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6 de diciembre de 2010

Cuatro perros hicieron justicia

Después de dos embajadas, después de una carta escrita a máquina en papel de hilo y de tres o cuatro sobresaltos de teléfono, tuve que decidirme a decir que sí.

Por la tarde, a las seis, el coche se detuvo a mi puerta y antes que yo tuviera tiempo de ponerme los puños limpio. ¡Qué fastidio! Los gemelos no entran; el pañuelo no se encuentra; los zapatos están sucios... Pero ¿no lo sabe también él que soy pobre y plebeyo?... Bueno, vamos.

El coche partió, rodó saltando melancólicamente sobre las pocas piedras que el barro no había sepultado todavía; enfiló callejas de suburbios, recorrió con monótona lentitud anónimos paseos de barrios nuevos; cruzó un paso a nivel, se acercó al campo. Llovía con decidida regularidad, como si hubiera llovido siempre, desde el principio del mundo. Algunas luces rojas entre la niebla, a través de los vidrios empañados. Conmigo, en el coche, había dos hombres, pero yo no les hacía caso. No podía soportar el sonido de sus palabras; prefería escuchar el chirriar de la grava que se rompía bajo las ruedas. Sentía que se trataba de él, de su villa, de su riqueza, de su mujer, de su porvenir, de un poema largo, eternamente, místicamente y sociamente largo..., un Mahabha-rata americano, una Biblia del año 4000, de cuando nosotros seremos también medievo. Pero el fastidio de la lluvia era mejor que todas las más ultraterrenas visiones. El caballo trotaba despacio; luego se detuvo; después se puso al paso. Tenía que remontar una subida; el hombre bajó del pescante y su sombra, con un látigo bajo el brazo, pasaba y repasaba por delante de la portezuela. Reconocía la calle: las cancelas negras, altas, macizas, a través de las cuales había olido las enormes rosas y había azuzado a los perrazos blancos; muros goteantes, desconchados, remendados de verde, con la cal mojada y los vidrios en punta en lo alto... Era mi campo: ¡paseos solitarios de los diecisiete años, idilios con la nada, perfume de violetas apenas abiertas, deseos que nunca fueron cantados!

Habíamos llegado. ¡Qué fastidio! He aquí la puerta abierta de par en par: el camarero mira con ceño de carcelero, pero si no sonríe es porque no lleva bigote. Entramos en el patio. «¡Bonito, grande, hermosísimo! Y aquellas columnas de allí, ¿estaban antes? ¡Qué buen gusto!» El Intérprete sugiere la admiración y da, sin ser solicitado, todas las explicaciones posibles. Henos en el guardarropa: todo pequeño, todo mono, todo limpio. La camarera acude: ¡También ella! «Deme el paraguas, deme el gabán.» ¿Y luego? ¡Qué maravilla verme en americana, en simple americana! ¡Y ni siquiera es mía!

Un camarero se acerca con un cepillo con la idea de limpiarme los zapatos. «No, amigo mío -le respondo entre mí-, ¿no sabes que soy plebeyo como tú y que me gusta andar con mis piernas, que son piernas de hombre, más que con las de los animales?» Pero, para no gastar demasiadas palabras, retiro los pies y me encamino hacia la antecámara con los zapatos enfangados y las manos más nerviosas que de costumbre.

El Intérprete nos empuja hacia el salón. Divanes rojos, sillitas de encina, vírgenes apócrifas y doradas, muchas luces eléctricas y alfombras de Siria. Miro a mi alrededor: ahora somos cuatro: yo y el Apóstol, y luego el Intérprete y el Anticuario.

¿Qué he hecho para estar aquí? ¿Por qué he venido? ¿A quién esperamos?

Para calmar mi impaciencia, pongo las manos sobre un librazo cubierto de un cuero viejo pelado. Todavía hay trazas de oro en la encuademación. Abro un broche de latón, pero entonces se levanta un tapiz y entra, majestuoso, pero esbelto, nuestro huésped, mister Dayson en persona. Es la primera vez que lo veo: tendrá unos cincuenta años; la barba gris, la frente despejada, una corbata blanca bajo la barbilla, las manos enormes. Es un buen muchacho: se ve en seguida. Grandes apretones de manos y muchos: How do you do? y: I am very glad...

Nos sentamos en un arcón esculpido, negro, más alto que las demás sillas: mister Dayson, en medio; yo a un lado, y el Apóstol al otro. Sobre nuestras cabezas cuelga, a guisa de cómico castigo, el retrato de mister Dayson realizado por un tal Whistler que no se avergüenza de él. ¡Hablemos! Pero ¿de qué? El señor Dayson sabe el italiano como yo sé el americano, es decir, muy mal. Él deglute el principio de una pregunta italiana, yo balbuceo la mitad de una respuesta inglesa. Pero ¿no está el Intérprete? Helo aquí todo sonriente, con la cara pálida a fuerza de lavársela, con la camisa blanca, vestido de negro, gesticulando a saltos como un autómata de sastrería, todo feliz de hacer de intermediario entre los hombres. Así empezamos una seria conversación: los nombres de Kant, de Nietzsche atraviesan el aire pesado del salón, que huele a radiador y a rosas. ¡Oh aire húmedo y libre que se respira entre los olivos mojados! Han dicho a mister Dayson que yo soy filósofo y él me tortura con su filosofía. Habla despacio, sentencia, sonríe, mira a su alrededor, interroga con sus ojos grises, se detiene para repetir sus argumentos; el Anticuario lo acompaña con una mueca sardónica, pero el Intérprete sonríe extasiado como un ángel de porcelana, como un pequeño Buda. Siento que me pasan por la cara tufaradas de revista semanal de Boston. Estamos en Schelling, hemos llegado a Mazzini. También los mártires de barbas blancas son profanados entre una sonrisa y otra, ante las alfombras de Esmirna. Me levanto: ya no puedo más.

¿Por qué me han llamado a esta villa florentina enjalbegada, refaccionada, restaurada, repintada, arreglada, alfombrada y renovada por el gusto americano? Me habían llamado para comer, y en cambio charlamos sin libertad. Por fortuna, se oye un rumor: la señora, mistress Dayson, aparece. El marido es el primero que sale a su encuentro, parece que la acaricia con sus grandes ojos grises de buey. Mistress Dayson se ha puesto guapa: ¿para quién? Es una mujer, ¡ay de mí!, en los últimos límites de la juventud. Un año más, dos y ya no podía decir que cumplió treinta y cinco el mes anterior. Es alta, va vestida de blanco; escotada, pero no demasiado; dos hileras de perlas le recogen los cabellos. Nos mira desde lo alto de sus ojos de turquesa como si fuera una reina. Y yo también la miro: su piel ligeramente agrietada, hipócritamente arrugada, me da casi piedad. Sin embargo, es preciso también inclinarse ante la reina. El elegantísimo Intérprete se precipita para traducir los necesarios cumplidos.

Los míos se reducen a unas simples «Buenas noches». Entonces mister Dayson, que se ha dado cuenta tal vez de mi triste salvajismo, me toma del brazo y me lleva a ver las maravillas de la casa: ante todo, las del salón.

-Esa copa de mármol es del tiempo de Fidias -afirma la vocecita eunuca del Intérprete, que nos sigue como un perro-; estas telas son indias; estos vasos son de la Magna Grecia; estos platos azules los he comprado en Persia; esta extraña estufa de hierro proviene de Siberia; esta Sagrada Familia es de escuela veneciana; este mar pintado es del célebre Serra, y aquel busto es del siglo XV, y aquel puñal...

¡Oh, el bonito puñal damasquinado, con su vaina cubierta de terciopelo rojo, con su hoja bien afilada y su punta bien puntiaguda! «¿Por qué -pienso- este señor Dayson no mata a su mujer con ese puñal? ¡Una bonita muerte de estetas, en una villa de Fiésole, en una fría noche de febrero!» Pero el señor Dayson no está satisfecho: es preciso seguirlo hacia arriba, a las otras habitaciones. Subimos la escalera, muelle y silenciosa por las alfombras; atravesamos salitas y salones con muebles secesionistas e imitaciones del siglo XVI; galerías con sólidas columnas de estilo toscano, y luego largos pasillos con aguafuertes en las paredes, y grandes despachos con libros por todas partes, libros bien encuadernados, limpios, intactos: libros no leídos. Pasamos a la habitación del matrimonio; subimos más. Encontramos otro gabinete, otra galería, luego una terraza cubierta, con sillas de mimbre, sillones inmensos, divanes sultanescos, bustos de mármol severos e insignificantes. Este es el santuario de mister Dayson; el último reducto de su vida, su pensador de gala. Ya que mister Dayson no es un hombre corriente, no es simplemente uno de los muchos americanos que vienen a Italia para hacer de señores con poco dinero. Es un hombre de letras, un apóstol, un escritor, puedo incluso decir un poeta desde el momento que esta palabra se ha concedido a todos los que hacen versos, e incluso a los que no los hacen. Es preciso saber, en suma, que mister Dayson es, como todos los hombres ilustrados de su tiempo, un socialista, pero no un socialista común o vulgar, sino uno de aquellos que pronuncian discursos en salas bien caldeadas, que imprimen libritos con cubierta roja y hacen a sus hermanos, no ya el sacrificio de su vida -son pacifistas incluso dentro de sus paredes domésticas-, sino aquel bastante más pesado de algún centenar o millar de monedas de cinco francos. Mister Dayson es, en suma, un socialista presentable, un socialista de lujo. Si se hubiera quedado en su país sería jefe de algo, tal vez de un ejército, de un partido, de una iglesia, pero él ha preferido, como Washington, retirarse del campo de sus hazañas. Él sabe que el mundo espera muy otra cosa de él y no quiere defraudar a la humanidad. Por eso ha tomado a su mujer y a sus millones y ha venido a Italia, a curarse el corazón y a componer un poema en cincuenta cantos. Mientras los trabajadores se fatigan con los martillos y bajo tierra, él se tumbará en una aireada galería italiana a componer cuartetas para anunciar la futura edad feliz. A cada uno su misión, la suya es cantar la revolución después de haber deglutido una buena comida bajo los artesonados de un techo del siglo XVI.

Ahora yo escribo estas cosas con cierta calma, pero cuando mister Dayson me arrastraba de cuarto en cuarto y de galería en galería, con el frívolo Intérprete a la espalda, me encontraba tan mal como si hubiese tenido una serpiente alrededor del pecho.

«¡Pedazo de sinvergüenza! -decía entre mí-. ¿Tienes el valor de escribir en las revistas rojas y de querer salvar al pueblo? ¿Y estás aquí, en una casa que te cuesta medio millón, con siete criaturas humanas a tus órdenes y varios millones en tus cajas? Y, no contento con esto, vienes aquí, a mi casa, sobre la más dulce colina toscana, en medio de mis olivos, en medio de los cipreses, en una villa de mi pueblo, en una bella y sólida casa que tú ensucias y ofendes con tus espantosas mezclas anticuarias y neoyorquinas. ¡Fuera de aquí, mala bestia, fuera en seguida!»

Creo, en serio, que si el código no castigara el homicidio habría agarrado por el cuello a mister Dayson y no lo hubiera dejado hasta que hubiese oído caer su cabeza sobre la alfombra. Tal vez tuve un estremecimiento de presentimiento, porque se apresuró a volver a bajar al salón. Desde el salón quiso por fuerza que pasara al jardín. Las galerías de la casa se iluminaron. Fuimos a tientas bajo la lluvia hacia una gran terraza que avanzaba como el espolón de una fortaleza en dirección al valle.

-Desde aquí -decía con aire de triunfo mister Dayson- se ve toda la Toscana. Allí Vallombrosa, allí Pisa, allí los montes Apuanos, y por esta parte Mugello y Vallarno, un poco de Casentino: toda la Toscana.

No se veía nada -sólo densos perfiles negros a través de la niebla y de la oscuridad-, pero yo lo veía todo: veía mi tierra divina con sus ríos de plata y sus casas color de sol y sus montes azules encipresadosr toda mi tierra a los pies de este intruso filántropo barbudo. No, no y no: decía mi corazón. Pero a mi alrededor todo estaba oscuro y frío. Ninguna voz respondía a mi rabia. ¿Dónde estaban los dueños de este país? ¿Nadie gritaba?

Una mujer nos llama a través de la niebla, desde el límite rojo de la luz. Entramos de nuevo en la casa. ¡Valor!

Gracias a Dios, anuncian que la cena está servida. Mister Dayson me da el brazo; el Anticuario se pone a disposición de la señora; el Intérprete menea la cola, y el Apóstol viene el último, más ceñudo y neurasténico que nunca. Me encuentro sentado ante una gran mesa dispuesta; delante de mí hay cinco vasos, dos platos, dos tenedores a un lado y dos cuchillos a otro. Pienso en cuando como en el campo, solo, con dos lonjas de jamón en un papel amarillo, un pedazo de pan; diez dedos como manteles y el cielo y los pájaros sobre mi cabeza.

A mi lado hay una mujer que hasta ahora no había visto: es una dama de compañía de la falsa reina, la secretaria del señor, tal vez la maestra del chico. Es una señorita prusiana que habla siempre inglés y alguna vez italiano. Tal como está, bastante descotada y con dos valientes ojos meridionales, es la mujer más mirable de la casa.

Mientras tragaba con alguna incertidumbre una pasta harinosa que recubría apenas el fondo de un gran plato sopero con flores seudocampesinas, mister Dayson reanudó la conversación. Los nombres de Fichte y de Engels resonaron una vez más en medio del gorgoteo y del chirriar de las palabras transatlánticas. La corbata blanca ondulaba y se hinchaba bajo la barbilla del elocuente anfitrión. La señora callaba y admiraba; el Intérprete reía, asentía y traducía; el Anticuario comía con su lustrosa cabeza inclinada; el Apóstol confiaba al oído de la prusiana los nombres difíciles de poetas mal traducidos. La rabia me hacía más silencioso que nunca. Contestaba que sí y que no y, contra mi costumbre, comía poquísimo. Pero los cinco vasos pequeños y grandes puestos delante de mí no me intimidaban: bebí vino blanco y vino tinto, vino alemán y champaña francés, con la firme intención de calentarme y dar un escándalo. La conversación seguía. Mister Dayson correteaba como una liebre por la historia americana. El pobre Emerson fue sacrificado en pocas frases; el gran Walt Whitman apareció un momento y sufrió su tirón de orejas; Lincoln y Thoreau salieron de la sombra y aparecieron bajo su verdadera luz de precursores de mister Dayson. Y dado que yo bebía, bebía también él. Iban pasando pedazos de asado, montañas de zanahorias, papas sin aliñar, panecillos sepultados en cándidas salsas compactas, apios crudos, pajaritos transfigurados, aceitunas en vinagre y almendras saladas; pero el señor Dayson no les hacía caso. Él bebía y hablaba, y la revolución social espumeaba en sus palabras como en una copa de champaña. Yo lo entendía a medias, pero sudaba lo mismo que si lo hubiese entendido. Una frase ingeniosa del anticuario desvió por un momento la conversación, y hasta la reina se dignó decir algunas palabras entre el Intérprete y el Apóstol. Pero el señor Dayson volvió a tomar la palabra y ya no la soltó.

Bordeamos la más alta metafísica: ni siquiera la llegada de un gran dulce de chocolate interrumpió una inconveniente comparación entre Platón y Longfellow. Improvisamente, sin embargo, mister Dayson dejó la filosofía. Estábamos al final de la comida y de las botellas: en el momento orgiástico del bajo optimismo filisteo.

-Hay tres cosas -anunció mister Dayson en voz alta y satisfecha en medio del silencio de todos- que me hacen confiar en el mundo. La primera es ésta: que no existe en el mundo una criatura tan perfecta como la señora Dayson; la segunda es que los derechos de las masas proletarias son reconocidos por aquellos mismos que deberían negarlos; y la tercera es que no veo por ninguna parte a nadie que se me parezca.

Y dicho esto, otra copa de champaña. La reina sacudió con aire compasivo su cabellera amarilla emperlada, pero se veía que estaba en el colmo de la felicidad; el intérprete rió con aquella risa suya a saltos, con aquella risa mecánica made in Germany. Los otros contemplaron el gran jarro lleno de muguetes que había en medio de la mesa y no tuvieron el valor de reírse. Yo ya no podía más.

Me levanté en medio de la sorpresa general: sentía que la cara me ardía. Miré a mister Dayson a los ojos: él abrió la boca, tal vez para preguntarme qué me pasaba, pero en aquel momento se oyó ladrar un perro. El señor Dayson agarró la ocasión por los pelos y exclamó:

-¡Mis pobres perros! Esta noche no los he hecho entrar. ¿Quiere ver mis perros?

Y así diciendo se levantó también él y corrió a la puerta. Yo me dejé caer en la silla, humillado y molesto por el estúpido contratiempo. Las señoras empezaron a asustarse. La prusiana me juró en voz baja que los perros eran malcriados y feroces y que saltaban de tal modo, para hacer fiestas, que solían destrozar los vestidos de sus dueños. Oí un gran estrépito de sillas en la habitación de al lado y un confuso galopar. Cuatro perrazos entraron corriendo, meneando las colas, golpeando con ellas las sillas y las mesas, jadeando ruidosamente, saltando, como fieras puestas en libertad. Eran cuatro hermosos perros de las marismas, altos, fuertes y jóvenes. Estaban la perra madre y el perro padre y dos vigorosos hijos, tan altos y musculados como sus progenitores. Mister Dayson, en pie en medio de ellos, parecía querer calmarlos con los gestos de su mano e hinchaba el pecho con orgullo, como un domador novato en medio de los leones. Los perros corrían por la habitación, resoplaban, ponían las patas encima de todos, arrugaban el morro enseñando los dientes.

Entonces un recuerdo se me presentó y de repente vi la certidumbre de la venganza. En la montaña, estando con los pastores, había aprendido el silbido que llama a los perros marismeños y los lanza al asalto de los lobos y de los ladrones. Entonces, ante el asombro de todos, silbé: silbé con todo el aliento de mis pulmones y toda la fuerza de mi rabia.

Las bestias comprendieron, se acordaron y obedecieron -aunque habituadas a la esclavitud- al antiguo instinto. Sin escuchar nada, asaltaron a todos, mordieron las piernas de las señoras, desgarraron el blanco vestido de la dueña, derribaron al suelo a la pequeña prusiana con su silla, saltaron a los ojos del Intérprete, derribaron la mesa con todas las cosas, todas las flores, todos los cristales, todos los platos pintados, ladraron y aullaron como si estuvieran enfurecidos y, saltando por todas partes, rompían, derribaban, destrozaban y lo trastornaban todo. El bonito comedor, con sus blancos manteles y su alegre lámpara y sus ramos olorosos y sus sillas talladas, parecía un infierno en el que cuatro demonios peludos persiguieran y martirizaran a siete condenados.

Volví a silbar y los ladridos furiosos me respondieron dominando los gritos y quejidos de los asaltados. La venganza que los hombres ni siquiera se atrevían a imaginar, las generosas bestias de la Marisma la habían realizado con todo el ímpetu de su raza robusta.

No escondo que me sentí de repente libre y satisfecho. También yo tenía un desgarrón en los pantalones, un mordisco en la mano y la chaqueta inundada de vino, pero no me importaba: mis ojos debían de chispear como los de un Mefistófeles de buen humor.

Ahora ya no tenía nada que hacer allí. Los criados habían acudido para atar a los perros y la voz de mister Dayson había cambiado. Yo, aprovechando la confusión, me deslicé fuera de la habitación, corrí a recoger el sombrero y el gabán y salí, mientras los perros seguían aullando entre los gritos enronquecidos de los hombres. Regresé a casa a pie, bajo la lluvia, y cuando me desnudé para meterme en la cama me di cuenta de que tenía los zapatos más enfangados que de costumbre.

24 de marzo de 2010

Las almas permutadas

Tanto Uno como Otro eran sanos y tenían unos treinta años. Habían comido en las mismas tabernas, se habían sentado juntos en los conciertos y se habían prestado libros. Muchas veces Uno había ofrecido cigarros a Otro y éste había aceptado, pasándole, a cambio, la última revista que tenía en el bolsillo.
Pero, si no me equivoco, sus relaciones no habían sido nunca más íntimas que esto, y si alguna vez se habían estrechado la mano, Uno sentía, a través de los guantes de piel afelpada, que los blandos dedos de Otro no se entretenían con excesiva cordialidad.
Y sin embargo, Uno y Otro no se parecían a nadie de aquellos entre los que vivían, aunque tampoco se parecían entre ellos, y no me asombraría en absoluto que detrás de su silencio nacieran pensamientos bien curiosos. Pero los hombres extraños son tan corrientes que ahora ya no nos preocupamos de ellos.
Lo que supe después conmovió mi indiferencia. Parece ser que un día, mientras paseaban juntos después de la comida, Uno dijo a Otro:
-¿Estaría dispuesto a hacer conmigo un cambio importante?
(Esto fue dicho sin ninguna preparación. Entre ellos nunca habían hablado de asuntos personales.)
-Haría con gusto cualquier cambio, con tal que no perdiera demasiado -respondió Otro.
-El cambio que le propongo no se puede calcular. No podemos saber anticipadamente quién pierde o gana.
-Mejor. No busco el riesgo, pero tampoco lo rehuyo.
-Me temo que no crea posible el cambio que quiero proponerle.
-No es necesario que yo lo crea posible antes. Si lo puede llevar a cabo, creeré en él de todas maneras.
-¿Me promete, si lo rechaza, que no dirá nada a nadie?
-Le prometo todo, con tal de saber en seguida de qué se trata.
-Yo quería proponerle que permutáramos nuestras almas.
Otro sonrió y se detuvo. No se apresuró a responder, porque no quiso demostrar que la imprevista propuesta lo había asombrado demasiado. (Verdaderamente, cuesta creer que tal diálogo haya sucedido en el paseo de una gran ciudad.)
Uno tuvo que detenerse y, después de haber tenido el valor de arriesgarse a hacer la propuesta, no tuvo fuerzas para sonreír como Otro. Pero éste lo sacó en seguida del embarazo, diciendo:
-¿Por qué no? ¿Cree usted verdaderamente que es posible?
Otro, precisamente porque era un escéptico, prefería los pensamientos que nadie había pensado. Uno, enardecido, se entregó a exponer una teoría sobre las almas, sosteniendo, con mucho empeño, que en todo el mundo sólo hay una persona, que esta persona tiene muchas almas, innumerables almas contemporáneas, y que esas almas, para distinguirse, se crean cada una un cuerpo recogiendo la materia.
...Pero Otro no podía sufrir la metafísica.
-¡Basta, basta! -exclamó en lo mejor de la demostración-. Todo eso es perfectamente inútil para nuestra finalidad. A mí me importa saber si este cambio se puede hacer de verdad, de manera rápida y no dolorosa. Todo lo demás, perdóneme, es música celestial.
-¡Sea! -asintió Uno-. Veo que es usted un hombre práctico, y esto me agrada, porque yo no lo soy. Pero le diré que el problema de la sustitución de las almas es tan soluble que ya ha sido resuelto. Yo, que hablo, ya no tengo el alma con la que nací. Hace algunos años la cambié con la de un poeta que no conseguía ganar lo bastante con su alma de vagabundo, mientras yo puedo vivir de rentas. Como ve, soy un experto en estas permutas. ¿Acepta o no acepta?
-Ya le he dicho que no soy en absoluto contrario. Permítame solamente que le pida dos condiciones: ante todo, estaremos juntos por lo menos un mes, hablando mucho de nosotros mismos, para conocer mejor las respectivas almas. Por otra parte, si al cabo de un tiempo uno de nosotros ya no quisiera la nueva alma, queda entendido que nos restituiremos las que ahora poseemos.
¿Cómo podía Uno negar dos peticiones tan razonables? Así empezó, a partir de aquel día húmedo y oscuro de enero, el mes de hermandad de Uno y de Otro.
Los dos tenían mucho interés en hacerse bellos, en engañarse, en esconderse, en inventarse. Uno deseaba ardientemente hacer el cambio porque su alma de poeta no le permitía procurarse una vida tranquila y cómoda. Otro estaba estimulado por la curiosidad, por el inquieto deseo de lo nuevo.
Los dos se encontraban, por ello, en esta extraña condición: que cada uno tenía necesidad de despertar el deseo del otro y, para hacerlo, cada uno tenía que adivinar los gustos del otro; pero, por otra parte, cada uno de ellos, para presentarse de la manera más atractiva, se veía obligado a esconder algunos aspectos personales menos visibles y por ello, probablemente, más profundos. Para quien no comprenda estas sutilezas, diré, en dos palabras, que cada uno, para engañar bien, hubiera tenido necesidad de la sinceridad del otro, y que la sinceridad de uno hubiera bastado para convencer al otro de que no valía la pena de engañarlo.
Para explicarme mejor diré que Uno -el poeta- intentó mostrarse más práctico y que Otro -el práctico- se ingenió para parecer más poeta, y que Uno intentó persuadir a Otro de que solamente los poetas pueden poseer profundamente el mundo verdadero, y que Otro dio a entender a Uno que solamente los hombres prácticos pueden apoderarse del mundo concreto, el único existente.
Por otra parte, Uno hizo todo lo posible para hacer creer a Otro que también los poetas saben hacer cuentas y, en ciertos casos, incluso ganar, y Otro se dejó arrastrar a decir que también las personas prácticas tienen afán de fantasía y ráfagas de imaginación.
-Pero si todo esto es verdad, ¿por qué quiere cambiar? -preguntó Otro.
-¡Para probar, para conocer, para tener nuevas experiencias!
Verdaderamente, nunca he sabido con exactitud de qué hablaron Uno y Otro durante el mes que estuvieron juntos, pero no hace falta mucho para adivinarlo. Se contaron su vida acomodada y transfigurada, según los supuestos gustos del oyente; se hicieron todas las confidencias que no podían comprometerlos; atenuaron algunas aventuras muy graves, hasta el punto de transformarlas en pequeñas anécdotas, mientras se aprovechaban de algún hecho verdadero de poca monta para agigantarlo y hacer con él un capítulo de Plutarco o de Casanova.
Durante aquel tiempo, por deseo de Otro, vivieron juntos, en la misma habitación, sin separarse nunca ni para comer, ni para pasear, ni para dormir. Suprimieron las visitas, olvidaron los conocidos, omitieron los asuntos. Discutieron y prepararon toda la parte práctica del asunto, y cuando llegó el gran día del cambio, sólo faltaba la definitiva voluntad de los dos amigos.
La voluntad no faltaba ni a Uno ni a Otro, y, durante la noche que precedió al día treinta y uno de convivencia, la transmisión de las almas se llevó a cabo sin ninguna dificultad.
Parece ser que la operación tuvo lugar durante el sueño, es decir, en el momento en que las almas, según una vieja teoría todavía no desmentida, dejan el cuerpo y van por su cuenta en busca de aventuras que poder contar al despertar.
Cuando la mañana estuvo cerca, el alma de Uno entró en el cuerpo de Otro y la de Otro en el cuerpo de Uno. Ninguno de los dos experimentó el más pequeño sufrimiento. Cada uno se despertó con el alma deseada, con el alma nueva y, cuando notaron que todo estaba hecho, se abrazaron conmovidos, en silencio. Desde aquel día empezó para Uno la tercera vida, y para Otro, la segunda vida de este mundo.
Cada uno de ellos, con la nueva alma, se fue por caminos diversos. En el fondo, nada había cambiado entre ellos, porque las dos almas, aunque hubieran cambiado el cuerpo, eran las mismas; sin embargo, sintieron en seguida la necesidad de alejarse, como si experimentaran una imprevista repulsión después de la íntima amistad de los días pasados. ¿Quién no comprende en seguida la razón? El alma lo contiene todo, incluso el recuerdo del pasado, incluso aquello que más se esconde a los otros.
Cada uno de nosotros -con excepción del santo- es muy indulgente para consigo mismo. Intentamos no recordar las vilezas, las debilidades, las infamias cometidas; esconder y negar lo feo de nuestro carácter y, a fuerza de querer olvidar y esconder, se termina por creer que nuestra alma es pura y nuestro pasado está limpio.
Imagínense, pues, que entre en ustedes, de repente, el alma de otro. En seguida, después de una primera exploración, sentirán el mal olor de los vicios escondidos, descubrirán los rincones oscuros y se maravillarán de la cantidad de imbecilidad y de vileza que puede contener el alma de un caballero inteligente. El otro, naturalmente, hará el mismo descubrimiento en el alma que le han dado y tendrá razones de horror semejantes.
Así sucedió a Uno y a Otro: en ellos el desprecio se convirtió en odio, porque cada uno descubrió en el alma que había recibido lo que esta alma había pensado de la otra antes de pasar al nuevo cuerpo.
Uno descubrió en la memoria de Otro que éste lo había considerado como un vago vanidoso, ligero y sabihondo; Otro encontró en la memoria de Uno que éste lo tenía, antes del cambio, por un ser burdo, estrecho y orgulloso. Aunque las almas habían sido permutadas, el amor propio retrospectivo sufría y cada uno pensaba: «¡Qué alma tan terrible me ha tocado!»
Vivieron bastante tiempo alejados y cada uno buscó improvisar una nueva vida. Cada cuerpo, como consecuencia del cambio de habitante, tuvo que cambiar de costumbres y actividades. Otro, convertido en poeta, se fue a la montaña y se divirtió vagando por los campos. Uno se retiró a París y frecuentó la Bolsa. Así pasaron dos años, pero al cabo de este tiempo, a Uno lo asaltó una gran nostalgia de su alma pasada, de la que sabía algo a través de los recuerdos del alma de Otro, que ahora tenía dentro de sí, y volvió a la ciudad donde tuvo lugar el intercambio para solicitar la restitución.
Otro, en cambio, era muy feliz y había acabado por adaptarse perfectamente a su nueva alma. El alma del poeta se había vuelto verdaderamente suya. Todo lo feo estaba cubierto por la ceniza del tiempo y por las frondas de la vanidad, y Otro gozaba de los árboles, del cielo, de las aguas y de las palabras como un extático.
Es más, le había llegado una fortuna: se había enamorado de una mujer que estaba enamorada de él. Desde hacía algunos meses vivían juntos, en una casa rodeada de arroyos y de pájaros, y Otro recordaba con desagrado lo que había sido antes, cómo se había visto mientras su alma actual estaba en el cuerpo de Uno. Pero éste consiguió pronto encontrar el refugio de Otro y se presentó con bruscas maneras para pedirle el alma que le había dado; el alma que había sido suya. Los dos hombres, encerrados en un cuarto, gritaron toda una mañana sin ningún provecho. Otro no quería en absoluto restituir el alma con la que se encontraba tan bien en el mundo, y sostenía su derecho sin ninguna piedad. Hablaba a grandes voces, sin pensar que su mujer podía oírlos y, tal vez, dejar de amarlo al descubrir que aquella alma que la había enamorado no era la verdadera alma del amado. En efecto, la mujer escuchó durante mucho tiempo a la puerta, pero, como los dos gritaban a la vez sobre un intercambio tan extraño que a nadie podía ocurrírsele fácilmente, no entendió nada.
Cuando Uno salió, al fin, cerrando furiosamente la puerta, la amante se precipitó dentro del cuarto y encontró a Otro sudando, con la cara enrojecida y malhumorado.
-Se trata de un viejo acreedor -dijo, respondiendo a la pregunta de los ojos-, pero de un acreedor que no tiene ningún derecho a reclamar lo suyo.
No quiso decirle más. Comprendía que la confesión hubiera puesto en peligro su amor. La mujer amaba, sobre todo, su espíritu, su carácter, sus sueños, y por eso seguramente hubiera amado lo mismo aunque el alma hubiese vuelto a otro cuerpo, pero el pobre Otro amaba también con su cuerpo y no quería que el cuerpo de ella se le escapara.
Uno estaba fuera de sí por la rabia y, sin pensar en lo que hacía, fue a ver a un abogado y le expuso con gran calor su caso. El abogado, no pudiendo refrenar su elocuencia de ninguna manera, dejó que se desahogara, pero, apenas hubo terminado, le dijo:
-Querido señor, su asunto es muy interesante, pero creo que lo han dirigido mal. A usted le hace falta un médico y no un jurista.
Uno no se desanimó y expuso de nuevo su caso a un segundo abogado. Éste lo tomó más en serio y le dijo claramente que en el Código no había ningún artículo que hiciera referencia a una permuta tan extraordinaria, que faltaban los documentos del intercambio y que, por otra parte, él mismo reconocía que la retrocesión debía admitirse de común acuerdo, lo que, evidentemente, era imposible.
Uno pensó entonces en prescindir de los abogados, defenderse por sí mismo y denunciar el caso ante un tribunal. Encontró, por fortuna, a un juez inteligente, el cual, en lugar de hacer encerrar al pobre Uno en un manicomio, llamó a los dos contendientes para saber la verdad y, en su caso, ponerlos de acuerdo. Pero Otro sostuvo su tesis, jurídicamente legítima, de que el contrato había sido hecho contando solamente en la buena fe recíproca, y que el querellante reconocía que no se podía volver atrás más que en caso de perfecto acuerdo.
-Este acuerdo -decía- no existe y no puede existir, porque yo me encuentro bien con el alma que poseo y no quiero, en absoluto, volver a tener la antigua. La proposición del intercambio no ha salido de mí, sino de él, y es justo que sea él quien sufra las consecuencias del riesgo que ha buscado.
Uno lloraba silenciosamente y no sabía qué contestar. Se arrojó a los pies de Otro, rogó, suplicó, improvisó las más patéticas imploraciones que un hombre pueda dirigir a otro hombre, pero de nada le valió. Otro estaba demasiado apegado a su alma y a su mujer.
Uno salió de la casa del juez todo blanco, descorazonado, humillado; se encerró en un hotel y no salió de casa durante dos meses. Finalmente, una tarde -era en febrero- pensó que un poco de música le haría bien y quiso ir al teatro. Nevaba y Uno no iba bien tapado. A la mañana siguiente no se levantó de la cama, estuvo muy mal durante una semana, lo trasladaron a un hospital y sintió que la muerte se acercaba. Su cuerpo no había podido adaptarse nunca a la nueva alma.
Pero, antes de morir, pensó en la venganza. Recordó que el alma que él deseaba tan ardientemente volver a tener no había sido suya desde el nacimiento. La había obtenido, en cambio, de un pobre poeta, que, una vez librado de su incómodo espíritu, había podido llegar a ser un gran terrateniente. Uno sabía dónde vivía y le escribió una larga carta explicándoselo todo. La carta terminaba así:
Ahora que ha hecho fortuna, podría permitirse, creo, volver a tomar el alma que me cedió en la juventud. Entonces le impedía ser rico, pero hoy le serviría para gozar más notablemente sus riquezas. Vaya a casa de aquel a quien, en un momento de loca curiosidad, la cedió y no le dé paz hasta que se la devuelva. Usted será feliz, y, además, vengará a este infeliz bienhechor suyo.
Al cabo de dos días éste corrió al hospital, y llegó a tiempo de obtener todas las noticias que le hacían falta para recuperar su alma nativa. Poco después Uno moría, y el propietario -el verdadero propietario- se puso en acción para vengarlo. Fue a ver a Otro y le dijo resueltamente:
-O me devuelve mi alma o se lo cuento todo a su mujer. Para mañana tengo necesidad de una respuesta.
El medio elegido era demasiado brusco. ¿Qué le importaba a Otro tener un cuerpo si el alma se iba, si la mujer no le amaría ya? De todas maneras, perdería lo mejor de sí mismo y de su vida. Y entonces se oyó, en el silencio de la casa campestre, el acostumbrado disparo de arma de fuego que termina tan bien con todas las situaciones embrolladas.
Cuando a la mañana siguiente llegó el propietario para la respuesta, encontró a un cuerpo vivo que sollozaba sobre un cuerpo muerto: el sabio señor vio que no merecía la pena hacer revelaciones.

21 de enero de 2010

Quien me ama, muere

1
Todos los que me hablaron de Gherardo Solingo antes que yo lo conociera me dijeron las mismas cosas. Me lo imaginé, a través de las palabras de mis insulsos informadores, como una bestia inquieta, escapada de su dueño, rabiosa contra sí misma y contra todos, enemiga de la faz de los hombres. Me reí un poco, y un poco lo desprecié. ¿Quién era ese misántropo melindroso que quería rehacer, bajo los ojos de los campesinos, la altiva vida de Timón?
Yo estaba precisamente en lo más alto del cerro pedregoso, y desde allí veía su casa, al fondo del valle duro y boscoso, al final del prado que bajaba hacia el río; en el prado que era suyo. Lo veía, por la tarde, salir de su casa, sin levantar los ojos, y verter una caldera de papas hervidas a un cerdo que hozaba siempre allí cerca. Más tarde volvía con otro caldero de bazofia y, mientras el puerco gruñía de alegría, su solitario dueño contemplaba el cielo o daba unos pasos por la hierba; luego, algunas veces, se paraba de repente, estaba quieto durante algunos minutos, levantaba los ojos al cielo y en seguida, casi como por miedo, volvía a bajarlos y regresaba a casa: al cabo de un rato se veía el resplandor de la luz en las ventanas y con frecuencia esta luz duraba toda la noche.
El lugar donde vivía aquel hombre solo era feo, ahogado entre los montes, apartado, poco fértil. Y, sin embargo, estaba allí desde hacía tres o cuatro años y, siempre con rabia y desprecio, recibía poquísimas cartas (casi siempre certificadas), y no iba nunca ni a las ferias ni a la iglesia. Parecía que hiciera las cosas a propósito para que lo tomaran por el héroe de una novela tenebrosa. Y, sin embargo, en veinte millas a la redonda sólo había campesinos y éstos no hubieran podido contentar -si hubiese sido un payaso posador- su vanidad de hombre voluntariamente extraño. Por eso me persuadí, poco a poco, de que su retiro no debía de ser charlatanesco, sino efecto de una seria resolución y de algún caso extraordinario no simulado.
A fuerza de pensar en él y en las razones de su vida escondida, fui tomándole afecto. Decir afecto acaso es demasiado, pero sí había nacido una media simpatía. ¿Por qué? Quien me conoce me entenderá en seguida.
El hecho es que no solamente lo espiaba por la tarde, sino también por la mañana. En cuanto el sol se elevaba un palmo sobre la montaña de Oriente, iba a la roca más elevada de mi cerro, me sentaba sobre la piedra desnuda, miraba hacia abajo, hacia el prado y la casa todavía en la oscuridad. El solitario salía, un poco más tarde, y llevaba de comer a su cerdo, única bestia que tenía consigo. Luego se tendía en el prado y leía. Cuando el sol tocaba allá abajo, se levantaba y volvía a la casa. Pasaba algunos momentos, y una nube de humo azul salía de la chimenea, y luego nada más durante todo el día.
Si, como otras veces, hubiera estado atraído y agarrado por algún trabajo verdaderamente mío, no me hubiese preocupado por aquel vulgar ermitaño. Pero en aquel verano ocioso, en aquel cerro estéril, lejos de los hombres y de las mujeres que amaba, la curiosidad me persiguió y me venció. Comencé a bajar del cerro, a atravesar el río, a pasar junto a la casa, a sentarme cerca del río bajo su vista. Llevaba un libro o un fusil para tener aspecto de hacer algo, canturreaba para que me oyera; buscaba que los campesinos me hablaran del rabioso dueño del cerdo. Me parecía que había vuelto a mis quince años, a los tiempos de mis primeros amores de lejos. Y no se trataba de una muchacha, sino de un hombre de cuarenta años, bajo y moreno, con la barba larga y los ojos oscuros.
Lo había visto bien y de cerca. Las primeras veces fingió no verme y se encerró en su casa cuando yo atravesaba el prado. Un día, al verme venir, se puso a refunfuñar y a dar bufidos y me cerró la puerta en las narices, con gran estrépito. Otra vez, como yo vagara el prado intentando saber lo que hacía en casa, salió con la cara toda roja y cuando estuvo cerca de mí gritó:
-¿Qué quiere? ¡Esto es mío!
Sus labios temblaban entre su barba crespa. Me fui sin contestarle, un poco turbado.
Aquel mismo día le escribí una carta afectuosa y se la mandé por una cabrera. Le decía que sentía haber turbado su soledad, pero que su vida, un poco parecida a la mía, me hacía pensar siempre en él; que yo intentaba imaginarme la desgracia que lo había llevado allí y que sentía nacer en mí una profunda simpatía hacia él, una espontánea simpatía para quien había, como yo, dejado la ciudad y vivía en compañía de las plantas y de las bestias.
Era una carta ingenua e intempestiva, como tantas otras de las que me he arrepentido, pero sincera. Después de habérsela enviado me avergoncé un poco de ella, pero pienso que si no la hubiera escrito y mandado, a esta hora, acaso, sería tierra de cementerio.
La misma noche, en efecto, un hombre vino a mi casa a traerme una carta del parte del solitario. Rasgué el sobre con furia y leí:
«Distinguido señor: Sin saberlo está usted en peligro de muerte. Si quiere salvarse, venga a verme mañana, después de mediodía.
Gherardo Solingo.»
2
Digo la verdad: en mi vida me he encontrado en casos inverosímiles y he buscado siempre acercarme a los hombres que fueran, de un modo o de otro, diferentes de todos; sin embargo, aquellas pocas palabras del solitario me mantuvieron despierto durante toda la noche. ¿Qué peligro corría? ¿Por qué tenía que morir? ¿Era una amenaza? Pero no de él, porque él mismo se ofrecía a salvarme. ¿Y de qué parte venía el peligro? ¿Y cómo podía saberlo él, que no hablaba con nadie? ¿Y por qué me advertía él, que demostraba no amar a nadie?
Durante toda la noche imaginé cien preguntas distintas y mil respuestas posibles, y no adiviné nada. Pensé en una celada, en una burla, en la locura, en todo; y no pensé en la verdad.
Me levanté antes que se hiciera de día. Salí fuera para esperar el sol, intenté olvidarme de todo para vencer mi impaciencia. Pero todo fue inútil. Estaba como con fiebre. No podía quedarme quieto, miraba la hora a cada momento, y acompañé con ansiosas miradas la lenta subida del sol a lo más alto del cielo. Finalmente sonaron, en las dos iglesias más cercanas, las campanas de mediodía, y comencé a bajar el cerro. En pocos saltos estuve en el prado. Llamé a la puerta. El solitario vino en seguida a abrir y me hizo entrar en la cocina.
Sobre una mesa muy larga había un cesto lleno de manzanas rojas, oscuras, y una botella de vino blanco. Sobre dos sillas, dos pilas de libros. En el hogar, un enebro seco, de color ruginoso, que se quemaba y chisporroteaba. Pero no tuve tiempo de ver nada más. Miré a la cara del solitario, que me miraba a la cara. No se me antojó tan feo ni malo como la otra vez. Sus ojos eran casi dulces, pero sus labios, me pareció, temblaban.
-Siéntese, siéntese -me dijo con voz tranquila-. ¿Puedo ofrecerle algo?
Tenía la garganta seca por la espera y la fiebre, pero apenas probé el vino blanco que me sirvió. Él se dio cuenta de mi impaciencia y me pareció que casi se recreaba con ella. En cambio, dejó de repente de hacer el amable, se desplomó en una silla, delante de mí, y comenzó a hablar con tono resuelto:
-Será mejor que terminemos en seguida. No quisiera que creyese que soy un hombre cruel o un bandolero retirado de los negocios, o bien un loco bromista que se divierte escribiendo cartas amenazadoras o enigmáticas. El peligro es cierto y proviene de mí: de mí, digo, no de mi voluntad. Siento tener que explicarle algo de mi vida. No lo hago para parecerle interesante o para recitar delante de usted una leyenda trágica. Le diré algo porque no puedo remediarlo: para salvarlo; es la palabra justa. Por otra parte, no es usted el primero.
"He aquí cómo están las cosas. Cuando mi madre me parió estaba perfectamente de salud. Nací muy deseado, porque desde hacía ocho años mi madre no tenía hijos. El parto fue feliz, pero pocos días después de mi nacimiento, mientras me daba de mamar amorosamente, mi madre murió. Los médicos se sorprendieron mucho de aquella muerte. Mi padre hizo venir a una nodriza y se preocupó de que me cuidaran con toda atención. Cuando tuve seis años se dio cuenta de mi inteligencia, comenzó a instruirme y me quiso bastante más que antes. Al cabo de pocos meses, mi padre, mientras me llevaba en brazos por el campo, cayó desvanecido al atravesar una acequia, y en pocas horas murió. Los médicos se maravillaron mucho de esta muerte. Sólo me quedaba una hermana mayor, casada desde hacía tiempo, y que vivía lejos. Me mandaron a su casa. Ella sintió compasión por este pobre hermano solo, abandonado de todos, y comenzó a quererme mucho. Una noche, mientras estaba leyéndome un libro de viajes, mi hermana inclinó la cabeza y, después de haber murmurado algunas palabras, murió. También esta vez los médicos se maravillaron de una muerte tan imprevista. Me recogieron unos parientes lejanos, que me criaron con los frutos de mi herencia. Estos no me podían sufrir y gozaron siempre buena salud.
"A los dieciocho años me enamoré. No le haré historia de este amor. La muchacha que amaba, después de mucha resistencia, comenzó a amarme. Al cabo de tres semanas, mientras la abrazaba y nos besábamos, vi que palidecía e inclinaba la cabeza. El mismo día, sin haber recobrado el conocimiento, murió. Los médicos se maravillaron mucho de esta muerte. Desesperado y lleno de una atroz sospecha, me fui de mi país, viajé durante algunos años, luego me detuve en Francia, en una pequeña ciudad fronteriza. Procuraba no conocer a nadie, como hago ahora, pero no pude menos que cobrar afecto a un joven estudiante que tuvo compasión de mi tristeza y quiso hacerme compañía por fuerza. Un día me dijo: «Me sucede una cosa extraña. Siento que cuanto más te amo, más débil y frágil me siento. ¿Por qué?» Aquel joven tenía veintidós años y las mejillas llenas y rojas. Era bueno, amoroso; lloraba con facilidad. Sentía mucho la amistad. Después de algunos meses tenía la cara lívida, descarnada, andaba con paso inseguro: al final se metió en cama. Aunque martirizado por una duda que intentaba rechazar, no lo abandoné. Lo velé con amor, y él solamente se dolía de tener que dejarme. Una noche murió, estrechándome con fuerza las manos, y también esa vez los médicos se maravillaron mucho de tal muerte.
"Pero yo ya no me maravillé. Había descubierto la maldición de mi vida, mi involuntaria nocividad, el fúnebre contagio de mi amor. Usted mismo, ahora, lo ha comprendido: quien me ama está destinado a morir.
"¿Qué tenía que hacer? Hice cuanto pude para que me odiaran. Yo, que soy de naturaleza afectuosa y estoy sediento de amor, he tenido que hacerme selvático, rabioso, pendenciero, villano; he tenido que rechazar a todos, con gestos y palabras malos. ¡Yo, que hubiera abrazado con tanto gusto a una mujer y a un amigo, he tenido que ingeniarme para ser odioso y temible a hombres, a mujeres, a todos!
"¡Piense en mi tortura! He tenido que hacerme odiar y despreciar más precisamente de aquellos a los que más amaba. Cuando me he dado cuenta de que una mujer podía amarme y de que yo también la hubiera amado, he hecho cuanto he podido para aparecer vil y ridículo a sus ojos, he cometido actos sucios e indecentes delante de ella, la he maltratado como una bestia. Y así con los amigos, con todos. Para salvar la vida de aquellos que empezaban a amarme, he tenido que fingir que los odiaba. Y cuando eso no ha sido suficiente, he tenido que contarles mi historia, y si esto no ha bastado, he huido de ellos; sin embargo, algunos no han podido escapar a su suerte.
"Esta es mi vida. Desde hace algunos años, para resistir más fácilmente mi destino, me he encerrado en esta casa, en el fondo de este valle feo y desierto, con menos tentaciones y ocasiones. Sin embargo, también hasta aquí ha llegado el peligro. No lo conozco ni lo amo, pero no quisiera añadir una víctima a las otras que he dejado en mi camino. Le he dicho ya todo lo necesario. Si su simpatía se cambiara en afecto, estaría perdido. He cumplido con mi deber y no quiero remordimientos. Desde hoy, no se deje ver más alrededor de mi casa. ¡Adiós!"
Y diciendo esto, el solitario, siempre con los labios temblorosos, se levantó, fue hacia la puerta y la abrió. Me levanté también yo: quería decir algo y no conseguía encontrar ninguna palabra. ¿Qué decir? ¿Darle las gracias? ¿Consolarlo?
Pasé la puerta inclinando la cabeza y me encontré en el prado. Oí detrás de mí el refunfuño del hombre y los gruñidos del cerdo. Volví a subir despacio el cerro y me encerré en casa. Tal vez fui demasiado crédulo y demasiado cobarde. El hecho es que aquella misma noche hice las maletas y al día siguiente dejé varias millas detrás de mí el cerro, el valle, la casa de Gherardo Solingo y su cerdo. Del solitario no he sabido nunca nada más, y no me importa.

29 de septiembre de 2009

El que no pudo amar

Desde que don Juan se ha casado es casi imposible encontrarlo fuera de su casa, sobre todo por la noche. Los cabellos ralos y grises, los hombros un poco curvados y también -¿por qué no decirlo?- un catarro obstinado, ya crónico, lo tienen apartado del mundo y de sus pompas. Sin embargo, una noche, a mediados de marzo, vi a don Juan Tenorio hablando en un lugar público con Juan Buttadeo, llamado el Judío Errante.
En medio de la ridícula majestad de una gran cervecería de tipo germánico, bajo la claridad esfumada de una redonda lámpara eléctrica, los dos hombres hablaban, meneando sus grises cabezas, sin mirar a las mujeres de labios rojos y a los jovencitos escuálidos que se hallaban ganduleando y beborroteando en torno de ellas. Las dos legendarias apariciones habían bebido su café y no parecía que se diesen cuenta de que se hallaban en el mundo de los estudiosos del "folclor" y de los profesores de poesía comparada. Vivían y hablaban como ustedes y como yo, y sus palabras me llegaron distintas y comprensibles apenas me acerqué a la mesita de hierro junto a la que se hallaban sentados. Había una silla vacía cerca de ellos y me senté en ella. Los dos viejos no interrumpieron su conversación y me miraron con una fugitiva sonrisa, como si hubiese sido un amigo de la infancia que acabasen de dejar pocos momentos antes.
-No es fácil; no, no es fácil -afirmaba enérgicamente don Juan- dar una explicación de mi historia, y tal vez me moriré antes de que se descubra el secreto de mi vida. He ido algunas veces al teatro donde representaban mis gestas y me he reído mucho más que los otros al ver aquella ingenua parodia que hace de mí un insaciable libertino, amasijo de lujuria y de vanidad, arrastrado finalmente al infierno por la venganza del Comendador y de Dios.
"¡Dulcísima cosa no ser comprendido por esos reyes de la platea! Ni siquiera Molière, quien, sin embargo, era cortesano y comediante, pudo comprender quién era yo. Bajo mi justillo azul marino, bajo mi sombrero de solitaria pluma negra, nadie ha sabido verme. Seducciones, besos, raptos nocturnos, escaleras secretas, citas insidiosas, celadas, mascaradas y banquetes, y el blanco monumento, y la última fiesta, todo eso era exterior, convencional, ficción; los escritores de tragicomedias y poemas han visto todo eso y nada más. Un pintoresco seductor, un caprichoso caballero, un voluble enamorado; eso es lo que soy para todos ésos y para los que los leen. ¡Y ninguno de estos grandes reveladores del corazón humano han descubierto la razón desesperada de mis aventuras, ni siquiera uno ha adivinado que fui libertino contra mi voluntad y voluble contra mi deseo!
"Podría volver a evocar las noches de mi primera adolescencia, cuando antes de dormirme intentaba imaginar y decidir cuál iba a ser mi vida. No ha habido ningún muchacho más apacible y puro que yo. Pensaba en el amor como en una cosa sagrada y en la mujer como en un proemio misterioso que me esperaba en el umbral de la juventud. Y la juventud llegó, y vino la primavera, y temblaron las estrellas y reverdecieron los árboles, y las mujeres se envolvieron en sus bellos vestidos claros. Pero el amor no vino. El amor fue para mí una palabra. No sentí ninguna de aquellas palpitaciones que hacen poner pálidos de repente los rostros de los hombres. No tuve sobresaltos ni estremecimientos a la vista de un querido rostro, al sonido de una voz clara. Mis sentidos se despertaron, pero mi corazón permaneció tranquilo, pausado, como antes. Tenía el deseo del amor, pero no la capacidad de amar. Comprendía que no amaría nunca, que no podría conocer nunca los extravíos y los perfumes de la pasión. Comprendía que podría disfrutar de las mujeres, que podría hacerme amar por ellas, pero que no conseguiría agitar por un solo momento mi corazón o turbar mi alma. No quise creer en los primeros tiempos en esa imposibilidad de amar y busqué todos los caminos para desmentir mis primeras experiencias, ya que creía en la belleza y en la grandeza del amor, y no quería que las mujeres fuesen para mí únicamente un juego y un pasatiempo. Traté, pues, de hacer nacer en mí, por todos los medios, esa pasión de la que me sentía espontáneamente incapaz; probé todos los métodos para que se desarrollara en mí, aunque no fuese más que por una sola vez, la loca llama del amor.
"Pensé que lo conseguiría obrando 'como si' estuviese enamorado, esperando que, a fuerza de repetir ciertas palabras y de realizar ciertos actos, nacería también en mí el sentimiento que los demás expresaban con esos actos y palabras. Por eso fingí perfectamente amar e imité todos los gestos, las sonrisas, las miradas, las palabras, las expresiones que usan los enamorados. Repetí mil, diez mil veces las más tiernas imágenes, las más ardientes confidencias y los más apasionados suspiros de lírica apasionada; besé, acaricié, suspiré, pasé largas horas bajo una ventana; esperé noches enteras envuelto en mi capa, la aparición de una luz conocida; escribí cartas desatinadas, me esforcé en verter lágrimas de emoción y conseguí perfectamente comprometerme a los ojos de todos, jurándome solemnemente prometido a una jovencita que mi comedia amorosa había turbado. Pero todo fue vano. De nada valió mi diligente ficción, estudiada con arreglo a los modelos más perfectos y los libros más célebres. Continuaba siendo incapaz del verdadero y único amor; tenía que reconocer siempre mi radical imposibilidad de amar.
"Entonces comenzó mi vida legendaria, aquella que ha hecho de mí el tipo del inconstante libertino. Hasta aquel tiempo había sido puro de cuerpo y había buscado con toda el alma aquel afecto potente y terrible de que todos los hombres son presa, al menos una vez. Pero ante mi impotencia pasional no tuve valor para resignarme. Quise aún, y por toda la vida, tentar la suerte. Esperaba que, tal vez repentinamente, el amor surgiría a oleadas de mi corazón, más intenso e impetuoso a causa de la larga espera. Creía que hasta aquel momento no había nacido en mí porque no había encontrado todavía la mujer que debía hacer brotar y bullir mi interna fuente de pasión. Y comencé a buscar desesperadamente a esa mujer; recorrí todos los países, todas las ciudades del mundo, toda la Tierra, seduciendo muchachas, atrayendo vírgenes, conquistando viudas y esposas; siempre inquieto, incansable, descontento, no satisfecho; siempre al acecho de esa mujer única, de esa liberadora desconocida que debía existir en alguna parte, que debía encontrar, que debía hacerme conocer el amor inmortal. Y hubo mujeres que huyeron conmigo, y mujeres que lloraron por mí, y mujeres que murieron por mí, y nunca tuve la alegría y la sorpresa de encontrar aquella que debía hacer estremecer mi corazón y confundir mi espíritu. Disfruté los cuerpos de innumerables mujeres, sentí latir sobre mi pecho innumerables corazones de amantes, y, sin embargo, ni por un momento fui capaz de fundir mi alma con la de la que amaba. Me hallaba a su lado con el espíritu frío, insensible, lúcido: interesado únicamente en las formas de sus miembros y en la graciosa curiosidad de sus pequeñas almas ardientes. Las miraba a los ojos -ojos negros, ojos azules, ojos grises, ojos de espasmo y de pasión- y veía en ellos reflejarse mi rostro, y veía brillar la alegría de ellas al sentirme a su lado, y, sin embargo, mis ojos no se velaron ni por un instante, y cuando las había poseído, las dejaba sin remordimientos.
"Se dijo entonces que yo era un vil lujurioso que buscaba el placer del cuerpo y despreciaba el amor, ¡cuando yo iba de mujer en mujer, de aventura en aventura, para buscar precisamente el único amor, y mi volubilidad nacía de la constancia en quererlo encontrar, y mi capricho nacía de la desesperación de no encontrarlo! Creían que yo me divertía, cuando estaba triste por mi vana persecución; dijeron que era cruel, cuando la suerte era cruel conmigo. Buscaba mil mujeres porque no conseguía amar a una sola para siempre, y se imaginaban que yo quería burlarme de todas. No vieron bajo la aparente ligereza del voluble caballero toda la rabiosa tristeza del 'amante no correspondido por el amor'. Muchos corazones de mujeres sufrieron por mi culpa, pero ninguna conoció, ni en las lágrimas ni en los sollozos del abandono, toda la acerba desesperación de mi alma no satisfecha de la mórbida carne ni de las veloces fortunas. Bajo la máscara de mi leyenda se halla la amarga sonrisa del que fue amado demasiado y no consiguió amar".
Calló el viejo seductor en este momento, y el otro viejo comenzó a hablar con voz lejana:
-Lo que has dicho es tal vez verdad y ciertamente terrible. Pero no has dicho más que la causa interna, la prehistoria de tu leyenda, y no has ofrecido ninguna nueva interpretación, no has añadido ningún nuevo sentido. Yo, que hace siglos y siglos recorro el mundo y he aprendido a meditar en la soledad; yo, que he llegado a ser como el errante Edipo, descifrador de enigmas y filósofo trágico, comprendo perfectamente la moraleja que se desprende de tu lamentable historia. Aquello que los hombres han querido condenar y matar en ti es "el amor a la diversidad, el amor al cambio". Ante tu ir de mujer en mujer, ante la continua movilidad de tus gustos y de tus deseos, ellos han levantado la blanca y rígida estatua del Comendador, el verdadero símbolo, diría un lógico, del inmóvil concepto ante la continua variedad de la intuición. ¡Y por eso, oh don Juan, eres mi hermano! También en mí los hombres han expresado su odio y su miedo al cambio.
"Me han condenado a ser un eterno vagabundo, imaginándose que el cambiar continuamente de lugar, ver siempre cosas nuevas, no tener morada fija, un rincón estable del nacimiento a la muerte, constituye la más grande maldición para el alma de un hombre. En cambio, yo he convertido en alegría su condena; me he hecho un alma magnífica, de pasajero, de explorador, de peregrino, de caballero errante, de globetrotter aficionado, y así vivo, en el continuo diverso y en el perpetuo cambio, una vida bastante más rica que la de mis jueces y mis verdugos. Yo y tú, don Juan, somos los héroes de la diversidad y de la mutabilidad, y los esclavos de la casa única y de la mujer única nos han querido escupir con desprecio. Pero nosotros corremos, ¡oh don Juan!, nosotros corremos más de prisa que ellos y ellos irán pronto bajo tierra a incubar su económica felicidad".
Pero don Juan no escuchaba al sentencioso viajero, y apenas éste hubo callado, continuó hablando:
-Bajo la máscara de mi leyenda hay tal vez una sonrisa, una amarga sonrisa, pero dentro de mi corazón no hay más que angustia, siempre renovada por mis desilusiones. Ahora ya soy viejo, y no sabré nunca qué cosa es el amor. La mujer que buscaba no me ha salido al encuentro por ningún camino, y cuando ha llegado la vejez y he tenido necesidad del reposo y de cuidados, no he encontrado más que una pobre criada que haya querido cuidarme.
El Judío Errante iba a sacar alguna consecuencia filosófica de las palabras de don Juan, cuando un hombrecillo muy cumplido, vestido de negro y con un lunar sobre el bigote izquierdo, vino a anunciar que la cervecería se cerraba. Don Juan sacó de su bolsa una moneda de oro, pero el hombrecillo la miró y la rechazó. Era un doblón español de 1662. Juan Buttadeo, más práctico, sacó del bolsillo una moneda de plata, la hizo sonar sobre la mesa y los tres salimos juntos a la plaza desierta, riéndonos estrepitosamente sin razón ninguna.

4 de septiembre de 2009

El suicida sustituto

Era inútil. Cada esfuerzo parecía agravar el inconveniente. El sombrerito de paño no quería cubrir adecuadamente aquella vergonzosa calvicie, surcada por escasos cabellos estirados que el peluquero extendía tres veces por semana a través del cráneo, última barrera de toda ilusión absalónica. Los manotazos que llevaban al sombrerito de derecha a izquierda eran, según la tácita opinión del matemático presente, un puro derroche de energía. Mi pobre amigo estaba más nervioso que los otros días. Una sola taza de café -¡y de qué miserable café!- lo había reducido a ese estado. No podía estar quieto: la silla se agitaba debajo de él con graves crujidos y bruscos estruendos sofocados por el piso. Los cigarrillos -había fumado dos paquetes en pocas horas-, le habían dado una especie de delirio confabulatorio que comenzaba a preocuparme. Desde muy temprano, cuando llegué a la ciudad, no tuve ánimo para dejarlo solo. Probablemente sufría, pero no quería hablar del motivo de su sufrimiento.
Viéndolo allí, en el café, con el lápiz en la mano, los ojos extraviados, el sombrero sobre una pared y el cigarrillo apagado, que surgía oblicuo y cayéndose de uno de los ángulos de los labios morados, daba casi miedo y ya el camarero, en secreto, me había pedido al oído que lo llevara a casa.
Se lo propuse.
-¿A casa? -me dijo, mirándome de través-. ¿Y dónde está mi casa? No tengo una piedra donde apoyar mi cabeza.
Estas últimas palabras las pronunció sonriendo levemente, pero de inmediato retomó su acento trágico.
-¿Por qué -continuó- no se puede tener el derecho de repetir las palabras de Cristo? ¿No somos hijos del hombre como él? ¿No debemos beber la hiel como él? Y si alguna vez lo quisiera, ¿no podría ser torturado como él?
El matemático, que hasta entonces no había abierto la boca más que para sorber su cafecito, se volvió hacia mí y dejó caer una breve sentencia como desde lo alto de la sabiduría:
-¡Literatura!
Mi amigo no contestó. Se tocó nuevamente el pobre sombrero y llamó en voz alta:
-¡Muchacho!
Entró el chico vestido de rojo; tenía una ancha boca de batracio.
-¡Una vela encendida!
Cuando le colocaron la vela delante, apoyó la mano sobre la llama apretando los labios.
-¿Qué haces?
Traté de retirarle el brazo, pero se defendió con el otro y mantuvo la mano curvada sobre el fuego. Los parroquianos del café fijaron su atención en nosotros y miraban: el propio dueño acudió, profundamente serio y con los ojos que parecían salírsele de las órbitas, sin saber qué decir. El matemático miró el reloj. Empezamos a sentir olor a quemado. Algunas personas se levantaron murmurando que era una porquería y se fueron sin pagar.
Le di un nuevo sacudón al brazo y apagué la vela. Mi amigo extrajo el pañuelo, se vendó la mano ennegrecida y dijo con voz furiosa:
-Lo hice para contestarle a ese imbécil.
Y se levantó. Dejamos el café en medio del vocerío de los espectadores. Hubo quien hablaba de llamar a la policía o a un médico. Una señora afirmaba con énfasis:
-¡Es un faquir! ¡Es un faquir!
Dejamos las calles del centro en silencio y atravesamos el puente para subir a la colina que tantas veces había hospedado nuestros entusiastas conciliábulos. El sol esparcía relámpagos desde el oro de la basílica y en medio de la fachada el enorme Cristo de mosaico, de cabellos negros y dilatados ojos, contemplaba duramente a la ciudad baja, extendida a sus pies, que no hacía caso de él.
Pero no llegamos hasta arriba. Dejamos la avenida y tomamos por una calle secundaria que lleva al prado de los olivos. Sobre el césped cortado se levantaban como siempre los horadados muros republicanos y arriba, en lo alto, las cruces de mármol blanco del cementerio de lujo. Sentada al pie de un árbol una vieja de chal rojo se peinaba con recogimiento, observando cada tanto el peine con singular atención.
-Detengámosnos aquí -dijo mi amigo-. No tengo ganas de caminar y querría decirte algo.
Nos sentamos como pudimos sobre las piedras que flanquean el sendero. Se escuchaba el chirrido del tranvía en la curva de la avenida y la voz de una niña que llamaba insistentemente a alguien. Mi pobre amigo parecía bastante calmado bajo la suave brisa que se explayaba en ese solitario rincón. Se tocaba por momentos la mano quemada y si alguna lágrima involuntaria no hubiese brillado entre las pestañas, se hubiera dicho que era un hombre como todos los demás. Ahora se le había pasado la vergüenza: había tirado el sombrerito de paño y su cabeza oblonga, desnuda en el centro y sobre la frente, totalmente roja por la congestión, se refrescaba bajo la brisa crepuscular.
-¿Sabes cuándo he nacido? -me preguntó luego de un largo rato de silencio.
-Sé que tienes treinta y dos años ya cumplidos, pero el día de tu nacimiento lo ignoro.
-Pasado mañana terminan mis treinta y tres años.
Dijo estas palabras en voz baja como si me revelara un gran secreto.
-¿Eso que quiere decir? -respondí con mi habitual estupidez antisentimental-. El tiempo pasa para todos, y al fin de cuentas todavía no eres viejo.
¡Qué desprecio vi en sus ojos grises! Lo recuerdo en este momento como no lo había visto nunca hasta entonces. No había advertido jamás el poderío de su mirada.
-Escucha -agregó-; tú no entiendes nada. Esperaba que pudieras comprender algo más que los otros y todavía no he perdido la esperanza. Te juro que haré todo lo posible, hasta la última gota de sangre, ¿comprendes?, para salvarte.
-¡Pero explícate de una buena vez! -repliqué entre fastidiado y ofendido-. Hoy no has hecho más que hablar de todo un poco sin sentido, y de todo has hablado mal sin dejarme meter baza. Hace un rato, en el café, has cometido esa triste payasada para molestar a un hombre que no tiene ninguna importancia. Ahora me sales con razonamientos misteriosos y enigmas sin sentido. ¿Qué quieres? ¿Quieres salvarme? ¿Y de quién? ¡Hablemos claro, de una vez por todas!
-Escúchame -contestó con voz cambiada y casi patética- tú sabes que siempre te he querido y que has sido el único hombre del cual he esperado algo. Siempre me he franqueado contigo, no del todo, pero mucho más que con los otros. Muchas veces elegí tu compañía, te escribí cartas que no puedes haber olvidado. Ahora te escojo una vez más para esta última confesión y tú quieres hacerme sentir a la fuerza que no eres digno de ella. Pero no tengo tiempo que perder y no te dejo. No creas que me hago el loco y el enigmático para hacerme el interesante. Otras veces lo hice porque un poco de charlatanería bien manejada ayuda hasta a un genio, pero hoy no tengo ganas. Te hablaré lo más francamente que puedo. Ya te dije que dentro de dos días terminan mis treinta y tres años. No lo recordé para hacer literatura nostálgica cuando se nos va la juventud. Para mí, ésta es una fecha importante. Para los otros hombres el pasar de los treinta y tres a los treinta y cuatro no significa nada. Es el cambio de una cifra y nada más. Para mí, sin embargo, se trata de un momento extremadamente grave. Treinta y tres años constituyen para mí la edad sagrada, divina, perfecta. A mi parecer, quien no ha demostrado su capacidad de grandeza hasta entonces no hará nunca nada bueno, aunque viviese mil años. Los que no han demostrado a los treinta y tres años su genio o no dieron indicios ciertos de lo que puede esperarse de ellos en un futuro próximo tienen un definido y terrible deber. A los treinta y tres años fue muerto Jesús. Esta es la edad clásica y solemne del sacrificio supremo. Quien no ha podido dar su alma a los hombres debe darles por lo menos su vida. Yo me encuentro en esta circunstancia. Durante muchos años pensé hacer algo superior a lo que hicieron los demás y me he arrastrado detrás de mi estéril inconformismo hasta este momento, esperando siempre el milagro y confiando en el futuro. Ahora estoy condenado y renuncio a todo. Troncharé mi existencia perfectamente inútil. Terminaré en un mismo día mis años y mi vida. Estoy decidido firmemente a este final y nadie podrá disuadirme. Me sacrificaré también yo por alguien y mi muerte no será llana como fue mi nacimiento. Óyeme bien, porque se trata de ti. Me mataré justamente por ti, me mato en tu lugar, abandono mi vida para salvar la tuya.
"Como te dije, eres el único hombre en el que tuve esperanzas. Últimamente hubiese querido que tú hicieras lo que yo no podía hacer, que te convirtieras en aquel que yo no había podido ser. Hay en ti momentos y gérmenes de genialidad, síntomas de una profunda diferencia con los otros. Tuve y tengo esperanza en ti, aunque no quieras entender lo que digo ni lo que espero. Desde hace algún tiempo llevas una vida que me desagrada. No lees más, no trabajas, no vienes a buscarme. Te has juntado con imbéciles y lo que escribes es pura chapucería de salón, de café, fría, sin nervio. No te veo ir más al campo, pero sé que frecuentas muchas mujeres; no te encuentro más solo, siempre acompañado de hombres de los que deberías huir como de la peste. No eres más el que eras: todas tus ambiciones han caído como alas rotas; miras más en ganar que en asombrar, buscas mas bien vivir cómodo que ascender. Nunca te dije estas cosas tan crudamente, pero ahora las oyes de un moribundo que te estima. Por eso he pensado hacer una última y desesperada tentativa para salvarte. Debo morir pasado mañana, de todos modos, pero quiero que sepas que muero por ti. Estás demasiado aferrado a la vida y no tienes el valor de matarte. Tras la caída de estos últimos meses, si tú volvieras a pensar en lo que has sido y en lo que deseabas ser deberías matarte, pero sé que no lo harás.
"Yo tomaré tu lugar y cargaré también con tus pecados. No pudiendo soportar más el espectáculo penoso de tu olvido de ti mismo, hago lo que deberías hacer y no te atreves. Me mato con la esperanza de que mi sacrificio por ti sacuda de tal manera tu alma que logre sacarla a flote y cambie su esencia hasta su muerte.
"Nada se obtiene sin sacrificio, sin sangre. Yo me sacrifico por ti; mi sangre la derramo en aras de tu grandeza. También yo, como Jesús a los treinta y tres años, marcho voluntariamente al suplicio extremo. Él murió para salvar a todos los hombres; yo, que no soy Dios, muero para salvar a uno solo. Esperemos que mi holocausto sea más afortunado que el suyo. Puede ser que yo me engañe y que tú estés ya tan enfangado en la mediocridad que ni siquiera la impresión que te cause mi muerte pueda hacerte rezarte y hacer que recuerdes tu verdadero yo. Pero quiero esperar hasta el final. Cuando sepas que un hombre que tú estimabas se mató por la pena de verte tan bajo y por la esperanza de devolverte a tu verdadero destino, quizás no sonrías más como en este momento. Yo no bromeo. Dentro de dos días te enterarás si me he comportado como un payaso o si te he dado verdaderamente la máxima prueba de amor que un hombre puede dar a otro hombre."
No lo interrumpí hasta ese momento y escuché el largo discurso sin poder menos que sonreír bobamente cada tanto. Pero algo quería decir también yo. No puedo olvidar la lógica ni siquiera en los más graves momentos.
-Perdona -le dije con tranquila ironía- no he comprendido bien si te matas porque no has sido capaz de hacer nada o porque quieres forzarme a hacer algo. En el primer caso, no tengo ninguna razón especial para conmoverme o estremecerme; en el segundo, aguardaré la experiencia, si es que has hablado seriamente.
¡Ojalá no lo hubiese dicho! Mi amigo, sin mirarme siquiera, se acomodó en la cabeza el sombrero de fieltro y se alejó inmediatamente de mí, agitando convulsivamente la mano envuelta en el pañuelo. Intenté seguirlo, pero la noche caía y algo de niebla ofuscaba ya las avenidas desiertas. El desdichado corría desesperadamente con su andar desgarbado de hombre cansado. En uno de los recodos lo perdí de vista y no pude saber dónde había entrado. ¿Qué podía hacer? La famosa fecha ha pasado y nunca más he vuelto a verlo.

26 de agosto de 2009

Una muerte mental

De uno de los más recientes suicidios en los últimos años no se conocería la verdadera historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con la esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande.
Todos nosotros sabemos qué defectuosas son las estadísticas; digo a propósito defectuosas, en el sentido de insuficientes. Aunque algunos equilibrados vegetantes lamenten con cara de pavor el crecimiento continuo de las muertes voluntarias, sé bien, por mi parte, que no todas son registradas. Entre los enfermos y los aparentes asesinados, los suicidas menudean. Constituyen, quizás, la mayoría. Algo me impulsa casi a decir que cada muerte es voluntaria. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¡Ay de mí! ¡De maneras comunes, vulgares, vulgarísimas! Falta de sabiduría, falta de voluntad -pocos son los que prevén y pueden. Un arrojarse al encuentro del destino casi como pájaros dentro de la serpiente o locos en la hoguera. Hombres que no han querido vivir y han preferido el breve presente al largo y cierto porvenir. Leopardi aprobaría: pero ¿quién puede negar que ésas son vidas truncadas?
El suicidio cuyo misterio he sabido no se parece a ninguno de los conocidos hasta ahora. Ni la historia ni la crónica nos hablan de otro parecido o igual.
Era difícil encontrar un medio no utilizado por ninguno. Todos los expedientes menos obvios fueron descubiertos y utilizados: cada tanto los diarios, hartos ya desde hace mucho de los habituales pistoletazos y los cotidianos envenenamientos, exponen alguno, como variedad curiosa, para hacer sonreír agradablemente al lector optimista. Y sin embargo él lo encontró y lo practicó. Conocí al futuro suicida de una manera curiosa. (Debo advertir que de las personas que me han sido presentadas habitualmente no extraje nunca nada de extraordinario). Hurgaba una mañana en un quiosco ambulante de libros viejos cuando cayó en mis manos el primer volumen de la traducción francesa de Los demonios, de Dostoievski. Lo había leído hacía ya mucho tiempo y varias veces; además, era el primer tomo solamente y no tenía, por ello, ninguna intención de comprarlo. Pero sin saber cómo empecé a hojearlo e instintivamente di en las páginas en las que el ingeniero Kiriloff expone con tanta simpleza sus ideas sobre el suicidio. Había notado en los márgenes marcas violentas de lápiz rojo pero aquí se hallaban incluso anotaciones. Estaban escritas con lápiz negro y eran borrosas. Sin embargo, las descifré:
"Así no." "Está bien: es necesario superar el temor de la muerte y por lo tanto prepararse para ultimarnos, pero no así." "El suicidio con las manos: cosa de carniceros. No se llega..." "Tener presente la idea de mi método. Es necesario negar, destruir la vida por sí mismo, poco a poco, no destrozar el cuerpo de golpe: es estúpido..."
Estas pocas líneas, escritas a lo largo de los márgenes, excitaron mi curiosidad como no me ocurría desde hacía mucho.
¿Quién podía ser el que había escrito tales palabras? ¿Y cuál era su método, su muerte sin morir? Seguí nerviosamente hojeando el volumen. Me sorprendí: sobre la guarda inicial se hallaba lo que estaba buscando: un sello -uno de esos horribles sellos violetas de uso comercial- con un nombre, un apellido y una dirección.
Ottoné KresslerVia delle Ruote, 25. 1º piso
Di unas monedas al librero y me fui de prisa a casa con el libro en el bolsillo. No bien estuve en mi cuarto lo examiné detenidamente: había otras notas pero no agregaban nada más extraño a los que ya había leído antes. Eran suficientes aquellas, sin embargo, para que no tuviese paz, hasta que no hubiera encontrado al dueño del libro. ¿Pero habría sido él el autor de las notas? Y ese nombre alemán del sello, ¿sería el del último dueño, y el del misterioso glosador? Y si fuera él, ¿viviría siempre en la misma casa? Por más conjeturas que hiciera, no había otra solución que ir tras ese hilo, el único. No podía estar como sobre ascuas. Retomé el libro y el sombrero y volví a salir.
En pocos minutos -tengo las piernas largas y la prisa de los nerviosos- llegué al número veinticinco de Via delle Ruote.
Llamé a la portezuela sucia de la calle. Una puerta interior se abrió:
-¿Quién es?
Era una voz de niño. En efecto, una vez que subí dos tramos de escalera, vi en el vano a una muchachita pálida de delantal rojo y pies descalzos:
-¿A quién busca?
-¿Vive siempre aquí el señor Ottone Kressler?
La chica abrió los ojos y pensó. Luego, de pronto:
-¡Mamá! ¡Mamá! Ven.
Se adelantó una mujercita de unos cuarenta años, rostro despectivo y socia como la hija. Me miró mal:
-¿Qué deseaba?
Repetí el nombre. Advertí que mi pregunta no producía placer alguno.
-¿Lo conoce? -preguntó, recelosa.
-No lo conozco, pero tengo necesidad de verlo inmediatamente.
La mujer estaba dudosa, pero predominó el temor.
-No vive más con nosotros Hace tres meses que se fue.
-¿Y dónde está ahora?
-No lo sé.
-¿De veras? ¿Y no hay nadie que pueda saberlo?
-Intente con el vinero vecino y pregunte por Cechino. Él le recibía las cartas.
Saludé y bajé. Había, a dos pasos de la casa, una de aquellas vinerías de visillos rojos, color de sangre sucia y de vino malo, con un botellón pintado sobre el cartel a la izquierda. Entré. ¡Qué tufo! Por suerte no había nadie, ni siquiera un parroquiano al mostrador.
-¿No hay nadie aquí? -llamé en voz alta.
Oí en la penumbra del fondo un revolver de paja y de taburetes y vino a mi encuentro una mujer con el rostro encendido que me miró de pies a cabeza entre confusa y amenazante.
-¡Hay gente! -gritó sin aproximarse.
Detrás de ella surgió de entre las tinieblas un jovenzuelo rubio de delantal azul turquí arrollado en torno de la cintura:
-¿Qué deseaba?
-Disculpe, ¿es usted Cechino?
-Sí, soy yo.
-¿Conocía a un señor Ottone Kressler, que vivía acá al lado?
-Claro que sí. Pero se ha ido.
-¿Y dónde está?
Comprendí que tampoco él tenía deseo alguno de contestarme. Me miró fijamente y luego me dijo en voz baja:
-Perdón, no es por nada, pero ¿qué gana con esto? Porque, a decir verdad, es un pobre desgraciado y ni siquiera él sabe lo que hace. Ha dejado muchas deudas de poca monta entre los vecinos y me parecería un pecado mandarle otro acreedor más. Nunca delaté a nadie, Dios mediante, y vivir, vivo lo mismo...
-Se equivoca: no necesito nada de él. Antes bien, acaso pueda darle algo y necesito verlo por un asunto muy importante... No lo he visto nunca hasta ahora.
-Mire, no le hará mucho caso. ¡Si viera que tipo cómico es! Y parece como si no recordara nada ni le importara nada de nada. A veces suele hablar de sí mismo... Sin embargo es un buen muchacho, y cuando tiene no es estirado como tantos.
-Escuche: me dijeron que usted sabe dónde vive ahora; dígamelo. Me hará un bien a mí y también a él.
El jovencito me miró de nuevo fijamente; luego, sea porque se persuadió de que yo no era ni policía ni acreedor, sea porque le importase poco el secreto, me dijo:
-Si no lo llevaron al hospital en estos días. Está en Via della Stufa Nº 2.
Agradecí y salí rápidamente.
De Via delle Ruote a Via della Stufa no hay mucha distancia y llegué sin darme cuenta.
El número dos correspondía a uno de aquellos viejos palacios florentinos de mil cuatrocientos o mil quinientos, con ventanales de arco redondo ornados de sillares rústicos en piedra marmórea y con la galería ¿tapiada? en lo alto. Algo descascarado y bastante sucio; ventanas semitapiadas, signos de envilecimiento en todas partes.
Había un portero remendón que sin alzar la cabeza del zapato y sin gesto alguno de sorpresa contestó a mi pregunta:
-En el último piso, a la derecha.
Subí la escalinata deshonrada por escupitajos y telarañas; una vez arriba, llamé. Apareció otra chiquilla. El señor Kressler estaba en casa y me recibió en el umbral de su cuarto. Quizás olvidaré al pasar de los años su figura, pero hasta este momento la conservo nítida, intacta y profundamente grabada en mi mente.
Ottone Kressler era, como me lo imaginaba, alto y enjuto. Su rostro alargado y estrecho, como si le hubiesen comprimido a la fuerza las mejillas cuando niño, parecía la caricatura de una aparición hoffmanniana. Órbitas profundas, increíblemente profundas, con dos resplandores en el fondo; nariz larga, curva, espiritual; boca sinuosa pero no de expresión femenina y voluptuosa sino sarcástica y amarga; dientes caballunos; mentón casi en punta. La cara, afeitada, era totalmente roja, pero no de ese rojo sano y natural que se ve en la plenitud de las mejillas sino de un rojo oscuro, como de sangre revuelta, que invadía todo hasta llegar al cuello. Estaba mal vestido y llevaba un sobretodo gris apagado y un sombrerete en la cabeza como si estuviera por salir.
Mi exaltación por verlo había sido tan grande que no pensé en las primeras palabras que le diría, en una excusa razonable de mi visita. Mientras me aproximaba no sabía qué decirle. La necesidad me decidió por la franqueza.
-¿Es usted el señor Kressler?
El joven indicó que sí. Necesitaba hablarle inmediatamente.
Me señaló su cuarto y entré. Era una habitación grande y casi vacía que daba a los tejados. Sobre un largo cajón de embalaje estaba tirado un colchón y sobre el colchón una alfombra y una almohada. No había sillas: sólo un sillón de junco. Sobre la pared, suspendidas con cordeles, tablas cargadas de libros, y en un rincón un atril de música, grande y negro, y, por lo que pude apreciar, de sólida y antigua fabricación. Kressler indicó el sillón y se sentó sobre el falso lecho, mirándome silenciosamente a los ojos como si esperase de mí todo el gasto de la conversación.
No perdí mi coraje: extraje del bolsillo el volumen de Dostoievski y se lo alcancé.
-¿Es suyo este libro?
-Era mío hace un tiempo. Me lo llevaron con otros libros de la casa donde vivía y vendieron todo para cobrarse. El segundo tomo lo tengo todavía. La dueña era ignorante...
-¿Y esta nota marginal es suya? -agregué indicándole las líneas manuscritas junto al párrafo de Kiriloff.
-Es mía. Pero ¿por qué?
El señor Kressler era muy tranquilo y parecía insensible a la extravagancia de mi visita y de mis preguntas.
-Porque -lo interrumpí abruptamente-, porque he leído estas palabras y vi en ellas la alusión a un método, a un método nuevo de muerte, a una muerte sin manos, a un suicidio superior. Me ocupo mucho de esto y tengo algunas ideas... Busco a todos aquellos que sienten la responsabilidad de la elección y no se deciden a una salida por una puerta cualquiera. He venido para que me diga si este método existe, si verdaderamente usted ha encontrado algo y si este algo se realizará...
A medida que hablaba, mi oyente iba perdiendo algo de su calma. Desde el fondo de las órbitas las pupilas se acercaban hacia mí y cada ojo salía de su cuenca como un animal que se asoma a la boca de su cueva.
-Sí, sí... ¡Es así! -exclamó- ¿Puede ser posible que alguien piense seriamente en esto? ¡Y en Italia! ¿Usted vino a verme por el problema de la verdadera muerte?
-Solamente por esto.
El señor Kressler se levantó. Parecía conmovido. Su mano buscó y estrechó la mía. Tuve que decirle mi nombre. Vi reflejado en su rostro el deseo de abrazarme.
-Podríamos conversar ahora -agregué-. Pero, ¿usted salía?
-No, de ningún modo. Estoy vestido siempre así, incluso en casa. No me gusta desvestirme. Con mucho gusto podemos hablar ahora, en seguida, cuando quiera. Le contaré todo, le diré lo que usted desea. Antes de morir, la idea será suya. Transfusión y comunicación: no lo había pensado, no tenía a nadie. ¡Tantas orejas, pero qué pocos cerebros! ¡Y luego, aquí! Quizás en Alemania... Pero no puedo volver: ¡la miseria! ¡Mire esto!
Y me señalaba la estancia vacía, las vigas del cielo raso, los vidrios de las ventanas rotos, emparchados con tiras de papel.
-¿Quiere saber mi historia? ¡Pero si mi historia comienza ahora! El primer capítulo de mi vida será el último y el epitafio puede servir también como título. Tengo apellido alemán: mi padre era bávaro y emigró a Italia. Pero mi madre es italiana y vive todavía y no comprende nada, como todas las madres. Hacía como de empleado o escribiente en un comercio de máquinas. Mi padre era un hombre moderno, de la era industrial, y con algún toque a lo Bismarck. Cretino, por lo demás, y empeorado por Goethe y el Chianti, al que se había aficionado en los últimos años. Yo escribía, copiaba, sumaba y siempre estaba en mí la idea de la vida. Historia vulgar: usted lo sabrá de memoria. ¿Qué es? ¿Por qué? ¿A dónde vamos? ¿Vale la pena vivir? Etcétera, etcétera. Al anochecer, en vez de salir, leía o preguntaba a todos los libros aquello que ningún hombre decía. Quería la vida, la más grande y hermosa vida posible, y no la veía a mi alrededor, ni siquiera en aquellos que, según los demás, estaban bien. Y los ideales de los filósofos no me persuadían. Traté de seguirlos, uno tras otro, pero fue una carrera de esperanzas abofeteadas. Y sin embargo, sin un punto de apoyo metafísico, racional, no sabía vivir. Me parecía ser más despreciable que los perros que comen de limosna, pasean con bozal y orinan en todas las esquinas. Dejé el empleo y como consecuencia debí separarme de mi familia. Recorrí el mundo a pie, casi sin dinero; pedía hospitalidad o daba lecciones donde podía. Fui arrestado dos veces pero liberado a los pocos días. Llegué a Alemania: tenía nostalgia de la patria desconocida. Caminaba poco cada día. No bien encontraba un buen lugar me detenía y me tiraba sobre la hierba, en los campos, sobre los bancos de piedra de las pequeñas ciudades tranquilas. Llegaba la noche, surgían las estrellas, pensaba, dormía. Comía poco; bebía en las fuentes, con la boca en los pozos o en las zanjas; dormía como podía, en cabañas o en las casas de los pobres. Y pensaba, pensaba siempre. Pensaba hasta durmiendo. Conocía o adivinaba todas las respuestas a esas preguntas, y sin embargo la luz me llegó de otro, de un cura. Era un cura viejo que encontré un día frente a una iglesia campesina. Iba caminando al azar por el prado con la cabeza inclinada y me vio tan cansado y triste que me saludó y preguntó si quería. beber. Comenzamos a conversar. Le conté algunas de mis dudas, de mis búsquedas, de mis inquietudes. Y entonces escuché las palabras que despertaron de pronto mi mente:
"¿Pero no comprende que el sentido de la vida está en la muerte y solamente en la muerte? ¡Sólo el que quiera morir, el que esté ya muerto en esta vida desde ahora, sólo éste gozará y saboreará y conocerá la vida!"
"Quizás estas palabras eran el eco de algún lugar común ascético y carente, para él, de todo significado profundo. Quizás las extrajo de algún breviario eclesiástico, de donde las había copiado en el seminario, por su apariencia de santa paradoja. No lo sé; para mí fueron el descubrimiento, la iluminación, el principio de la nueva existencia.
"Esa misma noche, en la casa parroquial -adonde el cura me habla invitado a comer y a dormir- las analicé y las trastoqué en todo sentido, las iluminé con todas las luces de mi pensamiento y desenmarañé lo que podían contener y más todavía. Hoy esas verdades me son de tal modo familiares que no sé ya casi qué hacer con ellas y si ahora las recuerdo es para informarle a usted: ¡pero entonces! Que el secreto de la vida se halle en la muerte era algo que siempre había sospechado, pero en un sentido negativo y físico y al mismo tiempo tan arriesgadamente trascendental y fideístico que mi mente no había querido analizarlo a ningún costo. Un pistoletazo: ¡bum! Y luego la luz, la grande, la eterna, la definitiva luz. ¡Puede ser! ¡Quizás! ¿Y si luego no fuese? El príncipe Hamlet no era, por más que digan, un imbécil.
"Pero en las palabras del cura campesino había algo más, no ya la ruptura brutal e instantánea del cerebro, de la circulación, etcétera, para hundirse en el mar esperanzado de las posibilidades sino la muerte en la vida, la realización presente, actual, inmediata del estado de muerte en el estado de vida.
"¿No comprende?"
Y el señor Kressler calló un momento mirándome desde el fondo de sus cuencas iluminadas. No supe qué contestarle en ese instante y en la pausa de silencio que siguió se oyó que la puerta se abría bruscamente. Apareció un hombre bajo, lívido, en mangas de camisa -un hombre vulgarísimo que inconteniblemente me evocó la imagen de un zapatero vicioso-, el que nos contempló a los dos con arrogancia. No bien lo vio, Kressler se levantó, corrió hacia él y salió cerrando la puerta detrás de sí. Inmediatamente estallaron gritos y blasfemias y puñetazos sobre las mesas y ruidos de sillas arrojadas al suelo... No comprendí una palabra: un confuso zumbar de rabia plebeya ocupaba penosamente la casa. Luego de tres o cuatro minutos de silencio, Kressler volvió a abrir la puerta y nuevamente se arrojó sobre el cajón. Tenía la cara algo más pálida y de un largo arañazo sobre la frente, justo sobre la ceja izquierda, descendían gruesas gotas de sangre oscura y densa. El extraño hombre tomó el pañuelo, se lo apretó sobre la pequeña herida y murmuró como una excusa:
-Quieren echarme de cualquier manera... No tendrán que esperar mucho...
Advertí que si yo no hubiese estado allí se habría echado a llorar. Aquella escena imprevista y enigmática me había consternado: me levanté para irme. Al notarlo, Kressler se levantó también y me tendió la mano. Olvidé en ese momento mi preocupación y sin pedirlo más le dije dos o tres palabras de despedida y salí.
Una vez lejos de la casa y de la calle miré a mi alrededor como si me hubiera despertado entonces de un sueño. La noche se acercaba: todas las cosas tenían ese aspecto espiritual e indeciso que sucede a la puesta del sol y las hace parecer como iluminadas interiormente. Los comercios se volvían amarillos y blancos bajo los últimos resplandores; en las calles todavía no oscurecidas las sombras humanas corrían más veloces pero sin ruido. El profundo sentido de la repetida e infinita inutilidad de todo esfuerzo, que vuelve al finalizar cada muerte del sol como maldición del anochecer, penetraba, quizás, hasta en el ánimo de los carreteros silenciosos y de las muchachas furtivas. Caminaba lento y pensativo, siempre avanzando, sin saber dónde detenerme, tratando de recordar sus facciones y sus palabras como si las hubiese visto y escuchado mucho tiempo antes. Pero todo me distraía: la mirada de una mujer, la blasfemia de un muchacho, el cartel luminoso de un teatro. Y cada toque de campana me hacía estremecer: las memorias y las nostalgias oscilaban a porfía pero fatigadas en la oscuridad tumultuosa de mi mente.
De improviso, sonó a mi lado una voz:
-Por aquí, por aquí. Estaremos más solos.
Me volví: era Kressler. Kressler, vestido tal como lo había hallado en su casa, que me miraba como si nada hubiese ocurrido. Me tomó del brazo y lo acompañé. Había salido tras de mí y me había seguido. Marchábamos hacia el río: al fondo del horizonte se veía aún una raya recta, casi blanca. Las llamas amarillas en doble fila tremolaban a lo largo de la corriente tranquila.
Kressler retomó la palabra:
-Creo que usted ya lo ha comprendido. Yo entendí todo inmediatamente, la primera noche. Observe que las palabras del cura no hablan sino de un caso especial de una ley que yo creo y estimo universal. ¡No solamente el secreto de la vida está en la muerte sino que el secreto de la luz está en las tinieblas, el secreto del bien está en el mal, el secreto de la verdad está en el error, el secreto del sí se encuentra en el no! Y entonces, cada Fausto que desea vivir, cada alma ávida que quiere abrazar la vida como se abraza a una amante para sentirla toda, para besarla toda, para gozarla toda debe prepararse para morir, debe meterse dentro de la muerte. Si nosotros logramos en algún momento vivir intensamente es porque la vida es un lento morir y porque cada voluntad es uno de los tantos estremecimientos y estertores de esta larga agonía.
"Desde ese día yo decidí renunciar a la vida, hacerme un alma de muerto, morir rápidamente. Pero no de pronto ni con medios externos y materiales. Ser ya un cadáver antes que fuese necesario el sepelio, y suicidarse de modo que la muerte parezca natural e involuntaria. He aquí mi descubrimiento: matarse con la voluntad, con la propia alma y no con las armas, no con las manos, no con venenos. Morir a fuerza de pensar en querer morir. Eso es lo que estoy haciendo. Esto es lo que quería saber de mí. ¿Está contento?"
Lo miré asombrado porque pronunció estas últimas palabras casi en un tono de rabia despreciativa. Pero en seguida agregó:
"No se preocupe: la muerte todavía no está completa. La verdad es que el suicidio como se practica hoy y se ha practicado siempre me produce repulsión. Esa sangre de los cuchillos, esas contorsiones de los venenos, esos descuartizamientos de las caídas, esos pistoletazos me han parecido siempre algo bajo, brutal, carnicero, innoble. ¿Por qué destruir la obra maestra de nuestro cuerpo con semejantes tajos brutales y anegar la nobleza del alma en esas matanzas repugnantes? El alma lo puede todo, el alma es todo, la voluntad es señora del mundo. Basta con querer morir, pero quererlo seriamente, fuertemente, constantemente, y la muerte poco a poco se instala en nosotros y nos penetra tan enteramente que un soplo solo, después, nos puede derribar. Y querer, en este caso, significa no querer. Para vivir queremos continuamente y para morir es necesario querer siempre menos y querer solamente no querer. La vida entera está hecha de esfuerzos: no esforzándose más, por nada, de ninguna manera, la vida se vacía y se desinfla por sí misma, y la aceptación del todo y la renuncia del todo se equivalen, se funden, son una sola cosa. Difícil es querer pero más difícil, sin parangón, es el no querer más. Aún no lo he logrado. Me estoy matando cada día y cada hora pero de tanto en tanto, cuando menos lo espero, el instinto demoníaco de la resistencia y el impulso loco del deseo vuelven a salir a flote y me empujan hacia atrás, entre los vivos, entre todos.
"Pero ahora estoy más cerca de la muerte, y por lo mismo, de la felicidad, entre tantos que buscan en la vida lo que la vida no podrá dar nunca. Apenas haya muerto, la vida volverá a cogerme como a su hijo preferido y no me será negado nada de lo que el sol ilumina y colora. Y ahora, ya mismo, saboreo de antemano estas alegrías. Para los demás, no significa nada: no como, no leo, no me divierto, no amo, no juego, no gano dinero: estoy ya semimuerto. Apenas si respiro y me muevo... Y, sin embargo, no daría estos días por todas las hermosas mujeres de Londres y todas las cajas fuertes de América. Lo que para los otros es el cielo para mí es una ventana, y toda la tierra, con sus océanos, es un peldaño sobre una torre y nada más, y en el silencio de la noche las músicas que llegan a mi oído son más voluptuosamente dolorosas que las de Chopin y más místicamente solemnes que las de Bach. Ninguna mujer puede ser tan perfecta como aquella que me ama en mi pensamiento y que creo cada día, de la cabeza a los pies, como el buen Dios de la Biblia. Y todos los sistemas y los conceptos de los profundos maníacos que usted y yo conocemos son aros de papel y cometas sin hilo frente al dominio directo de la realidad fuera de las rejas del espacio y de las horas del tiempo..."
Kressler calló de pronto, como antes, cuando el hombre amenazante había aparecido en el vano de la puerta. Miró a su alrededor tratando de escapar a mi mirada. Me pareció que se arrepentía de haberme hablado y que casi se avergonzaba.
-Deme su dirección -agregó-; le avisaré cuando llegue el momento. No venga más a visitarme.
Le di mi tarjeta y nos separamos fríamente. No he visto nunca cara más triste que la suya en aquel anochecer.
Durante cuatro meses no supe nada de él. Hace pocas semanas una mujer vino a buscarme de parte suya.
-¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Está mal? ¿Se muere?
-Parece que sí.
Corrí a Via della Stufa. Lo hallé en una auténtica cama y entre las sábanas. Una señora vieja estaba sentada junto a él y lo miraba. Había enflaquecido más pero el rojo oscuro del rostro no había sido cubierto por la palidez final. Me acerqué al lecho.
-Yo tenía razón -me susurró en voz baja-; he logrado el descubrimiento. La voluntad ha sido vencida. Estoy muerto ya. Dentro de pocas horas o pocos días la última apariencia de vida cesará... Nadie me ha matado... Yo solo... sin las manos... ¡Qué felicidad! Ninguna lengua humana podría decir... estoy muerto... yo mismo me he matado... basta con quererlo... Cualquiera puede imitarme, usted sabe mi secreto... Este es el verdadero camino, el único...
La señora, en tanto Kressler hablaba, estaba inquieta: parecía que sufría horriblemente por mi presencia.
Finalmente, no pudo resistir:
-¡Fuera de aquí! -me gritó-. Fuera de aquí, asesino.
Creo que estaba celosa de mí o quizás me creía uno de aquellos que, según ella, habían hecho enloquecer y morir a su hijo. Kressler no intentó desmentirla y entrecerró los ojos como si no quisiera saber más nada. No pensé ni en discutir ni en persuadirla y salí de allí con el corazón trastornado.
Dos días más tarde Kressler moría en el sentido humano y científico de la palabra. Detrás de la carroza fúnebre de segunda clase el coche de la madre se bamboleaba cerrado y lento como un remordimiento.