les sigo: no soy digno de desatar los cordones del calzado de Jesús; ¡pero mi dolor!, ¡mi suplicio! ¡También yo llevo á los dieciocho años y siete meses una cruz, una corona de espinas!, y en la mano, en lugar de una caña, ¡tengo una cítara! !En ella estará el bálsamo para mi llaga!...

Un año después, 1º de agosto
Hoy he sido revestido con la vestidura sagrada; voy a servir a Dios; tendré un curato y una modesta sirviente en un pueblo rico. Tengo fe; procuraré mi salvación y, sin ser dispendioso, viviré como un buen siervo de Dios con su sirviente. Mi madre, la Santa Iglesia, me reconfortará en su seno: ¡bendita sea!, ¡bendito sea Dios!
... En cuanto a esta pasión, cruelmente querida, que encierro en el fondo de mi corazón, sabré sufrirla con constancia: sin precisamente reavivarla, podré evocar ocasionalmente su recuerdo: ¡son tan dulces estas cosas! Por lo demás, ¡yo nací para el amor y para la fe! ¿Tal vez tenga un día, vuelto a esta ciudad, la dicha de oír en confesión a mi querida Timotina?...
Además, conservo de ella un dulce recuerdo: desde hace un año no me he quitado los calcetines que me dio... Esas zapatillas, ¡Dios mío!, ¡las conservaré en mis pies hasta en vuestro santo Paraíso!...

28 de agosto de 2009

Una temporada en el infierno

«Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.
Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. — Y la hallé amarga. — Y la insulté.
Me armé contra la justicia.
Me escapé. ¡Oh bujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido del animal feroz.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo.
Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había tal vez de recobrar el apetito.
La caridad es la clave. — ¡Esta inspiración demuestra que soñé!
«Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»
¡Ah! Ya aguanté demasiado — Pero, querido Satán, te lo suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.
Mala sangre
Tengo de mis antepasados galos el ojo azul pálido, el cerebro estrecho y la torpeza en la lucha. Hallo mi vestimenta tan bárbara como la suya. Pero yo no me unto la cabellera con manteca.
Los galos eran los desolladores de animales, los quemadores de hierba más ineptos de su tiempo.
De ellos tengo: la idolatría y el amor al sacrilegio; — ¡oh! todos los vicios, cólera, lujuria— magnífica, la lujuria; —en especial, mentira y pereza.
Me espantan todos los oficios. Maestros y obreros, todos campesinos, innobles. La mano de pluma vale igual que la mano de arado.— ¡Qué siglo de manos! — Nunca tendré mi mano. Luego, la domesticidad conduce demasiado lejos. La honradez de la mendicidad me desconsuela. Los criminales repugnan como castrados: yo estoy intacto, y me da lo mismo.
Pero, ¿quién me hizo tan pérfida la lengua, que hasta aquí haya guiado, salvaguardándola, mi pereza? Sin servirme para vivir ni siquiera del cuerpo, y más ocioso que el sapo, he vivido por todas partes. No hay familia de Europa que yo no conozca.
— Me refiero a familias como la mía, que se lo deben todo a la Declaración de Derechos del Hombre. — ¡He conocido a todos los niños bien!
* * * *
¡Si tuviese yo antecedentes en un punto cualquiera de la historia de Francia!
Pero no, nada.
Me es evidentísimo que siempre he sido de raza inferior.
No logro comprender la rebeldía. Mi raza nunca se levantó más que para el pillaje: así los lobos con el animal que no mataron ellos.
Recuerdo la historia de la Francia hija primogénita de la
Iglesia. Habría hecho, villano, el viaje a tierra santa; tengo en la cabeza caminos por las llanuras suabas, vistas de Bizancio, murallas de Solima; el culto de María, el enternecimiento por el crucificado, se despiertan en mí entre mil hechicerías profanas. — Estoy sentado, leproso, en los cacharros rotos y las ortigas, al pie de un muro roído por el sol.— Más tarde, reitre, habría vivaqueado bajo las noches de Alemania.
¡Ah! Algo más: bailo el aquelarre en un rojo calvero, con viejas y con niños.
No recuerdo más lejos que esta tierra y el cristianismo.
Nunca me terminaría de ver en ese pasado. Pero siempre solo, sin familia; incluso ¿qué lengua hablaba? No me veo jamás en los consejos de Cristo; ni en los consejos de los señores, — representantes de Cristo.
¡Oh la ciencia! Lo hemos recuperado todo. Para el cuerpo y para el alma, — el viático, — tenemos la medicina y la filosofía,
— los remedios caseros y las canciones populares arregladas.
¡Y las diversiones de los príncipes, y los juegos que éstos prohibían! ¡Geografía, Cosmografía, Mecánica, Química!…
¡La Ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo avanza! ¿Por qué no va a dar vueltas?
Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es segurísimo, es oráculo, esto que os digo. Comprendo y, como no sé explicarme sin palabras paganas, querría callarme.
* * * *
¡Vuelve la sangre pagana! El Espíritu está cerca: ¿por qué no me ayuda Cristo, dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡El Evangelio pasó! ¡El Evangelio!
Estoy esperando a Dios con glotonería. Soy de raza inferior desde la eternidad.
Heme en la playa armoricana. Que las ciudades se enciendan al atardecer. Mi jornada está hecha; dejo Europa. El aire del mar me quemará los pulmones, los climas perdidos me curtirán. Nadar, desmenuzar la hierba, cazar, sobre todo fumar; beber licores fuertes como metal hirviendo, — como hacían los queridos antepasados alrededor de las fogatas.
Volveré, con miembros de hierro, con la piel oscura, los ojos enfurecidos: por mi máscara, me juzgarán de una raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan de estos feroces enfermos cuando regresan de los países cálidos.
Me veré mezclado en asuntos políticos. Salvado.
Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria. Lo mejor es un sueño muy borracho, en la playa.
* * * *
No hay partida. —Reanudemos los caminos de aquí, cargado de mi vicio, el vicio que ha hundido sus raíces de sufrimiento a mi lado, desde la edad del juicio— que asciende al cielo, me golpea, me tira, me arrastra.
La última inocencia y la última timidez. Está dicho. No traer al mundo ni mis repugnancias ni mis traiciones.
¡Adelante! La marcha, la carga, el desierto, el aburrimiento y la cólera.
¿A quién alquilarme? ¿Qué alimaña hay que adorar? ¿Qué santa imagen atacamos? ¿Qué corazones romperé? ¿Qué mentira debo sostener?— ¿Qué sangre pisotear?
Mejor, guardarse de la injusticia. — La vida dura, el embrutecimiento simple—, alzar, con el puño descarnado, la tapa del ataúd, incorporarse, asfixiarse. Así, ninguna vejez, ningún peligro: el terror no es francés.
¡Ah! Estoy tan desesperado, que a cualquier imagen divina ofrezco impulsos hacia la perfección.
¡Oh mi abnegación, oh mi caridad maravillosa! ¡Aquí abajo, no obstante!
De profundis, Domine, ¡seré tonto!
* * * *
Ya desde muy niño admiraba al forzado irreductible tras el cual se cierran siempre las puertas de la prisión; visitaba los albergues y los alojamientos que el podía haber consagrado con su estancia; veía con su idea el cielo azul y el trabajo florido del campo, olfateaba su fatalidad en las ciudades. Tenía más fuerza que un santo, más sentido común que un viajero — y él ¡él solo! era testigo de su gloria y de su razón.
Por los caminos, en noches de invierno, sin cobijo, sin ropa, sin pan, una voz me atenazaba el corazón helado: «Debilidad o fuerza; hete aquí: es la fuerza. No sabes ni adónde ni por qué vas; entra en todas partes, contesta a todo. No te matarán más que si fueras cadáver». Por la mañana, tenía la mirada tan perdida y la compostura tan muerta, que quienes me encontré quizá no me vieran.
En las ciudades el fango se me aparecía súbitamente rojo y negro, como un espejo cuando la lámpara deambula por la habitación contigua, ¡como un tesoro en el bosque! Buena suerte, gritaba yo, y veía un mar de llamas y de humo en el cielo; y, a izquierda, a derecha, todas las riquezas, llameando como millones de truenos.
Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una multitud exasperada, delante del pelotón de ejecución, llorando la desgracia de que no hubieran podido comprender, y perdonando.
— ¡Igual que Juana de Arco! — «Sacerdotes, profesores, maestros, os equivocáis al entregarme a la justicia. Yo nunca formé parte de este pueblo, yo nunca fui cristiano; soy de la raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes; no tengo sentido moral, soy un bruto, os equivocáis…»
Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una alimaña, un negro. Pero puedo salvarme. Vosotros sois falsos negros, vosotros maniáticos, feroces, avaros. Mercader, tú eres negro; general, tú eres negro; emperador, vieja comezón, tú eres negro: has bebido un licor libre de impuestos, de la fábrica de Satán. — Este pueblo está inspirado por la fiebre y el cáncer.
Los tullidos y los viejos son tan respetables, que solicitan ser hervidos. — Lo más astuto es abandonar este continente donde la locura anda al acecho, para proveer de rehenes a estos miserables.
Entre en el verdadero reino de los hijos de Cam.
¿Sigo conociendo la naturaleza? ¿Me conozco? — No más palabras. Amortajo a los muertos en mi vientre. Gritos, tambor, danza, danza, danza, ¡danza! Ni siquiera veo la hora en que, al desembarcar los blancos, caeré en la nada.
Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, ¡danza!
* * * *
Los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse al bautismo, vestirse, trabajar.
He recibido en el corazón el golpe de gracia. ¡Ah! ¡No lo tenía previsto!
No he hecho mal alguno. Los días van a serme leves, se me ahorrará el arrepentimiento. No habré conocido los tormentos del alma casi muerta para el bien, donde se alza la luz tan severa como los cirios funerarios. El destino del niño bien: ataúd prematuro, cubierto de límpidas lágrimas. Sin duda que el desenfreno es tonto, que el vicio es tonto; hay que arrojar la podredumbre aparte. ¡Pero el reloj no habrá llegado a no dar ya sino la hora del puro dolor! ¿Van a secuestrarme, como a un niño, para jugar en el paraíso, olvidado de toda desgracia?
¡Rápido! ¿Hay otras vidas? — Dormir en la riqueza es imposible. La riqueza siempre ha sido bien público. Sólo el amor divino otorga las llaves de la ciencia. Veo que la naturaleza no es sino un espectáculo de bondad. Adiós, quimeras, ideales, errores.
El canto razonable de los ángeles se eleva del navío salvador; es al amor divino. — ¡Dos amores! Puedo morir de amor terrenal, morir de entrega. ¡He dejado almas cuyo dolor aumentará con mi partida! Me escogéis entre los náufragos; quienes se quedan, ¿no son acaso amigos míos?
¡Salvadlos!
La razón me ha nacido. El mundo es bueno. Bendeciré la vida. Amaré a mis hermanos. Ya no son promesas de niño. Ni la esperanza de eludir la vejez y la muerte. Dios es mi fuerza, y yo alabo a Dios.
* * * *
El aburrimiento ya no es mi amor. Las rabias, los desenfrenos, la locura, cuyos impulsos todos, cuyos desastres conozco, — toda mi carga está depositada. Valoremos sin vértigo el alcance de mi inocencia.
Ya no sería capaz de solicitar el consuelo de una paliza. No me creo embarcado hacia una boda con Jesucristo por suegro.
No soy prisionero de mi razón. He dicho: Dios. Quiero la libertad dentro de la salvación: ¿cómo perseguirla? Los gustos frívolos me han abandonado. Ya no hay necesidad de entrega ni de amor divino. No añoro el siglo de los corazones sensibles.
Cada cual tiene su razón, desprecio y caridad: yo con…
Noche del Infierno
Me ha tragado una buena buchada de veneno. — ¡Bendito sea tres veces el consejo que me llegó! — Las entrañas me arden.
La violencia del veneno me retuerce los nervios, me hace deforme, me arroja al suelo. Me muero de sed, me ahogo, no puedo gritar. ¡Es el infierno, la pena eterna! ¡Ved cómo se reavivan las llamas! ¡Ardo como es debido! ¡Venga, demonio!
Había entrevisto la conversión al bien y a la felicidad, la salvación. Podía describir la visión, ¡pero el aire del infierno no soporta los himnos! Eran millones de criaturas encantadoras, un suave concierto espiritual, la fuerza y la paz, las nobles acciones, ¿qué sé yo?
¡Las nobles ambiciones!
¡Y sigue siendo vida! — ¡Si la condenación es eterna! Todo hombre que desee mutilarse está ya condenado, ¿verdad? Me creo en el infierno, luego estoy en el infierno. Es el cumplimiento del catecismo. Soy esclavo de mi bautizo. Padres, habéis hecho mi desgracia y la vuestra. ¡Pobre inocente! — El infierno no puede atacar a los paganos. — ¡Sigue siendo vida!
Más tarde, las delicias de la condenación serán más profundas.
Un crimen, de prisa, para caer en la nada, por la ley de los hombres.
¡Calla, calla de una vez!… Éste es lugar de vergüenza, de reproche: Satán diciendo que el fuego es innoble, que mi cólera es espantosamente tonta. — ¡Basta!… Errores que alguien me sopla, magia, perfumes falsos, músicas pueriles. — Y decir que poseo la verdad, que veo la justicia: tengo un discernimiento sano y firme, estoy listo para la perfección… Orgullo.
— Se me reseca la piel de la cabeza. ¡Piedad! Señor, tengo miedo. Tengo sed, ¡tanta sed! ¡Ah! La niñez, la hierba, la lluvia, el lago sobre las piedras, el claro de luna cuando el campanario daba las doce… El diablo está en el campanario, a tal hora. ¡María! ¡Virgen Santa!… — Horror de mi estupidez.
¿No son aquéllas almas buenas que me desean el bien?…
Venid. Tengo una almohada tapándome la boca, no me oyen, son fantasmas. Por otra parte, nadie piensa nunca en los demás.
Que nadie se acerque. Huelo a chamusquina, eso es seguro.
Las alucinaciones son innumerables. Es eso lo que siempre he tenido: no ya fe en la historia, el olvido de los principios.
Me lo callaré: poetas y visionarios se pondrían celosos. Soy mil veces el más rico, seamos avaros como el mar.
¡Qué cosas! El reloj de la vida se acaba de parar. Ya no estoy en el mundo. — La tecnología es seria, el infierno está ciertamente abajo — y el cielo arriba. — Éxtasis, pesadilla, dormir en un nido de llamas.
Cuánta maldad de observación hay en el campo… Satán, Ferdinando, corre con las semillas silvestres… Jesús anda sobre las zarzas de purpurina, sin inclinarlas… Jesús andaba sobre las aguas. La linterna nos los mostró de pie, blanco y con trenzas oscuras, flanqueado por una ola esmeralda…
Voy a desvelar todos los misterios: misterios religiosos o naturales, muerte, nacimiento, porvenir, pasado, cosmogonía, nada. Soy maestro en fantasmagorías.
¡Escuchad!…
¡Tengo todos los talentos! — No hay nadie aquí, y hay alguien: no querría divulgar mi tesoro. ¿Alguien desea cánticos negros, danzas de huríes? ¿Alguien desea que desaparezca, que me zambulla en busca del anillo? ¿Alguien lo desea?
Haré, con el oro, remedios.
Confiad, pues, en mí: la fe conforta, guía, cura. Venid todos, —hasta los niños, —que yo os consuele, que os divulguemos su corazón, — ¡el corazón maravilloso! ¡Pobres hombres, trabajadores! No pido oraciones; con vuestra confianza solamente me contentaré.
— Y pensemos en mí. Todo esto me hace añorar poco el mundo. Tengo la suerte de no sufrir más. Mi vida no fue más que locuras suaves, qué lamentable.
¡Bah! Hagamos todas las muecas concebibles.
Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido ya. Me ha desaparecido el tacto. ¡Ah! Mi castillo, mi Sajonia, mi bosque de sauces. Las tardes, las mañanas, las noches, los días… ¡Qué cansado estoy!
Debería tener mi infierno por la cólera, mi infierno por el orgullo, — y el infierno de la caricia; un concierto de infiernos.
Me muero de cansancio. Es la tumba, voy hacia los gusa37 nos, ¡horror de los horrores! Satán, farsante, quieres disolverme en tus encantos. ¡Exijo! ¡Exijo un golpe con la horquilla, una gota de fuego!
¡Ah! ¡Ascender de nuevo a la vida! Poner los ojos en nuestras deformidades. Y este veneno, ¡este beso mil veces maldito!
¡Mi debilidad, lo cruel de este mundo! ¡Dios mío, piedad, escondedme, me comporto demasiado mal! — Estoy escondido y no lo estoy.
Es el fuego quien se reanima con su condenado.
DELIRIOS
I
VIRGEN NECIA
El Esposo Infernal
Oigamos la confesión de un compañero de infierno.
«Oh divino Esposo, Dueño mío, no rechaces la confesión de la más triste de tus siervas. Estoy perdida. Estoy borracha.
Estoy impura. ¡Qué vida!
»Perdón, divino Señor, ¡perdón! ¡Ah! ¡Perdón! ¡Qué de lágrimas!
¡Y qué de lágrimas aún, más adelante, espero!
»Más adelante ¡conoceré al divino Esposo! Nací sometida a
Él. — ¡Ya puede pegarme el otro ahora! ¡Oh amigas mías!… no, no amigas mías… Nunca delirios ni torturas semejantes…
¡Qué tontería!
»¡Ah! ¡Estoy sufriendo, grito! Estoy sufriendo de verdad.
Todo, no obstante, me está permitido, cargada con el desprecio de los más despreciables corazones.
»En fin, hagamos esta confidencia, aun a riesgo de tener que repetirla otras veinte veces, — ¡igual de tétrica, igual de insignificante!
»Soy esclava del Esposo infernal, del que perdió a las vírgenes necias. Es ése, y no otro demonio. No es ningún espectro, no es ningún fantasma. Pero a mí, que he perdido la prudencia, que estoy condenada y muerta para el mundo — ¡nadie me matará!— ¿Cómo describíroslo? Ya ni siquiera sé hablar. Estoy de luto, lloro, tengo miedo. Un poco de frescor, señor, si no te importa, ¡si te parece bien!
»Soy viuda… — Era viuda… — Sí, sí, antes era muy seria, ¡y no nací para acabar en esqueleto!… — Él era casi un niño… Me habían seducido sus misteriosas delicadezas. Olvidé todas mis obligaciones humanas para seguirlo. ¡Qué vida!
La auténtica vida está ausente. No estamos en el mundo. Voy a donde él va, así ha de ser. Y a menudo se enfada conmigo, conmigo, pobre almita. ¡El demonio! — Es un demonio, sabéis, no es un hombre.
»Dice: “No me gustan las mujeres. Hay que volver a inventar el amor, ya se sabe. Las mujeres ya no alcanzan a desear más que una situación asegurada. Una vez ganada esta situación, el corazón y la belleza se dejan de lado; no queda sino frío desdén, alimento del matrimonio, hoy en día. O bien veo mujeres con las señales de la dicha; de ellas habría podido hacer buenas amigas, si no las hubiera devorado antes algún bruto con sensibilidad de hoguera…”
»Y yo lo oigo cómo hace de la infamia gloria, de la crueldad encanto. “Soy de raza lejana: mis antepasados eran escandinavos: se perforaban las costillas, se bebían su propia sangre.
— Yo me haré cortaduras por todo el cuerpo, me tatuaré, quedaré más repugnante que un mongol; ya verás, aullaré por las calles. Quiero enloquecer de rabia, por completo. Nunca me enseñes joyas, o me arrastraré y me revolcaré por las alfombras.
Mi riqueza la quiero manchada de sangre, por todas partes.
Jamás trabajaré…” Muchas noches, habiéndome poseído su demonio, ambos rodábamos por el suelo, ¡yo luchaba con él! — Por las noches suele apostarse, borracho, en las calles o en las casas, para asustarme mortalmente. — “Me cortarán de veras el cuello; será asqueroso.” ¡Oh! ¡Esos días en que gusta de andar con un aire de crimen!
»A veces habla, en una especie de jerga enternecida, de la muerte que obliga a arrepentirse, de los desdichados que ciertamente hay, de los trabajos fatigosos, de las separaciones que desgarran el corazón. En los tugurios donde nos emborrachábamos, lloraba al considerar a quienes nos rodeaban, rebaño de la miseria. Levantaba del suelo a los borrachos, en las calles negras. Sentía por los niños la compasión de una mala madre.
— Se marchaba con ternuras de niña de catequesis. — Fingía estar al corriente de todo: comercio, arte, medicina. — Yo lo seguía, ¡así ha de ser!
»Veía todo el decorado de que, en espíritu, se rodeaba: vestiduras, paños, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro.
Veía todo aquello que lo emocionaba, tal como él habría querido crearlo para sí. Cuando me parecía tener el espíritu inerte, lo seguía, yo, en actos extraños y complicados, lejos, buenos o malos; estaba segura de que jamás penetraría en su mundo.
Junto a su amado cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por qué desearía tanto evadirse de la realidad. Nunca hombre alguno formuló un voto semejante.
Yo admitía, —sin temer por él, — que podía suponer un serio peligro dentro de la sociedad. — ¿Tiene tal vez secretos para cambiar la vida? No, tan sólo está buscándolos, me replicaba yo. Por último, su caridad está embrujada, y yo soy su prisionera.
Ninguna otra alma tendría fuerza bastante — ¡fuerza de
la desesperación! — para soportarla — para ser protegida y amada por él. Por otra parte, no me lo figuraba con otra alma: se ve el Ángel propio, nunca el Ángel ajeno, — me parece.
Estaba yo en su alma como en un palacio que han vaciado para no ver a alguien tan poco noble como tú: eso es todo. ¡Ay!
Dependía en mucho de él. Pero ¿qué quería de mi existencia apagada y cobarde? ¡No me hacía mejor, no haciéndome morir!
Tristemente despechada, le dije a veces: “Te comprendo”.
Y él se encogía de hombros.
»Así, renovándose sin cesar mi sufrimiento, y hallándome más perdida a mis ojos, — como a todos los ojos que habrían querido mirarme, si no hubiese estado condenada para siempre al olvido de todos, — tenía cada vez más hambre de su bondad.
Con sus besos y sus abrazos amigos, era en verdad el cielo, un cielo lóbrego, en el que entraba, en el que me habría gustado que me abandonase, pobre, sorda, muda, ciega. Me iba ya acostumbrando. Veía en nosotros dos niños buenos, con permiso para pasearse por el Paraíso de la tristeza. Nos concertábamos.
Muy conmovidos, trabajábamos juntos. Pero, tras una penetrante caricia, él decía: “¡Qué divertido te parecerá, cuando yo ya no esté, esto por lo que has pasado! Cuando no tengas ya mis brazos bajo el cuello, ni mi corazón para en él descansar, ni esta boca en tus ojos. Pues habré de marcharme, muy lejos, un día. Además, he de ayudar a otros, es mi deber.
Aunque no resulte muy deleitable…, alma querida…” De inmediato me representaba a mí misma, habiéndose marchado él, presa del vértigo, precipitada en la más espantable de las sombras: en la muerte. Le hacía prometer que no me abandonaría. Veinte veces la hizo, tal promesa de amante. Era tan frívolo como yo al decirle: “Te comprendo.”
»¡Ah! Nunca he sentido celos por su causa. No va a abandonarme, me parece. ¿Qué sería de él? No tiene conocimiento alguno, nunca trabajará. Quiere vivir sonámbulo. Su bondad y su caridad, por sí solas, ¿le darán derechos en el mundo real? A ratos, olvido la piedad en que he caído: él me hará fuerte, viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos en las calles empedradas de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin sufrimientos. O me despertaré, y las leyes y las costumbres habrán cambiado —gracias a su poder mágico, — el mundo, siendo el mismo, me dejará con mis deseos, mis alegrías, mis despreocupaciones. ¡Oh! La vida aventurera existente en los libros infantiles, en recompensa, porque he sufrido tanto, ¿me la regalarás tú? No puede. Ignoro su ideal.
Me ha dicho que tiene pesares, esperanzas: cosas que al parecer no me conciernen. ¿Es a Dios a quien habla? Tal vez debería yo dirigirme a Dios. Estoy en lo más profundo del abismo, y ya no sé rezar.
» “¿Ves a ese joven elegante que entra en la mansión bella y tranquila? Se llama Duval, Dufour, Armand, Maurice, qué sé yo. Una mujer se ofrendó a la tarea de amar a ese perverso idiota: está muerta, es sin duda una santa del cielo, ahora. Tú me harás morir como él hizo morir a esa mujer. Tal es nuestro destino, el de nosotros, los corazones caritativos…” ¡Ay!
Había días en que todos los hombres, al actuar, le parecían juguete de delirios grotescos: reía espantosamente, largo rato. —
Luego volvía a sus maneras de madre joven, de hermana amada. Si fuera menos salvaje, ¡estaríamos salvados! Mas también su dulzura es mortal. Le estoy sometida. — ¡Ah! ¡Soy necia!
»Un día tal vez desaparezca maravillosamente; pero tengo que saberlo, si ha de subir a un cielo, ¡quiero ver con mis ojos la asunción de mi amiguito!»
¡Qué pareja!
DELIRIOS
II
Alquimia del verbo
A mí. La historia de una de mis locuras.
Llevaba largo tiempo alardeando de poseer todos los paisajes posibles y encontrando irrisorias todas las celebridades de la pintura y de la poesía moderna.
Me gustaban las pinturas idiotas, dinteles, decorados, telones de saltimbancos, emblemas, estampas populares; la literatura pasada de moda, latín de iglesia, libros eróticos sin ortografía, novelas de nuestras abuelas, cuentos de hadas, libritos infantiles, óperas viejas, estribillos bobos, ritmos ingeniosos.
Soñaba cruzadas, viajes de exploración cuyo relato no tenemos, repúblicas sin historia, guerras de religión sofocadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos de razas y continentes: creía en todos los encantamientos.
¡Inventé el color de las vocales! — A, negra; E, blanca; I, roja; O, azul; U, verde. — Ajusté la forma y el movimiento de cada consonante y, con ritmos instintivos, me precié de inventar un verbo poético accesible, algún día, a todos los sentidos.
Me reservaba la traducción.
Fue al principio un estudio. Escribía silencios, noches, acotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos.
Lejos de los pájaros, de los rebaños, de las aldeanas, ¿qué bebía yo, de rodillas en el brezal rodeado de tiernos bosques de avellanos, en una neblina de tarde fría y verde?
¿Qué podía beber, en este joven Oise,—¡olmos sin voz, césped sin flores, cielo cubierto!—beber de los odres amarillos, lejos de mi choza querida? Algún licor sudorífico.
Yo era un equívoco letrero de albergue.
— Una tempestad vino a ahuyentar el cielo. Al atardecer el agua de los bosques se perdía en las arenas vírgenes, el viento de Dios arrojaba carámbanos en las charcas; llorando, veía oro — y no pude beber.—
* * * *
A las cuatro de la mañana, en verano, el dormir del amor dura aún.
Bajo los sotos se evapora el olor de la noche festejada.
Allá, en su vasto taller, al sol de las Hespérides, ya se agitan — en mangas de camisa — los Carpinteros.
En sus Desiertos de musgo, tranquilos, preparan los artesonados preciosos donde la ciudad pintará falsos cielos.
Para los obreros encantadores vasallos de un rey de Babilonia,
¡Venus, deja un momento a los Amantes con el alma en corona!
¡Oh Reina de los Pastores!
Lleva a los trabajadores el aguardiente, que sus fuerzas estén en paz en espera del baño de mar de las doce.
* * * *
La antigualla poética tenía gran importancia en mi alquimia del verbo.
Me acostumbré a la alucinación sencilla: veía muy abiertamente una mezquita en lugar de una fábrica, una escolanía de tambores integrada por ángeles, calesas en los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; los monstruos, los misterios; un título de vaudeville hacía que ante mí se alzaran espantos.
¡Luego expliqué mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras!
Acabé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu.
Estaba ocioso, presa de pesada fiebre: envidiaba la beatitud de los animales, — las orugas, que representan la inocencia de los limbos, los topos, ¡el sueño de la virginidad!
Se me agriaba el carácter. Decía adiós al mundo de una especie de romances:
Canción Desde La Torre Más Alta
Que venga ya, que venga el tiempo que enamore.
Tuve tanta paciencia, que para siempre olvido; miradas y sufrimientos al cielo se marcharon.
Y la sed malsana me oscurece las venas.
Que venga ya, que venga el tiempo que enamore.
Igual la pradera al olvido entregada, agradada y florida de incienso y cizaña, ante el hosco zumbido de las sucias moscas.
Que venga ya, que venga el tiempo que enamore.
Amé el desierto, los vergeles calcinados, las tiendas mustias, las bebidas entibiadas. Me arrastraba por las callejas malolientes y, con los ojos cerrados, me ofrecía al sol, dios del fuego.
«General, si todavía asoma un viejo cañón por tus murallas en ruinas, bombardéanos con bloques de tierra seca. ¡A las vidrieras de los espléndidos almacenes! ¡A los salones! Haz que la ciudad se trague su propio polvo. Oxida las atarjeas. Llena los camarines de arenilla de rubí ardiente…»
¡Oh! ¡El insecto beodo en el meadero del albergue, enamorado de la borraja, y que un rayo disuelve!
Hambre
Si a algo tengo afición, no será más que a la tierra y a las piedras.
Yo siempre almuerzo aire, roca, carbones, hierro.
Hambres mías, girad. Pastad, hambres, del prado de los sonidos.
Atraed el alegre veneno de las corregüelas.
Comeos los guijarros que otros rompen, las viejas piedras de iglesia; los cantos rodados de los viejos diluvios, panes sembrados en los valles grises.
* * * *
El lobo gritaba bajo las hojas escupiendo las bellas plumas de su yantar de corral: como él yo me consumo.
Las verduras, las frutas sólo aguardan la cosecha; pero la araña del seto no come más que violetas.
¡Que duerma ya! Que hierva en los altares de Salomón.
El caldo fluye sobre la herrumbre, y se mezcla con el Cedrón.
Por último, oh felicidad, oh razón, separé del cielo el azul, que es negro, y viví, centella dorada de la luz natural. En mi alegría, adopté las expresiones más bufas y más extraviadas que pude hallar.
¡Ha vuelto a aparecer!
— ¿Qué? — ¡La eternidad!
Es el mar mezclado con el sol.
Eterna alma mía, observo tu voto a pesar de la noche sola y del día en llamas.
¡Así, pues, te desprendes de los humanos sufragios, de los comunes impulsos!
Vuelas según…
— Nunca la esperanza, ningún orietur.
Ciencia y paciencia, el suplicio es seguro.
No queda mañana, brasas de satén, vuestro ardor es el deber.
¡Ha vuelto a aparecer!
— ¿Qué? — ¡La Eternidad!
Es el mar mezclado con el sol.
* * * *
Me convertí en una ópera fabulosa: vi que todos los seres tienen una fatalidad de dicha: la acción no es la vida, sino una manera de echar a perder cierta fuerza: un enervamiento. La moral es la debilidad del cerebro.
Pensaba que a cada ser se le debía otras muchas existencias.
Ese señor no sabe lo que hace: es un ángel. Esa familia es una camada de perros. Ante muchos hombres, charlé en voz alta con un momento de sus otras vidas. — Así, amé a un cerdo.
Ninguno de los sofismas de la locura, —la locura de atar — dejé en el olvido: podría decirlos todos otra vez, porque conservo el método.
Mi salud se vio amenazada. El terror se acercaba. Caía en sueños de muchos días y, levantado, continuaba los sueños más tristes. Estaba maduro para el fin, y por un camino de peligros mi debilidad de me conducía a los confines del mundo y de cimeria, patria de la sombra y de los torbellinos.
Tuve que viajar, distraer los encantos congregados sobre mi cerebro. Del mar, al que amaba como si le hubiese tocado lavarme de alguna inmundicia, veía elevarse la cruz consoladora.
Me había condenado el arco iris. La Felicidad era mi fatalidad, mi remordimiento, mi gusano: mi vida sería siempre demasiado inmensa para consagrarla a la fuerza y a la belleza.
¡La felicidad! Su sabor, en que la muerte se complace, me avisaba al cantar el gallo, — ad matutinum, en el Christus venit, — en las ciudades más sombrías:
¡Oh estaciones, oh castillos!
¿Qué alma no tiene defecto!
He hecho el mágico estudio de la felicidad, que nadie elude.
Salud a ti, cada vez que canta el gallo galo.
¡Ah! No tendré más deseos: él se ha hecho cargo de mi vida.
Este encanto ha tomado alma y cuerpo, dispersando los esfuerzos.
¡Oh estaciones, oh castillos!
La hora de su huida, ¡ay! será la de óbito.
¡Oh estaciones, oh castillos!
Pasó todo aquello. Hoy sé saludar a la belleza.
El imposible
¡Ah! La vida de mi infancia, la carretera general en todo tiempo, sobrenaturalmente sobrio, más desinteresado que el mejor de los mendigos, orgulloso de no tener ni país ni amigos, qué tontería era. — ¡Y hasta ahora no me he dado cuenta!
— Tuve razón cuando despreciaba a los individuos que no dejarían escapar la oportunidad de una caricia, parásitos de la limpieza y de la salud de nuestras mujeres, hoy que ellas están tan poco de acuerdo con nosotros.
Tuve razón en todos mis desdenes: ¡la prueba es que me evado!
¡Me evado!
Me explico.
Aún ayer, suspiraba: «¡Cielos! ¡No somos pocos los condenados, aquí abajo! ¡Y cuánto tiempo lleva ya en sus filas! Los conozco a todos. Nos reconocemos siempre; nos damos asco.
La claridad nos es desconocida. Pero somos corteses: nuestras relaciones con el mundo son muy correctas.» ¿Hay de qué sorprenderse?
¡El mundo, los mercaderes, los ingenuos! — Nosotros no estamos deshonrados. — Pero, ¿cómo nos recibirían los elegidos? Y hay gentes ariscas y alegres, falsos elegidos, puesto que necesitamos audacia o humildad para abordarlos.
Son los únicos elegidos. ¡No prodigan sus bendiciones!
Habiéndome encontrado dos perras de razón — ¡poco van a durar! — veo que mis desazones provienen de no haberme figurado antes que estamos en Occidente. ¡Las marismas occidentales!
No es que considere la luz alterada, la forma agotada, el movimiento extraviado… ¡Bueno! He aquí que mi espíritu desea absolutamente hacerse cargo de todos los desenvolvimientos crueles que ha experimentado el espíritu desde el fin del Oriente… ¡Los quiere para sí, mi espíritu!
… ¡Se acabaron mis dos perras de razón! — El espíritu es autoridad, me manda estar en Occidente. Habría que hacerlo callar para concluir como yo querría.
Enviaba al diablo las palmas de los mártires, los resplandores del arte, el orgullo de los inventores, el ardor de los saqueadores; regresaba al Oriente y a la sabiduría primordial y eterna. — ¡Lo cual, al parecer, es un sueño de burda pereza!
No obstante, apenas si me pasaba por la cabeza el placer de escapar de los modernos sufrimientos. No tenía a la vista la bastarda sabiduría del Corán. — Pero ¿no hay un suplicio real en el hecho de que, a partir de la declaración de la ciencia, del cristianismo, el hombre se interprete, se pruebe las evidencias, se engría con el placer de repetir las pruebas, y sólo viva así? tortura sutil, boba; fuente de mis divagaciones espirituales. ¡La naturaleza podría aburrirse, tal vez! El señor Prudhomme nació con Cristo.
¡Será porque cultivamos la bruma! Comemos fiebre con nuestras legumbres aguadas. ¡Y la embriaguez! ¡Y el tabaco!
¡Y la ignorancia! ¡Y las entregas! — ¿No queda todo ello bastante alejado del pensamiento de la sabiduría del Orienta, la patria primitiva? ¿Por qué un mundo moderno, si tales venenos se inventan?
Las gentes de Iglesia dirán: Comprendido. A lo que usted se refiere es al Edén. No hay nada que le concierna en la historia de los pueblos orientales. — Es verdad; ¡en el Edén pensaba!
¡Qué sueño ese, el de la pureza de las razas antiguas!
Los filósofos: El mundo no tiene edad. La humanidad se desplaza, simplemente. Está usted en Occidente, pero nada le impide habitar su propio Oriente, tan antiguo como le haga falta, — y habitarlo bien. No sea usted un derrotado. Filósofos, sois de vuestro Occidente.
Espíritu mío, ten cuidado. Sin violentas posturas de salvación.
¡Ejercítate! — ¡Ah! ¡La ciencia no va suficientemente de prisa para nosotros!
— Pero me doy cuenta de que mi espíritu está durmiendo.
Si se mantuviera siempre muy despierto, a partir de este momento, pronto estaríamos en la verdad, ¡que acaso nos rodee con sus ángeles llorando!… — Si se hubiese mantenido despierto hasta ese momento, ¡sería por no haber cedido yo a los instintos deletéreos, en época inmemorial!… Si siempre se hubiera mantenido muy despierto, ¡yo navegaría ahora en la plena sabiduría!…
¡Oh pureza, pureza!
¡Es el minuto de vigilia quien me ha otorgado la contemplación de la pureza! — ¡Por el espíritu se va hacia Dios!
¡Desgarrador infortunio!
El relámpago
¡El trabajo humano! Es la explosión que ilumina mi abismo de vez en cuando.
«Nada es vanidad; ¡a la ciencia, adelante!», grita el Eclesiastés moderno, es decir Todo el mundo. Y sin embargo los cadáveres de los malvados y de los holgazanes caen sobre el corazón de los demás… ¡Ah! De prisa, un poco de prisa; allí, más allá de la noche, las recompensas futuras, eternas… ¿las escapamos?… — ¿Qué puedo hacer yo? Conozco el trabajo; y la ciencia es demasiado lenta. Que galope la plegaria y que ruja la luz… Lo veo bien. Es demasiado sencillo, y hace demasiado calor; se las compondrán sin mí. Tengo un deber, estaré orgulloso de él como muchos hacen, poniéndolo aparte.
Mi vida está gastada. ¡Adelante! Finjamos, holgazaneemos, ¡oh piedad! Y existiremos divirtiéndonos, soñando amores monstruos y universos fantásticos, quejándonos y atacando las apariencias del mundo, saltimbanco, mendigo, artista, bandolero,
— ¡sacerdote! En mi cama de hospital, el olor a incienso me volvió con tanta intensidad; guardián de los aromas sagrados, confesor, mártir…
Veo en esto mi sucia educación infantil. ¡Y qué!… Andar mis veinte años, si los demás los andan…
¡No! ¡No! ¡Ahora me rebelo contra la muerte! El trabajo le parece demasiado ligero a mi orgullo: mi traición al mundo sería un suplicio demasiado corto. En el último momento, atacaría a diestra y siniestra.
Entonces, —¡oh!— pobre alma mía, ¡no tendríamos perdida la eternidad!
Mañana
¿No tuve una vez una juventud amable, heroica, fabulosa, digna de escribirse en hojas de oro? — ¡Demasiada suerte!
¿Por qué crimen, por qué error, he merecido mi debilidad actual?
Vosotros, quienes pretendéis que los animales sollocen de pena, que los enfermos se desesperen, que los cadáveres tengan malos sueños, tratad de contar mi caída y mi dormir.
Yo ya no logro explicarme mejor que el mendigo con sus Pater y Ave Maria. ¡Ya no sé hablar!
Sin embargo, hoy, creo haber terminado la crónica de mi infierno. Era, en efecto, el infierno; el antiguo, aquel cuyas puertas abrió el hijo del hombre.
Desde el mismo desierto, en la misma noche, siempre se despiertan mis ojos cansados bajo la estrella de plata, siempre, sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el corazón, el alma, el espíritu. ¡ Cuándo iremos más allá de las playas y de los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, la sabiduría nueva, la huida de los tiranos y de los demonios, el fin de la superstición, a adorar —¡antes que nadie!— la Natividad en la tierra!
¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos: no maldigamos la vida.
* * * *
Adiós
¡Otoño ya! — Pero ¿por qué añorar un eterno sol, estando comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina, — lejos de las gentes que mueren con las estaciones?
Otoño. Nuestra barca alzada en las brumas inmóviles gira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme con el cielo manchado de fuego y de lodo. ¡Ah! ¡Los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me crucificaron! ¡Nunca, pues, se acabará esta vampira reina de millones de almas y de cuerpos muertos y que han de ser juzgados!
Me veo de nuevo con la piel roída por el fango y la peste, llenos de gusanos el pelo y las axilas y con gusanos todavía más gruesos en el corazón, tumbado entre los desconocidos sin edad, sin sentimientos… Habría podido morir allí…
¡Horrorosa evocación! Abomino de la miseria.
¡Y me asusta el invierno, porque es la estación de la comodidad!
— A veces veo, en el cielo, playas sin fin, cubiertas de blancas naciones alegres. Un gran bajel de oro, por encima de mí, agita sus banderolas multicolores a las brisas de la mañana.
He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas.
He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. He creído adquirir poderes sobrenaturales. Pues bien, ¡tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y narrador, echada a perder!
¡Yo! ¡Yo, que me dije mago o ángel, dispensado de toda moral, he sido devuelto al suelo, con un deber por encontrar y con la rugosa realidad por abrazar. ¡Campesino!
¿Me equivoco? ¿Será la caridad hermana de la muerte, para mí?
En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentira.
Y adelante.
Pero ¡ni una sola mano amiga! Y ¿dónde hallar socorro?
* * * *
Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa.
Porque puedo decir que la victoria me ha sido otorgada: el crujir de dientes, el chisporroteo del fuego, los suspiros apestados, van moderándose. Todos los recuerdos inmundos se borran.
Mis últimas añoranzas levanta el vuelo, — celos de los mendigos, de los bribones, de los amigos de la muerte, de los rezagados de toda índole. — Condenados, ¡si yo me vengara!
Hay que ser absolutamente moderno.
Sin cánticos: mantener el terreno ganado. ¡Dura noche! La sangre seca me humea en el rostro, y dentro de mí no tengo sino ese horrible arbolillo… El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres; pero la contemplación de la justicia es poder exclusivo de Dios.
Es, no obstante, la víspera. Acojamos todos los influjos de vigor y de ternura auténtica. Y cuando llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entremos en las espléndidas ciudades.
¡Qué decía de mano amiga! Una buena ventaja es que puedo reírme de los viejos amores engañosos, y cubrir de bochorno a las parejas embusteras, — he visto, allá abajo, el infierno de las mujeres; — y me será lícito poseer la verdad en un alma y un cuerpo.
Abril-agosto, 1873.