Mostrando entradas con la etiqueta Clark Ashton Smith. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Clark Ashton Smith. Mostrar todas las entradas

10 de septiembre de 2009

Estirpe de la cripta

Muchos y multiformes son los oscuros horrores que infestan la Tierra desde sus orígenes. Duermen bajo la roca inamovible; crecen con el árbol desde sus raíces; se agitan bajo la mar y en las regiones subterráneas; habitan los reductos más sagrados. Cuando les llega su hora, brotan del sepulcro de orgulloso bronce o de la humilde fosa de tierra. Algunos hay de antiguo conocidos por el hombre; otros, permanecen ignorados basta el día terrible de su revelación.
Tal vez los más espantosos y atroces no se han manifestado aún. Pero entre aquellos que surgieron hace tiempo, entre los que han evidenciado su insoslayable presencia, hay uno que por su suprema inmundicia no puede nombrarse: la descendencia que los moradores secretos de las criptas han engendrado en la humanidad.
Del Necronomicon, de Abdul Alhazred


En cierto modo, es una suerte que la historia que debo relatar ahora, se refiera en gran parte a sombras indecisas, a dudosas insinuaciones y a deducciones discutibles. De otra manera, jamás habría sido escrita por mano humana ni leída por los ojos de los hombres. Mi participación en el espantoso drama fue breve, ya que se limitó a su último acto. Los primeros apenas constituían para mí una leyenda remota y horrible. Aun así, el dislocado reflejo del horror que todo el asunto me produjo ha convertido los principales sucesos de la vida normal en tenues cendales tejidos al oscuro borde de algún abismo batido por el viento, al borde de algún sepulcro donde se oculta y supura la máxima corrupción de la Tierra.
La leyenda a que aludo me era conocida desde la infancia, ya que fue tema habitual de chismorreos familiares y de mudos asentimientos de cabeza, pues sir John Tremoth había sido compañero de clase de mi padre. Yo no había visto nunca a sir John. Tampoco había visitado Tremoth Hall hasta el día en que comenzó el acto final de la tragedia. Mi padre emigró de Inglaterra; me llevó consigo a Canadá cuando todavía era niño. En Manitoba prosperó como apicultor y, después de su muerte, las colmenas me tuvieron muy ocupado durante varios años, sin poder realizar mi sueño dorado que era visitar mi tierra natal y viajar por sus comarcas rurales.
Cuando por fin logré realizar el viaje, recordaba muy confusamente las viejas habladurías sobre sir John. Un día, ya en mi país natal, decidí dar una vuelta en motocicleta por las típicas comarcas inglesas. Tremoth Hall no formaba parte de mi itinerario, desde luego. Al fin y al cabo, el espantoso suceso relacionado con dicha mansión no suscitaba en mí ninguna curiosidad morbosa, como acaso la hubiera suscitado en otras personas. Fui a parar allí por pura casualidad. Había olvidado por dónde caía Tremoth Hall; ni siquiera se me ocurrió que pudiera estar por los alrededores. De haberlo sabido creo que me hubiera desviado -a pesar de la urgente necesidad de buscar albergue aquella noche-, antes que tomar parte en la tremenda desdicha que afligía a su dueño.
Cuando llegué a Tremoth Hall estábamos a principios del otoño. Acababa de hacerme una jornada entera de viaje a través de una campiña ondulada por serpeantes carreteras y pacíficos caminos vecinales. El día había sido despejado. Brillaba un cielo pálido sobre los nobles parques teñidos de rojo y ámbar en la languidez otoñal. Pero, avanzada la tarde, comenzó a extenderse la niebla por las bajas colinas y acabó por envolverme en su seno espectral, de suerte que me extravié y no pude encontrar indicación alguna que me orientara hacia la ciudad donde pensaba pasar la noche.
Seguí adelante al azar, con la idea de que no tardaría en dar con otra bifurcación. La carretera era poco más que un rústico camino vecinal, totalmente solitario. La niebla se había hecho más espesa y oscura, borrando el horizonte en toda su extensión. A juzgar por lo que veía, el paisaje de la región estaba formado de matorrales y peñascos, sin vestigio de cultivo alguno. Subí un repecho y descendí después por una cuesta larga y monótona, mientras la niebla se hacía más densa con el crepúsculo. Me parecía que rodaba en dirección oeste, pero ante mí, en la pálida oscuridad, no descubría el más mínimo resplandor que indicara el lugar donde se estaba poniendo el sol. Me llegaba un húmedo olor salitroso, como de marismas.
La carretera describió una curva muy cerrada, y me dio la sensación de que rodaba entre hoyas y pantanos. La noche se precipitó con rapidez casi anormal, como si tuviera prisa por atraparme, y comencé a sentir una especie de confusa inquietud, como si me hubiera extraviado por unos parajes extraños y no en un apacible rincón de la vieja Inglaterra. La niebla y el atardecer parecían disimular un paisaje silencioso y lívido, lleno de misterio, inquietante, estremecedor.
Luego, a mi izquierda y un poco por delante de mí, vi un resplandor que me hizo pensar en un ojo fúnebre y empañado. Brillaba entre masas indistintas y borrosas, como entre árboles de un bosque fantasmal. Una de las sombras más cercanas, al ir aproximándome, se resolvió en un pequeño edificio que parecía guardar la entrada de alguna finca. Estaba oscuro y silencioso. Me detuve a escudriñar, y vi una verja de hierro y un seto de tejo sin recortar.
Toda la finca tenía aspecto de abandono. Volví a sentir en la médula el frío estremecimiento del miedo que me acechaba desde que me internara en aquella región de brumas y marismas. Pero la luz era testimonio de proximidad humana en tan solitarios parajes. Podría encontrar albergue por una noche o, cuando menos, pediría que me indicaran la dirección del pueblo o posada más próximos.
Para sorpresa mía, la verja no estaba cerrada. Empujé y se abrió con un ruido chirriante y herrumbroso. Daba la sensación de que hacía mucho que no la habían abierto. Empujé la moto adentro y continué por la alameda invadida de yerba, hacia la luz. No tardó en recortarse la vaga silueta de un edificio solariego entre árboles y arbustos cuyas formas artificiales, como el desgarrado seto de tejo, obedecían más a una selvática extravagancia que a la pericia de un jardinero.
La niebla se había convertido en fría llovizna. Casi a tientas en la negrura, hallé una puerta a cierta distancia de la ventana que dejaba escapar la solitaria luz. Llamé por tres veces, y, como respuesta, oí finalmente un apagado ruido de pasos arrastrados y lentos. Se abrió la puerta poco a poco, y apareció ante mí un anciano con una vela encendida en la mano. Le temblaban los dedos por parálisis o por vejez. Tras él, en las tinieblas del recibimiento, fluctuaban las sombras deformadas y acariciaban sus rasgos arrugados como un aleteo de murciélagos.
-¿Qué desea, señor? -preguntó.
La voz, aunque temblona y vacilante, distaba mucho de ser ruda. Tampoco dio muestras de recelo y frialdad, como empezaba yo a temer. No obstante, percibí una especie de vacilación, y cuando le conté las circunstancias que me habían llevado a llamar a su puerta, me escudriñó con una impertinencia que no me pareció acorde con su extrema vejez.
-Sabía que sería usted extranjero en estos contornos -comentó cuando hube terminado-. Sin embargo, ¿podría saber su nombre, señor?
-Me llamo Henry Chaldane.
-¿No será usted hijo del señor Arthur Chaldane?
Algo desconcertado, dije que sí.
-Se parece usted a su padre, señor. El señor Chaldane y sir John Tremoth fueron buenos amigos antes de que su padre se marchara al Canadá. ¿Quiere pasar, por favor? Esto es Tremoth Hall. Sir John no tiene costumbre de recibir invitados desde hace mucho tiempo, pero le diré que está usted aquí y puede que quiera saludarle.
Asustado, y no muy agradablemente sorprendido por el descubrimiento del lugar donde me encontraba, seguí al anciano hasta un despacho atestado de libros, cuyo mobiliario evidenciaba lujo y abandono. Encendió una antigua lámpara de aceite, de pantalla pintada y polvorienta, y me dejó solo entre aquellos muebles y libros más polvorientos aún.
Sentía una turbación extraña, una sensación de entrometimiento, mientras aguardaba bajo la desfallecida amarillez de la lámpara. Me volvían a la memoria los detalles espantosos, casi olvidados, del relato que había oído a mi padre en mi infancia.
Lady Agatha Tremoth, la esposa de sir John, había sido víctima de ataques catalépticos. El tercer ataque pareció causar su muerte, ya que no revivió después del intervalo acostumbrado. El cuerpo de lady Agatha fue llevado al panteón de la familia, que se hallaba situado en la parte posterior de la mansión y era casi fabuloso por sus dimensiones y antigüedad. Al día siguiente del entierro, sir John, angustiado por una duda extraña y persistente sobre el dictamen final del médico, había visitado nuevamente el panteón; al entrar, oyó un alarido espeluznante y encontró a lady Agatha incorporada en su ataúd. La tapa, que había sido afirmada con clavos, estaba en el suelo. Parecía imposible que hubiera sido arrancada por los esfuerzos de una frágil mujer. Sin embargo, no cabía otra explicación, y la misma lady Agatha contribuyó bien poco al esclarecimiento de las circunstancias de su extraña resurrección.
Medio trastornada y casi delirante, en un estado de inenarrable horror fácil de comprender, refirió en forma incoherente lo que había sucedido. No recordaba haber hecho esfuerzo alguno por liberarse de su ataúd, pero se sentía enormemente trastornada por el recuerdo de una cara pálida, espantosa, inhumana, que había visto en la oscuridad al despertar de su prolongado letargo mortal. Fue la visión de ese rostro, inclinado sobre ella en el ataúd ya abierto, lo que le hizo dar un grito enloquecedor. Aquel ser había desaparecido antes de que se acercara sir John, huyendo velozmente hacia el interior del panteón. Apenas pudo hacerse una vaga idea de su aspecto general. Creía, sin embargo, que tenía un rostro blanco, ancho, y que echó a correr como un animal, a cuatro patas, aunque sus miembros parecían humanos.
Como es natural, su relato fue considerado como sueño o producto del delirio provocado por el trauma de su espantosa vivencia, que había borrado toda huella del verdadero motivo de su terror. Pero el recuerdo de la horrible cara y del aspecto general del repulsivo visitante, llegó a convertirse en perpetua causa de obsesión, y sus frecuentes delirios ponían de manifiesto el terror morboso que la dominaba. Nunca se recobró de su ansiedad; siguió viviendo en un deplorable estado físico y mental, y falleció nueve meses más tarde, después de dar a luz a su único hijo.
La muerte fue misericordiosa con ella, porque el niño, al parecer, era uno de esos monstruos espantosos que a veces aparecen en la estirpe humana. No se conocía la naturaleza exacta de su anormalidad, aunque corrían rumores temerosos y contradictorios, probablemente suscitados por el médico, las enfermeras y la servidumbre que lo habían visto. Algunos criados, después de haber visto al pequeño monstruo, abandonaron Tremoth Hall y se negaron a volver.
Después de la muerte de lady Agatha, sir John se retiró de la vida social, y poco a poco dejó de hablarse de él y de la desgracia que significaba tener un hijo como el suyo. No obstante, la gente decía que lo tenía encerrado bajo llave, en un cuarto de ventanas enrejadas en el que nadie podía entrar más que el propio sir John. Esta tragedia había destrozado su vida, convirtiéndole en un recluso: vivía solo, con uno o dos criados fieles, y no hacía nada por evitar la decadencia y el abandono de su propiedad.
Sin duda, pensaba yo, el anciano que me había recibido era uno de los criados que se quedaron junto a él. Aún estaba reflexionando sobre la terrible leyenda, esforzándome por recordar algunos detalles casi olvidados, cuando oí un ruido de pasos. A juzgar por su lentitud, me imaginé que era el criado que regresaba.
Pero me había equivocado: la persona que entró era nada menos que el propio sir John Tremoth. Su alta figura, ligeramente encorvada, el rostro arrugado como por efecto de algún corrosivo, todo en él revelaba una dignidad que parecía triunfar sobre la doble catástrofe de la enfermedad y la amargura de la muerte. No sé por qué -aunque podía haber calculado su verdadera edad- había esperado encontrarme con un anciano. Pero no, en realidad sir John era un hombre en plena madurez. No obstante, su palidez cadavérica y su paso vacilante eran los de una persona afectada por alguna enfermedad fatal.
Al dirigirse a mí, se mostró impecablemente cortés, incluso afable. Pero su voz era la de alguien para quien las relaciones y las actividades de la vida habían perdido todo su significado y trascendencia desde hacía muchísimo tiempo.
-Harper me ha dicho que usted es hijo de mi viejo camarada Arthur Chaldane -dijo-. Sea usted bienvenido a este pobre refugio, que es lo único que puedo ofrecer. Hace muchos años que no he recibido invitados y me temo que va a encontrar la mesa un tanto lúgubre. Por otra parte, tal vez me tome usted por un mal anfitrión. De todos modos, debe quedarse usted al menos por esta noche. Harper ha ido a prepararnos la cena.
-Es usted muy amable -contesté-. Sin embargo, no quisiera haber venido a molestarle. Si...
-De ningún modo -exclamó con firmeza-. Debe usted quedarse aquí. La posada más próxima está a varias millas y la niebla se está convirtiendo en una lluvia pertinaz. Verdaderamente me alegro de tenerle conmigo. Quiero que me cuente algo sobre su padre y sobre usted mientras cenamos. Entre tanto, trataré de buscarle una habitación, si me hace el favor de venir conmigo.
Me condujo al piso alto de aquella mansión, a través de un corredor con vigas y entrepaños de roble antiguo. Cruzamos por delante de varias puertas cerradas. Una de ellas estaba reforzada con barrotes de hierro pesados y siniestros como los de una mazmorra. Inevitablemente, imaginé que era ésta la cámara donde había sido confinada la monstruosa criatura. Me preguntaba también si, después de un lapso que debía oscilar alrededor de los treinta años, seguiría viva. ¡Cuán insondables, cuán repugnantes debieron ser sus desviaciones con respecto al tipo humano medio, para que fuera necesario retirarlo inmediatamente de la vista de los demás! y, ¿en virtud de qué características de su desarrollo ulterior había hecho falta poner barrotes en una puerta de roble que, por sí misma, era bastante recia para resistir las embestidas de un hombre o de un animal cualquiera?
Sin dirigir una sola mirada a la puerta, mi anfitrión siguió adelante, portando una bujía que apenas temblaba entre sus débiles dedos. Las curiosas reflexiones en que me había sumido mientras caminaba tras él se vieron interrumpidas, con un repentino sobresalto, por un grito que pareció salir de la habitación clausurada. Fue un aullido largo, ascendente, muy bajo al principio, como la voz de un demonio ahogada por la tumba, que subió de tono hasta convertirse en un alarido inhumano, penetrante y furioso, como si el demonio emergiera voraz a la superficie a través de pasadizos subterráneos. No era voz de persona ni de bestia, sino algo enteramente preternatural, demoníaco, macabro. Me estremecí, electrizado por un miedo insoportable, que me duraba aún cuando el aullido, después de llegar a su grado más elevado, hubo bajado de nuevo hasta perderse en un silencio sepulcral.
Sir John aparentó no hacer caso del espantoso alarido y continuó caminando con su paso vacilante. Llegó al final del corredor y se detuvo ante la segunda habitación a partir de la puerta reforzada.
-Usted ocupará esta habitación -dijo- Es la siguiente a la mía.
No se volvió a mirarme mientras hablaba. Su voz era forzada, impersonal, reprimida. Me di cuenta, sobresaltado, de que la habitación que me indicaba como suya era contigua a la cámara de la que parecía haber brotado el tremendo aullido.
Se notaba que mi habitación no había sido usada desde hacía años. Reinaba un aire denso, frío, malsano, con olor a husmo penetrante. Los muebles estaban cubiertos de polvo y telarañas. Sir John comenzó a disculparse:
-No sabía el estado en que se hallaba la habitación -dijo-. Le diré a Harper que suba después de cenar a quitar el polvo y poner ropa limpia en la cama.
Le aseguré que no tenía por qué disculparse. La tremenda soledad, la vejez de la antigua mansión, sus años de abandono y la inconsolable aflicción de su propietario me tenían hondamente impresionado. No me atrevía a especular demasiado sobre el horrible secreto de la cámara enrejada, ni sobre el alarido que todavía vibraba en mis nervios trastornados. Me lamentaba ya de la extraña casualidad que me había conducido a aquel lugar. Sentía un deseo imperioso de salir, de continuar mi viaje aun de cara a la fría lluvia otoñal y al viento de la noche. Pero no se me ocurría ninguna excusa sólida y verosímil. Evidentemente, no tenía más remedio que quedarme.
La cena, en un salón lúgubre pero señorial, fue servida por el anciano Harper. La comida era sencilla, aunque sustanciosa y bien preparada. El servicio, impecable. Comencé a sospechar que Harper sería el único criado, una mezcla de ayuda de cámara, mayordomo, lacayo y cocinero.
A pesar del hambre que tenía y de las molestias que mi anfitrión se tomaba para que yo me sintiera a gusto, la comida resultó una ceremonia solemne y casi fúnebre. No se me iba de la cabeza la historia que había contado mi padre, y menos aún podía apartar de mi imaginación la puerta enrejada y el impresionante aullido. Fuera como fuese, el monstruo vivía aún, y yo sentía una complicada mezcla de admiración, piedad y horror al mirar el flaco rostro de sir John Tremoth y pensar en el infierno de vida a que se había condenado, pese a la aparente fortaleza con que soportaba sus duras pruebas.
Tras los postres fue servida una botella de excelente Jerez que alargó una hora o más la sobremesa. Sir John habló durante un rato sobre mi padre -no se había enterado de su muerte-, y se interesó por mis asuntos con el tacto y la cortesía de un hombre de mundo. Habló muy poco de sí mismo, y no hizo la más remota alusión a su trágica historia.
Como a mí la bebida casi no me gusta y no vaciaba el vaso con demasiada frecuencia, la mayor parte de la botella la consumió mi anfitrión. Hacia el final de la velada, manifestó cierta extraña disposición a las confidencias. Primero me habló de su falta de salud, bien visible por su aspecto. Me dijo que sufría una gravísima enfermedad del corazón, angina de pecho, y que recientemente había sufrido un ataque excepcionalmente grave.
-El próximo acabará conmigo -dijo-. Y puede que me dé en cualquier momento… ¿Quién sabe? Tal vez esta noche.
Me lo dijo con toda sencillez, como si estuviera hablando de algo corriente o aventurado una predicción del tiempo. Luego, después de una breve pausa, con más énfasis y más peso en sus palabras, comentó:
-Quizá piense usted que soy persona rara, pero tengo aversión a los entierros en criptas y panteones. Quiero que mis restos sean incinerados, y he consignado por escrito todas las disposiciones necesarias para ello. Harper se encargará de que se cumplan debidamente. El fuego es el más limpio y el más puro de los elementos, y acaba con todos esos procesos infames que se producen entre la muerte y la plena desintegración final. No puedo soportar la idea de una tumba mohosa, infestada de gusanos.
Continuó hablando sobre el mismo tema durante un buen rato. Daba tales pormenores, que sin duda se trataba de un tema sobre el que meditaba con frecuencia, si es que no se había convertido realmente en una obsesión para él. Parecía ejercer sobre él una morbosa fascinación, y al hablar, mostraba un brillo doloroso en sus ojos hundidos y ocultos, y un matiz de histeria, rígidamente dominada, en su voz. Recordó el entierro de lady Agatha, su trágica resurrección, y el confuso, el delirante horror del panteón, que había constituido la parte inexplicable e inquietante de su historia. No era difícil comprender la aversión de sir John hacia los entierros. Pero estaba yo muy lejos de sospechar el tremendo espanto que se ocultaba bajo esta repugnancia.
Harper había desaparecido después de traernos la botella de Jerez; supuse que había recibido la orden de arreglar mi habitación. Vaciamos nuestros vasos y terminó él su peroración. El acaloramiento, que parecía haberle reanimado ligeramente, decayó y mi anfitrión adquirió un aspecto más enfermizo y macilento que nunca. Alegando que me sentía muy cansado, le manifesté mi deseo de retirarme; y él, con su cortesía inalterable, insistió en acompañarme hasta mi habitación para asegurarse de que todo estaba en orden antes de irse a acostar.
En el pasillo de arriba nos encontramos con Harper, que en ese preciso momento bajaba por un tramo de escaleras que debía conducir a un tercer piso. Llevaba una pesada cacerola de hierro con restos de comida. Noté un olor acre bastante fuerte, casi de putrefacción, cuando pasó por mi lado. Me pregunté si habría estado dando de comer al monstruo desconocido y si no le daría la comida desde el techo, a través de una trampa. La suposición era bastante verosímil; pero el olor de las sobras, por una lejana y un tanto rebuscada asociación de ideas, había comenzado a suscitar en mí otras conjeturas que iban más allá de lo verdaderamente razonable. Ciertas sospechas vagas e incoherentes parecían integrarse espontáneamente en una única y horrenda suposición. Mal que peor, intenté convencerme de que la hipótesis era científicamente inadmisible, una mera fantasía de brujería supersticiosa. No, no podía ser que... que aquí, en Inglaterra precisamente, aquel demonio devorador de cadáveres que cuentan los cuentos y las leyendas orientales... el gul…
En contra de todos mis temores, no se repitió aquel diabólico aullido, al pasar frente a la habitación secreta. En cambio, me pareció oír un lento ronchar, como el de un animal enorme que devorase su alimento.
Mi habitación, aunque bastante oscura, estaba ahora limpia de polvo y telarañas. Después de una inspección personal, sir John me deseó buenas noches y se retiró a su aposento. Me sorprendieron su palidez mortal y su flojedad al despedirse, y pensé con cierta culpabilidad que la extorsión que suponía el haber atendido y obsequiado a un huésped pudo haber empeorado la grave enfermedad que padecía. Me pareció descubrir un dolor, un sufrimiento, bajo la armadura de urbanidad, y me pregunté si aquella urbanidad no era mantenida a un precio excesivo.
El cansancio del viaje, junto con la pesadez del vino que había bebido, debían haberme vencido; pero a pesar de permanecer con los ojos firmemente apretados en la oscuridad, no conseguía apartar aquellas sombras malignas de sospecha que se hacinaban sobre mí. Me sentía rodeado de unos seres detestables provistos de garras inmundas, que me rozaban en sus nauseabundas contorsiones, al removerme durante horas y horas o mientras contemplaba el rectángulo gris de la ventana. El constante gotear de la lluvia, el gemido del viento, se resolvieron en un espantoso murmullo de voces casi articuladas que conspiraban contra mi tranquilidad y susurraban abominables secretos en un lenguaje demoníaco.
Finalmente, al cabo de un tiempo que me pareció un siglo, la tempestad amainó y dejaron de oírse aquellas voces equívocas. La claridad que entraba por la ventana se proyectaba débilmente en la negrura de la pared. Los terrores de mi larga noche de insomnio se disiparon un tanto, pero no conseguí coger el sueño. Me di cuenta del completo silencio que reinaba en la casa. Luego, en aquel silencio, oí un ruido extraño, débil, inquietante. De momento, no sabía de dónde procedía.
A veces, era un ruido apagado. Luego parecía aproximarse, como si viniera de la habitación contigua. No sé por qué, me recordaba el ruido que harían las garras de un animal al arañar un recio maderaje. Me incorporé y, al escuchar con más atención, me di cuenta con un sobresalto de terror de que provenía del lado donde estaba el cuarto enrejado. Se produjo una extraña resonancia; después, el ruido se hizo casi inaudible. De pronto, y durante un rato, cesó por entero. En ese intervalo oí un simple gemido, como el de una persona agonizante o presa de un insuperable terror. No cabía la menor duda de que el gemido venía de la habitación de sir John Tremoth; y tampoco podía equivocarme ya sobre el origen del prolongado arañar.
El gemido no se volvió a repetir, pero comenzó nuevamente aquel rascar en la madera y ya continuó hasta el amanecer. Después, como si la bestia que arañaba fuese de costumbres nocturnas, el ruido cesó y no se oyó más. Hasta ese momento había permanecido en una insoportable tensión de nervios, lleno de aprensión angustiosa, atento a los ruidos y, a la vez, embotado por el cansancio y el deseo de dormir. Al cesar todo sonido, allá en la descolorida palidez del amanecer, caí en un sueño profundo del que no pudieron sacarme todos los espectros de la vieja mansión.
Me despertaron unos golpes sonoros en la puerta, unos golpes que, aun en la torpeza del sueño, sentí imperiosos y urgentes. Debían ser cerca de las doce del mediodía, y con cierto sentimiento de culpa por haberme recreado demasiado en la cama, corrí a la puerta y abrí inmediatamente. Harper, el viejo criado, estaba allí plantado, y su temblorosa excitación revelaba que algo terrible había sucedido.
-Siento decirle, señor Chaldane -tartamudeó-, que sir John ha fallecido. No contestaba a mi llamada como de costumbre, y me he visto obligado a entrar en su habitación. Debe de haber muerto a primera hora de la madrugada.
Mudo de estupor ante la noticia, recordé el gemido que oí cuando comenzaba a clarear. Tal vez había muerto en aquel preciso instante. Recordé también aquel pesadillesco arañar en la madera. Inevitablemente me pregunté si el gemido que oí no fue tanto de dolor físico como de temor. ¿No pudo ser, acaso, la tensión de estar oyendo aquel ruido espantoso lo que provocó el último ataque de la enfermedad de sir John? No las tenía todas conmigo; mi cerebro se atormentaba con pavorosas y horribles conjeturas.
Con la cortesía convencional que suele emplearse en tales ocasiones, traté de dar el pésame al anciano sirviente y me ofrecí a ayudarle en las diligencias necesarias para destruir los restos mortales de su señor, según su última voluntad. Puesto que no había teléfono en la casa, me brindé a buscar un médico que examinara el cuerpo y extendiera el certificado de defunción. El viejo pareció experimentar una gratitud y un alivio extraordinarios.
-Muchas gracias, señor -dijo fervientemente, y añadió como explicación-. Le prometí vigilar su cuerpo de cerca.
Siguió hablando del deseo de sir John de ser incinerado. El barón había dejado disposiciones concretas de que se construyera una pira de leña en el montículo situado detrás de la mansión, con objeto de quemar allí sus restos, y de que se esparcieran sus ceniza por los campos de su heredad. Había ordenado, facultando para ello a su sirviente, que estas disposiciones se llevaran a cabo lo antes posible después de su fallecimiento. Nadie debía presenciar dicha ceremonia, aparte Harper y los hombres necesarios para llevarla a cabo. En cuanto a los familiares más allegados -ninguno de los cuales vivía en las cercanías- no deberían ser informados hasta que todo hubiese concluido.
Rehusé el ofrecimiento de Harper, que quería prepararme el desayuno. Le dije que comería cualquier cosa en el pueblo vecino. En su actitud había una extraña ansiedad, y comprendí, por una especie de intuición difícil de definir, que deseaba comenzar su prometida vigilancia junto al cadáver de sir John.
Sería aburrido e innecesario detallar el velatorio que siguió. La espesa niebla marina había vuelto. Mientras me dirigía al pueblo vecino tuve la sensación de ir a tientas por un mundo húmedo e irreal. Conseguí localizar a un médico y contratar varios hombres para montar. la pira y transportar el cadáver. En todas partes fui recibido con pocas muestras de entusiasmo. Nadie manifestaba deseos de comentar la muerte de sir John ni de hablar acerca de la negra leyenda de Tremoth Hall.
Harper, para mi sorpresa, había propuesto que la cremación se llevara a cabo inmediatamente. Sin embargo, no tardamos en comprobar que era imposible. Cuando concluyeron todas las formalidades y disposiciones, la niebla se había convertido en una llovizna continua, insistente, que impedía prender fuego a la pira. Nos vimos obligados a aplazar la ceremonia. Le había prometido a Harper que me quedaría hasta que todo hubiera concluido, así que tuve que pasar otra noche bajo aquel techo, albergue de secretos malditos y abominables.
No tardó en oscurecer. Después de una última visita al pueblo, en la que conseguí unos bocadillos para cenar Harper y yo, regresé a la solitaria mansión. Encontré a Harper en la escalera cuando subía a la cámara mortuoria. Había una gran inquietud en su semblante, como si hubiese sucedido algo que le llenara de terror.
-¿No accedería usted a hacerme compañía esta noche, señor Chaldane? -preguntó-. Ya sé que el velatorio que le pido que comparta conmigo va a ser espantoso, y quizá hasta peligroso. Pero sir John se lo agradecería, estoy seguro. Si tiene usted un arma sería conveniente que la llevara encima.
Era imposible negarse a su petición, de modo que asentí inmediatamente. No tenía arma de ninguna clase, por lo que Harper insistió en que aceptara un revólver antiguo; él andaba con otro que era hermano del que me ofrecía.
-Pero bueno, Harper -dije bruscamente, mientras nos encaminábamos por el pasillo a la habitación de sir John-, ¿de qué tiene miedo?
Se quedó visiblemente turbado ante la pregunta. Parecía no tener demasiadas ganas de contestar. Luego, un momento después, se dio cuenta de que era necesario hablar con franqueza.
-Es la criatura de la habitación enrejada -explicó-. Tiene que haberla oído, señor. La hemos custodiado sir John y yo durante estos veintiocho años, siempre con el temor de que pudiera escaparse. Nunca nos ha causado problemas… ya que siempre la hemos tenido bien alimentada. Pero estas tres últimas noches ha estado arañando la gruesa pared de roble que la separa de la habitación de sir John, y eso jamás lo bahía hecho antes. Sir John decía que era porque sabía que él iba a morir y quería apoderarse de su cuerpo… porque anhelaba un alimento distinto del que nosotros le proporcionábamos. Esta es la razón por la que debemos vigilarle estrechamente esta noche, señor Chaldane. Pido a Dios que la pared aguante; pero esa bestia sigue arañando y arañando como un demonio, y no me gusta la resonancia del ruido... Parece como si hubiera gastado el tabique y estuviera a punto de romperlo.
Asustado por esta afirmación de la espantosa conjetura que se me había ocurrido la noche anterior, me quedé sin contestar. Cualquier comentario habría resultado banal. Tras esta abierta declaración de Harper, la anormalidad de aquella criatura tomaba un carácter más sombrío y desquiciado, más poderoso y amenazador. De buena gana habría renunciado al velatorio… pero me era imposible, naturalmente.
Al cruzar por delante de la puerta enrejada pude oír que su ocupante rascaba con furia, de una manera diabólica, ruidosa, frenética. Inmediatamente comprendí el tremendo miedo que había impulsado al anciano a solicitar mi compañía. El ruido era indeciblemente alarmante y turbador… era de una insistencia inquebrantable; delataba un deseo irreprimible, una brutal voracidad. Al entrar en la habitación del difunto, el ruido se hizo más claro, y adquirió una resonancia espantosa y desesperada.
Durante el transcurso del día me había abstenido de visitar esta habitación. No tengo esa morbosa curiosidad que sienten muchos por contemplar los efectos de la muerte. De modo que ésta era la segunda y última vez que veía a mi anfitrión. Completamente vestido y preparado para la pira, yacía en la fría blancura del lecho, cuyas cortinas de raso habían sido retiradas a los lados. La pieza estaba iluminada por altos cirios, alineados en los brazos de un antiguo candelabro que descansaba sobre una mesita. Los cirios derramaban una luz vacilante por la estancia plagada de sombras mortuorias.
Un poco en contra de mi voluntad miré los rasgos del muerto, y aparté los ojos rápidamente. Esperaba ver una blancura y una rigidez marmórea, pero no esa expresión de terror infinito, de ese mismo terror que sin duda debió ir minando su corazón a lo largo de los años y que, con un autodominio casi sobrehumano, consiguió ocultar en vida de las miradas indiscretas. Daba la sensación de que no estaba muerto, de que aún escuchaba, atento y angustiado, los ruidos pavorosos que muy bien pudieron haber sido causa del desenlace fatal de su enfermedad.
Había varias sillas que, como el lecho, parecían del siglo XVII. Harper y yo nos sentamos junto a la mesita, entre el lecho mortuorio y la pared revestida de oscura madera, y comenzamos así nuestro velatorio.
Estando sentados allí, me dio por representarme el aspecto de aquella monstruosidad sin nombre. Por los rincones de mi cerebro se sucedieron, fugaces y caóticas, imágenes amorfas, pesadillescas, de los horrores del sepulcro. Sentía una tremenda curiosidad, cosa extraña en mi natural forma de ser, que me impulsaba a hacer preguntas a Harper. Pero por otra parte, me lo impedía una más poderosa inhibición. A su vez, el anciano tampoco tenía deseos de hacer ninguna clase de comentario, limitándose a vigilar la pared con ojos alarmados y fijos.
Sería imposible referir la tensión violenta, la expectación sombría y macabra de las horas que siguieron. El maderaje debía ser de gran dureza y espesor, y sin duda podía desafiar todas las acometidas de aquella criatura armada tan sólo de garras y dientes. No obstante, a pesar de argumentos tan reconfortantes, me pareció que de un momento a otro vería derrumbarse el zócalo encima de mí. El ruido de las uñas poderosas proseguía eternamente. Mi enfebrecida imaginación lo percibía más fuerte y más cercano cada vez. A intervalos, me parecía oír un quejido apagado, anhelante, como el de un animal hambriento acercándose a la boca de su madriguera.
Ninguno de los dos hablamos de lo que debíamos de hacer, caso de que el monstruo consiguiera su propósito. Había, empero, un tácito acuerdo entre nosotros. Y yo, que nunca había sido supersticioso, empecé a preguntarme si el monstruo poseería una constitución lo bastante orgánica para ser vulnerable por las balas de un revólver. ¿Hasta qué punto se habrían desarrollado los caracteres de su desconocido y fabuloso progenitor? Traté de convencerme de que tales cuestiones y conjeturas eran sencillamente absurdas, pero me las planteaba una y otra vez, como fascinado por el vértigo de un abismo prohibido.
La noche fue transcurriendo como las negras y perezosas aguas de un río. Los altos cirios funerarios se habían consumido hasta pocos centímetros de los brazos verdosos del candelabro. Esta fue la única circunstancia que me dio idea del paso del tiempo, porque me encontraba como sumergido en una eternidad de tinieblas, como paralizado por un horror ciego. Llegué a acostumbrarme de tal manera a aquel perenne escarbar de zarpas en la madera, que su aumento y violencia se me antojaban figuraciones mías. Y así fue como sobrevino el final, casi sin damos cuenta.
De súbito, oí un golpe, un ruido provocado al astillarse la madera, y al mirar espantado hacia la pared vi saltar un listón que quedó colgando de un entrepaño. Luego, antes que pudiera recobrarme ni comprender lo que revelaba el testimonio de mis sentidos, saltó en mil pedazos un gran trozo semicircular de pared, bajo la arremetida de un cuerpo pesado.
Gracias a Dios seguramente, no he podido recordar jamás qué clase de ser infernal salió de aquel boquete. El choque provocado por el exceso mismo de terror me ha borrado el recuerdo de los detalles. No obstante, me quedó la vaga impresión de un cuerpo enorme, blancuzco, lampiño, que caminaba a cuatro patas; recuerdo también grandes colmillos en un rostro semihumano y enormes uñas de hiena. Un olor pútrido precedió a su aparición, como la vaharada del cubil de una devorador de carroñas. Y luego, de un salto prodigioso, la criatura aquella cayó sobre nosotros.
Oí los repetidos disparos del revólver de Harper, cortantes, vengativos, en la habitación cerrada; el mío sólo produjo un chasquido metálico y herrumbroso. Tal vez era demasiado viejo el cartucho. Sea como fuere, el arma falló. Antes de que pudiera apretar el gatillo otra vez, me sentí arrojado al suelo con terrible violencia, golpeándome la cabeza contra el pesado pie de la mesita. Sobre mi conciencia pareció caer un velo de tiniebla espolvoreado de incontables lucecitas, que me ocultó la escena totalmente. Después, desaparecieron todas las lucecitas, y quedé en completa oscuridad.
Poco a poco, comencé a tener conciencia de una llama y una sombra, pero la llama era brillante y oscilaba y parecía aumentar y hacerse más luminosa cada vez. Entonces, mis sentidos inciertos y embotados se reavivaron ante un acre olor a ropa quemada. Volvieron a recobrar su forma los contornos de las cosas y me di cuenta de que me encontraba en el suelo, junto a la mesa derribada, de cara al lecho de muerte. Las velas habían ido a parar al suelo. Una de ellas había prendido fuego a la alfombra que tenía cerca; otra, algo más allá, había incendiado las colgaduras de la cama, y las llamas se habían corrido rápidamente hacia el enorme dosel. Aun no me había movido yo del suelo, cuando cayeron sobre la cama algunos jirones de paño incendiado, y el cuerpo de sir John quedó rodeado por un círculo de fuego incipiente.
Con mucho trabajo conseguí ponerme en pie, aturdido aún por el golpe recibido en la caída. La habitación estaba desierta, aparte el viejo criado que yacía en el umbral y se quejaba débilmente. La puerta estaba abierta, como si alguien... o algo se hubiera marchado mientras estaba yo sin conocimiento.
Me volví otra vez hacia la cama con la instintiva intención de apagar el fuego. Las llamas se extendían rápidamente, se elevaban cada vez más, pero no tan de prisa que me ocultaran las manos y las facciones -si es que se podían llamar así- de lo que había sido sir John Tremoth. No haré ninguna referencia explícita a este último horror. Me gustaría igualmente no acordarme de aquello. El monstruo había huido asustado por el fuego, pero demasiado tarde...
Poco más me queda que añadir. Tambaleándome, con Harper en brazos, eché una mirada hacia atrás. La cama y el dosel formaban una masa de llamas envolventes. El desdichado barón había encontrado su pira funeraria, tan deseada por él, en su propia cámara mortuoria.
Estaba a punto de amanecer cuando salíamos de la infausta mansión. La lluvia había cesado; el cielo aparecía surcado de nubes plomizas. El aire fresco reanimó al criado, que permaneció junto a mí, sin pronunciar una palabra, mientras contemplábamos cómo se elevaban las llamas que brotaban del tejado de Tremoth Hall y un cárdeno resplandor comenzaba a extenderse por los cuatro costados del edificio.
A la luz combinada del pálido amanecer y el fantástico incendio, descubrimos a nuestros pies unas huellas semihumanas, de grandes uñas caninas, hondamente impresas en el barro. Salían del edificio en dirección a la colina que había detrás.
Sin decir palabra seguimos las huellas. Casi en línea recta nos llevaron a la entrada del antiguo panteón familiar, hasta la pesada puerta de hierro cerrada por orden de sir John Tremoth durante toda una generación, Pero la encontramos abierta: la cadena oxidada y la cerradura habían sido destrozadas por una fuerza brutal. Después, al examinar el interior, vimos las huellas de barro que descendían hacia las tinieblas eternas de la muerte.
Ibamos desarmados los dos. Habíamos dejado nuestros revólveres en la cámara mortuoria, pero no nos paramos a deliberar. Harper llevaba una buena provisión de cerillas, y buscando por allí encontré una rama que podía servirme de garrote. En silencio, con tácita determinación, realizamos una minuciosa inspección de las criptas más inmediatas, gastando una cerilla tras otra a medida que avanzábamos por entre sombras y moho.
Las huellas de aquellos pies horribles se hacían más borrosas conforme iban adentrándose en la negrura de las bóvedas. En ninguna parte encontramos nada, sino humedad apestosa, telarañas seculares, y un sinnúmero de ataúdes. La criatura que buscábamos se había desvanecido como tragada por los muros subterráneos.
Por último regresamos a la entrada. Allí, a plena luz del día, habló Harper por vez primera y dijo en voz baja y temblorosa :
-Hace muchos años, poco después de morir lady Agatha, sir John y yo inspeccionamos el panteón de un extremo a otro, pero no encontramos rastro alguno del ser que nos imaginábamos. Ahora es inútil buscar, igual que lo fue entonces. Existen misterios que, gracias a Dios, jamás llegaremos a desentrañar. Lo único que sabemos es que el engendro de las tumbas ha regresado a las tumbas. Que permanezca ahí, es menester.
En silencio, y en lo más profundo de mi corazón, repetí sus últimas palabras y su ferviente deseo.

29 de agosto de 2009

El planeta de los muertos

I
De profesión, Francis Melchior era anticuario; por vocación, era astrónomo. De esa manera se esforzaba para calmar, si no para satisfacer, dos necesidades de un temperamento complejo y raro. A través de su oficio, gratificaba, hasta cierto punto, su ansia de todas las cosas que hubiesen estado sumergidas bajo las sombras funerarias de edades muertas, en las llamas de oscuro ámbar de soles que hacía largo tiempo que se habían puesto; por todas las cosas que tienen en torno suyo el misterio irresoluble del tiempo pretérito.
Y, a través de su vocación, encontró un camino despejado a reinos exóticos en el espacio exterior, a las únicas esferas en las que su imaginación podía vagar en libertad y sus sueños podían quedar satisfechos.
Porque Melchior era uno de aquellos que han nacido con un asco incurable a todo lo que es actual o cercano, uno de aquellos que han bebido demasiado poco del olvido y no han olvidado por completo las glorias trascendentes de otras épocas, junto a los mundos de los que fueron exiliados por su nacimiento humano; así que sus pensamientos, furtivos e incansables, y sus anhelos, vagos e insaciables, vuelven oscuramente a las costas desaparecidas de una perdida herencia.
Para alguien así, la Tierra es demasiado estrecha y la extensión del tiempo de los mortales, demasiado breve; y la pobreza y la esterilidad están por todas partes; y por doquier es su destino una infinita fatiga.
Con una predisposición que de ordinario resulta tan fatal para las facultades de hacer negocios, fue verdaderamente notable que Francis Melchior hubiese prosperado absolutamente en los suyos. Su amor por las cosas antiguas, por los jarrones raros, cuadros, mobiliario, joyas, ídolos y estatuas, le hacían estar más dispuesto a comprar que a vender; y sus ventas eran a menudo una fuente de dolor y arrepentimientos secretos. Pero, de alguna manera, a pesar de todo, había logrado adquirir un cierto grado de comodidad material. Por naturaleza, tenía algo de solitario y era considerado generalmente como un excéntrico. Nunca se había preocupado por casarse; no había tenido amigos íntimos, y le faltaban muchas de las inquietudes que, a los ojos del hombre de la calle, se supone que caracterizan a un ser humano normal.
La pasión de Melchior por las antigüedades y su afición a las estrellas procedían, ambas, de los días de su infancia.
Ahora, al cumplir treinta y un años, con un desahogo y una prosperidad crecientes, había convertido el balcón superior de su casa aislada de las afueras, que se levantaba en la cima de una colina, en un observatorio amateur.
Aquí, con un nuevo y poderoso telescopio, estudiaba los cielos veraniegos noche tras noche. Él poseía escaso talento y poca afición por esas recónditas ecuaciones matemáticas que forman una parte tan importante de la astronomía ortodoxa; pero tenía una comprensión intuitiva de las inmensas extensiones estelares, una sensibilidad mística para todo aquello que se encuentre en el espacio exterior.
Su imaginación vagabundeaba y se aventuraba entre los soles y las nebulosas; y, para él, cada nimio brillo en el telescopio parecía contar su propia historia e invitarle a su propio reino de fantasía ultramundana. No estaba especialmente preocupado con los nombres que los astrónomos han dado a cada estrella y a cada constelación; pero, de todos modos, cada una de ellas poseía para él una identidad individual que no podía confundirse con la de ninguna otra.
En particular, Melchior se sentía atraído por una diminuta estrella en una extensa constelación al sur de la Vía Láctea. Apenas podía distinguirse a simple vista; e, incluso por su telescopio, daba la impresión de una soledad y un apartamiento cósmicos como no había sentido ante otro orbe. Le atraía más que los planetas rodeados de lunas o las estrellas de primera magnitud con sus aureolas espectrales y ardientes; y volvía a ella una y otra vez, abandonando, por este solitario punto de luz, la maravilla de los múltiples anillos de Saturno y la zona nublada de Venus y los intrincados anillos de la gran nebulosa de Andrómeda.
Meditando durante muchas medianoches sobre la atracción que la estrella ejercía sobre él, Melchior razonó que su estrecho rayo era la emanación completa de un sol y, quizá, de un sistema planetario; que el secreto de mundos extraños, y puede que hasta algo de su historia, estaba implícito en aquella luz, si tan sólo uno fuese capaz de leer la historia. Y ansiaba comprender y conocer la tenuemente hilada hebra de afinidad que atraía su atención sobre este mundo en particular. En cada ocasión en que miraba, su cerebro era tentado por oscuras pistas de una belleza y unas maravillas que estaban aún un poco más allá de sus más audaces fantasías, de sus sueños más incontrolados.
Y, cada vez, le parecía que estaban una pizca más cerca y más accesibles que antes. Y una extraña e indeterminada expectativa comenzó a mezclarse con la avidez que impulsaba sus visitas de cada noche al balcón.
Cierta medianoche, cuando estaba mirando a través del telescopio, le pareció que la estrella era un poco más grande y brillante de lo habitual. Incapaz de explicar esto, la miró más fijamente que nunca y, sintiendo una emoción creciente, fue repentinamente capturado por la antinatural idea que estaba mirando hacia abajo a un abismo extenso y vertiginoso, más que hacia arriba, a los cielos primaverales. Sintió que el balcón ya no estaba debajo de sus pies, sino que de algún modo se había dado la vuelta; y entonces, de repente, estaba cayéndose directamente sobre el éter, con un millón de truenos y de llamas en torno suyo y tras él. Durante un breve instante, aún le pareció ver la estrella que estaba mirando, lejos en el terrible vacío de oscuridad espantosa; y entonces se olvidó y ya no pudo encontrarla.
Hubo el mareo de un incalculable descenso y un torrente de vértigo, de velocidad siempre creciente, que no podía soportarse; y, transcurridos momentos o evos (no podía decir qué), los truenos y las llamas se apagaron en una oscuridad definitiva, en un completo silencio; y él ya no supo que estaba cayéndose y ya no retuvo ningún tipo de inteligencia.


II
Cuando Melchior recuperó el sentido, su primer impulso fue sujetar el brazo del sillón en el cual había estado sentado debajo del telescopio. Era el movimiento involuntario de alguien que se cae en un sueño. Al momento se dio cuenta de lo absurdo de semejante impulso; porque no estaba sentado sobre una silla en absoluto; y sus contornos no tenían el menor parecido con el balcón nocturno, en el cual había sido capturado por aquel extraño vértigo, desde el que le había parecido caer y perderse.
Estaba de pie sobre una carretera pavimentada con bloques ciclópeos de piedra gris. Una carretera que se extendía interminablemente ante él, adentrándose en las perspectivas indefinidas de un mundo inconcebible. A lo largo de la carretera había árboles bajos de aspecto fúnebre, con follaje de un color triste y frutas de un violeta mortecino; y, más allá de los árboles, había una fila de obeliscos monumentales, de terrazas y de cúpulas, de colosales edificios multiformes, que se levantaban en la distancia en perspectivas, infinitas e incontables, hacia un horizonte indefinido.
Sobre todo ello, desde un apogeo ébano púrpura, caían los rayos, ricos y apagados, de la iluminación de un sol rojo como la sangre.
Las formas y las proporciones de la laberíntica masa de edificios eran distintas de cualesquiera que hubiesen sido diseñadas en arquitecturas terrestres; y, durante un instante, Melchior se sintió anonadado ante su número y tamaño, ante su monstruosidad y rareza.
Entonces, mientras miraba una vez más, ya no eran monstruosos ni raros; y los reconoció como lo que eran, y al mundo que recorría esta carretera sobre la que se encontraban sus pies y el punto de destino al que debía dirigirse y el papel que estaba destinado a representar.
Todo ello regresó a él tan inevitablemente como los verdaderos hechos y motivos de la vida regresan a alguien que se ha entregado, olvidándose de todo, a representar un papel dramático que es ajeno a su verdadera identidad.
Los incidentes de su vida como Francis Melchior, aunque aún los recordaba, se habían vuelto oscuros y sin sentido y grotescos, en su nuevo despertar a un estado más pleno de entidad, con todas sus consecuencias de recuerdos recobrados, de emociones y sensaciones resucitadas. No había rareza, tan sólo la familiaridad de un regreso a casa, en el hecho que había pasado a otra modalidad del ser, con su propio entorno, sus propios pasado, presente y futuro, todos los cuales habrían resultado inconcebiblemente extraños al astrónomo amateurque unos momentos antes había mirado una diminuta estrella alejada en el espacio sideral.
¾Por supuesto que soy Antarión ¾musitó ¾. ¿Quién, si no, podría ser yo?
El idioma de su pensamiento no era el inglés, ni ningún otro idioma de la Tierra; pero no se quedó sorprendido por su conocimiento de este idioma; ni tampoco se quedó sorprendido cuando vio que estaba ataviado con un ropaje de color rojo como una luciérnaga, de una moda desconocida en todo pueblo y época humanos. Este vestido, junto a ciertas diferencias de su personalidad física que le habrían parecido bastante raras un poco antes, eran exactamente como él esperaba que fuesen. Les dedicó tan sólo una mirada casual, mientras repasaba en su mente las circunstancias de la vida que ahora había reiniciado.
Él, Antarión, un famoso poeta del país de Charmalos, en el antiguo mundo que era conocido para sus gentes vivientes como Phandiom, había partido en un breve viaje al reino vecino. Durante el curso de este viaje, había tenido un sueño deprimente..., el sueño de una vida aburrida, inútil, como un tal Francis Melchior, en una especie de planeta de lo más raro y desagradable, que estaba en alguna parte por el otro extremo del Universo. Era incapaz de recordar con exactitud cuándo y cómo había tenido este sueño; y tampoco sabía cuánto había durado; pero, en cualquier caso, estaba contento de haberse liberado de él y de acercarse ahora a su ciudad nativa de Saddoth, donde habitaba, en su oscuro y espléndido palacio de eones anteriores, la hermosa Thameera, a quien él amaba. Ahora, una vez más, después de la oscura niebla de aquel sueño, su mente estaba llena de la sabiduría de Saddoth; y su corazón estaba iluminado por un millar de memorias de Thameera; y estaba oscurecido a ratos por una vieja ansiedad relativa a ella.
No sin razón, había estado Melchior fascinado por las cosas que son antiguas o que se encuentran lejos. Porque el mundo, en el que caminaba como Antarión, era inconcebiblemente antiguo y las épocas de su historia eran demasiadas como para recordarlas; y los elevados obeliscos y grandes edificios a lo largo de la carretera eran las elevadas tumbas, los orgullosos monumentos de antigüedad inmemorial, que habían llegado a sobrepasar en infinito número a los vivientes.
Con más pompa que los reyes terrenales, estaban los muertos alojados en Phandiom; y sus ciudades se alzaban insuperables en su extensión, con calles interminables y prodigiosas veletas, por encima de las moradas menores en las que habitaban los vivos. Y, a través de Phandiom, los años pasados eran una presencia tangible, un aire que lo envolvía todo; y la gente estaba sumergida en la oscuridad crepuscular de la antigüedad; y eran sabios con todo tipo de sabiduría acumulada; y eran sutiles en la práctica de extraños refinamientos, de eruditas perversiones, de todo lo que puede envolver, con hábil opulencia, variedad y gracia, el desnudo y tosco cadáver de la vida, u ocultar, de la visión de los mortales, el cráneo burlón de la mente. Y aquí en Saddoth, mas allá de las cúpulas, de las terrazas y de las columnas de la enorme necrópolis, como una flor nigromántica en la cual los lirios vuelven a vivir, florecía la extraordinaria y triste belleza de Thameera.


III
Melchior, en su consciencia como el poeta Antarión, era incapaz de recordar un tiempo en que no hubiese amado a Thameera. Ella había sido una pasión ardiente, un exquisito ideal, una delicia misteriosa y una pena enigmática. Él la había adorado implícitamente a lo largo de todos los cambios lunares de sus estados de ánimo, en su petulancia infantil, su ternura maternal o apasionada, su silencio sibilino, sus caprichos traviesos o macabros; y sobre todo, quizá, en las oscuras penas y los terrores que la dominaban de cuando en cuando.
Él y ella eran los últimos representantes de nobles antiguas familias, cuyos linajes no medidos se perdían en la multitud de ciclos de Phandiom. Como todos los demás de su raza, estaban imbuidos de la herencia de una cultura compleja y decadente; y las sombras de la necrópolis, que nunca se levantaban, habían caído sobre ellos desde su nacimiento. En la vida de Phandiom, en su atmósfera de un tiempo antiguo, de un arte desarrollado durante eones, de un epicureísmo consumado y ya un poco moribundo, Antarión había encontrado amplias satisfacciones para todos los instintos de su ser. Había vivido como un sibarita del intelecto; y, en virtud de un vigor medio primitivo, no había caído aún en la tristeza y desolación espirituales, el temido e implacable aburrimiento del envejecimiento de la raza, que marcaba a tantos de entre sus semejantes.
Thameera era incluso más sensible y más visionaria por su naturaleza; y a ella le pertenecía el refinamiento definitivo que está cercano a la decadencia otoñal. Las influencias del pasado, que eran una fuente de placer poético para Antarión, producían en sus delicados nervios dolor y languidez, horror y opresión. El palacio en el que ella vivía y las propias calles de Saddoth estaban llenos de efluvios que manaban de los pozos sepulcrales de la muerte; y el agotamiento de los muertos innumerables estaba por todas partes; y una presencia, malvada u opiácea, se arrastraba desde las criptas de los mausoleos, para aplastarla o ahogarla con sus alas sin forma. Solamente entre los brazos de Antarión conseguía escapar de esto; y sólo con sus besos conseguía olvidarlo.
Ahora, después de su viaje (cuya razón no lograba recordar) y después de aquel curioso sueño en que se había imaginado ser Francis Melchior, Antarión fue de nuevo admitido a la presencia de Thameera por esclavos que se mostraban invariablemente discretos al carecer de lengua.
Bajo la luz oblicua de las ventanas de berilio y topacio, en la oscuridad, malva y carmesí, de los pesados tapices; sobre un suelo de maravillosos mosaicos realizados en ciclos anteriores, avanzó lánguidamente para recibirle. Era más hermosa que en sus recuerdos y más pálida que las flores de las catacumbas. Ella era exquisitamente frágil, voluptuosamente orgullosa, con cabellos de un oro lunar y ojos de un marrón nocturno que estaban salpicados de estrellas móviles y rodeados por las perlas oscuras de las noches sin dormir. La belleza, el amor y la tristeza, los exhalaba como un múltiple perfume.
¾Me alegro que hayas venido, Antarión, porque te he echado de menos ¾su voz era tan delicada como el aire que nace entre los árboles en flor y tan melancólica como la música que se recuerda.
Antarión se había arrodillado, pero ella le tomó de la mano y le condujo hasta un sofá debajo de unas cortinas decoradas con intrincadas figuras. Allí, los amantes se miraron mutuamente en medio de un silencio afectuoso.
¾¿Te va todo bien, Thameera? ¾la pregunta estaba motivada por la ansiosa intuición del amor.
¾No, todo no va bien. ¿Por qué te marchaste? Las alas de la muerte y de la oscuridad están por las calles, revolotean más cerca que nunca; y sombras más oscuras que las del pasado han caído sobre Saddoth. Ha habido una extraña perturbación en el aspecto de los cielos; y nuestros astrónomos, después de muchos cálculos y estudios, han anunciado la inminente condena del sol. No nos queda sino un único mes de luz y de calor y el sol se desvanecerá de los cielos de la noche como una lámpara que se apaga, caerá una noche eterna y el frío del espacio exterior se arrastrará sobre Phandiom. Nuestro pueblo ha enloquecido ante el horror previsto; y algunos de ellos se han hundido en una desesperación apática y otros más se han entregado a fiestas frenéticas y a orgías... ¿Dónde estuviste, Antarión? ¿En qué sueño te perdiste para poder abandonarme tanto tiempo?
Antarión intentó tranquilizarla.
¾El amor es aún nuestro ¾dijo él ¾. Y, aunque los astrónomos hayan leído los cielos correctamente, tenemos un mes ante nosotros… y un mes es mucho.
¾Sí, pero existen otros peligros, Antarión. El rey Haspa ha mirado sobre mí con los ojos del deseo senil y me corteja asiduamente con regalos, promesas y amenazas. Es el antojo, repentino e inexorable, de la edad y del aburrimiento, el capricho de la desesperación. Él es cruel, inflexible y todopoderoso.
¾Te llevaré lejos ¾dijo Antarión ¾; escaparemos juntos y habitaremos entre los sepulcros y las ruinas, donde nadie pueda encontrarnos. Y el amor y el éxtasis florecerán como flores escarlatas bajo su sombra; y recibiremos la noche infinita el uno en los brazos del otro; y así conoceremos el máximo de los placeres mortales.


IV
Bajo la negra medianoche que colgaba sobre ellos como unas inmóviles alas colosales, las calles de Saddoth estaban ardiendo con un millón de luces amarillas, cinabrio, cobalto y púrpura. A lo largo de las anchas avenidas, los callejones profundos como valles y entrando y saliendo de los pasmosos palacios antiguos, templos y mansiones, se vertían las grotescas festividades, la tumultuosa diversión de una mascarada que duraba toda la noche. Todo el mundo estaba fuera, desde el rey Haspa y sus delgados y sibaríticos cortesanos, hasta los mendigos y los parias más bajos. Un revoltijo de disfraces extravagantes e inauditos, una mezcla de fantasías más variadas que las de un sueño del opio, iban y venían por todas partes. Como Thameera había dicho, la gente se había vuelto loca con la amenaza de la condena prevista por los astrónomos; y buscaban olvidar, en un rápido y siempre creciente delirio de todos los sentidos, su temor ante la noche que se aproximaba.
Más tarde, durante la noche, Antarión salió por la puerta trasera de la alta y oscura mansión de sus ancestros, y se abrió camino por entre el histérico revuelo de la gente en dirección al palacio de Thameera. Estaba ataviado con ropas de un estilo anticuado, tal como no había sido vestido desde hacía un puñado de siglos en Phandiom; y toda su cabeza y su rostro estaban envueltos en una máscara pintada y diseñada para representar la peculiar fisonomía de una raza ya extinta. Nadie podría haberle reconocido; y él, por su parte, a muchos de los festejantes con los que se encontró tampoco podría haberlos reconocido, sin importar lo mucho que los conociese, porque la mayoría de ellos estaban disfrazados con un ropaje no menos estrambótico y llevaban máscaras que eran caprichosas o absurdas, o asquerosas o ridículas más allá de lo que podría imaginarse. Había diablos y emperatrices y dioses, reyes y nigromantes de las lejanas e insondables épocas de Phandiom, monstruos de tipo medieval o prehistórico, cosas que nunca habían nacido o sólo habían sido contempladas en la mente de locos artistas decadentes, buscando superar las anormalidades de la naturaleza. Incluso de la tumba habían extraído su inspiración y, momias amortajadas, cadáveres mordidos por los gusanos, se paseaban ahora entre los vivos. Todas estas máscaras eran la pantalla para licencias orgiásticas sin precedente o paralelo.
Todos los preparativos necesarios para la fuga de Saddoth habían sido hechos y Antarión había dejado instrucciones, minuciosas y cuidadosas, con sus criados respecto a ciertas cuestiones esenciales. Conocía de antiguo el temperamento implacable y tiránico de Haspa, sabía que el rey no toleraría oposición alguna a la indulgencia de cualquiera de sus caprichos o pasiones, sin importar lo momentánea que fuese. No había tiempo que perder a la hora de abandonar la ciudad junto a Thameera.
Llegó por caminos retorcidos y tortuosos hasta el jardín detrás del palacio de Thameera. Allí, entre los altos lirios espectrales de colores profundos o cenicientos, los inclinados árboles fúnebres con sus frutas de sabor sutil y opiáceo, ella le esperaba, ataviada con un vestido cuya antigüedad igualaba la del suyo y que era no menos impenetrable para reconocerla. Después de un breve murmullo de saludo, salieron juntos del jardín y se unieron a la olvidadiza multitud. Antarión había temido que Thameera estuviese vigilada por los secuaces de Haspa; pero no había señales de semejante vigilancia, nadie a la vista que pareciese estar acechando o entreteniéndose; tan sólo el rápido movimiento de la siempre cambiante multitud, preocupada por su búsqueda del placer.
Entre esta multitud, consideró que se encontraban a salvo.
Sin embargo, a causa de unas precauciones escrupulosas, se permitieron ser arrastrados durante un rato en la corriente de la diversión de la ciudad, antes de buscar la larga avenida arterial que conducía a las puertas. Se unieron al canto de canciones festivas, devolvieron los chistes de bacanal que les arrojaban los transeúntes, bebieron los vinos que les ofrecieron los portadores de jarras públicas, se paraban cuando la multitud se paraba, se movían cuando la multitud se movía.
Por todas partes había llamas que ardían salvajemente y la grosería de voces elevadas y el gemido estridente o el pulsar febril de instrumentos musicales. Había festejos en las grandes plazas y las puertas de casas de antigüedad inmemorial vertían un torrente de iluminación a todos aquellos que elegían entrar. Y, en los enormes templos de evos anteriores, se celebraron ritos delirantes ante dioses que miraban, con inmutables ojos de metal o piedra, los desesperados cielos; y los sacerdotes y los fieles se drogaban con terribles opiáceos y buscaban el éxtasis embriagador del abandono a una histeria tanto carnal como devota.
Al cabo, Antarión y Thameera, por etapas que no se notaban, dando muchas vueltas y giros, comenzaron a acercarse a las puertas de Saddoth. Por primera vez en su historia, las puertas se hallaban sin vigilancia; porque, en medio de la desmoralización general, los centinelas se habían marchado sin miedo a la detención o a los reproches, para unirse a la universal orgía. Aquí, en el barrio exterior, había poca gente, y tan sólo los restos desperdigados de fiestas; y el amplio espacio abierto entre las últimas casas y las murallas de la ciudad estaba por completo desierto. Nadie vio a los amantes cuando se alejaron como sombras evanescentes por el bostezo triste de las puertas, y siguieron la carretera gris adentrándose en la oscuridad exterior, atestada con las indefinidas siluetas de los mausoleos y los monumentos.
Aquí, las estrellas habían sido cegadas por las luces brillantes de Saddoth, claramente visibles en el cielo quemado. Y, en el momento en que los dos amantes salían, las dos pequeñas lunas cenicientas de Phandiom se levantaron desde atrás de la necrópolis, y proyectaron la desesperada languidez de sus débiles rayos sobre las múltiples cúpulas y minaretes de los muertos. Y, bajo las lunas gemelas, que extraían su luz incierta de un sol agonizante, Antarión y Thameera se quitaron las máscaras y se miraron mutuamente en el silencio de un amor inefable y compartieron el primer beso de su mes de definitiva delicia.


V
Durante dos días y dos noches, los amantes habían escapado de Saddoth. Se habían ocultado durante el día entre los mausoleos, habían viajado en la oscuridad y bajo el brillo dudoso de las lunas, sobre carreteras que eran poco utilizadas, dado que se dirigían tan sólo a ciudades abandonadas desde hacía épocas en las regiones exteriores de Charmalos, en una tierra cuyo mismo suelo hacía largo tiempo había quedado exhausto y había sido abandonado al escondido avance del desierto. Y ahora habían llegado al final de su viaje, porque, tras ascender una colina baja y sin árboles, vieron, debajo de ellos, los arruinados y olvidados techos de Urbyzaun, que había estado abandonada desde hacía mil años; y, más allá de los tejados, el oscuro y apagado lago rodeado por colinas desnudas desgastadas por las olas, que una vez había sido extensión de un gran mar.
Aquí, en el palacio que se desmoronaba del emperador Altanoman, cuyas altas y tumultuosas glorias eran ahora una leyenda que se olvidaba, los esclavos de Antarión les habían precedido, trayendo un suministro de comida y de las comodidades y lujos que podrían necesitar durante el intervalo que precedería al olvido. Y aquí estaban a salvo de toda persecución; porque Haspa, sumido en la fiebre y empujado por el aburrimiento de los últimos días, se había vuelto hacia la satisfacción de algún capricho menos difícil y ya se había olvidado de Thameera.
Y ahora, para estos amantes, comenzó una vida que era el epítome breve de toda la delicia y toda la desesperación posibles. Y, lo que resultaba bastante raro, Thameera perdió los miedos indefinidos que la habían atormentado, las débiles penas que la habían obsesionado y era completamente feliz bajo las caricias de Antarión. Y, teniendo en cuenta que disponían de tan poco tiempo para expresar su amor, para compartir sus pensamientos, sus sentimientos, sus fantasías, nunca se decía o se hacía lo bastante entre los dos; y ambos estaban gozosamente satisfechos.
Pero los rápidos días implacables pasaron; y, día tras día, el sol rojo que daba vueltas sobre Phandiom fue oscurecido por un tinte de las sombras venideras y un frío se cernió sobre el tranquilo aire; y los cielos calmados, en los cuales no se movía ni una nube ni una ráfaga de viento o las alas de un pájaro, eran indicativos de la condena.
Y, día a día, Antarión y Thameera miraron cómo se oscurecía el sol desde una terraza arruinada sobre el lago muerto; noche tras noche, asistieron al palidecer de las lunas fantasmales. Y su amor se convirtió en una dulzura intolerable, una cosa demasiado profunda y querida como para ser soportada por un corazón mortal o por carne mortal.
Misericordiosamente, habían perdido la cuenta estricta del tiempo y no sabían el número de días que habían pasado y pensaban que aún tenían ante ellos varias albas y ocasos de placer. Estaban tumbados juntos en un sofá del viejo palacio..., un sofá de mármol que los esclavos habían sembrado con lujosos tejidos y estaban repitiendo una y otra vez la letanía de su amor, cuando el sol fue alcanzado al mediodía por la condena que los astrónomos habían predicho; cuando un lento crepúsculo llenó el palacio, más pesado que la sombra que proyecta una nube, siendo seguido por una ola de repentina oscuridad como el ébano y el frío que se arrastra del espacio exterior. Los esclavos de Antarión gimieron en las tinieblas; y los amantes supieron que el final de todo estaba próximo; y se abrazaron el uno al otro en un placer desesperado, con rápidos e innumerables besos y murmuraron el supremo éxtasis de su ternura y de su deseo; hasta que el frío que caía desde el infinito se convirtió en una agonía creciente y en un misericordioso atontamiento y, después, en un olvido que todo lo alcanzaba.


VI
Francis Melchior se despertó en su silla, debajo del telescopio. Temblaba porque el aire se había enfriado; y, al moverse, notó que sus miembros estaban extrañamente rígidos, como si hubiese estado expuesto a un frío más riguroso que el de una noche de verano. El largo y curioso sueño que había tenido era inexpresablemente real para él; y los pensamientos, miedos, deseos y desesperaciones de Antarión todavía seguían con él.
Mecánicamente, más que a través de una renovación de sus impulsos como ser terrenal, fijó sus ojos en el telescopio y buscó la estrella que había estado estudiando cuando el vértigo premonitorio le atrapó. La configuración del cielo no había cambiado apenas, las constelaciones que la rodeaban estaban altas al sudoeste; pero, con una impresión que se convirtió en auténtica sorpresa, se dio cuenta que la propia estrella había desaparecido.
Nunca, aunque ha explorado los cielos noche tras noche durante la alternancia de muchas estaciones, ha sido capaz de encontrar el pequeño y distante orbe que le atrajo de una manera tan inexplicable e irresistible.
Tiene una doble pena; y, aunque se ha vuelto viejo y gris con la lentitud de los años estériles, con la compra y venta de las antigüedades, con el estudio de las estrellas, Francis Melchior aún duda un poco sobre cuál es el verdadero sueño: su vida en la Tierra o su mes en Phandiom, bajo un sol agonizante, cuando, como el poeta Antarión, amó la extraordinaria y triste belleza de Thameera.
Y siempre está preocupado por un sordo arrepentimiento de haberse despertado (si despertar es lo que fue) de la muerte que murió en el palacio de Altanoman, con Thameera entre sus brazos y los besos de ella entre sus labios.