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11 de septiembre de 2009

La casa vacía


Ya sabéis -comenzó a decir Teodoro- que pasé el último verano en ***. Los numerosos amigos y conocidos que encontré allí, la vida amable y despreocupada, las numerosas manifestaciones artísticas y científicas, todo me retuvo. Nunca me sentía tan contento como cuando me entregaba por entero a mi pasión de vagabundear por las calles, deteniéndome para ver los grabados en cobre que se exhibían en las puertas, deleitarme con los letreros y observando a las personas que salían a mi encuentro, con idea de hacerles un horóscopo; pero no sólo me atraía irresistiblemente la riqueza de las obras de arte y el lujo, sino la contemplación de los magníficos y suntuosos edificios. La alameda, ornada de construcciones semejantes, que conduce a la Puerta de *** es el punto de reunión de un público dispuesto a gozar de la vida, ya que pertenece a la clase alta o acomodada.
En los pisos bajos de los grandes palacios exhibíanse la mayor parte de las veces mercancías lujosas, mientras que en los altos habitaba gente de las clases mencionadas. Las hosterías más elegantes estaban, por lo general, en esta calle y los representantes extranjeros vivían en ella; así podéis suponer que allí había una animación especial y mayor movimiento que en otro lugar de la ciudad, dando la sensación de hallarse más poblada de lo que realmente estaba. El interés por vivir en aquel sitio hacia que muchos se conformasen con una pequeña vivienda, menor de lo que les correspondía, de suerte que muchas familias habitaban en una misma casa, como si ésta fuera una colmena.
Con frecuencia paseaba yo por tal avenida, cuando un día, de pronto, me fijé en un paraje que difería de los demás de extraña manera. Imaginaos una casita baja, con cuatro ventanas, en medio de dos bellos y elevados edificios, cuyo primer piso apenas si se elevaba más que los bajos de las casas vecinas, y cuyo techo, en mal estado de conservación, así como las ventanas, cubiertas en parte con papeles, y los muros descoloridos, daban muestra del total abandono en que la tenía su propietario. Suponed qué aspecto tendría aquella casa entre dos mansiones suntuosas y adornadas con lujosa profusión. Permanecí delante contemplándola y observé al aproximarme qué todas las ventanas estaban cerradas, que delante de la ventana del piso bajo se levantaba un muro y que la acostumbrada campanilla de la puerta cochera, así como la de la puerta principal, no existían; ni tan siquiera había un aldabón o llamador. Con el tiempo llegué al convencimiento de que la casa estaba deshabitada, ya que nunca, pasase a la hora que fuera, veía la menor huella de un ser humano. ¡Una casa deshabitada en esa parte de la ciudad! Era algo muy raro, aunque posiblemente tendría una explicación natural: que su dueño estuviese haciendo un largo viaje o que viviese en posesiones muy lejanas, sin atreverse a alquilar o Vender este inmueble, por si lo necesitaba en el caso de volver a ***. Eso pensaba yo, y, sin saber cómo, me encontraba siempre paseando por delante de la casa vacía, al tiempo que permanecía, no tanto sumergido en extraños pensamientos, como enredado en ellos.
Bien sabéis todos, queridos compañeros de mi alegre juventud, que siempre me considerasteis un visionario, y que cuantas veces las extrañas apariencias de un mundo maravilloso entraban en mi vida, vosotros, con vuestra rígida razón, lo combatíais. ¡Pues bien! Ahora podéis poner las caras de desconfianza que queráis, pues he de confesaros que yo también a veces he sufrido engaños, y que con la casa vacía parecía ir a ocurrir algo semejante, pero... al final vendrá la moraleja que os dejará aniquilados. ¡Escuchad! i Vamos al asunto!
Un día, y precisamente a la hora en que el buen tono ordena pasear arriba y abajo por la alameda, estaba yo, como de costumbre, absorto en mis pensamientos, contemplando la casa vacía. De pronto, noté Sin mirar que alguien se había colocado a mi lado y me observaba fijamente. Era el conde P., en muchos puntos tan afín a mí, y no me cabe la menor duda de que también estaba interesado en la casa misteriosa. Me sorprendió que, al comunicarle la extraña impresión que me había causado esa casa deshabitada en aquella parte tan frecuentada de la ciudad, sonriese irónicamente, si bien al punto me aclarase todo. El conde P. había ido mucho más lejos que yo. Después de múltiples observaciones y combinaciones, había dado con la explicación de porqué se encontraba la casa en aquel estado, y precisamente la explicación estaba relacionada con una extraña historia, que sólo la más viva fantasía del poeta podía haber imaginado. Voy ahora a referiros la historia del conde, que recuerdo con entera claridad, y, por lo que respecta a lo que me sucedió luego, me siento tan excitado todavía, que os lo contaré después.
¡Qué sorpresa fue la del conde al enterarse de que la casa vacía sólo alojaba los hornos del confitero, cuyos lujosos escaparates atraían al viandante! Por eso las ventanas del bajo, donde estaban los hornos, permanecían tapiadas y las habitaciones del primer piso, con las cortinas echadas para evitar el sol y los insectos, protegiendo así los artículos confitados. Cuando el conde me contó esto, sentí como si me hubieran arrojado un jarro de agua fría o como si demonios enemigos hicieran burla de mis sueños poéticos... Pese a aquella explicación prosaica, siempre que desde entonces pasaba ante ella, no dejaba de mirar la casa deshabitada, y, siempre que la miraba, sentía ligeros estremecimientos al imaginar toda clase de escenas extrañas. No me acostumbraba a la idea de la confitería, de los mazapanes, de los bombones, de las tartas, de las frutas escarchadas, etcétera. Una extraña combinación de ideas hacía que todo me sonase a secretos simbolismos y que pareciese decirme: «¡No os asustéis, amigo mío! Somos dulces criaturas, pero de un momento a otro estallará un trueno.»
Entonces yo volvía a pensar: «¿No eres acaso un loco, un iluso, que siempre tratas de convertir lo vulgar en algo maravilloso? ¿Tienen razón acaso tus amigos cuando te consideran un exaltado visionario?»
La casa, no podía ser de otro modo, permanecía siempre igual. Llegó un momento en que, al habituarse mi vista a ella y a las ilusorias figuras que parecían reflejarse en las paredes, éstas poco a poco fueron desapareciendo. Sin embargo, una casualidad hizo que lo que parecía dormido volviese a despertar. El hecho de haber quedado todo, a pesar mío, reducido a algo prosaico, como podéis imaginar, no impedía que yo siguiese mirando la fabulosa casa conforme a mi manera de pensar, pues soy fiel caballero de lo maravilloso.
Sucedió, pues, que un día en que, como de costumbre, paseaba por la alameda a las doce, mi mirada se fue a detener en las ventanas cubiertas por cortinas de la casa vacía. Noté que la cortina de la última ventana, justamente junto a la tienda de la confitería, comenzaba a moverse. Dejáronse ver una mano y un brazo. Con mis gemelos de ópera pude observar claramente la bella mano femenina, de blancura resplandeciente, en cuyo dedo meñique refulgía con desusado destello un brillante, y desde cuyo brazo redondeado, de belleza exuberante, lanzaba sus destellos un rico brazalete. La manó colocó un frasco de cristal de extraña forma en el alféizar de la ventana y desapareció tras la cortina.
Me quedé inmóvil; una rara y agradable emoción recorrió mi interior, a la manera de un calor eléctrico. Fijamente permanecí mirando a la ventana fatal y de mi pecho se escapó un suspiro. Por último, sentí como si fuese a desmayarme, y poco rato después me encontré rodeado de gentes de todas clases, que me observaban con semblante de curiosidad. Esto me disgustó, pero enseguida me di cuenta de que toda aquella muchedumbre no cesaba de comentar admirada que había caído desde un sexto piso un gorro de dormir sin que se le hubiese desgarrado ni una sola malla. Me alejé lentamente, mientras el demonio prosaico me susurraba con toda claridad al oído que la mujer del confitero, alhajada como en día de fiesta, se había asomado para dejar en la ventana un frasco de agua de rosa vacío. ¡Qué extraña ocurrencia! Pero, de pronto, tuve un pensamiento audaz; regresé al instante a contemplar el escaparate de la Confitería inmediato a la casa vacía y entré.
Mientras soplaba la espuma del hirviente chocolate que había pedido, comencé a decir:
-En realidad habéis ampliado mucho vuestro establecimiento...
El confitero echó con presteza un par de bombones de colores en el cucurucho de papel y, dándoselos a la encantadora joven que lo solicitaba, apoyó sus brazos en el mostrador, mirándome sonriente. Volví a repetirle que había hecho muy bien en colocar el horno en la casa contigua, aunque resultaba extraña y triste la casa vacía en medio de la animada fila de edificios.
-¡Eh, señor! -repuso el confitero-. ¿Quién le ha dicho que la casa de ahí al lado me pertenece? Han sido vanos todos mis intentos de adquirirla, aunque bien creo que esa casa posiblemente oculte un enigma.
Ya podéis suponeros, amigos míos, en qué estado de excitación me dejó esta respuesta y qué reiteradamente le supliqué que me dijese algo más de la casa.
-¡Pues, sí, señor mío! -díjome-. En realidad no sé nada raro de la casa; únicamente puedo aseguraros que pertenece a la condesa de S., que vive en sus posesiones, y desde hace muchos años no viene a ***. Como entonces no se habían construido los magníficos edificios que existen ahora, según me han contado, la casa está en el mismo estado que antaño y nadie sabe nada de la completa decadencia en que Se encuentra ahora. Sólo dos seres vivientes la habitan: un ancianísimo administrador muy huraño y un perro gruñón, que a veces, en el patio de atrás, ladra a la Luna. El rumor popular dice que debe haber fantasmas en la casa vacía. Realmente mi hermano (el dueño de la tienda) y yo hemos oído varias veces en el silencio de la noche, sobre todo en Nochebuena, cuando el negocio nos hace estar al pie del mostrador ruidos extraños que parecen venir a través de la pared desde la casa vecina. Luego comienzan a oírse unos sonidos estridentes y un rumor que nos parece horrible. Aún no hace mucho que una noche se oyeron cánticos, tan raros que apenas si puedo describirlos. Parecía la voz de una mujer de edad, pero el tono era tan penetrante, las cadencias tan variadas y los gorgoritos tan agudos, que ni siquiera los he oído en Italia, en Francia o en Alemania a las muchas cantantes que he conocido. Me pareció como si cantase con palabras francesas, que, sin embargo, no podía distinguir bien, aunque llegó un momento en que no pude oír más aquel canto loco y fantasmal que me ponía los pelos de punta. A veces, cuando el bullicio de la calle cesaba un poco oíamos detrás del cuarto trastero profundos suspiros y luego un reír sofocado que parecía venir del suelo; pero, con el oído pegado a la pared, podía percibirse que era en la casa vecina donde suspiraban y reían. Fíjese -dijo mientras me conducía a la habitación última y señalaba a través de la ventana-, fíjese usted en aquel tubo de metal que sale del muro. A menudo humea tanto, incluso en verano, cuando nadie necesita calefacción, que mi hermano muchas veces ha regañado con el inquilino por temor a un incendio. Pero éste se disculpa, diciendo que cocina su comida. Ahora bien, lo que coma, eso sólo Dios lo sabe, pues con frecuencia se propaga un olor muy especial sobre todo cuando el tubo humea mucho.
La puerta de cristal de la tienda resonó, y el confitero apresuróse, al tiempo que me lanzaba una mirada y me hacía una seña indicando a la persona que entraba, seña que comprendí perfectamente. ¿Quién podía ser aquel extraño personaje sino el administrador de la casa misteriosa? Imaginaos un hombrecillo delgado y seco, con semblante de momia, nariz aguda, labios contraídos, ojos chispeantes y verdes, de gato, sonrisa de loco, el pelo negro rizado a la antigua moda y empolvado, un tupé altísimo engomado y, colgando, una gran bolsa de piel llamada «Postilion d'Amour». Usaba un viejo vestido de color café 'desvaído, aunque muy bien cepillado y limpio, y grandes zapatos desgastados, con hebillas. Imaginaos que esta personilla se dirigió, mejor dicho dirigió su enorme puño, de dedos largos y robustos, hacia el escaparte y, medio sonriendo y medio contemplando los dulces preservados por el cristal, dijo con voz gemebunda y desvaída:
-Un par de naranjas confitadas, un par de almendrados, un par de marrons glacés.
Decidme y juzgad si no había motivo para pensar algo raro. El confitero sirvió todo lo que el anciano pedía.
«¡Pesadlo, pesadlo, honorable señor vecino!», parecía susurrar aquel hombre extraño.
Luego sacó del bolsillo, mientras gemía y suspiraba, una pequeña bolsa de cuero y buscó trabajosamente el dinero. Noté que las monedas que iba contando sobre el mostrador estaban ya en desuso. Con voz quejumbrosa murmuró:
-Dulce..., dulce..., dulce debe ser todo... Por parte mía, todo dulce... Satanás unta el hocico de su novia con miel..., pura miel.
El confitero me miró riéndose, y luego dijo al viejo:
-Se diría que no os encontráis bien; la edad, debe ser la edad; las fuerzas disminuyen.
Sin alterar su gesto, el viejo exclamó con voz aguda:
-¿Edad? ¿Edad? ¿Que disminuyen las fuerzas? ¿Débil yo, flojo? ¡Ja, ja, ja!
Y tras esto cerró los puños, haciendo crujir sus articulaciones, y dio tal salto en el aire, tras pisar con fuerza, que toda la tienda se estremeció y los cristales resonaron temblorosos. Pero en el mismo instante oyóse una algarabía espantosa: el viejo había pisado al perro negro, que se fue a meter entre sus piernas.
-¡Maldita bestia! ¡Maldito perro del infierno! -dijo en voz baja, mientras, abriendo el cucurucho, le ofrecía un almendrado grande. El perro, que se había puesto a llorar como si fuera una persona, se tranquilizó, sentóse sobre sus patas traseras y empezó a roer el almendrado como un hueso. Ambos terminaron a la vez: el perro con su almendrado y el viejo zampándose todo el cucurucho.
--Buenas noches, querido vecino -dijo alargando la mano al confitero y dándole tal apretón, que éste lanzó un grito de dolor-. El viejo y débil anciano os desea buenas noches, honorable señor confitero-repitió saliendo de la tienda y tras él su perro negro, relamiendo los restos del almendrado esparcidos por su hocico.
Me pareció que ni siquiera había reparado en que estaba yo allí, inmóvil y asombrado.
-Ahí le tenéis -comenzó a decir el confitero-, ahí le tenéis; así es como obra este viejo extraño, que aparece por aquí cuando menos dos o tres veces por semana, pero no hay forma de sacarle nada; sólo que es el mayordomo del conde de S., que ahora administra esta casa donde vive, y que espera todos los días, y así lleva muchos años, que la familia condal de S. retorne, y que por ese motivo no alquila la casa. Mi hermano un día fue a su encuentro y le preguntó qué era ese ruido tan extraño que hacía a medianoche, pero él. muy tranquilo, respondió:
-Si la gente dice que hay fantasmas en esta casa, no lo creáis; no es cierto.
A todo esto Sonó la hora en que el buen tono ordena visitar las confiterías. La puerta se abrió, y una multitud elegante entró, de modo que ya no pude preguntar más. No cabía la menor duda de que las noticias del conde P., acerca de la propiedad y el empleo de la casa, eran falsas; que el viejo administrador, no obstante su negativa, no vivía solo, y que allí se ocultaba un secreto. ¿Tenía alguna relación el extraño y espantoso cántico con el bello brazo que se mostró en la ventana? Aquel brazo no correspondía, no podía tener relación alguna, con el cuerpo de una mujer vieja. El cántico, sin embargo, conforme a la descripción del confitero, no provenía de la garganta de una muchacha. Además, recordé la humareda y el extraño olor de que me había hablado, así como el frasco de cristal visto por mí, y muy pronto se ofreció a mi mente la imagen de una criatura de bellos ojos, presa de poderes mágicos. Creí ver en el viejo un brujo fatal, un hechicero, que posiblemente no tenía relación alguna con la familia condal de S. y que, por cuenta propia, encontrábase en la casa abandonada haciendo de las suyas. Mi fantasía se puso a trabajar, y aquella misma noche, no sólo en sueños, sino en el delirio que precede al dormir, vi claramente la mano con el brillante refulgente en el dedo y el brazo ceñido por el rico brazalete. Un semblante bellísimo se me apareció entre la transparente niebla gris, semblante que tenía ojos azules, tristes y suplicantes, y luego la figura encantadora' de una joven en la plenitud de su belleza. Muy pronto me di cuenta de que, lo que tomaba por niebla, era la humareda que se desprendía del frasco de cristal que tenía la figura entre sus manos, y que subía en rizadas volutas hacia lo alto.
«¡Oh, mágica visión -exclamé extasiado-, oh, mágica visión! ¿Dónde te encuentras, quién te ha encadenado? ¡Oh, cuánto amor y tristeza hay en tu mirada! Bien sé que la magia negra te tiene prisionera, que eres la desgraciada esclava de un demonio malicioso, vestido con ropas marrones que trastea por la confitería, da saltos capaces de destruir todo y pisa a perros infernales, que alimenta con almendrados, cuando, a fuerza de aullidos, han consumado sus evocaciones satánicas... ¡Oh, ya lo sé todo, bella y encantadora criatura! ¡El diamante es el reflejo de tu brillo interior! ¡Ah!, si no le hubieses dado la sangre de tu corazón, ¿cómo iba a brillar así, con rayos tan multicolores y con tonos tan maravillosos que jamás ha podido ver un mortal? Sí, sé muy bien que el brazalete que ciñe tu brazo es una argolla de la cadena a que hacía referencia el hombre vestido de marrón, que es un eslabón magnético. ¡No le hagas caso, hermosa mía! Ya veo cómo se suelta y cae en la encendida retorta, desprendiendo llamas azuladas. ¡Yo lo he echado y ya estás libre! ¿Acaso no sé todo, acaso no sé todo, amada mía? Pero escúchame, encantadora, abre tus labios y dime...»
En el mismo instante un puño poderoso me empujó contra el frasco de cristal, que se rompió en mil pedazos, esparciéndose por el aire. Con un débil quejido de dolor, la encantadora figura desapareció en la oscura noche...
Ah! Veo por vuestra sonrisa que de nuevo me tomáis por un visionario. Pero os aseguro que todo el sueño, si es que no queréis prescindir de este nombre, tenía el perfecto carácter de una visión. Como veo que continuáis sonriéndoos y negándoos a creerme, de un modo prosaico, prefiero no decir nada, sino terminar de una vez.
Apenas amaneció, corrí muy intranquilo y Heno de deseos hacia la alameda y me aposté frente a la casa vacía. Además de las cortinas interiores, había rejas. La calle estaba totalmente vacía. Acerquéme a la ventana del piso bajo y me puse a escuchar atentamente. Pero no oí nada; todo estaba en un silencio sepulcral. Ya se hacía de día y comenzaba a animarse el comercio; debía irme de allí. Os cansaría si os contase cuántos días fui a la casa en momentos diversos, y todo en vano, sin poder descubrir nada, y cómo todas mis investigaciones y observaciones no me procuraron ninguna noticia. Así es que, finalmente, la bella imagen de la visión que había contemplado fue esfumándose.
Mas he aquí que un día que volvía de dar un paseo por la tarde, al pasar por delante de la casa vacía noté que la puerta estaba medio abierta; entré. El hombre del traje marrón se asomó. Yo había tomado una resolución. Pregunté al viejo:
-¿Vive aquí Binder, el consejero de Hacienda?
Al tiempo empujaba la puerta para entrar en un vestíbulo iluminado débilmente por la luz de una lámpara. El viejo me miró con su sonrisa permanente y dijo con voz lenta y gangosa:
-No, no vive aquí; nunca ha vivido aquí, nunca vivirá aquí y tampoco vive en toda la alameda. Pero la gente dice que en esta casa hay fantasmas. Sin embargo, puedo asegurarle que no es cierto; es una casa muy tranquila, muy bonita, y mañana vendrá la respetable condesa de S. ¡Buenas noches, mi querido amigo!
Apenas terminó de decir esto, el viejo se las ingenió para echarme de la casa y cerrar la puerta tras de mí. Oí cómo resonaban las llaves en su llavero, mientras subía las escaleras, carraspeando y tosiendo. Aquel escaso tiempo fue suficiente sin embargo, para que viese qué en el vestíbulo colgaban tapices antiguos de varios colores y que la sala estaba amueblada con sillones de damasco rojo, todo lo cual le daba un aspecto extraño, ¡Nuevamente volvieron a despertarse en mi interior la fantasía y la aventura tras de haber entrado en la casa misteriosa!
Imaginaos..., imaginaos al día siguiente en qué estado volví a recorrer la alameda al mediodía. Al dirigir la mirada involuntariamente hacia la casa vacía, observé que algo brillaba en el piso alto. Al acercarme vi que la persiana estaba levantada y la cortina medio corrida. iOh, cielos! Apoyado en su brazo, el bello semblante de aquella visión mía me miraba suplicante. ¿Era posible permanecer quieto en medio de la muchedumbre? En aquel momento me fijé en el banco destinado a los viandantes, colocado precisamente ante la casa vacía, aunque de espaldas a la fachada. Con paso rápido caminé por la alameda y. apoyándome sobre el respaldo del banco, pude contemplar sin ser molestado la ventana fatal. ¡Si!, era ella, la encantadora y bella criatura, los mismos rasgos... Sólo que su mirada incierta... no se dirigía a mí, según me pareció, sino más bien denotaba algo artificial, como muerto. Daba la engañosa impresión de pertenecer a un cuadro, impresión que hubiera sido completa de no haberse movido el brazo y la mano. Totalmente absorto en la contemplación del extraño ser que estaba asomado a la ventana, y que me causaba tan rara exaltación, no oí la voz temblona de un vendedor ambulante italiano que inútilmente me ofrecía su mercancía. Como me tocase el brazo, volvíme con presteza y le reñí furioso. No me dejaba un instante con sus súplicas pedigüeñas. En todo el día no había ganado nada; decía que le comprase un par de lápices o un paquete de mondadientes. Impaciente, para librarme a toda prisa de aquel pesado, metí la mano en el bolsillo en busca de mi bolsa mientras él me decía:
-Aún tengo cosas más bonitas. Buscó en su caja y sacó un espejito, que estaba en el fondo con otros cristales, y me lo mostró de lejos. Volví a mirar la casa vacía, la ventana y los rasgos de aquel encantador y angelical semblante de la visión que se me había aparecido.
Apresurado compré el espejito, que me permitió, sin necesidad de molestar al vecino, mirar hacia la ventana. Así es que, contemplando durante largo rato el rostro misterioso, me sucedió que experimenté un sentimiento rarísimo e indescriptible, como si estuviera soñando despierto, Tuve la sensación de que me paralizaba, pero más bien que los movimientos del cuerpo, la mirada, que no podía apartar del espejo. Confieso con rubor que recordé aquellos cuentos infantiles que me relataba en mí tierna niñez la criada al acostarme, cuando me divertía contemplándome en el gran espejo de la habitación de mi padre. Me dijo entonces que, cuando los niños se miran mucho por la noche al espejo, ven la cara horrible de un desconocido, y esto hacía que a veces permanecieran mirando fijamente. Aquello me parecía horroroso, pero aun sobrecogido por el espanto, no podía dejar de mirar a través del espejo, porque tenía una gran curiosidad de ver el semblante desconocido. Una vez parecióme ver un par de ojos brillantes, horribles, que despedían chispas desde el espejo; me puse a gritar y caí desvanecido. En aquella ocasión se me declaró una larga enfermedad, y todavía hoy tengo la sensación de que aquellos ojos me están mirando. En una palabra: todas aquellas beberías de mi infancia pasaron por mi imaginación; sentí que se me helaban las venas, y quise apartar de mi lado el espejo..., pero no pude. Los ojos celestiales de la encantadora criatura me contemplaban. Sí, su mirada penetraba directamente en mi corazón.
Luego, aquel espanto que me sobrecogió repentinamente cesó y dio paso a un suave dolor y a una dulce nostalgia, semejante al efecto de una sacudida eléctrica.
-¡Tenéis un espejo envidiable! - dijo una voz junto a mí.
Desperté como de un sueño, y cuál no sería mi desconcierto cuando encontré a mi lado unos semblantes que sonreían de modo equívoco. Varias personas habíanse sentado en el mismo banco y era lo más probable que, por mi insistencia en mirar al espejo y quizá por los extraños gestos que debí de hacer en el estado de exaltación en que me encontraba, diese un espectáculo muy divertido.
-Tenéis un espejo envidiable -repitió la voz al ver que yo no respondía-. ¿Por qué miráis con tanta fijeza?
Un hombre ya de edad, vestido muy cuidadosamente, que en el tono de su conversación y en la mirada tenía algo de bondadoso e inspiraba confianza, era quien me hablaba. No tuve reparo en decirle que precisamente en el espejo veía a una joven maravillosa que estaba asomada a la ventana de la casa vacía. Fui más lejos aún: pregunté al viejo si veía él también aquel maravilloso semblante.
-¿Allí, en aquella casa vieja..., en la última ventana? - me preguntó asombrado el viejo.
-Ciertamente, ciertamente -repuse. El viejo se sonrió y comenzó a decir:
-Os habéis engañado de un modo extrañísimo... Doy gracias a que mis viejos ojos... ¡Dios bendiga mis viejos ojos! ¡Eh, eh, señor mío! En efecto, sí, yo también he visto con estos ojos bien abiertos el semblante maravilloso asomado a la ventana. Aunque realmente bien creo que se trata de un retrato al óleo.
Rápidamente me volví hacia la ventana: todo había desaparecido y la persiana se había bajado.
-Sí -continuó el viejo-; sí, señor mío, no es demasiado tarde para convencerse de que precisamente ahora el criado que vive ahí solo, como un castellano, en los cuarteles de la condesa de S., acaba de limpiar el polvo del cuadro, lo ha quitado de la ventana y bajó la persiana.
-¿Así que era un cuadro? - pregunté totalmente desconcertado.
-Confiad en mis ojos -repuso el viejo-. Al ver en el espejo sólo el reflejo del cuadro ha sido usted fácilmente engañado por la ilusión óptica. ¿Acaso yo, cuando tenía vuestra edad, gracias a mi fantasía, no era capaz de evocar la imagen de una bella joven y de darle vida?
-Pero la mano y el brazo se movían -insistí.
-Sí, sí; se movían, todo se movía -dijo el viejo sonriendo y dándome un golpecito en el hombro. Luego levantóse y después de hacerme una reverencia se despidió con estas palabras-: Tened cuidado con esos espejos de bolsillo, que mienten tan engañosamente. Téngame por su más obediente servidor.
Podéis imaginar cuál sería mi estado de ánimo cuando me vi tratado como si fuera un ser fantástico, necio y visionario. Quedé convencido de que el viejo tenía razón, de que toda aquella loca fantasmagoría había tenido lugar en mi interior, y que todo lo de la casa vacía, para vergüenza mía, sólo era una mixtificación repelente. De muy mal humor y muy disgustado abandoné el banco, decidido a librarme de una vez para siempre del misterio de la casa vacía o, por lo menos, dejar transcurrir unos días sin pasear por la alameda ni por aquel sitio.
Seguí tal propósito al pie de la letra. Pasaba las horas ocupado en los negocios de mi bufete, y al atardecer pasaba el rato en un círculo de alegres amigo?, de tal modo que no volvieron a atormentarme aquellos secretos. Únicamente me sucedía algunas noches que me despertaba como si alguien me tocase, y entonces tenía la clara sensación de que, sólo el ser misterioso que se me había aparecido al mirar la ventana de la casa vacía, era la causa de mis sobresaltos. Incluso cundo estaba en mi trabajo o en animada conversación con mis amigos me estremecía con este pensamiento, como si hubiese recibido una sacudida eléctrica. Pero esto sucedía en momentos fugaces. El pequeño espejo de bolsillo, que en otro tiempo tan mentirosamente había reflejado la imagen amable, ahora me servía para menesteres prosaicos: acostumbraba a hacerme el nudo de la corbata ante él. Pero sucedió un día que lo encontré opaco, y echándole el aliento lo froté para darle brillo. Se me detuvo el pulso y todo mi ser se estremeció al experimentar un sentimiento, de terror no exento de cierto agrado. Sí..., ciertamente tengo que calificar de ese modo la sensación que me sobrecogió cuando eché el aliento al espejo, pues contemplé, en medio de una neblina azul, el bello rostro, que me miraba suplicante, con una mirada que traspasaba el corazón. ¿Os reís? Sí, estáis convencidos de que soy un visionario sin remedio. Mas decid lo que queráis, pensad lo que queráis; no me importa. La maravillosa mujer me miraba, en efecto, desde el espejo; pero en cuanto cesé de echarle aliento al espejo, desapareció su rostro de él... No quiero fatigaros más. Pues voy a referir todo lo que sucedió después. Sólo os diré que incansablemente yo repetía la experiencia del espejo y casi siempre lograba evocar la imagen, aunque algunas veces mis esfuerzos resultaban infructuosos. Entonces corría como loco hacia la casa vacía y me ponía a contemplar la ventana; pero ningún ser humano se asomaba... Vivía sólo pensando en ella; todo lo demás me parecía muerto, sin interés; abandoné mis amigos, mis estudios.
En estas circunstancias muchas veces sentía un dolor suave y una nostalgia como soñadora. Parecía a veces como sí la imagen perdiese fuerza y consistencia, aunque en otras ocasiones se agudizaba de tal modo que recuerdo algunos momentos con verdadero espanto.
Encontrábame en un estado de ánimo tal, que hubiera estado a punto de ser mi perdición. Pero aunque os riáis y os burléis de mí, escuchad lo que voy a contaros. Como ya os dije, cuando aquella imagen palidecía, lo que sucedía muy a menudo, sentía un malestar muy grande. Entonces la figura hacía su aparición con una viveza tal, con un brillo tan grande, que me daba la sensación de poder tocarla. Aunque realmente también tenía la horrible impresión de ser yo mismo la figura envuelta por la niebla que se reflejaba en el espejo. Aquel estado penoso terminaba siempre con un agudo dolor en el pecho y luego con una gran apatía que me dejaba preso de un total agotamiento. En los momentos en que fracasaba en mi intento del espejo, notaba que me quedaba sin fuerzas; pero cuando volvía a aparecer la imagen en él, no he de negar que experimentaba un extraño placer físico. Esta continua tensión ejercía sobre mí un influjo maligno; con una palidez mortal y totalmente destrozado, andaba vacilante; mis amigos me consideraban enfermo y sus continuas advertencias me obligaron a meditar seriamente acerca de mi estado.
Fuera intencionadamente o de forma casual, unos amigos que estudiaban medicina, en una visita que me hicieron dejaron allí un libro de Reil sobre las enfermedades mentales. Comencé a leerlo. La obra me atrajo irresistiblemente, pero ¡cuál no sería mi asombro al ver que todo lo que se decía en tomo a la locura obsesiva lo experimentaba yo!
El profundo espanto que sentí, al imaginarme cercano al manicomio, me hizo reflexionar, y tomé una decisión, que ejecuté al momento. Guardé mi espejo de bolsillo y me dirigí rápidamente al doctor K.. famoso por su tratamiento y curaciones de dementes, debidas al profundo conocimiento que tenía del principio psíquico, que a menudo es causa de enfermedades corporales, pero mediante el cual también pueden curarse. Le referí todo, no oculté ni el menor detalle, y juré que haría cuanto pudiera para salvarme del monstruoso destino en que veía una amenaza. Escuchóme atentamente, y luego noté cómo en su mirada se reflejaba un gran asombro.
-Aún no está el peligro cerca -me dijo-; no está tan cerca como creéis, y os afirmo con toda certeza que puedo alejarlo. No hay la menor duda de que padecéis un mal psíquico, pero el mismo reconocimiento del ataque de un principio maligno os permite tener a mano el arma con que defenderos. Dejadme el espejo, dedicaos a algún trabajo que ocupe todas vuestras fuerzas, evitad la alameda, trabajad desde muy temprano todo lo que podáis resistir. Después de un buen paseo, reunios con vuestros amigos, que hace tanto que no veis. Comed alimentos saludables, bebed buen vino. Como veis, trato de fortalecer vuestro cuerpo y de dirigir vuestro espíritu hacia otras cosas, para alejar de vos la idea fija, es decir, la aparición que os ofusca, ese semblante en la ventana de la casa vacía que veis reflejada en vuestro espejo. ¡Seguid al pie de la letra mis prescripciones!
Me resultaba difícil separarme del espejo. El médico, que ya lo había cogido, pareció notarlo. 'Echó su aliento sobre él y me preguntó mientras lo retenía;
-¿Veis algo?
-Nada, ni la menor cosa -repuse, como realmente sucedía.
-Echad vos el aliento -dijo el médico, mientras me lo devolvía.
Así lo hice, y la imagen maravillosa apareció más claramente que nunca.
-¡Aquí está! -exclamé en voz alta. El médico miró y dijo:
-No veo absolutamente nada, pero no he de ocultaros que, en el mismo instante en que miré en vuestro espejo, sentí un estremecimiento siniestro, que se me pasó en seguida. Bien sabéis que soy muy sincero, y por eso merezco vuestra confianza. Repetid la prueba.
Así lo hice; el médico me rodeó con sus brazos; sentí su mano en mi nuca. La imagen volvió. El médico, que miraba conmigo en el espejo, palideció; luego, quitándome el espejo de la mano, miró de nuevo, lo guardó en su pupitre y volvióse hacia mí, mientras se secaba el sudor de la frente.
-Seguid mi prescripción -comenzó a decir-. Seguid punto por punto mi prescripción. Tengo que reconocer que aquellos momentos en que vuestro yo interior siente un dolor físico me resultan muy misteriosos, aunque espero poder deciros pronto algo acerca de este asunto.
Seguí al pie de la letra los consejos del médico, por muy penoso que me resultara, y aunque pronto sentí la influencia beneficiosa de la dieta ordenada y de los diversos trabajos en que se ocupaba mi espíritu, sin embargo no pude verme totalmente libre de aquellos horribles accesos, que solían manifestarse al mediodía, y sobre todo a las doce de la noche. Incluso en medio de las más alegres reuniones, bebiendo y cantando, me sucedía como si atravesasen mi interior puñales incandescentes, y entonces eran inútiles todos los esfuerzos que hacía para resistir; tenía que alejarme, pudiendo solamente volver a casa cuando retornaba de mi desvanecimiento.
Sucedió, pues, que un día, estando en una reunión nocturna en la que se hablaba de efectos e influencias, se trató también del oscuro y desconocido campo del magnetismo. Se hacía referencia preferentemente a la posible influencia de un lejanísimo principio psíquico, y se pusieron muchos ejemplos. Sobre todo, un joven médico, muy dado al magnetismo, demostró que, tanto él como otros muchos, mejor dicho, como todos los magnetizadores poderosos, podía obrar desde lejos mediante su pensamiento y voluntad sobre una sonámbula. Todo lo que habían dicho Kluge, Schubert, Barteis y otros podía demostrarse con pruebas.
-Me parece que lo más importante -terminó finalmente uno de los presentes, un conocido médico que estaba allí como atento observador-, lo más importante de todo es que el magnetismo parece encerrar muchos enigmas, que, por lo general, no se consideran secretos en la vida diaria, sino simples experiencias. Así, pues, tenemos que andar con pies de plomo. ¿Cómo es posible que suceda que, aparentemente, sin motivo alguno externo o interno, y rompiendo la cadena de los pensamientos, una determinada persona o simplemente la imagen fiel y viva de algún acontecimiento se apodere dé nosotros de manera que nos quedemos asombrados? Lo más notable es lo que a menudo experimentamos en sueños. Toda la imagen del sueno se hunde en un negro abismo, y he aquí que de nuevo, independientemente de la imagen de aquel sueño, surge otra con poderosa vida, imagen que nos transporta a lejanas regiones y de pronto nos pone en relación con personas aparentemente desconocidas, en las que hacía ya mucho años no pensábamos. Sí, y todavía más, a menudo contémplennos personas desconocidas o que conocimos hace muchos años. Como cuando decimos algunas veces: «¡Dios mío! Este hombre, esta mujer me resultan conocidos; me parece haberlos visto ya en alguna parte, es probable, aunque parezca mentira, que sea el recuerdo oscuro de un sueño. ¿Cómo podría explicarse esta súbita aparición de imágenes extráñate en medio de nuestras ideas, que suelen apoderarse de nosotros con una fuerza especial, si no fuese porque son motivadas por un principio psíquico? ¿Cómo sería posible ejercer influencia en un espíritu extraño en determinadas circunstancias, y sin preparación alguna, de forma que podamos obrar sobre él como si estuviera muerto?
-Un paso más -añadió otro riéndose- y estamos en los embrujamientos, la magia, los espejos y las necias fantasías y supersticiones de los tiempos antiguos.
-¡Eh! - interrumpió el médico al escéptico-. No hay ninguna época anticuada, y mucho menos puede considerarse necios a los tiempos pasados en que hubo hombres que pensaron, pues también tendríamos que considerar necia nuestra propia época. Hay algo, por mucho que nos esforcemos en negarlo, y que más de una vez se ha demostrado, y es que en el oscuro y misterioso reino, que es la patria de nuestro espíritu, arde una lamparita, perceptible por nuestra mirada, ya que la Naturaleza no ha podido negarnos el talento y la inclinación de los topos, pues, ciegos como somos, buscamos orientarnos a través de caminos de tinieblas. Y así como los ciegos de la tierra reconocen la proximidad del bosque por el rumor de las hojas de los árboles, por el murmullo y el sonido de las aguas, y se cobijan en sus sombras refrescantes, y el arroyo les calma su sed, de forma que su anhelo alcanza la meta deseada, del mismo modo presentimos nosotros, gracias al resonante batir de alas y al aliento espiritual de los seres, que nuestro peregrinaje nos conduce al manantial de la luz, ante la cual se abren nuestros ojos.
No pude resistir más tiempo, y, volviéndome hacia el médico, le dije:
-Considero, y no quiero entrar en más profundidades, considero posible no sólo esta influencia, sino también otras, y creo que en el estado magnético pueden realizarse operaciones gracias al principio psíquico. Asimismo -continué-, creo que existen fuerzas demoníacas enemigas que pueden ejercer su poder maléfico sobre nosotros.
-Serán partículas malignas de espíritus caídos -repuso el médico riéndose-. No. no debemos admitir esto, y sobre todo les suplico que no tomen estas insinuaciones mías sino como simples sugerencias, a las que voy a añadir que no creo en un indiscutible dominio de un principio espiritual sobre otro, sino más bien tengo que admitir que todo sucede a causa de una debilidad de la voluntad, cambio o dependencia que permite este dominio.
-En fin -comenzó a decir un hombre de edad que había permanecido callado, aunque escuchando muy atentamente-, en fin, estoy de acuerdo con vuestras extrañas ideas acerca de los misterios impenetrables con los que tratamos de familiarizamos. Si existen misteriosas riquezas activas, que se ciernen sobre nosotros amenazadoramente, tiene que existir alguna anormalidad en nuestro organismo espiritual que nos robe fuerza y valor para resistir victoriosamente. En una palabra: sólo la enfermedad del espíritu, los pecados, nos hacen siervos del principio demoníaco.
Es digno de notarse -prosiguió- que ya, desde los tiempos más remotos, las fuerzas demoníacas sólo actuaban sobre los hombres que sufrían grave trastorno espiritual. Me refiero, sobre todo a encantos o hechicerías amorosas de que están llenas todas las crónicas. En los más disparatados procesos brujeriles aparecen siempre, e, incluso en los códigos de algunas naciones muy civilizadas, se habla de filtros amorosos, destinados a obrar psíquicamente, que no sólo despiertan el deseo amoroso, sino que irresistiblemente obran sobre una determinada persona. Ya que la conversación trata de estas cosas, recordaré un suceso trágico que sucedió en mi propia casa hace poco tiempo. Cuando Bonaparte invadió nuestro país con sus tropas, un coronel de la Guardia Noble italiana alojóse en mi casa. Era uno de los pocos oficiales de la llamada Grande Armée, que se había distinguido por su conducta digna y correcta. De semblante pálido, sus ojos hundidos daban señales de estar enfermo o presa de una profunda preocupación. Pocos días después de su llegada, estando conmigo, sucedió algo que manifestó la especie de enfermedad de que se veía atacado. Encontrábame yo precisamente en su habitación cuando, de pronto, conienzó a suspirar y se llevó una mano al pecho, o mejor dicho, a la altura del estómago, como si sintiese dolores mortales. Llegó un momento en que no pudo hablar, viéndose obligado a tumbarse en el sofá; luego, de pronto, perdió la visión y quedóse rígido, sin conocimiento, como un palo. Pero después se incorporó como si despertase de un sueño, aunque era tal su cansancio, que durante mucho tiempo no pudo moverse. Mi médico, a quien yo envié después de haber probado diversos métodos, comenzó a tratarle magnéticamente, y esto pareció ejercer algún efecto. Pero, en cuanto dejaba de magnetizarle, el enfermo experimentaba un sentimiento insoportable de malestar. Como el médico se había ganado la confianza del coronel, confesóle éste que en aquellos momentos veía la imagen de una joven que había conocido en Pisa; tenía entonces la sensación de que su mirada ardiente penetraba en su interior, y era cuando experimentaba aquellos dolores insoportables, hasta que caía inconsciente. Aquel estado le causaba tal dolor de cabeza y una tensión tal como si hubiera vivido un éxtasis amoroso.
Nada dijo de cuáles fueran las relaciones que hubiera tenido con aquella mujer. Las tropas estaban a punto de emprender la marcha; el coche del coronel hallábase a la puerta, éste estaba desayunando, y he aquí que, en el mismo momento de llevarse a los labios un vaso de vino de Madera, se desplomó, cayendo al suelo, al tiempo que profería un grito. Estaba muerto. Los médicos diagnosticaron un ataque nervioso fulminante. Unas semanas después, me entregaron una carta dirigida al coronel. Yo no tenía intención de abrirla, pues pensaba dársela a algún amigo de sus familiares, al tiempo de comunicarles la noticia de su repentina muerte. La carta provenía de Pisa, y supe que contenía las siguientes palabras: «¡Infeliz! Hoy, día 7, a las doce del mediodía, falleció Antonia, abrazando amorosamente tu imagen traicionera.» Miré el calendario, en el que había señalado el día de la muerte del coronel, y vi que el fallecimiento de Antonia había sido a la misma hora que el suyo.
No quise escuchar el resto de la historia que refería aquel hombre, pues invadióme tal terror al reconocer mi propio estado en el del coronel italiano, que salí apresurado, rabiando de dolor, poseído por el loco anhelo de ver la imagen desconocida. Corrí hacia la casa fatal. Desde lejos me pareció ver brillar luces a través de las persianas bajadas; pero, a medida que me fui aproximando, se desvaneció el brillo.
Furioso, ebrio de amor, me lancé hacía la puerta, que cedió a mi empuje. Encontróme en un vestíbulo débilmente iluminado. El corazón me saltaba del pecho, tal era la angustia y la impaciencia que sentía; oyóse un cántico caudaloso que parecía provenir de una garganta femenina cuyo tono agudo resonaba en toda la casa; en fin, no sé cómo sucedió que me encontré de pronto en una gran sala iluminada con muchas velas, amueblada a la manera antigua, con muebles dorados y muchos exóticos jarrones japoneses. Una nube de humo se elevaba, como una neblina azul.
-¡Bienvenido seas, seas bienvenido..., dulce desposado!... ¡Ha llegado la hora de la boda! -se oyó gritar a una voz de mujer.
Como todavía no sé cómo hice mi aparición en la sala, tampoco puedo decir de qué modo apareció de improviso resplandeciente, a través de la niebla, una bella figura juvenil, ataviada con ricos vestidos, que se dirigió hacia mí con los brazos abiertos mientras repetía: «¡Bienvenido seáis, dulce desposado!», al mismo tiempo que un semblante horriblemente deformado por la edad y la locura me miraba con fijeza a los ojos. Mi espanto fue tan grande que vacilé, como si estuviera fascinado por la mirada penetrante y vivaz de una serpiente de cascabel; no podía apartar los ojos de aquella vieja horrible ni tampoco podía dar un paso.
Acercóse a mí, y entonces tuve la sensación de que su espantoso rostro era sólo la máscara recubierta de un tenue velo, que mostró con apariencia más bella a través del espejo. Sentía ya el contacto de las manos de aquella mujer cuando, dando un agudo chillido, se tiró al suelo. Oyóse entonces una voz detrás de mí que decía:
-¡Vaya, vayal Otra vez el diablo está de broma con Vuestra Excelencia. ¡A la cama, a la cama! ¡Si no habrá palos muy fuertes!
Volvíme rápidamente y vi al administrador en camisa, agitando un látigo sobre su cabeza. Trataba de descargar sus golpes sobre la vieja, que se revolcaba en el suelo dando alaridos. Le agarré el brazo y, tratando de evitarme, exclamó:
-¡Truenos y centellas, señor mío! Satanás hubiera estado a punto de matarla de no haber aparecido yo a tiempo. ¡Largo, largo de aquí!
Salí de la sala, y en vano traté de encontrar la puerta de la calle en la oscuridad. Desde allí escuché los latigazos y los gritos y gemidos de la vieja. Empecé a pedir auxilio a gritos, pero noté que el suelo se hundía bajo mis pies y caí escaleras abajo, yendo al fin a dar contra una puerta, de tal modo que ésta se abrió y fui rodando a parar a un cuartito. Cuando vi la cama, en la que había huellas de haber sido abandonada recientemente, y observé la levita color marrón que estaba colgada en una silla, reconocí al instante la casaca del viejo administrador. Pocos instantes después, se oyeron pasos por la escalera, y éste descendió y vino a ponerse a mis pies.
--¡Por todos los santos -suplicóme con las manos unidas- por todos los santos, no sé quién sois y cómo la vieja bruja ha podido atraeros! Pero os ruego que calléis, que no digáis nada de lo que aquí ha sucedido; de lo contrario, me quedaré sin empleo y sin pan. Su excelencia, la loca, ya ha recibido su castigo y se encuentra atada a la cama. Dormid bien, honorable señor, con toda tranquilidad. ¡Sí, que podáis dormir bien! Es una noche de julio muy agradable y calurosa, y aunque no hay luna, él resplandor de las estrellas os alumbrará... Así es que, ¡muy buenas noches!
Apenas terminó su discurso, el viejo se levantó y, cogiendo una luz. me empujó fuera del subterráneo, y, haciéndome cruzar la puerta, la cerró.
Me encaminé hacia mi casa completamente desconcertado y, ya podéis imaginar. que sin dejar de pensar en el horrible secreto, ni poder de momento establecer la menor relación entre aquellas cosas y lo sucedido el primer día. Sólo estaba seguro de algo: de que estaba ya libre del poder maligno que me había retenido durante tanto tiempo. Todo el doloroso anhelo que había sentido por causa de la encantadora imagen había desaparecido, pues súbitamente, con aquella visita había tenido la sensación de entrar en un manicomio. No me cabía la menor duda de que el administrador era el guardián tiránico de una mujer loca, de noble cuna, cuyo estado quizá quisiera ocultarse al mundo; pero lo que no se explicaba era el espejo.,.., aquel semblante encantador... En fin, ¡sigamos, sigamos!
Pasado algún tiempo asistí a una reunión muy concurrida del conde P., y éste, llevándome a un rincón, me dijo sonriendo:
-¿Sabéis que ya se empieza a descifrar el secreto de nuestra casa vacía?
Intenté escuchar lo que el conde trataba de referir, pero como en aquel momento se abrieron las puertas del comedor, nos encaminamos a la mesa. Totalmente ensimismado, pensando en los secretos que el conde iba a revelarme, ofrecí el brazo a una joven dama y mecánicamente seguí el rígido ceremonial de la fila. La conduje al puesto que nos ofrecían y, al contemplarla, vi los mismos rasgos que la imagen del espejo, y eran tan exactos que no cabía engaño. Ya podéis imaginaros que me estremecí, pero también puedo asegurar que no hubo entonces la menor resonancia de aquella loca y fatídica pasión que se apoderaba de mí cada vez que veía, en el espejo la imagen de aquella mujer.
Mi sorpresa, aún más, mi espanto, debió reflejarse en mis ojos, pues la joven me miró asombrada, de tal modo que consideré necesario sobreponerme y. con toda la serenidad de que era capaz, la expliqué que tenía la sensación de haberla visto en alguna parte. La breve explicación que me dio era que esto no era posible, pues ayer por primera vez había venido a ***, lo que realmente me desconcertó. Enmudecí. Sólo la mirada angelical que me lanzaron los bellos ojos de la joven me reanimó. Bien sabéis cómo en estas ocasiones las antenas espirituales se tienden y palpan suave, suavemente, hasta que se vuelve a captar- el tono. Así lo hice y muy pronto hallé que aquella encantadora criatura tenía cierta sensibilidad enfermiza. Cuando yo salpicaba la conversación con alguna palabra atrevida y rara, para darle sabor, noté que sonreía, aunque su sonrisa era dolorosa.
-No estáis alegre, amiga mía; quizá haya sido la visita de esta mañana.
Esto dijo un oficial, no lejos de nosotros, a mi dama; pero en el mismo instante su vecino le cogió del brazo y le dijo algo al oído, en tanto que una señora, al otro lado de la mesa, con las mejillas encendidas y la mirada refulgente, se puso a hablar en voz alta de la magnífica ópera que había visto representar en París y a compararla con las actuales. A mi vecina se le saltaron las lágrimas.
-Soy tonta -dijo volviéndose hacia mí.
Como antes habíase quejado de jaqueca, le dije:
-Esto es resultado de su dolor de cabeza y lo mejor para estar alegre es la espuma que rebosa esta bebida poética.
AI decir estas palabras serví champán en su copa, que rehusó al principio, aunque luego probó, y con su mirada agradeció la alusión a sus lágrimas, que no podía ocultar. Pareció alegrarse un poco y todo hubiera ido bien si yo, inesperadamente, no hubiese tropezado en un vaso inglés, que resonó con un sonido estridente y agudísimo. Mi vecina palideció mortalmente e incluso a mí mismo me sobrecogió un espanto repentino, porque el sonido de la copa era igual a la voz de la vieja loca de la casa vacía.
Cuando nos dirigíamos a tomar café tuve ocasión de acercarme al conde P.; él se dio cuenta en seguida del motivo.
-¿Sabéis que vuestra vecina es la condesa Edmunda de S.? ¿Sabéis que la hermana de su madre está encerrada en la casa vacía desde hace varios años como loca incurable? Hoy por ¡a mañana, ambas, madre e hija, estuvieron a ver a la desdichada. El viejo administrador, el único que era capaz de dominar los tremendos ataques de la condesa, y que había tomado sobre sus hombros esta responsabilidad, ha fallecido, y se dice que la hermana, por fin, ha sido confiada en secreto al doctor K., que buscará remedios extremos, si no para curarla totalmente, al menos para librarla de los horribles ataques de locura furiosa que padece de vez en cuando. No sé más por ahora.
Como algunos se acercaran, interrumpió la conversación. El doctor K. era precisamente la única persona a la que yo había comunicado mi extraña situación; así es que podéis suponeros que, en cuanto pude, me apresuré a verle y a referirle punto por punto todo lo que me había sucedido desde la última vez que le vi. Le supliqué que. para tranquilidad mía, me contase todo lo que supiese acerca de la vieja loca y no tardó lo más mínimo, después que le prometí guardar el secreto, en confiarme lo siguiente:
-Angélica, condesa de Z.-así comenzó el doctor-. no obstante estar bordeando los treinta años, se encontraba en la plenitud de su singular belleza, cuando he aquí que el conde de S., más joven que ella, tuvo ocasión de verla en la corte de *** y quedó prendado de sus encantos. Pretendióla al punto e incluso, como la condesa aquel verano regresase a las posesiones de su padre, él la siguió con el fin de comunicarle al viejo marqués sus deseos, al parecer no sin esperanzas, según se deducía de la conducta de Angélica.
Pero apenas el conde S. llegó y vio a Gabriela, la hermana pequeña de Angélica, fue como si le hubieran hechizado. Angélica parecía marchita al lado de Gabriela, cuya belleza y bondad atrajeron irresistiblemente al conde S., de tal modo que, sin consideración a Angélica, pidió la mano de Gabriela, a lo que muy gustosamente accedió el viejo conde Z., ya que Gabriela, también demostraba inclinación decidida por aquél. Angélica no exteriorizó el menor disgusto por la infidelidad del enamorado. «¡Creerá que me ha dejado! ¡Qué loco! ¡No se ha dado cuenta de que no era yo su juguete, sino él el mío, y que acabo ahora de tirarlo!». Así hablaba con orgullosa burla y en realidad todo su ser daba muestras de que era verdadero el desprecio que mostraba por el infiel. Bien es verdad que, mientras el lazo entre Gabriela y el conde de S. fue estrechándose, vióse muy pocas veces con Angélica. Esta no aparecía en la mesa y decíase que vagaba solitaria por los bosques próximos, que había escogido para sus paseos.
Un extraño suceso vino a interrumpir la monotonía que reinaba en el palacio. Sucedió que los cazadores del conde de Z., con ayuda de un grupo de campesinos, habían logrado, por fin, capturar a una banda de gitanos, a los que se culpaba de todos los incendios y robos que desde hacía poco asolaban la región. Trajeron a todos los hombres encadenados en una larga cadena y un carro lleno de mujeres y niños, y los dejaron en el patio del palacio. Algunos, de rostros obstinados y ojos de mirada salvaje y brillante, como la del tigre apresado, miraban con atrevimiento y denotaban quiénes eran los ladrones y los criminales. Sobre todo llamaba la atención una mujer muy delgada, con aspecto espantoso, cubierta con un chal encarnado de la cabeza a los pies, que, subida al carro, gritaba con voz de mando que la dejasen bajar, sucediese lo que sucediese.
El conde de Z. bajó al patio del palacio y ordenó que fuesen encarcelados individualmente en los calabozos de palacio. Pero he aquí que, mientras decía esto hizo su aparición la condesa Angélica, desmelenada, con el terror y el espanto reflejados en su semblante, y poniéndose de rodillas, gritó con voz estridente:
«¡Deja libres a esta gente..., déjalos libres..., son inocentes, son inocentes!... Padre, ¡libértales! Si derramáis una sola gota de su sangre me clavaré este cuchillo en el pecho.» No bien acabó de decir esto, la condesa blandió un cuchillo en el aire y cayó desmayada. «Muñequita mía, tesoro mío, ya sabía, yo que no lo permitirías», dijo la vieja vestida de rojo. Luego se arrodilló junto a la condesa y cubrió su rostro de besos nauseabundos, en tanto que murmuraba: «¡Hijita linda, hijita linda, despierta, despierta, que viene el novio! iEh, eh, que viene el lindo novio!».
Al mismo tiempo, la vieja sacó una redoma con un pececillo dorado, que se agitaba en una especie de alcohol plateado, Colocó la redoma sobre el corazón de la condesa y al instante ella se despertó; pero apenas vio a la gitana, se incorporó de un salto y, abrazándola con ardor, apresuróse a entrar en palacio en su compañía. El conde de Z., Gabriela y su novio, que habían contemplado la escena, permanecían inmóviles, como si se hubiera apoderado de ellos un terrible espanto. Los gitanos seguían indiferentes y tranquilos. Fueron soltados de la cadena y vueltos a encadenar individualmente para ser encerrados en los calabozos del palacio.
A la mañana siguiente, el conde de Z. reunió al pueblo; trajese a su presencia a los gitanos y declaró que eran inocentes de todos los robos que habían acaecido en la comarca, de modo que, después de quitarles las cadenas, con asombro de todos, bien provistos de pases, fueron dejados en completa libertad. Se echó de menos a la mujer de rojo. Algunos decían que era la reina de los gitanos, que se distinguía de los demás por la cadena de oro que les colgaba del cuello y que el plumero rojo, que llevaba en su chambergo español, había estado por la noche en la habitación del conde. Poco tiempo después quedó aclarado que los gitanos no habían tenido la menor participación en los robos y en los crímenes de la comarca.
Estaba ya próxima la boda de Gabriela. Un día ésta vio con asombro que se preparaba una mudanza en varios carros que llevaban muebles, baúles con trajes, ropa; en una palabra, todo lo que denota un traslado. A la mañana siguiente, se enteró de que Angélica, en compañía del ayuda de cámara del conde S. y de una mujer vestida de modo semejante a la gitana de rojo, había emprendido viaje aquella misma noche. El conde Z. descifró el enigma, aclarando que, por determinados motivos, veíase obligado a ceder a los deseos absurdos de Angélica, y no solamente la regalaba la casa amueblada en la alameda de ***, sino que la permitía que llevase allí una vida independiente. Incluso veíase obligado a admitir que nadie de la familia, ni siquiera él mismo, podría entrar en la casa sin un permiso especial. El conde de S. añadió que, por deseo insistente de Angélica, debía cederle su ayuda de cámara, que había emprendido el viaje a ***. Tuvo lugar la boda. El conde de S. fue con su esposa a *** y así pasó un año gozando de una alegría no turbada. Pero poco después comenzó a sentir una extraña enfermedad. Sucedía que un oculto dolor le robaba las fuerzas vitales y el goce de la vida, y eran vanos los esfuerzos de su esposa para descubrir el secreto que parecía destrozarle. Como, finalmente. los frecuentes desvanecimientos hicieran que su estado cada vez fuese más peligroso, cedió a los consejos de los médicos y encaminóse a Pisa. Gabriela no pudo acompañarle, ya que esperaba dar a luz en las próximas semanas.
-A partir de aquí -prosiguió el médico- lo que le sucedió a la condesa Gabriela es tan extraño que basta con que escuchéis lo que viene a continuación. En una palabra: su hija desapareció de la cuna de forma inexplicable y fueron inútiles todas sus pesquisas; su desconsuelo convirtióse en desesperación, ya que al mismo tiempo el conde de Z. le comunicó la horrible noticia de que su yerno, al que creía camino de Pisa, había sido encontrado muerto de un ataque fulminante precisamente en casa de Angélica, en ***; que Angélica se había vuelto loca, todo lo cual le resultaba insoportable al conde de Z.
En cuanto Gabriela de S. se recuperó un poco, se apresuró a dirigirse a las posesiones de su padre; después de pasar una noche entera insomne, contemplando la imagen del esposo y de la niña perdidos, creyó oír un ligero rumor en la puerta de su alcoba; encendió el cirio del candelabro que le servía durante la noche, y salió. Y ¡santo Dios!, acurrucada en el suelo, envuelta en su chal rojo, permanecía la gitana, mirándola con ojos fijos e inmóviles y en sus brazos tenía una criatura que lloraba tan angustiosamente que a la condesa le dio. un vuelco el corazón. ¡Era su hija!... ¡La hija perdida! Arrancó la niña de los brazos de la gitana y apenas lo había hecho cuando ésta cayó retorciéndose y quedó como una muñeca inanimada. A los gritos de espanto de la condesa todos despertaron y acudieron presurosos, encontrando muerta a la gitana, qué por medio ninguno pudo ser reanimada, y el conde hizo que la enterrasen. No pudo hacer otra cosa sino apresurarse a ir hacia la enloquecida Angélica, donde quizá pudieran descubrir el secreto de la niña. Pero encontró que todo había cambiado. La furia salvaje de Angélica había alejado a todas las criadas; sólo el ayuda de cámara permanecía con ella. Luego. Angélica volvió a tranquilizarse y a recobrar la razón.
Pero cuando el conde le refirió la historia de la niña de Gabriela, juntando las manos, dijo riéndose a carcajadas: «¿Ya ha venido la muñequita? ¿Ya ha venido?... ¿Enterrada, enterrada? ¡Jesús! ¡Qué elegante está el faisán dorado! ¿No sabéis nada del león verde con los ojos azules?».
Con gran espanto dióse cuenta el conde del retorno de la locura, mientras súbitamente el semblante de ella parecía adquirir los rasgos de la gitana. Decidió entonces llevársela a sus posesiones, aun cuando el ayuda de cámara aconsejara lo contrario.
En el mismo instante de empezar los preparativos para partir, se apoderó de nuevo dé Angélica el ataque de rabia y de furor. En una pausa de lucidez, suplicó a su padre con ardientes lágrimas que la dejase morir en la casa, y éste, conmovido, accedió, aunque consideró que la confesión que se escapó de sus labios era sólo una prueba más de la locura que sufría. Angélica confesó que el conde S. había vuelto a sus brazos y que la niña que la gitana había llevado a casa del conde de Z. era el fruto de esta unión.
En la ciudad todos creyeron que el conde de Z. había llevado a la infeliz a sus posesiones, aunque en realidad permanecía oculta en la casa vacía, al cuidado del ayuda de cámara. El conde Z. murió poco tiempo después y la condesa Gabriela de S. vino con Edmunda para arreglar los papeles familiares. No renunció entonces a ver a su infeliz hermana. En esta visita debió de haber sucedido algo raro, aunque la condesa no me confío nada; sólo habló, en general, de que se habían visto obligadas a librar a la infeliz loca de la tiranía del viejo ayuda de cámara. Ya en una ocasión éste trató de, dominar los ataques de locura. castigándola cruelmente, pero se dejó embaucar al oír las alusiones de Angélica, que decía saber hacer oro, y junto con ella había emprendido toda clase de extrañas operaciones, al tiempo que la proporcionaba todo lo necesario para esta transformación.
-Sería superfluo -me dijo el médico» poniendo así fin a su relato-, sería superfluo que os dijese precisamente a vos, que os fijaseis bien en la rara relación que tienen todas estas extrañas cosas. Estoy convencido de que sois quien desencadenó la catástrofe que debía ocasionar la inmediata curación o la muerte de la vieja. Por lo demás, no quiero ocultar que me he asustado no poco cuando entré en relación magnética con usted, lo cual ocurrió al mirar en el espejo. Sólo usted y yo sabemos que contemplamos la imagen de Edmunda.
Como el médico creyó oportuno no añadir ningún comentario más, yo también considero innecesario extenderme sobre el asunto y, sobre todo, acerca de las relaciones posibles entre Angélica, Edmunda, yo y el viejo ayuda de cámara, y no traté de averiguar nada tampoco sobre las místicas y recíprocas relaciones que desempeñaron su papel demoníaco. Únicamente añadiré que la impresión siniestra que estos sucesos me produjeron fueron causa de que tuviera que irme de la ciudad, y, aunque pasado algún tiempo olvidé todo, creo que en el mismo instante en que falleció la vieja loca experimenté un sentimiento de bienestar.
Así terminó Teodoro su relato. Mucho hablaron sus amigos de aquella aventura y todos estuvieron de acuerdo en que en ella se unía lo raro con lo maravilloso en extraña mezcla.

18 de agosto de 2009

Historia de fantasmas

Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un extremo a otro.
Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: «¡Qué cosas tan fantásticas vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:
-Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del Coronel de P... El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad y la ingenuidad en persona.
Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía dar cinco pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro, infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto... leyó..., cantó..., bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada, cuando la francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.
Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que causó en mí esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante más hermoso. Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.
Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta delicada criatura.
Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena que se servía a las nueve en punto.
La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar.
Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz de esta pequeña familia.
Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión. En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que venir conmigo hasta el final del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando. Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: «¿No ven -exclamó Adelgunda con el tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada..., la figura... que está delante de mí? ¡Jesús! Extiende la mano hacia mí... ¿no la ven?»
Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror. Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató de cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.
Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer. Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias algunas, y se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban, empezó a gritar: «¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de mí!»
Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un desconocido principio espiritual.
La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma. Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos). Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rió mucho y afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y se trataba de romper desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se lograría la curación completa.
¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños. La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba, según costumbre cuando estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.
El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca... ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: «¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela: «¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?... ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» «¡Oh, Dios...! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca... y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó... y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.
La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El Coronel se rehízo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le hizo aquel inexplicable fenómeno.
La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió. Augusta se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en un estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más penoso?
El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campana de guerra. Murió en la batalla victoriosa de W... Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para consultar con nuestro buen R... acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta. ¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!
Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó: «¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando, a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!» «No tanto -interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.»

13 de agosto de 2009

El hombre de arena


Nataniel a Lotario:
Seguramente estarán ustedes muy preocupados porque hace tanto tiempo quenoescribo. Mamá debe estar rezongando y Clara ha de creer que vivo aquí feliz y contento, y me he olvidado de mi adorado ángel que llevo tan hondo en mi corazón. Pero no es así; cada día y a cada momento estoy pensando en ustedes y en dulces sueños se me aparece la imagen tierna de mi querida Clara y me sonríe con sus ojos alegres, como solía hacer cuando yo iba a visitarlos. ¡Pero cómo podría haberles escrito en este estado de ánimo que ha turbado de tal modo mis pensamientos! Algo espantoso ha penetrado en mi vida.. Oscuros presentimientos de un destino pavoroso que me amenaza se extienden como negras nubes sobre mi ser y no dejan pasar un solo rayo de sol. Debo contarte ahora lo que me ha sucedido. Sé que tengo que hacerlo pero no puedo evitar que una extraña sonrisa me deforme la boca de sólo pensarlo. ¡Ah, mi querido Lotario! ¡Cómo hacerte sentir en alguna medida lo que hace pocos días me ha sucedido y que de tal modo me ha destrozado la vida! Si estuvieras aquí podrías verlo con tus propios ojos, pero así seguramente dirás que estoy loco y veo visiones. En pocas palabras: lo espantoso que me ha sucedido, cuya impresión mortal procuro en vano alejar de mí, consiste en lo siguiente: hace pocos días -para ser más exactos el 30 de octubre, a las doce del mediodía- llamó a mi puerta un vendedor de barómetros y me ofreció su mercancía. Yo no le compré nada y lo amenacé con arrojarlo por las escaleras, ante lo cual se marchó por sus propios medios. Imaginarás que sólo razones muy particulares, hondamente arraigadas en mi vida, pueden hacer que le dé importancia a este hecho y que la persona del vendedor de barómetros ejerciera sobre mi una impresión tan nefasta. Y así es. Pongo en juego todas mis fuerzas para dominarme y poder así contarte con calma y paciencia algunos episodios de mi primera juventud que te permitirán comprender todo con la mayor claridad. A punto de empezar es como si te oyera reír y decirle a Clara: "Son cosas de niño". ¡Pero ríanse, por favor, ríanse de mí con ganas, les ruego que lo hagan! ¡Por Dios!, me estremezco, y es como si les suplicara que se rían de mí con una desesperación que es casi delirio, como Franz Moor le suplica a Daniel. Bueno, pero ahora al grano.
Salvo durante los almuerzos, mis hermanos y yo veíamos muy poco a mi padre en el día. Seguramente estaba muy ocupado con su trabajo. Después de la cena que, siguiendo la vieja costumbre, se servía a las siete, todos íbamos -también mamá- al cuarto de trabajo de mi padre y nos sentábamos alrededor de una mesa redonda. Papá fumaba su pipa que acompañaba con un enorme vaso de cerveza. A menudo nos contaba historias extraordinarias y lo hacía, con tanto ardor que siempre se le apagaba la pipa, que yo debía volver a encender con un papel, lo que constituía mi mayor alegría. Pero otras veces nos daba libros con ilustraciones, se quedaba silencioso e inmóvil en su sillón y lanzaba grandes bocanadas de humo de modo que todos nadábamos en la niebla. En noches como ésa mi madre siempre estaba muy triste y no bien sonaban lasnueve decía: "Bueno, niños... a la cama, que viene el hombre de arena; ¡ya estoy oyéndolo!" Y era cierto: en esos casos oía yo algo así como un ruido de pasos lentos y pesados que subían por la escalera; tenía que ser el hombre de arena. Una vez aquellos pasos me dieron miedo; entonces, mientras nos llevaba a la cama le pregunté: "¡Ay, mamá! ¿Quién es ese malvado hombre de arena que siempre nos aleja de papá? ¿Cómo es?" "No existe ningún hombre de arena, hijito", replicó mi madre. "Cuando digo que viene el hombre de arena eso sólo quiere decir que ha llegado la hora de irse a dormir porque se les cierran los ojos como si alguien les arrojara arena."
La respuesta de mamá no me convenció; en mi alma infantil iba tomando forma la idea de que mi madre sólo negaba la existencia del hombre de arena para que nosotros no nos asustáramos. Yo siempre lo oía subir las escaleras. Lleno de curiosidad por saber algo más de ese hombre de arena y su relación con nosotros, le pregunté un día por él a la vieja nodriza que cuidaba a mi hermanita. "¡Ah, Nataniel", me respondió. "¿No lo sabes aún? Es un hombre malo que viene a casa de los niños cuando no quieren irse a dormir y les echa puñados de arena en los ojos hasta que éstos saltan llenos de sangre; entonces él los mete dentro de un bolsa y se los lleva a la luna para dárselos de comer a sus niñitos, que lo esperan allá en el nido y tienen picos corvos, como las lechuzas, con los que se devoran los ojos de los niños desobedientes."
Con trazos horrendos se dibujó pues en mi alma la imagen del pavoroso hombre de arena. No bien lo oía subir la escalera empezaba yo a temblar de miedo y mi madre no podía obtener de mí más que un grito balbuceado entre lágrimas: "¡El hombre de arena!" Entonces yo me iba corriendo a mi cuarto y durante toda la noche me torturaba la espantosa imagen del hombre de arena. Con el tiempo crecí lo suficiente como para darme cuenta de que ese asunto del hombre de arena y su nido de lechuzas en la luna, como me lo había pintado la vieja nodriza, no podía ser del todo cierto; pero a pesar de eso el hombre de arena seguía siendo para mí un fantasma y me aterraba escuchar que no sólo subía la escalera sino que también llamaba con violencia a la puerta del estudio de mi padre y entraba en él. A veces dejaba de venir por largo tiempo pero luego aparecía con mayor frecuencia. Eso duró años y yo no podía acostumbrarme a la idea de aquel espectro monstruoso; la imagen del hombre de arena no perdía sus colores en mi mente. Su trato con mi padre comenzó a hacer trabajar más y más mi fantasía; una timidez insuperable me impedía preguntarle a él mismo por aquel enigma, pero el anhelo irresistible de descubrir el misterio por mi cuenta, de ver al fantástico hombre de arena, fue haciéndose más y más grande dentro de mí con los años.
El hombre de arena me había puesto en el sendero, de lo maravilloso, de lo extraordinario que de por sí encuentra fácilmente su hogar en el alma infantil. Nada me causaba mayor placer que escuchar o leer por mi cuenta historias espeluznantes de duendes, brujas, gnomos, etc. Pero por encima de todos estaba siempre el hombre de arena, al que yo dibujaba con tiza o carbón en mesas, roperos y paredes, como una figura extraña y repugnante. Cuando cumplí diez años mi madre me trasladó del cuarto de los niños a una pequeña habitación que daba al corredor, no lejos de su propio dormitorio. Desde mi habitación oía cómo entraba al cuarto de mi padre el hombre de arena y al rato me parecía que un humo de extraña fragancia se difundía por toda la casa. Junto con mi curiosidad iba aumentando también la osadía necesaria para hacer algo por conocer al hombre de arena. Muchas veces me deslizaba hasta el corredor después que mamá se iba, pero nunca podía espiar nada, porque el hombre de arena ya había entrado cuando yo llegaba al lugar desde donde podría haberlo visto. Finalmente, arrastrado por un impulso irresistible decidí esconderme en el cuarto mismo me di padre y esperar allí al hombre de arena. Por el mutismo de mi padre, por la tristeza de mi madre, supe una noche que el hombre de arena iba a venir. Con el pretexto de que estaba muy cansado abandoné la sala antes de las nueve y me escondí en un rincón bien cerca de la puerta. 01 que entraba; por el pasillo pasos lentos y pesados se dirigían hacia la escalera. Mamá pasó rápido con mis hermanos. Muy despacio, sin hacer ruido, abrí la puerta del cuarto de mi padre. Él estaba sentado como siempre, silencioso e inmóvil, de espaldas a la entrada; no me advirtió. Me introduje rápidamente ocultándome detrás de una cortina que colgaba ante un ropero abierto, ubicado al lado de la puerta, donde se guardaban los trajes de mi padre. Más cerca, cada vez más cerca, resonaban los pasos. Afuera alguien tosió y gruñó con un sonido extraño. El corazón me temblaba de miedo y expectativa. Cuando estuvo junto a la puerta, una pisada decidida, un golpe seco y la puerta que se abre con un ruido sordo. Dominando apenas mi terror pánico espié con toda precaución. El hombre de arena estaba de pie en medio del cuarto, ante mi padre; la clara luz de las lámparas iluminaba su cara. iEl hombre de arena, el espantoso hombre de arena, es el viejo abogado Coppelius que a veces viene a almorzar a casa!
Pero la persona más repugnante no me podría haber provocado un horror más intenso que Coppelius. Imagínate a un hombre grande, de espaldas anchas, con una cabezota desmesurada, el rostro amarillento, cejas grises hirsutas bajo las que se asoman un par de ojos verdes saltones, felinos y una nariz grande, curvada sobre el labio superior. Una sonrisa maligna le deforma a menudo la boca torcida y. entonces se le hacen dos manchas rojas en las mejillas y un sonido extraño, como un silbido, se le escapa por entre los dientes apretados. Coppelius aparecía siempre vestido con un anticuado abrigo gris ceniza, chaleco y pantalones del mismo tipo, medias negras y zapatos con hebillas. Una pequeña melena le cubría media cabeza, las orejas grandes y coloradas abultaban bajo los rizos almidonados, y una red amplia y cerrada le brotaba de la nuca, de modo que podía verse la cinta plateada con que sostenía su corbata. Todo en él era repulsivo pero a nosotros, como niños que éramos, nos repugnaban sobre todo sus grandes manos nudosas y peludas, a tal punto que no queríamos nada que previamente él hubiese tocado. Coppelius se había dado cuenta de eso y su entretenimiento consistía en tocar con cualquier pretexto el trocito de torta o la fruta que mamá nos ponía a escondidas en el plato, y entonces nosotros dejábamos intacta la sabrosa golosina porque nos daba asco. Lo mismo hacía cuando en los días de fiesta papá nos servía un vasito de licor. Lo tocaba rápido o, incluso, se lo llevaba a los labios y reía diabólicamente cuando nosotros expresábamos nuestra indignación llorando bajito. Solía llamarnos las pequeñas bestias; cuando él estaba presente no podíamos abrir la boca y maldecíamos en silencio a ese hombre terrible y maligno que nos estropeaba con toda intención hasta las más pequeñas alegrías. Mamá parecía odiar al asqueroso Coppelius tanto como nosotros, porque no bien él aparecía. toda su alegría se transformaba en una seriedad triste y lúgubre. Papá lo trataba como a un ser superior cuyos malos modos había que soportar y a quien convenía mantener de buen humor a cualquier precio. Bastaba que hiciera alguna pequeña insinuación para que se le prepararan los platos más exquisitos y se le sirvieran los vinos más finos. Así, cuando vi a Coppelius mi alma se estremeció y comprendí que sólo él podía ser el hombre de arena; pero el hombre de arena ya no era aquel fantasma terrible del cuento de la nodriza, que lleva ojos de niño a su nido de lechuzas en la luna... No, era un monstruo más terrible, que dejaba dolor, penuria y destrucción sin fin por donde pasaba.
Yo estaba como hechizado. A riesgo de ser descubierto y con la clara conciencia de que en ese caso sería duramente castigado, me quedé inmóvil, con la cabeza estirada, espiando a través de la cortina. Mi padre recibió a Coppelius con toda solemnidad. "¡A trabajar!", dijo éste con un graznido ronco, y se quitó el abrigo. Mi padre también se quitó su bata de dormir, silencioso y sombrío, y ambos se pusieron largos delantales negros. Yo no había podido ver de dónde los habían sacado. Mi padre abrió la puerta de un ropero empotrado en la pared; pero entonces comprendí que eso que durante tanto tiempo yo había tenido por un ropero, no era más que un nicho negro que guardaba un pequeño horno. Coppelius se acercó y una llama brotó crepitante del horno. Alrededor había todo tipo de extraños artefactos. Ay, Dios. Cuando mi padre se inclinaba sobre el fuego adquiría un aspecto totalmente distinto. Un dolor tremendo y convulsivo parecía deformar sus rasgos venerables y mansos convirtiéndolo en una horrenda y repugnante imagen del demonio. Se parecía entonces a Coppelius. Éste blandía la tenaza al rojo vivo y extraía con ella materiales incandescentes entre el humo espeso, que luego martillaba con ímpetu. Yo sentía como si todo el cuarto hubiese estado lleno de rostros humanos que iban haciéndose visibles; pero en lugar de ojos tenían cavidades horribles, negras, profundas. “¡Ojos! ¡Ojos!”1 gritaba Coppelius con voz sorda y atronadora. Espantado, lancé un grito y caí al suelo desde mi escondite. Entonces Coppelius me agarró. "¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia!", gruñó haciendo rechinar los dientes, y me arrojó sobre el horno y la llama empezó a quemarme el pelo. "¡Ahora tendremos ojos, ojos, un lindo par de ojos de niño!" Así murmuró Coppelius y sacó del fuego con sus manos peludas trozos ardientes que pretendía echarme en los ojos. Entonces mi padre levantó sus manos implorante y exclamó: "¡Señor, Señor! ¡Déjele los ojos a mi Nataniel, déjeselos!" Coppelius lanzó una carcajada estridente y gritó: "Está bien: que se quede con sus ojos y siga sufriendo con sus lecciones. Pero estudiemos atentamente el mecanismo de las manos y de los pies". Y diciendo esto Los ojos eran un elemento básico en los preparados mágicos. me agarró con violencia, haciendo crujir mis articulaciones; luego me desatornilló las manos y los pies cambiándolos de lugar. "No van bien en cualquier parte. Mejor como estaban. El viejo entendía, del asunto." Así mascullaba Coppelius ; pronto a mi alrededor todo se puso negro y sombrío, mis nervios y mis miembros fueron presa de una convulsión dolorosa y perdí el sentido. Un aliento suave y cálido se deslizó por mi rostro cuando me desperté como de un sueño mortal; mamá estaba inclinada sobre mi cama. "¿Todavía está el hombre de arena?", balbuceé yo. "No, no, hijito, se fue hace mucho tiempo; no te hará ningún daño." Así me decía mi madre, mientras abrazaba y besaba a su hijito sano y salvo. ¡Para qué cansarte con todo esto, Lotario! ¡Para qué contarte tantos detalles cuando queda todavía tanto por decir! Baste pues con lo dicho: Yo había sido descubierto y Coppelius me había maltratado. Durante semanas estuve en cama con una fiebre altísima provocada por la angustia y el miedo. "¿Todavía está el hombre de arena?" Esa fue mi primera pregunta coherente y la señal de mi salvación, de mi restablecimiento. Voy a describirte ahora el momento más angustioso de mis años de adolescencia; entonces podrás comprender que no es culpa de mis ojos si todo me parece descolorido. Por el contrario, un hado nefasto ha tendido un turbio manto de nubes sobre mi vida, y tal vez sólo llegaré a disiparlo con la muerte. Coppelius no volvió a aparecer; se dijo que había abandonado la ciudad. Un año debía haber pasado de todo aquello cuándo una noche, según la antigua costumbre, estábamos todos reunidos en torno a la mesa redonda. Mi padre estaba muy contento y nos contaba cosas divertidas de los viajes que había hecho en su juventud. Cuando dieron las nueve oímos rechinar los goznes de la puerta de entrada y pasos lentos y pesados comenzaron a subir la escalera. "Es Coppelius", dijo mi madre poniéndose pálida. "Sí, es Coppelius", repitió mi padre con voz quebrada, sorda. A mi madre se le llenaron los ojos de lágrimas. "Pero papá, papá", exclamó ella. "¿Tiene que ser así?" "Es la última vez", le replicó él, "es la última vez que viene a verme. Te lo prometo. Vete ahora y llévate a los niños. ¡A la cama! Buenas noches." Yo me sentí como si me hubieran encerrado dentro de una roca fría y pesada. Se me cortó la respiración. Me había quedado ahí de pie, inmóvil, y entonces mamá me tomó del brazo: "¡Vamos Nataniel, vamos!" Me dejé llevar y entré en mi cuarto. "Quédate tranquilo, métete en la cama y duérmete", dijo mi madre; pero embargado de una angustia y una agitación indescriptibles yo no pude pegar los ojos. Veía al odiado, al inmundo Coppelius con sus ojos centelleantes, que se burlaba de mí malignamente. En vano procuraba no verle. Debía ser medianoche cuando se escuchó un ruido espantoso, como el disparo de un arma. Toda la casa retumbó; oí pasos por el corredor; la puerta de entrada se cerró de golpe, estrepitosamente. "Es Coppelius", grité despavorido, y salté de la cama. Alguien lanzó un grito desgarrador y sin consuelo. Me abalancé al cuarto de mi padre. La puerta estaba abierta, un humo asfixiante salía del cuarto, la criada exclamaba: "¡Ay! ¡El señor, el señor!" Junto al horno humeante, en el suelo, yacía mi padre, muerto, con el rostro espantosamente contraído, quemado, negro; a su alrededor mis hermanos lloraban y mi madre yacía desvanecida en el piso. "¡Coppelius, maldito demonio, tú mataste a mi padre!", exclamé, y perdí el sentido. Cuando dos días más tarde mi padre fue colocado en el ataúd, los rasgos de su rostro habían vuelto a adquirir aquella mansedumbre y serenidad que lo habían caracterizado. Me consolaba pensando que su pacto con el satánico Coppelius no había conseguido sumirlo en los infiernos. La explosión había despertado a los vecinos; se supo lo que había sucedido y la policía quiso citar a Coppelius como responsable del hecho. Pero éste había desaparecido sin dejar huellas. Si te digo ahora, querido Lotario, que aquel vendedor de barómetros era justamente el maldito Coppelius, supongo que no vas a enojarte conmigo porque piense que su nefasta aparición es señal de alguna tremenda desgracia. Estaba vestido de otro modo, pero el aspecto general y los rasgos de Coppelius están demasiado intensamente grabados en mi alma como para que pueda equivocarme. Además, ni siquiera se ha cambiado el nombre. Aquí se hace pasar por un óptico piamontés llamado Giuseppe Coppola. Estoy decidido a enfrentarlo .y vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase. No le cuentes nada a mamá de la reaparición de este ogro inmundo. Cariños para mi querida y adorable Clara; le escribiré cuando esté más tranquilo. Saludos... Clara a Nataniel: Aunque hace mucho que no me escribes, creo que de vez en cuando te acuerdas de mí. Debías de estar pensando intensamente en mí cuando mandaste tu última carta a mi hermano Lotario, ya que pusiste en el sobre mis datos en lugar de los suyos. Abrí la carta muy contenta y sólo cuando llegué a ¡Ah, mi querido Lotario!, me di cuenta del error. No tendría que haber seguido leyendo y debí haberle dado la carta a mi hermano. Tantas veces me dijiste bromeando que yo tenía un temperamento tan reposado y femenino que si la casa amenazara derrumbarse antes de huir seguramente yo trataría de alisar alguna arruguita en la cortina de la ventana. No obstante, puedo asegurarte que el comienzo de tu carta me conmovió profundamente. Apenas podía respirar; todo me daba vueltas ante los ojos. ¡Ay, querido Nataniel! ¿Qué podía ser eso tan terrible que había penetrado en tu vida? La idea de una separación, de no volver a verte, se clavó en mi corazón como un puñal ardiente. ¡Seguí leyendo y leyendo! Tu descripción del horrible Coppelius es aterradora. Recién ahora me entero de qué modo espantoso y violento murió tu padre. Mi hermano Lotario, a quien le di después tu carta, procuró tranquilizarme pero no lo consiguió. El fatídico vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me seguía a todas partes y casi me da vergüenza confesar que consiguió perturbar mi sueño, siempre tan sereno, con increíbles pesadillas. Pero ya al día siguiente todo se me presentó muy de otra manera. No te enojes conmigo, querido Nataniel, si Lotario te dice que a pesar de tu extraño presentimiento de que Coppelius trama algo malo contra ti, yo sigo tan contenta y despreocupada como siempre. Voy a confesarte algo: creo que todo lo espantoso .y terrible de que hablas sólo sucedió en tu interior, y que el mundo exterior, el mundo real, poco tuvo que ver en todo eso. No pongo en duda que el viejo Coppelius debe haber sido repugnante, pero el hecho de que odiara a los niños provocó en ustedes un verdadero horror hacia él. Era natural que en tu alma infantil se relacionaran el horrendo hombre de arena del cuento de la nodriza con el viejo Coppelius que siguió siendo para ti -aunque ya no creyeras en el hombre de arena- un fantasma monstruoso que amenazaba a los niños. La ocupación nocturna de tu padre era seguramente la alquimia; tal vez ambos hacían experimentos en los que tu madre no podía estar de acuerdo porque posiblemente se iba en ello mucho dinero-; y además -como parece ser el caso con estos experimentadores- el espíritu de tu padre, arrastrado por ese impulso engañoso hacía una sabiduría suprema, se aislaba del resto de la familia. Seguramente tu padre provocó él mismo su muerte por un descuido y Coppelius no debió tener la culpa de ello. Créeme; ayer le he preguntado a un farmacéutico vecino, de mucha experiencia, si es posible que efectuando, pruebas alquímicas pueda provocarse repentinamente una explosión mortal. "Claro que sí", me dijo, y me describió minuciosamente cómo puede llegar a suceder algo así pronunciando un montón de palabras extrañas que no he logrado retener. Y ahora, seguramente, vas a enojarte con tu Clara y vas a decir: "En ese espíritu frío no penetra ni un solo rayo del misterio que tantas veces captura a los seres humanos con brazos invisibles; ella sólo ve la variada superficie del mundo y se alegra como una niña ante la fruta madura y dorada que alberga un veneno mortal en su interior". ¡Ay, mi querido Nataniel! ¿No crees acaso que también en los espíritus alegres, despreocupados y cándidos puede habitar el presentimiento de que existe una potencia oscura que trata por todos los medios de destruirnos dentro de nosotros mismos? Perdóname si como una muchacha ingenua me atrevo a insinuarte de algún modo lo que verdaderamente pienso respecto de esa lucha que se libra en nuestro interior. Seguro que al final no encontraré las palabras adecuadas y entonces vas a burlarte de mí, no porque lo que piense sea tonto, sino porque soy tan torpe para expresarlo. Si existe una oscura potencia que tiende maliciosa y traidora un hilo en nuestro interior para apresarnos y arrastrarnos por el peligroso camino de la destrucción (que de no ser así jamas habríamos emprendido), si en verdad existe una fuerza como ésa, tiene que formarse a nuestra imagen y semejanza, convertirse en nosotros mismos; porque solamente de esa manera creeremos en ella y le daremos el lugar que necesita para llevar a cabo su obra oculta. Si tenemos un sentido resistente, fortalecido a la largo de una vida serena, que nos permite reconocer toda acción extraña y maligna como tal y seguir con paso calmo el camino por el que nos lleva nuestra vocación, entonces aquella fuerza monstruosa sucumbe en su lucha inútil porconfigurarse para llegar a ser nuestro propio reflejo. "También es seguro", añade Lotario entonces, "que la oscura fuerza física, si nosotros mismos nos entregamos a ella, arrastra hacia nuestro interior a seres extraños que el mundo exterior nos pone en el camino. Así, somos nosotros mismos los que provocamos la idea que engañosamente creemos que se expresa en ese ser. Es el fantasma de nuestro propio yo el que con su íntima afinidad y profunda influencia sobre nuestra alma nos sume en el infierno o nos lleva al cielo." Te habrás dado cuenta, querido Nataniel, que Lotario y yo hemos hablado bastante sobre este tema de las potencias ocultas que ahora, después de haber escrito no sin esfuerzo lo fundamental, me parece bastante profundo. No entiendo bien estas últimas palabras de Lotario. Intuyo lo que quiere decir; sin embargo, siento que tiene razón. Espero que te saques totalmente de la cabeza al horrible abogado Coppellus y al vendedor de barómetros Giuseppe Coppola. Ten la seguridad de que esos extraños personajes no pueden hacer nada contra ti; sólo la creencia en su poder maligno puede hacértelos realmente hostiles. Si no brotara de cada renglón de tu carta la más profunda agitación espiritual, si no me doliera en lo hondo del alma tu situación, hasta podría bromear sobre el abogado de arena y vendedor de barómetros Coppelius. ¡Arriba ese ánimo! Me he propuesto ser para ti como un ángel de la guarda y espantar al horrible Coppola a carcajadas si se le ocurre perturbar tus sueños. No le tengo ningún miedo a él ni a sus manos inmundas, ¡no me va a echar a perder una golosina como abogado, ni me va a dañar los ojos como hombre de arena! Bueno, mi adorado Nataniel... Nataniel a Lotario: Realmente me desagradó mucho que Clara abriera la carta dirigida a ti, por un descuido mío, y la leyera. Me escribió una carta muy sensata y filosófica, donde me prueba minuciosamente que Coppelius y Coppola sólo existen en mi interior y son fantasmas de mi yo que desaparecerán apenas yo los reconozca como tales. En realidad uno no tendría que creer que el espíritu que a menudo brota de aquellos ojos claros y sonrientes romo un delicioso sueño, pudiera ser tan razonable y reflexionar con tanta precisión. Cita también palabras tuyas. Ustedes dos hablaron de mí. Seguramente le habrás dado clases de lógica para que pudiera hacer tan sutiles distinciones. ¡Acaba con eso! Además, seguramente es cierto que el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola no es el viejo abogado Coppelius. Asisto ahora a las clases de un profesor de física recién llegado; su nombre es Spallanzani como aquel conocido naturalista, y es de origen italiano. Conoce a Coppola desde hace años, y bien se ve por su pronunciación que es piamontés. Coppelius era alemán, pero creo que no puro. De todos modos, no estoy demasiado tranquilo. Clara y tú podrán pensar que soy un loco que ve visiones sombrías, pero no consigo borrar la impresión que provoca en mí el fatídico semblante de Coppelius. Me alegro de que se haya idodela ciudad, como me ha dicho Spallanzani. Este profesor es un tipo increíble. Un hombrecito gordo, el rostro de huesos prominentes, nariz fina, labios abultados y pequeños ojitos saltones. Pero mejor que en cualquier descripción podrás verlo en el Cagliostro que hizo Chadowiecki en un almanaque berlinés de bolsillo. Spallanzani es exactamente su réplica. El otro día, mientras subía la escalera, vi que la cortina que tapa la puerta de vidrio estaba un poquito corrida y dejaba una rendija libre. No sé cómo, acaso por simple curiosidad, se me ocurrió echar un vistazo. Una mujer alta y muy delgada estaba sentada en el cuarto ante una mesita con los brazos apoyados y las manos plegadas. Como estaba mirando hacia la puerta, pude ver su rostro de belleza angelical. Parecía no verme, sus ojos estaban inmóviles, como si no fuese capaz de ver. Me pareció que dormía con los ojos abiertos. Sentí algo extraño y me deslicé hasta el Auditorio que está al lado sin hacer ruido. Más tarde me enteré de que aquella mujer era Olimpia, la hija de Spallanzani, a la que tiene encerrada de tal modo que ningún hombre puede acercarse a ella. En definitiva, algo raro le pasa: quizás sea tonta o... No sé por qué te escribo todo esto. Mejor y con más detalles te lo habría podido contar personalmente, porque dentro de catorce días estaré con ustedes. Quiero ver a Clara, a mi dulce ángel. Entonces habrá desaparecido el disgusto que, debo confesártelo, me provocó aquella carta fatal y tan razonable. Por eso tampoco le escribo hoy. Saludos... Nada más singular ni extraordinario podría imaginarse que lo sucedido a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que he decidido contarte, querido lector. ¿Alguna vez te ha pasado algo que colmara de tal modo tu pecho, tu mente, tus pensamientos, desalojando cualquier otra cosa de allí? Se agitaba y bullía en tu interior, la sangre hervía en las venas y hacía más intenso el color de tus mejillas. Mirabas de una manera extraña, como queriendo captar imágenes invisibles para los demás en el espacio, vacío, .y las palabras se te deshacían en oscuros sollozos. Los amigos te preguntaban: "¿Qué le sucede, querido? ¿Qué tiene usted?" Y tú querías expresar entonces esa imagen de tu interior con los colores más vívidos, con luces y sombras, y te agotabas buscando las palabras para comenzar. Sentías que ya con la primera palabra debías captar acertadamente todo lo maravilloso, lo magnífico, lo terrible, lo alegre y lo estremecedor de modo que impresionara a todos como una descarga eléctrica. Pero cada una de las palabras y todas las posibilidades del lenguaje te parecían descoloridas, frías, muertas. Buscas y buscas, balbuceas, dudas y las preguntas superficiales de los amigos golpean como heladas ráfagas de viento contra el fuego que arde en tu pecho hasta que lo apagan. Pero si hubieras logrado trazar, como un pintor osado, con unas pocas líneas precisas el contorno de esa imagen interior, después habrías podido pintarlo fácilmente con colores más y más brillantes, y el movimiento de tantas figuras habría arrebatado a tus amigos que, lo mismo que tú, se habrían reconocido claramente dentro de aquel cuadro brotado de tu alma. A mí, querido lector, debo confesarlo, nadie me ha pedido que cuente la historia del joven Nataniel. Pero tú sabes bien que yo pertenezco a la extraña raza de los autores, que si tienen en su interior alguna cosa como la que acabo de describirte, sienten que todo el que se les acerca, el mundo entero, les preguntará: "¿Qué ha sucedido? ¡Cuente, cuente, por favor!" Así pues, me siento impulsado a hablarte de la vida funesta de Nataniel. Lo fantástico, lo singular que alienta en ella colmaba mi alma; pero justamente por eso, querido lector, y porque de entrada tuve que obligarte a soportar lo extraordinario -¡y no es poca cosa!-, he procurado comenzar la historia de Nataniel de manera original, conmovedora, significativa. Había una vez
... El comienzo más hermoso para cualquier cuento, habría resultado demasiado sereno. En la pequeña ciudad de S. vivía... Eso ya habría estado algo mejor, por lo menos habría servido como preparación para el clímax. También podría haber comenzado in media res: —¡Váyase usted al demonio! —exclamó con odio y terror en la mirada salvaje el. estudiante Nataniel, cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola.
—A decir verdad, eso ya lo había escrito cuando creí percibir en la mirada salvaje del estudiante Nataniel algo cómico; pero la historia no es nada graciosa. No se me ocurría nada que pareciera reflejar en lo más mínimo algo del matiz que tenía aquella imagen interior. Entonces decidí no empezar de ninguna manera. Acepta, querido lector, las tres cartas que gentilmente me ofreció el amigo Lotario, cómo si se tratara del contorno de un dibujo que ahora, al continuar con el relato, procuraré ir coloreando más y más. Quizá logre captar alguna que otra figura, como haría un buen retratista; acaso entonces pretendas conocerla, aunque nunca hayas visto el original. Sí, como si creyeras haber visto ya muchas veces a la persona con tus propios ojos. Es posible que entonces comprendas, querido lector, que nada es más singular y extraordinario que la vida real, y que el poeta sólo puede captarlacomo su oscuro reflejo sobre un espejo opaco. Para que te resulte más claro lo que es necesario saber desde un principio, conviene que conozcas aquellas cartas que al poco tiempo de morir el padre de Nataniel, Clara y Lotario —hijos de un pariente lejano que también había muerto dejándolos huérfanos— quedaron al cuidado de la madre de Nataniel. Clara y Nataniel sentían una profunda inclinación el uno por el otro, a la que nadie podía oponerse; así pues estaban de novios cuando Nataniel abandonó su ciudad natal para continuar sus estudios en G... Allí es donde se encuentra cuando escribe su última carta, y asiste a las clases del famoso profesor de física Spallanzani. Ahora podría continuar sin inconvenientes con el relato; pero en este preciso momento la imagen de Clara se me aparece tan vívida ante los ojos, que no puedo apartar de ella mi mirada, como sucedía cada vez que posaba en mí sus ojos angelicales.
De ningún modo podría decirse que Clara fuese linda; ésa era la opinión de quienes por su profesión saben algo de belleza. Sin embargo, los arquitectos alababan las puras proporciones de su cuerpo; los pintores consideraban que la nuca, la espalda y el cuello eran casi excesivamente castos, pero se enamoraban de su maravilloso cabello de Magdalena y desvariaban acerca de su colorido battoniano.
Uno de ellos, un verdadero soñador, comparó los ojos de Clara con un lago de Ruisdael en el que se reflejan el azul puro de un cielo sin nubes, bosques, flores y toda la vida variada y alegre de la campiña. Los poetas y artistas se aventuraban aún más y decían: "¡Ni lagos ni espejos!... ¿Acaso podemos contemplar a la muchacha sin que nos salgan al encuentro maravillosas melodías y
cánticos celestiales que penetran en nuestro ser despertando y conmoviéndolo todo? Y si ante su presencia no cantamos algo realmente bueno, es porque en verdad no valemos mucho, juicio que también podemos leer en la sonrisa delicada que se desliza sobre los labios de Clara cuando nos disponemos a entonar algo que procura parecerse a una canción, aunque sólo sea una mezcla. de sonidos aislados y confusos". Y así era. Clara tenía la fantasía despierta de una criatura cándida y alegre, un espíritu profundo y delicadamente femenino y una inteligencia clara y aguda. Los charlatanes no lo pasaban bien con ella, porque sin muchas palabras —como convenía a su naturaleza silenciosa—, su mirada y su delicada sonrisa les decía: "¡Queridos amigos! ¡Cómo se les ocurre pedirme que considere aquellas sombras elusivas como verdaderas formas animadas de vida y movimiento propio!" Por eso muchos decían que Clara era fría, insensible y prosaica; pero otros, que comprendían la vida en su profundidad transparente, amaban con devoción a esa muchacha infantil, sensible y sensata. Pero nadie tanto como Nataniel, que incursionaba con éxito en las ciencias y las artes. Clara lo quería profundamente. Las primeras sombras que cruzaron por su vida fueron provocadas por su alejamiento de la ciudad natal. Con inmensa alegría arrojó en sus brazos cuando por fin, tal como le había prometido a Lotario en su última carta, regresó a la ciudad y entró al cuarto de su madre. Sucedió tal como Nataniel lo había imaginado: cuando volvió a ver a Clara, ya no se acordó más del abogado Coppelius ni de aquella carta demasiado razonable: todo su descontento había desaparecido. Y sin embargo Nataniel tenía razón cuando le escribió a su amigo Lotario que la figura del repulsivo vendedor de barómetros Coppola había penetrado en su vida como un elemento hostil. Todos lo sintieron así, porque ya desde el primer día percibieron que Nataniel había cambiado radicalmente. Se sumía en lúgubres ensoñaciones, y pronto empezó a actuar de un modo desacostumbrado en él. La vida entera se le había vuelto sueño y presagio; constantemente hablaba de cómo todos los hombres servían sin saberlo al fatídico juego de las fuerzas oscuras; en vano el hombre procuraba oponerse; convenía aceptar humildemente lo que el destino había decidido. Llegó incluso a afirmar que pretender que tanto en el arte como en la ciencia era uno el que creaba a voluntad, era absurdo; porque el entusiasmo —único estado anímico en el que es posible crear, decía— no procede de nuestro interior,sinodelaacciónqueejerce sobre nosotros algún principio superior y externo.
A Clara, tan sensata,todaestacharlataneríamísticaledesagradabaprofundamente,peroparecíainútil tratar de refutarla. Pero cuando Nataniel afirmó que Coppelius era el principio del malquelo había capturado cuando espiaba detrás de la cortina, y que esedemoniodestrozaríasufelicidadde manera espantosa, Clara se puso seria y le dijo: "¡Sí, Nataniel!Tienesrazón:Coppeliusesunprincipio maligno y hostil y puede actuar como una fuerza diabólica y nefasta en tu vida, pero sólo lo hará en tanto no lo expulses de tu mente y de tus pensamientos. Mientras creas en él, él seguirá existiendo y actuando; sólo tu creencia en él es su poder".
Nataniel, furioso porque Clara limitaba la existencia del demonio a su propio interior, quiso apelar entonces a las doctrinas místicas de fuerzas malignas y demoníacas, pero Clara lo interrumpió malhumorada con alguna frase sin importancia, que lo disgustó bastante. Nataniel, por su parte, pensaba que misterios tan profundos no se les revelan a espíritus fríos e insensibles, sin ser consciente de que contaba a Clara entre esas naturalezas inferiores. Y por eso no cedía en sus intentos de iniciarla en tales misterios. Temprano, mientras Clara ayudaba a preparar el desayuno, se paraba a su lado y le leía todo tipo de libros místicos, hasta que ella le decía en tono de súplica: —"Pero, querido Nataniel, ¿y qué si te digo que eres tú el principio maligno que actúa sobre mi café? Porque si yo tengo que dejar todo para mirarte a los ojos mientras lees, como pretendes, el café hervirá y ninguno podrá tomar su desayuno`. Entonces Nataniel cerraba el libro violentamente y se iba furioso a su cuarto. En otras épocas, solía escribir cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con íntimo placer; pero ahora sus obras eran lúgubres, incomprensibles, amorfas, de modo que aunque Clara no decía nada, él sentía que no la conmovían en absoluto. Nada había para Clara tan espantoso como lo aburrido; con miradas y palabras expresaba entonces su irreprimible cansancio espiritual. Las obras que escribía Nataniel eran verdaderamente tediosas. Su desagrado ante el espíritu frío y prosaico de Clara iba en aumento. Clara tampoco lograba superar su disgusto ante aquella mística oscura, lúgubre y cansador de Nataniel. De ese modo, sin darse cuenta, ambos fueron separándose interiormente cada vez más. El mismo Nataniel tuvo que confesar que la figura del horrendo Coppelius haba empalidecido en su fantasía, y muchas veces le costaba trabajo darle un colorido vivo en sus obras, donde aparecía siempre como un ogro fatídico y terrible. Finalmente, se le ocurrió componer un poema, cuyo argumento contendría aquel oscuro presentimiento de que Coppelius destruiría su felicidad. Se representó a sí mismo y a Clara ligados por un amor intenso; pero con frecuencia ocurría como si una mano negra se metiera en sus vidas y arrancara de allí alguna alegría. Cuando por fin se hallan ante el altar, aparece el espeluznante Coppelius y toca con sus manos los delicados ojos de Clara; éstos saltan de sus órbitas y se clavan en el pecho de Nataniel como chispas de sangre y fuego; Coppelius lo arroja dentro de un círculo de fuego que gira con la velocidad del rayo y lo arrebata entre silbidos. Se escucha un estrépito, como si un huracán azotara enfurecido las espumantes olas del mar que se alzan como negros gigantes de cabezas blancas, en una lucha feroz. Pero a través de ese bramido salvaje, él oye la voz de Clara que le dice: "¿Acaso no puedes verme? Coppelius te ha engañado; no eran mis ojos los que te quemaban el pecho; eran gotas ardientes de sangre de tu propio corazón. ¡Yo tengo mis ojos, mírame!" Nataniel piensa "Es Clara, y le pertenezco para siempre". Sucede entonces como si ésa idea se introdujera violentamente dentro del circulo de fuego y lo hiciera detenerse; en el abismo negro el estrépito se ensordece hasta callar. Nataniel mira los ojos de Clara; pero es la muerte quien lo mira sonriendo desde aquellos ojos. Mientras estuvo ocupado con el poema, Nataniel se mostró muy reflexivo y sensato; pulía cada verso, y constreñido por el ritmo, no descansó hasta dejarlo perfecto. Pero cuando estuvo concluido, lo leyó en voz alta para escucharlo. Al terminar, una angustia y un terror desmesurados se apoderaron de él, y gritó: `¿De quién es esa voz pavorosa?" Pero al momento volvió a parecerle un poema muy logrado, que conmovería el alma helada de Clara, aunque no sabía muy bien para qué tenia que conmoverla y qué sentido tenía atemorizarla con aquellas imágenes espantosas que hablaban de un destino tremendo que destruiría el amor de ambos. Los dos, Clara b, Nataniel, estaban un día sentados en el pequeño jardín de la casa materna. Clara estaba muy contenta, porque desde hacía tres días el tiempo durante el cual estuvo escribiendo su poema. Nataniel no la torturaba más con sus sueños y presentimientos. También él hablaba entusiasmado de cosas alegres, como en los viejos tiempos, y entonces Clara le dijo: "Recién ahora vuelvo a tenerte del todo. Hemos ahuyentado al horrible Coppelius". Pero entonces Nataniel recordó que tenía en su bolsillo el poema que había pensado leerle. Ordenó las hojas, y comenzó; Clara, sospechando que se trataba de algo tedioso, como de costumbre, y resignándose a ello, se puso a tejer tranquilamente. Pero al ver que el cielo se ensombrecía más y más, dejó caer la media que estaba tejiendo y clavó su mirada en los ojos de Nataniel. Éste seguía leyendo, emocionado; el fervor teñía de púrpura sus mejillas y brotaban lágrimas de sus ojos. Cuando por fin terminó, dio un suspiro, interiormente agotado, luego tomó la mano de Clara y sollozó como abandonado a un dolor sin consuelo: "¡Ay, Clara, Clara!" Clara lo abrazó tiernamente contra su pecho y le dijo en voz baja, pero seria y con lentitud: "Nataniel, mi adorado Nataniel. Arroja ese extraño, absurdo y espantoso poema al fuego". Nataniel se levantó entonces enfurecido y empujando a Clara de su lado le gritó: "¡Maldita autómata sin vida!" Y se fue corriendo mientras Clara lloraba amargamente y repetía: "¡Ay, nunca me quiso, porque nunca me ha comprendido!" En ese momento Lotario entró al pequeño pabellón y Clara no tuvo más remedio que contarle lo sucedido; él amaba a su hermana con toda el alma, cada una de sus palabras penetró en su interior como una brasa ardiente, y la mala disposición que durante mucho tiempo albergara en su corazón hacia Nataniel y sus fantasías, se convirtió en ira desatada. Corrió hasta donde aquél estaba y le reprochó duramente su absurda conducta. Enfurecido, Nataniel le respondió en los mismos términos. Al insulto de fatuo, fantasioso y loco le respondió otro de aquél, llamándolo miserable y mediocre. El duelo era inevitable. Decidieron batirse a la mañana siguiente en los fondos del jardín, según las. costumbres académicas del lugar, con floretes aguzados. Ambos andaban silenciosos y sombríos. Clara había escuchado la discusión y vio al profesor de esgrima cuando traía los floretes. Intuyó lo que iba a suceder. Llegados al sitio del duelo, Lotario y Nataniel, mudos e igualmente sombríos, se quitaron las capas: con los ánimos agresivos y sedientos de sangre se disponían a pelear cuando Clara se precipitó corriendo. Entre sollozos exclamó: "¡Salvajes, malvados! ¡Mátenme a mí antes de matarse entre ustedes! ¿Cómo podré seguir viviendo en este mundo luego que mi amado haya matado a mi hermano o mi hermano a mi amado?" Lotario dejó caer el arma y bajó los ojos: también en el interior destrozado de Nataniel volvió a encenderse aquel amor apasionado que había sentido por Clara en los días más hermosos de la maravillosa juventud. Cuando el arma asesina cayó de su mano, se arrojó a los pies de Clara. "¿Podrás perdonarme alguna vez, mi única, mi adorada Clara? ¿Podrás perdonarme también tú, mi querido Lotario T' Éste se conmovió ante el intenso dolor de su amigo, y los tres se abrazaron reconciliados, entre lágrimas, jurando no separarse nunca y amarse eternamente. Nataniel se sintió libre de la pesada carga que hasta entonces lo había agobiado, como si hubiese conseguido salvar su ser amenazado de destrucción oponiéndose a las fuerzas oscuras. Tres días permaneció junto a sus amados y luego regresó a G., donde debía permanecer un año más antes de retornar definitivamente a su ciudad natal. A la madre se le ocultó todo lo relacionado con Coppelius, porque se sabía que no podía acordarse de él sir horror. También ella lo creía culpable de la muerte de su esposo. Cuál no habrá sido la sorpresa de Nataniel cuando a regresar a G. comprobó que la casa donde vivía había sido destruida por el fuego. Del montón de cenizas sólo quedaban en pie las paredes medianeras. A pesar de que el fuego se había iniciado en el laboratorio del farmacéutico que vivía en la planta baja, y por lo tanto la casa se había quemado desde abajo hacia arriba, los arriesgados y ágiles amigos de Nataniel habían conseguido entrar todavía a tiempo a su cuarto en el piso superior y rescatar libros, manuscritos e instrumentos. Habían llevado todo intacto, a otra casa donde tomaron una habitación a la que Nataniel se mudó de inmediato. Sin extrañeza observó que viviría justo frente a la casa del profesor Spallanzani ; tampoco le pareció raro que desde su ventana pudiera ver directamente el cuarto donde a menudo solía estar Olimpia, de modo que podía observar claramente su figura aunque no pudiera distinguir bien los rasgos de su rostro. Sí le llamó la atención el hecho de que Olimpia permaneciera durante horas en la misma posición en que él la había visto un día a través de la puerta de vidrio: sentada frente a una pequeña mesa, sin hacer nada, y además, mirándolo tan fijamente. También debió confesarse que nunca había visto una criatura tan bella; sin embargo, profundamente enamorado de Clara, la rígida Olimpia le era por completo indiferente, y sólo de vez en cuando levantaba sus ojos del compendio y echaba una rápida mirada a la bella estatua; eso era todo. Estaba un día escribiéndole a Clara cuando sintió que alguien llamaba suavemente a su puerta; a su señal, ésta se abrió y apareció la cara repulsiva de Coppola. Nataniel sufrió una sacudida. Recordando lo que Spallanzani le había dicho sobre su compatriota Coppola y también lo que le había prometido y jurado a Clara respecto del hombre de arena Coppelius, él mismo sintió vergüenza de su terror infantil; consiguió dominarse y le dijo con la mayor tranquilidad que le fue posible: "No voy a comprarle ningún barómetro, amigo, así que váyase, por favor". Pero entonces Coppola se metió en el cuarto y dijo con voz chillona mientras la enorme boca se le deformaba en una horrible sonrisa y los ojitos le centelleaban saltones debajo de las largas pestañas grises: "¡Ah, no, barómetro no, no barómetro! ¡Tengo lindos ojos, lindos ojos!" Aterrado, Nataniel le gritó: "¡Cómo puedes tener ojos, ojos, ojos! ¡Estás loco!" Pero en ese mismo instante, Coppola apartó los barómetros, metió la mano en las faltriqueras y empezó a sacar anteojos y más anteojos que iba poniendo sobre la mesa. "Anteojo, anteojo para encima de la nariz; eso son mis ojos ... ¡lindos ojos!" Y seguía sacando más y más anteojos, de modo que toda la mesa empezó a brillar y lanzar extraños destellos. Mil ojos miraban y se contraían convulsivamente y se clavaban en Nataniel, pero él no podía apartar la mirada de la mesa, y Coppola seguía poniendo anteojos, y cada vez eran más salvajes las miradas llameantes que se mezclaban y disparaban sus rayos rojos como sangre contra el pecho de Nataniel. Aterrado gritó entonces: "¡Basta, basta, hombre espantoso!" Había tomado del brazo a Coppola, que en ese momento metía la mano en el bolsillo para sacar más anteojos. "¡Ah! Nada para usted, pero aquí lindos prismáticos." Con estas palabras y una carcajada penetrante, juntó todos los anteojos, los guardó y sacó de otro bolsillo de su capa una cantidad de largavistas de distintos tamaños. No bien desaparecieron los anteojos, Nataniel se tranquilizó, y pensando en Clara, comprendió que aquel espectro terrible sólo había surgido de su propio interior, y también que Coppola era un óptico honorable que no podía ser de ninguna manera el doble maldito y el espíritu resucitado de Coppelius. Además, todos los prismáticos que Coppola había puesto sobre la mesa no tenían nada de extraordinario, o por lo menos no eran tétricos como los anteojos, y para quedar bien, Nataniel decidió comprarle algo a Coppola. Tomó entonces un par de prismáticos de bolsillo, pequeños y muy bien terminados, y para probarlos, miró con ellos por la ventana. Nunca en su vida había visto una lente que acercara los objetos a los ojos con tanta pureza y claridad. Involuntariamente miró hacia la habitación de Spallanzani; Olimpia estaba sentada frente a la mesita, como siempre, con los brazos apoyados y las manos plegadas. Ahora sí pudo contemplar Nataniel el bellísimo rostro de Olimpia. Sólo los ojos le parecieron muy raros, extrañamente inmóviles y muertos. Pero a medida que iba fijando más y más la vista en ella, parecía como si en los ojos de Olimpia despertaran húmedos rayos de luna. Era como si recién en ese momento se hubiese encendido su mirada, que brillaba cada vez con mayor intensidad. Nataniel estaba como hechizado ante la ventana mirando sin pausa a la celestial Olimpia. Un carraspeo lo despertó de su profundo sueño. Coppola estaba de pie detrás de él. "Trezechini" (tres ducados), le dijo. Nataniel se había olvidado completamente del vendedor de anteojos. Pagó inmediatamente lo pedido. "¿No cierto? Linda lente, linda lente", dijo Coppola con su desagradable voz aguda y su risa maligna. "Sí, si, sí", le respondió Nataniel del mal modo. "Adiós amigo" Coppola abandonó el cuarto no sin lanzar a Nataniel unas cuantas miradas de soslayo. Éste lo oyó reírse a carcajadas en la escalera. "Bueno", pensó Nataniel, "se estará riendo de mí porque seguramente pagué demasiado caro este pequeño par de prismáticos, demasiado caro." Mientras se decía estas palabras en voz muy baja, fue como si un profundo suspiro de muerte resonara pavorosamente en la habitación; el miedo le cortó la respiración. Pero era él mismo quien había suspirado así; no le cabía la menor duda. "Clara tiene razón", se dijo, "al pensar que soy un absurdo visionario, pero de todos modos es extraño, sí, es muy extraño que la tonta idea de haber pagado a Coppola un precio demasiado alto por los prismáticos, pueda atemorizarme tanto; no comprendo por qué." A continuación se sentó para terminar de escribirle a Clara, pero al mirar por la ventana observó que Olimpia seguía allí sentada, e instantáneamente, como atraído por una fuerza irresistible, se levantó, tomó los prismáticos de Coppola y no pudo dejar de mirar a la seductora Olimpia, hasta que su compañero y amigo Sigmundo lo llamó para ir a la clase del profesor Spallanzani. La cortina ante la puerta del cuarto funesto estaba bien cerrada; no pudo ver a Olimpia allí, y tampoco pudo descubrirla en su cuarto durante los dos días subsiguientes, a pesar de que apenas abandonaba la ventana y miraba a toda hora con los prismáticos de Coppola. Al tercer día corrieron la cortina sobre esa ventana. Desesperado e impulsado por un anhelo, por un deseó vehemente, corrió hasta el portón. La figura de Olimpia se mecía ante él cortando el aire, luego se asomaba entre los arbustos y lo miraba con grandes ojos brillantes desde las claras aguas del estanque. La imagen de Clara había desaparecido por completo, y no pensaba sino en Olimpia, y se lamentaba en voz alta "¡Oh! ¡Tú, mi hermosa estrella de amor! ¿Te has encendido ante mis ojos sólo para volver a ocultarte enseguida abandonándome a la noche oscura y sin esperanzas?" Ya estaba por regresar a su cuarto, cuando observó que en la casa de Spallanzani se producía un gran alboroto. Las puertas estaban abiertas y todo tipo de aparatos eran introducidos en la casa; también las ventanas del primer piso estaban abiertas de par en par; activas criadas barrían y limpiaban con inmensos escobillones, y se oía el martillar de carpinteros y tapiceros. Nataniel se detuvo en medio de la calle, totalmente sorprendido; entonces se le acercó Sigmundo riendo y le dijo: "Bueno ¿qué me dices de nuestro viejo Spallanzani?" Nataniel le aseguró que no podía decir nada, porque nada sabía del profesor; por el contrario, veía con gran asombro la singular actividad que se desplegaba de repente en aquella casa silenciosa y lúgubre. Se enteró entonces por Sigmundo de que Spallanzani iba a dar una gran fiesta al día siguiente con concierto y baile y que media universidad estaba invitada. Se decía que Spallanzani presentaría por primera vez a su hija Olimpia, a la que durante mucho tiempo había mantenido oculta, temeroso de cualquier mirada humana. Nataniel halló una invitación y con el corazón palpitante se dirigió a casa del profesor a la hora indicada, cuando ya se oía el ruido de los carruajes y en los salones brillaban las luces encendidas. Los invitados eran muchos, y la concurrencia, brillante. Olimpia apareció luciendo un delicado vestido de muy buen gusto. Su rostro de rasgos suaves y su armoniosa figura causaron admiración. La espalda algo curvada y su talle delgado, parecían modelados por un corsé que la mantenía excesivamente erguida. Su postura y su andar tenían cierta rigidez que a algunos les resultó desagradable; se dijo que debía ser a causa de los nervios que esa situación le provocaba. Comenzó el concierto. Olimpia ejecutó el piano con gran destreza, y cantó una aria de bravura con voz clara y cristalina, casi cortante. Nataniel estaba como hechizado; de pie en la última fila no podía distinguir claramente los rasgos de Olimpia a la luz deslumbrante de las velas. Sin que nadie lo notara, tomó entonces los prismáticos de Coppola y los dirigió hacia su adorada Olimpia. ¡Ah! Entonces comprobó que ella lo estaba mirando, y que cada tono se modulaba claramente en aquella mirada de amor que le quemaba el alma. Las partes más exquisitas le parecían a Nataniel celestiales exclamaciones de júbilo de un alma glorificada en el amor; y cuando tras la cadencia final resonó vibrante el largo treno a lo largo del salón, no pudo contenerse y como arrebatado por brazos ardientes exclamó colmado de dolor y de placer: "¡Olimpia!" Todos se volvieron hacia él, algunos sonrieron. El organista de la iglesia puso una cara más sombría que de costumbre y dijo solamente: "Bueno, bueno". El concierto había terminado y comenzaba el baile. "¡Bailar con ella! ¡Bailar con ella!", era la meta de todos los deseos, de todos los empeños de Nataniel. Mas, ¿cómo atreverse a pedírselo a ella, a la reina de la fiesta? Sin embargo, sin comprender cómo había sucedido, apenas comenzado el baile se encontró de pronto junto a Olimpia a quien nadie había invitado a bailar. Él le tomó la mano balbuceando apenas unas pocas palabras. La mano de Olimpia estaba helada; conmovido por un estremecimiento mortal, clavó su mirada en los ojos de Olimpia, donde brillaban el amor y la nostalgia. En ese momento sintió como si comenzara a irradiarse un pulso cálido en la mano helada y a encenderse la corriente de la vida. También en el alma de Nataniel brilló más intenso el anhelo amoroso; abrazó a la hermosa Olimpia y se precipitó entre la multitud de bailarines. Nataniel estaba convencido de que bailaba muy bien, pero por la notable firmeza rítmica con que bailaba Olimpia, que muchas veces lo sacaba de su porte, comprobó que en realidad le faltaba mucho sentido del ritmo. Sin embargo, no quería bailar con ninguna otra mujer, y habría querido matar a cualquiera que se hubiese acercado a Olimpia para invitarla a bailar. Pero eso no sucedió. más que dos veces. Para su sorpresa, Olimpia no salió a bailar en esas ocasiones. En cambia, siempre aceptaba bailar con él. Si Nataniel hubiese podido ver algo que no fuera su bella Olimpia, no se habrían podido evitar discusiones y peleas. En efecto, los allí presentes apenas podían contener la risa a causa de la bella Olimpia, porque la gente joven la seguía con miradas curiosas cuya causa no se podían explicar. Acalorado por el baile y el vino abundante, Nataniel había perdido toda su habitual timidez. Sentado junto a Olimpia, le había tomado la mano y le hablaba enardecido y entusiasmado de su amor con palabras que ni él ni Olimpia comprendían. Acaso ella sí, porque lo miraba fijamente a los ojos y suspiraba. Entonces Nataniel le decía: "¡Criatura divina y celestial! Rayo de luz del prometido trasmundo del amor! ¡Alma profunda en la que todo mi ser se refleja!", y muchas otras cosas parecidas; pero Olimpia se limitaba a sus suspiros... El profesor. Spallanzani pasó una vez delante de ellos y les sonrió con extraña satisfacción. A Nataniel le pareció —a pesar de que estaba completamente en otro mundo— que de repente la casa del profesor Spallanzani había adquirido un tono bastante oscuro: miró a su alrededor y observó, no sin sobresaltarse, que las dos últimas luces que aún quedaban encendidas en el salón vacío estaban a punto de apagarse. La música y el baile habían concluido hacía rato. "¡Separarnos, separarnos!", exclamó desesperado mientras besaba la mano de Olimpia y se inclinaba sobre su boca. ¡Estaban helados los labios que respondieron a sus labios ardientes! No obstante, sintió un íntimo estremecimiento, el mismo que lo había sacudido cuando tomó en sus manos la mano helada de Olimpia; se acordó de la leyenda de la novia muerta; pero Olimpia lo apretaba con fuerza, y en el beso la vida pareció entibiar sus labios. El profesor Spallanzani. recorrió lentamente el salón vacío; sus pasos resonaron huecos, y su figura rodeada de trémulas sombras parecía un espectro aterrador. "¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia? ¡Sólo una palabra? ¿Me amas?", le susurraba Nataniel, pero Olimpia suspiró poniéndose de pie: "¡Ah...!" "Sí, tú eres mi adorada, mi divina estrella de amor", le decía Nataniel. "Has empezado a brillar para mí y glorificarás mi alma eternamente." "¡Ah...!", siguió diciendo Olimpia mientras se alejaba. Nataniel la persiguió. De pronto se encontraron ante el profesor. "Lo he visto conversar muy animadamente con mi hija", dijo éste sonriendo. "Bueno, bueno, querido señor Nataniel, si le agrada conversar con esta muchacha tonta, lo recibiré con gusto en mi casa." Y Nataniel se alejó de allí con el corazón colmado de un cielo claro y resplandeciente. La fiesta de Spallanzani fue el tema de conversación de los días siguientes. A pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que resultara espléndida, los más comedidos hablaban de las múltiples cosas inconvenientes y extrañas que habían sucedido, y sobre todo de la mortalmente rígida y silenciosa Olimpia, de la que se decía que era completamente estúpida a pesar de su belleza; eso explicaba que Spallanzani la hubiera tenido oculta durante tanto tiempo. Nataniel escuchaba todo esto con bastante desagrado, pero se callaba. "¿Valdrá la pena", pensaba, "probarles a estos jóvenes que es justamente la estupidez de ellos la que no les permite distinguir el alma profunda y maravillosa de Olimpia?" 5 Seguramente se refiere Hoffmann a La novia de Corinto, de Goethe. "Hazme el favor, hermano", le dijo un día Sigmundo, "de explicarme cómo es posible que tú, una persona inteligente, hayas podido enamorarte de esa cara de cera, de esa muñeca de madera." Nataniel iba a contestarle furioso, pero se contuvo y le dijo: "¿Y tú, Sigmundo? ¿cómo ha podido escapar el seductor encanto celestial de Olimpia a tu mirada tan sensible a la belleza? Pero justamente por eso, gracias al cielo, no te tengo de adversario; porque de ser así, uno de los dos tendría que morir". Sigmundo comprendió cuál era la situación de su amigo, cambió hábilmente de tema, y después de expresar que en el amor no cabían juicios, agregó: "Lo curioso es que muchos de nosotros tenemos una opinión bastante parecida sobre Olimpia. No lo tomes a mal, hermano, pero nos parece extrañamente rígida y como carente de alma. Su cuerpo es proporcionado, también su rostro, es cierto. Podría decirse que es linda si su mirada no fuera tan yerta; casi parece no tener vista. Su andar es extraordinariamente regular; cada movimiento parece el resultado de un mecanismo de relojería. Su manera de tocar el piano, de cantar, tienen ese ritmo insulso y exacto de una máquina, y lo mismo ocurre con su modo de bailar. En resumen, Olimpia nos ha parecido espantosa; no nos ha interesado en absoluto; sentíamos que si bien actuaba como un ser vivo, la. cosa era muy distinta". Nataniel no se entregó al amargo sentimiento que lo acosó al escuchar estas palabras de Sigmundo; dominó su disgusto y le dijo con toda seriedad: "Claro que Olimpia tiene que resultarles espantosa a ustedes, que son fríos y prosaicos. Sólo al espíritu poético se le revela lo que es afín. Sólo yo vi su mirada amorosa, que iluminó mis sentidos y mi mente; sólo en el amor de Olimpia me reencuentro conmigo mismo. A ustedes puede disgustarles que ella no intervenga en conversaciones triviales, como lo hacen otros espíritus simples. Habla poco, es cierto, pero esas pocas palabras son como verdaderos jeroglíficos del mundo interior pleno de amor, y del supremo conocimiento de la vida espiritual en la contemplación del trasmundo eterno. Pero como ustedes no entienden de esos temas, no vale la pena hablar de ello". "Que Dios te ayude, hermano", le dijo Sigmundo en voz muy baja, casi dolorosamente, "pero me parece que vas por mal camino. Puedes contar conmigo cuando todo... no, no voy a decir más nada." Nataniel sintió de repente que el frío, el prosaico Sigmundo quería lo mejor para él, y le estrechó la mano con profundo afecto. Nataniel olvidó por completo que existía una Clara en el mundo a la que una vez había amado. Su madre, Lotario, todos se borraron de su memoria. Vivía solamente para Olimpia, junto a la que pasaba tardes enteras fantaseando acerca de su amor, de la renovada simpatía hacia la vida, de las electivas afinidades psíquicas, y Olimpia escuchaba todo con intensa devoción. Desde las profundidades más insondables de su escritorio rescató Nataniel todo lo que alguna vez escribiera —poemas, fantasías, visiones, cuentos, novelas—, que día a día acrecentaba con sonetos, estancias y canciones disparatadas que incansablemente leía para Olimpia durante horas. Nunca había tenido una oyente tan perfecta. No bordaba ni tejía, no miraba por la ventana ni les daba de comer a los pajaritos, no jugaba con un perro faldero ni con un gato, no se entretenía con recortes de papel u otras cosas y tampoco ocultaba un bostezo tras una tosecilla leve y artifical. En pocas palabras, se pasaba las horas enteras con la mirada fija en su amado, sin moverse, y aquella mirada era cada vez más ardiente, más llena de vida. Sólo cuando Nataniel se levantaba por fin y le besaba la mano y también los labios, decía ella: "¡Ah...!", y después: "Buenas noches, mi amor!" "¡Alma celestial!", exclamaba Nataniel en su cuarto. "Sólo tú, sólo tú me comprendes." Se estremecía extasiado cuando pensaba en la maravillosa armonía que iba manifestándose diariamente entre su alma y la de Olimpia, porque era como si ella le hablara de su obra y de su sentido poético desde lo más hondo de su propio ser, como si la voz de ella resonara realmente por si misma en el interior de Nataniel. Y así tenía que ser, porque Olimpia jamás pronunció más palabras que las ya dichas. Cuando Nataniel pensaba, en instantes de lucidez (por ejemplo en la mañana, al despertarse), en la absoluta pasividad y el laconismo de Olimpia, se decía sin embargo: "¡De qué valen las palabras! La mirada de sus ojos celestiales dice más que cualquier lenguaje terrenal. ¿Puede acaso una criatura celeste introducirse en el estrecho círculo que traza la miserable necesidad terrena?"
El profesor Spallanzani parecía muy contento con la relación de su hija y Nataniel; a éste le demostraba su complacencia con señas inequívocas, y cuando Nataniel se atrevió a insinuar una unión con Olimpia, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dijo que su hija estaba en total libertad de decidir lo que quisiera. Animado por estas palabras, con una pasión ardiente en el corazón, Nataniel decidió que al día siguiente le rogaría a Olimpia que le dijera con palabras lo que su dulce mirada ya le había manifestado hacía tiempo: que quería pertenecerle para siempre. Fue a buscar el anillo que su madre le regalara cuando se fue de su casa, para dárselo a Olimpia como símbolo de su entrega. Mientras estaba en eso, vio las cartas de Clara y de Lotario; pero las dejó a un lado con indiferencia, encontró el anillo, se lo guardó y salió corriendo a casa de Olimpia. Ya en la escalera, y luego en el corredor, escuchó un alboroto extraño que parecía provenir del estudio de Spallanzani. Un ruido como de algo que se rompe, chirridos, golpes contra la puerta y entremedio gritos y maldiciones. "¡Suelta, suelta, infame, maldito!
—Para esto haber trabajado toda una vida.
—¡Ja ja ja! No era esto lo que habíamos pactado.
—Yo, yo hice los ojos, yo la maquinaria.
—¡Al diablo ron tu maquinaria, perro maldito, relojero idiota-fuera-Satanásespera- bestia infernal-espera-fuera-suelta!" Eran las voces de Spallanzani y de Coppelius las que vociferaban y reían así. El profesor sujetaba por los hombros una figura humana de mujer y el italiano Coppola por los pies; tironeaban cada uno para su lado, peleándose furiosos por su posesión. Nataniel retrocedió con espanto al reconocer a Olimpia en aquella figura; enardecido, con una furia salvaje, quiso arrebatarleslaamada a aquellos dos hombres enajenados. Pero en ese momento Coppola se dio vuelta y con una fuerza monstruosa le arrancó al profesor la figura de las manos y le dio con ella un golpe tremendo que lo hizo tambalear y caer de espaldas sobre la mesa llena de redomas, botellas, retortas y tubos de vidrio. Todos los aparatos se rompieron en mil pedazos. Coppola cargó la figura sobre los hombros y con una carcajada estridente y pavorosa bajó corriendo la escalera de modo que los pies de la figura, que pendían en el aire, fueron golpeando los escalones con un ruido sordo de madera. Nataniel estaba petrificado; demasiado claramente había visto que el rostro de cera mortalmente pálido de Olimpia no tenía ojos; en su lugar había dos cavidades negras: era una muñeca sin vida. Spallanzani se revolcaba en el suelo; los vidrios rotos le habían provocado heridas en la cabeza y en el pecho; la sangre manaba a borbotones. Pero consiguió reunir fuerzas: "Síguelo, síguelo, ¿qué esperas? Coppelius, Coppelius me robó mi mejor autómata. Veinte años de trabajo... puse mi vida en ellos... el mecanismo de cuerda... la voz... el andar... míos... los ojos... los ojos que te robó... maldito... condenado... síguelo... búscame a Olimpia, ahí tienes los ojos!" Nataniel vio que un par de ojos sanguinolentos lo miraban desde el piso; Spallanzani se apoderó de ellos con la mano sana y se los arrojó al pecho. Entonces un delirio abrazó a Nataniel con sus garras hirvientes y penetró en su interior arrebatándole el sentido y la capacidad de pensar. "¡Uy uy uy! Círculo de fuego... fuego... gira... lindo... lindo... Muñequita de madera, oh, gira, gira, muñequita de madera." Y diciendo esto se arrojó sobre el profesor y comenzó a apretarle la garganta. Lo habría asfixiado, pero él alboroto había atraído a muchas personas que entraron violentamente, arrancaron del suelo al furibundo Nataniel y salvaron así al profesor, que fue vendado de inmediato. Sigmundo no consiguió, a pesar de toda su fuerza, atar al loco, que seguía gritando con voz espantosa: "¡Gira, gira, muñequita de madera!% y lanzaba golpes al aire con los puños cerrados. Finalmente, la fuerza conjunta de unos cuantos hombres logró someterlo, arrojándolo al suelo y atándolo. Sus palabras se deshicieron en un aullido animal. Así, entre gritos espantosos, fue conducido al manicomio. Antes de que te siga contando lo que pasó después con el desgraciado Nataniel, te diré, por si ello te interesa, que el hábil físico y fabricante de autómatas Spallanzani se ha restablecido totalmente de sus heridas. Debió abandonar la universidad, porque la historia de Nataniel armó gran revuelo, y en todos los círculos se consideró un engaño absurdo y un verdadero abuso llevar una muñeca de madera en lugar de una persona de carne y hueso a reuniones de té formales (Olimpia las había frecuentado con éxito). Los juristas calificaron al hecho dé hábil estafa tanto más condenable por cuanto había sido realizada en perjuicio del público, y con tanta astucia, que ningún hombre (a excepción de algunos estudiantes muy inteligentes) la había notado, a pesar de que ahora todos afirman que Olimpia les había resultado sospechosa y apelan para ello a todo tipo de circunstancias que no revelaron nada razonable. Porque, por ejemplo ¿podía haberle resultado sospechoso a alguien — según lo manifestado por un elegante frecuentador de los tés— que Olimpia hubiese estornudado más veces que bostezado, contra todo uso y costumbre? En primer lugar, según este elegante caballero, el mecanismo oculto hacía cierto ruido, etc. El profesor de literatura y retórica tomó una pizca. de tabaco, cerró la lata, tosió ligeramente y dijo en tono solemne: "¡Estimadas señoras y señores! ¿Ataco no perciben ustedes que se trata de una alegoría, de una metáfora? Ustedes comprenden: ¡Sapientisat!" Pero muchos estimados caballeros no se dieron por satisfechos; la historia del mecanismo automático se había arraigado profundamente en ellos, y comenzaron a sospechar espantosamente de toda persona. Para convencerse completamente de que no amaban a una muñeca de madera, muchos enamorados exigieron a sus amadas que cantaran desentonadamente y bailaran mal, que bordaran o tejieran cuando ellos les leían algo, que jugaran con el perrito, etc., pero sobre todo, que no solamente escucharan sino que también intervinieran en la conversación manifestando un pensamiento y una sensibilidad propias. En muchos casos, esto hizo que la relación se fortaleciera y se hiciera más agradable; en otros, por el contrario, los enamorados fueron separándose más y más. "En verdad, no se pueden poner las manos en el fuego", decían muchos. En los tés se bostezaba constantemente y jamás se estornudaba.
Spallanzani debió huir para evitar un juicio por haber introducido engañosamente un autómata en la comunidad humana. Coppola también desapareció.
Finalmente, también Nataniel despertó de su profunda pesadilla; abrió los ojos .y sintió que una indescriptible sensación de bienestar lo colmaba con una suave tibieza. Yacía en su cuarto de la casa paterna y Clara permanecía inclinada sobre él; no lejos se hallaban la madre y Lotario. "¡Por fin, por fin, mi querido Nataniel! Por fin estás curado de una enfermedad tan terrible. i Ahora eres mío otra vez!" Así le dijo Clara desde lo más profundo de su corazón y abrazó a Nataniel. Éste, a su vez, no pudo contener un torrente de lágrimas de dolor y de placer y balbuceó: "¡Clara, mi Clara!"
Sigmundo, que tan bien se había portado con su amigo en los momentos más difíciles, entró al cuarto en ese momento. Nataniel le tendió una mano: "¡Hermano fiel, no me has abandonado!"
Toda huella de delirio y de locura había desaparecido; Nataniel se restablecía pronto bajo el cuidado constante de la madre, la amada y el amigo. Entretanto, la alegría había vuelto a la casa; porque un tío viejo y avaro de quien nadie esperaba nada, había muerto y le había dejado a la madre, además de una fortuna no despreciable, una linda casita cerca de la ciudad. Allí pensaban mudarse la madre, Nataniel y Clara, que pronto se casarían, y Lotario.
Nataniel estaba más sereno que nunca y valoraba en su totalidad el alma pura y delicada de Clara. Nadie le recordaba tampoco ni con una mínima alusión el pasado.
Sólo cuando Sigmundo se marchó le dijo Nataniel: "Por Dios, hermano, iba por mal camino, pero un ángel me condujo a tiempo hacia el sendero de la luz: fue Clara". Sigmundo no lo dejó seguir hablando temeroso de que volvieran a su mente recuerdos e imágenes que podían afectarlo profundamente. Así llegó el día en que aquellas cuatro personas felices habrían de mudarse a la casita. Hacia el mediodía paseaban por las calles de la ciudad. Habían comprado algunas cosas; la torre del ayuntamiento arrojaba sobre el mercado su sombra gigantesca. "¡Ay!", dijo Clara, "subamos una vez más y contemplemos desde lo alto El Hombre De Arena E. T. A. Hoffmann las montañas lejanas." Dicho y hecho. Los dos —Nataniel y Clara— subieron a la torre; la madre se fue a casa con la criada, y Lotario, sin ganas de subir tantos escalones, decidió esperar abajo. Allá estaban los enamorados, del brazo en el mirador más alto de la torre, y contemplaban los etéreos bosques detrás de los que se erguían, como una ciudad de gigantes, las montañas azules. "Fíjate qué extraña esa mata gris que parece avanzar regularmente hacia nosotros", le dijo Clara. Nataniel introdujo mecánicamente una mano en el bolsillo, donde aguardaban los prismáticos de Coppola ; miró con ellos hacia el costado. ¡Clara estaba ante la lente! Entonces comenzó a sentir extrañas convulsiones en sus venas y arterias; mortalmente pálido, miraba a Clara, pero al. poco tiempo empezaron a arder y crepitar corrientes de fuego en sus ojos revueltos. Aulló como un animal acosado, dio un salto y con una carcajada estremecedora gritó: "Muñequita de madera, gira, gira, muñequita de madera". Luego, con fuerza descomunal, tomó a Clara y quiso arrojarla de la torre; pero ella se aferró desesperadamente a la baranda. Lotario escuchó los aullidos del loco y también los gritos de Clara. Un presentimiento horrible lo estremeció; subió corriendo: la puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara resonaban con mayor intensidad. Furioso y aterrado golpeó y golpeó la puerta hasta que por fin cedió. Los gritos de Clara comenzaban a apagarse: "¡Socorro, socorro, sálvenme!" Así moría la voz en el viento.
"¡Está muerta, el loco la asesinó!", gritó Lotario. También la puerta del mirador estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas desmesuradas; hizo saltar la puerta. ¡Dios Santo! Clara se mecía en el aire, por encima del balcón, en brazos de Nataniel. Sólo con una mano permanecía aferrada a los barrotes de hierro. Con la velocidad de un rayo sujetó Lotario a su hermana atrayéndola hacia el mirador y en ese mismo instante golpeó con el puño cerrado al loco que retrocedió y soltó a su presa. Lotario bajó las escaleras corriendo con su desvanecida hermana en brazos. Estaba a salvo. Nataniel seguía delirando en el mirador. Daba saltos y gritaba: "¡Círculo de fuego, gira, gira, círculo de fuego!"
Al escuchar los gritos salvajes, la gente fue concentrándose; entre todos se distinguía el gigantesco abogado Coppelius que había llegado ese día a la ciudad y se dirigía al mercado.
Los hombres querían subir para agarrar al loco, pero Coppelius, lanzando una carcajada, dijo: "¡Ja ja ja! Esperen, que pronto bajará solo". Y siguió mirando hacia arriba, como los demás.
De repente, Nataniel quedó como petrificado, se inclinó y divisó a Coppelius, y con un grito salvaje: "¡Ah, lindos ojos, lindos ojos!", saltó por encima de la baranda. Cuando cayó sobre el pavimento con el cráneo destrozado, Coppelius ya no estaba entre los observadores. Años más tarde, algunas personas aseguran haber visto a Clara en una lejana aldea, sentada ante la puerta de una linda casita, de la mano de un hombre de aspecto apacible, y ante ella jugaban dos niñitos alegres. Habría que concluir pues que Clara encontró aún la tranquila paz hogareña que anhelaba su sensibilidad alegre y serena, y que Nataniel, interiormente desgarrado, jamás habría podido brindarle.