29 de julio de 2010

4to concurso internacional del blog

Concurso Internacional "Oscuros"
¿Quieres llevarte a casa el libro "Oscuros"?, no esperes sentado y contesta el siguiente formulario:


Habra DOS ganadores:

El primer lugar se llevara el libro y tendra la opción de elegirlo tanto en español o en inglés (Fallen)

El segundo lugar se llevara el libro en inglés

No esperen más

¡Alistense!

24 de julio de 2010

Mujima

En el camino de Akasaka, cerca de Tokio, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o "La Colina de la provincia de Kii". Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linternas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.

¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!

El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.

He aquí su aventura, tal como me la contó:

Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso... Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.

-Distinguida señorita -saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas... me sentiré feliz de poder ayudarla.

Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.

La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.

-¡Honorable señorita! -repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico... Éste no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y dígame la causa de su pena ¿Puedo ayudarla en algo?

La joven se levantó lentamente... Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido... Gemía y lloraba alternativamente.

El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:

-Distinguida señorita, escúcheme un momento...

La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó caer la manga y se acarició la cara con la mano... ¡El viejo vio que no tenía ojos, nariz ni boca!...

¡Huyó, gritando de espanto!

Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él... Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás... Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna... Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de sopa que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de sopa, gimiendo:

-¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!...

-«Koré»... «Koré»... -replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?

-¡No!... Nadie me ha hecho daño... -murmuró el otro-. Pero... ¡Ah!... ¡ah!... ¡ah!...

-¡Por lo menos le han dado un buen susto! -dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?

-¡No!... Pero, cerca del foso... he visto... ¡Oh!, he visto una mujer que... ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto...

-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así?... -exclamó el mercader.

Se acarició la cara que, de pronto, se hizo semejante a un huevo.

¡En aquel mismo instante se apagó la luz!

El cuento de la isla desconocida

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.

Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.

El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.

Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.

La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.

No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.

Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.

En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.

Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.

29 de junio de 2010

Las orquideas rojas de Shanghai

En 1937, en un pueblo de Corea, el destino de Sangmi, que entonces tenía catorce años, sufrió un giro brutal a la salida del colegio, al ser raptada por unos soldados japoneses y embarcada con otras niñas coreanas con rumbo a Manchuria. Forzada a satisfacer las necesidades sexuales de los soldados, conocería el infierno en los burdeles que, de Seúl a Shangai, de Singapur a Hirsohima, el ejército japonés iba instalando a medida que avanzaba en su conquista de Asia.
Una fuerza de carácter poco común, la amistad y la solidaridad con sus compañeras de infortunio, su capacidad para enamorarse con pasión permiten a Sangmi sobrellevar su terrible destino y rescatar la esencia de su dignidad.
Las orquídeas rojas de Shanghai es una novela basada en dolorosos hechos reales: la esclavitud sexual a la que fueron sometidas gran número de mujeres coreanas por las tropas japonesas. Pero es también un formidable canto al amor sobre un fondo de perfumes, sonidos y colores que nos sumergen en el corazón de la historia tumultuosa y sombría de un Oriente enigmático, misterioso y sensual.


Juliette Morillot

Rex, El hombre lobo

Entre todos los ejércitos conquistadores que recorrieron las calles de Zeal fue el suave andar de los domingueros el que acabó por someter al pueblo. Había resistido a las legiones romanas, la conquista normanda, sobrevivido pese a las estrecheces de la guerra civil; todo ello sin perder su identidad ante las potencias invasoras. Pero, después de siglos de pillajes, iban a ser los turistas –los nuevos bárbaros– quienes sojuzgaran a Zeal, con las únicas armas de la cortesía y del dinero contante y sonante.
Estaba hecho a medida para la invasión. A sesenta kilómetros al sudeste de Londres, entre los huertos y los campos de lúpulo de las arboledas de Kent, estaba lo bastante lejos de la ciudad como para que el viaje fuera una aventura y al mismo tiempo lo bastante cerca como para emprender una rápida retirada si el tiempo se ponía tonto. Todos los fines de semana entre mayo y octubre Zeal era un abrevadero para los resecos londinenses. Cada sábado que prometía buen tiempo pululaban por el pueblo, acarreando sus perros, sus pelotas de plástico, sus camadas de niños y la basura de los niños 1, vertiendo a esas hordas mugientes en el ejido de la aldea para volver luego a The Tall Man a contarse historias de tráfico con vasos de cerveza tibia en la mano.
Por su parte, a los habitantes de Zeal les entristecía más de lo debido la avalancha de domingueros: por lo menos no vertían sangre. Pero era precisamente esa falta de agresión lo que hacía aún más insidiosa la invasión.
Gradualmente, esos ciudadanos hastiados de ciudad empezaron a provocar ligeros pero indelebles cambios sobre el pueblo. Muchos de ellos dedicaron todos sus desvelos a conseguir una casa en el campo; les fascinaban los chalets de piedra construidos entre robles que se mecían bajo la brisa, les encantaban las palomas de los tejos del camposanto. Hasta el aire, decían al inhalarlo intensamente, hasta el aire es más fresco aquí. Huele a Inglaterra.
Al principio unos pocos y luego muchos, empezaron a tratar de hacerse con los graneros vacíos y las casas abandonadas que salpicaban Zeal y sus alrededores. Se les podía ver todos los fines de semana entre las ortigas y los cascotes, meditando acerca del emplazamiento de la cocina y de la instalación del baño. Y aunque muchos, al verse de nuevo rodeados por las comodidades de Kilburn o de St. John’s Wood, preferían quedarse ahí, cada año uno o dos llegaban a un acuerdo razonable con uno de los pueblerinos y adquirían un acre de buena vida.
Así pues, con el paso de los años y la muerte natural de los nativos de Zeal, los salvajes urbanos fueron ocupando su lugar. La ocupación fue sutil, pero los cambios resultaban manifiestos para el ojo experto. Se apreciaban en los periódicos que recogía Correos: ¿qué nativo de Zeal había comprado jamás un ejemplar de la revista Harpers and Queen, o bien ojeado el suplemento literario de The Times? Se apreciaban en los coches nuevos y brillantes que atascaban la calle estrecha –irónicamente llamada «principal»– que constituía la espina dorsal de Zeal. Se apreciaba también en el cotilleo zumbón de The Tall Man, señal inequívoca de que los asuntos de los extranjeros se habían convertido en tema apropiado para la discusión y la mofa.
Con el tiempo los invasores encontraron sin duda un hueco más imperecedero en el corazón de Zeal, pues los perennes demonios de sus vidas febriles, el cáncer y el infarto, se cobraron sus derechos, acompañando a sus víctimas a esa tierra recién descubierta. Como los romanos, como los normandos, como todos los invasores que les precedieron, estos viajeros dejaron su huella más honda sobre ese césped usurpado no por sus edificaciones, sino por quedar enterrados en sus cimientos. A mediados de septiembre, el último septiembre de Zeal, hacía un tiempo frío y húmedo.
Thomas Garrow, hijo único del difunto Thomas Garrow, se estaba haciendo con una sed saludable mientras cavaba en un rincón del Campo de los Tres Acres. El día anterior, jueves, había caído un violento chaparrón y el suelo estaba empapado. Limpiar el terreno para sembrarlo el año próximo no había sido una tarea tan fácil como creía Thomas, pero había jurado por sus muertos que habría preparado el campo antes del fin de semana. Quitar las piedras y apartar los detritos de máquinas pasadas de moda que el vago bastardo de su padre había dejado que se oxidaran al aire libre resultó un trabajo agotador. Debieron ser buenos años, pensó Thomas, años jodidamente buenos, para que su padre pudiera permitirse dejar que se deterioraran máquinas tan buenas. En realidad, para que pudiera permitirse dejar yerma la mayor parte de los tres acres; pero es que era buena tierra. Después de todo, éste era el vergel de Inglaterra: el suelo era dinero. Dejar tres acres en barbecho era un lujo que nadie se podía permitir en estos tiempos de tanta apretura. Pero como hay Dios que era un trabajo agotador; el tipo de trabajo que le encomendaba su padre cuando era joven y que desde entonces odiaba profundamente.
Pero eso no quitaba que hubiera que hacerlo.
Y el día había empezado bien. Después de la revisión, el tractor parecía más alegre y el cielo matinal estaba repleto de gaviotas venidas desde la costa para desayunar gusanos recién desenterrados. Le habían hecho compañía, estridentes, en su trabajo: su insolencia y su impaciencia siempre resultaban entretenidas. Pero luego, al volver al campo después de tomar un tentempié en The Tall Man, las cosas empezaron a salir mal. El motor empezó a ratear por el mismo problema por el que se acababa de gastar doscientas libras; y después, cuando sólo llevaba unos cuantos minutos trabajando, encontró la piedra.
Era un pedazo de materia completamente anodino: sobresalía del suelo unos treinta centímetros quizá, su diámetro visible tenía menos de un metro y la superficie era suave y lisa. Ni siquiera líquenes; sólo unas pocas hendiduras que una vez quizá fueran palabras. A lo mejor una frase de amor, más probablemente un mensaje del tipo «Kilroy estuvo aquí» o, lo más seguro, una fecha y un nombre. Fuera lo que fuese, monumento o mojón, ahora le estorbaba. Lo tendría que desenterrar o el año que viene perdería tres buenos metros de tierra cultivable. Un arado no podía de ninguna manera abarcar un canto rodado de ese tamaño.
A Thomas le sorprendió que hubieran dejado esa maldita piedra en el campo tanto tiempo sin que nadie se preocupara por quitarla. Pero hacía mucho tiempo que se cultivaba el Campo de los Tres Acres: seguro que más de los treinta y seis años que tenía. Y tal vez, se le ocurrió, antes de que su padre viniera al mundo. Por alguna razón (si alguna vez supo cuál, se le había olvidado) esta parcela de las tierras Garrow llevaba en barbecho muchas temporadas, a lo mejor incluso generaciones. De hecho, le asaltó la sospecha de que alguien, probablemente su padre, había dicho que en ese lugar no crecería nunca ningún cultivo. Pero eso era completamente absurdo. Por el contrario, las plantas, aunque se tratara de ortigas y de enredaderas, eran más tupidas y exuberantes en esos tres acres abandonados que en el resto de la comarca. Así que no acertaba a comprender por qué no habría de florecer el lúpulo en ese lugar. Tal vez incluso un huerto: aunque eso requería más paciencia y cariño del que Thomas creía disponer. Plantara lo que plantase, seguramente brotaría de un suelo tan rico con un entusiasmo desconocido y él habría aprovechado tres acres de tierra excelente para sanear su depauperada economía.
Sólo le hacía falta desenterrar esa maldita piedra.
Se le ocurrió la posibilidad de alquilar una de las excavadoras de la obra que se estaba haciendo al norte del pueblo, traerla aquí y recurrir a sus mandíbulas mecánicas para resolver el problema. Desenterrar y quitar de en medio la piedra en dos segundos. Pero, por orgullo, no quiso echarse a correr en busca de ayuda ante la primera dificultad. A fin de cuentas no había para tanto. La desenterraría solo, igual que habría hecho su padre. Estaba decidido. Dos horas y media más tarde, empezaba a arrepentirse de sus prisas.
El agradable calor de la tarde se había agriado y el aire, sin brisa que lo dispersara, se volvía sofocante. Se oyó en las lomas el redoble entrecortado de un trueno y Thomas sintió la electricidad estática en el cogote, erizándole los pelos. El cielo encima del campo se había quedado vacío: las gaviotas, demasiado veleidosas para seguir sobrevolándolo una vez que la diversión se había terminado, se alejaron tras una corriente térmica salina.
Hasta la tierra, de la que se había desprendido un fuerte aroma dulce cuando las hojas la removieron por la mañana, olía ahora a tristeza; y según cavaba la tierra negra de alrededor de la piedra, sus pensamientos volvieron sin darse cuenta a la putrefacción que la volvía tan rica. Ociosamente, sus ideas volvían una y otra vez sobre las incontables pequeñas muertes que causaba cada una de sus paletadas. Ésa no era su forma habitual de pensar y le molestó la morbosidad del tema. Se detuvo un momento, apoyándose sobre la pala, y lamentó el cuarto vaso de Guinness que había bebido con la comida. Normalmente era una ración completamente inofensiva, pero hoy le daba vueltas en el estómago, lo oía, estaba tan negro como la tierra que tenía sobre la pala, preparaba un amasijo de acetona y comida a medio digerir.
Piensa en otra cosa, se dijo, o devolverás. Para olvidarse de su estómago se puso a mirar el campo. No era nada extraordinario: un simple cuadrado de tierra limitado por una descuidada valla de espinos. Había uno o dos animales muertos a la sombra del espino: un estornino y algo demasiado podrido para que pudiera reconocerse. Daba cierta sensación de soledad, pero eso no era tan raro. Pronto llegaría el otoño, y el verano había sido demasiado largo y demasiado caluroso para resultar agradable.
Levantando la vista de la valla vio a una nube con forma de cabeza de mongólico soltar un rayo sobre las colinas. El brillo de la tarde iba quedando reducido a una pequeña franja de azul en el horizonte. Pronto caería la lluvia, pensó, y la idea le gustó. Lluvia fresca; quizás un chaparrón, como el día anterior. A lo mejor esta vez dejaba el aire limpio y sano.
Thomas bajó los ojos a la piedra irreductible y la golpeó con la pala. Despidió un pequeño arco de llama blanca.
Blasfemó en voz alta e imaginativamente: maldijo a la piedra, a sí mismo y al campo. La piedra se quedó asentada en el foso que había cavado en torno a ella, desafiándolo. Había agotado casi todas las posibilidades: había hecho un agujero de unos sesenta centímetros alrededor del pedrusco, le había clavado postes debajo, los había encadenado y luego trató de izarlo con el tractor. Sin suerte. Obviamente, tendría que hacer más hondo el foso, clavar más profundamente las estacas. No iba a dejarse vencer por aquel maldito objeto.
Gruñendo entre dientes se puso a cavar de nuevo. Unas gotas de lluvia le salpicaron el dorso de la mano, pero casi no se dio cuenta. Sabía por experiencia que una tarea como ésa exigía una determinación especial: agachar la cabeza e ignorar toda distracción. Se quedó con la mente en blanco. Sólo existía la tierra, la pala, la piedra y su cuerpo.
Hundir, sacar. Hundir, sacar. Un ritmo de trabajo hipnótico. El trance era tan absoluto que, cuando la piedra empezó a moverse, no recordaba con seguridad cuánto tiempo llevaba trabajando.
El movimiento le despertó. Se levantó con un chasquido de las vértebras, sin estar completamente seguro de que el cambio de posición fuera algo más que una ilusión óptica. Posando el pie sobre la piedra, hizo presión, Sí, giraba sobre su fosa. Estaba demasiado exhausto para sonreír, pero sentía cercana la victoria. Había vencido a aquella cabrona.
La lluvia empezaba a caer más intensamente, y le gustaba esa sensación sobre el rostro. Metió un par de estacas más bajo la piedra para que descansara sobre una base menos sólida: iba a destrozarla. «Ya verás, dijo, ya verás.» La tercera estaca caló más hondo que las dos anteriores y pareció pinchar una burbuja de gas por debajo de la piedra, una nube amarillenta que olía tan mal que le obligó a apartarse para aspirar una bocanada de aire puro. Ya no quedaba aire puro. Todo lo que pudo hacer fue expectorar una bola de flema para aclararse la garganta y los pulmones. Fuera lo que fuera lo que había debajo de la piedra –y la fetidez tenía algo de animal–, estaba muy podrido.
Se obligó a seguir trabajando, respirando por la boca y no por la nariz. Sentía una presión en la cabeza, como si el cerebro se le estuviera hinchando y chocara contra la cúpula de su cráneo, esforzándose por salir.
–¡Que te jodan! –dijo, y metió otra estaca bajo la piedra.
Tenía la espalda a punto de partirse. En su mano derecha acababa de estallar una burbuja. Un tábano se le posó en el brazo y se regaló con él, feliz de que no lo espantaran.
–Hazlo. Hazlo. Hazlo.
Clavó la última estaca sin ser consciente de lo que hacía.
Y entonces la piedra empezó a rotar.
Sin que él la tocara. La estaban sacando de su asiento empujándola por debajo. Cogió la pala, que seguía encajada bajo la piedra. De repente se sentía su dueño; era suya, formaba parte de él y no quería que se quedara cerca del agujero; y ahora aún menos, ahora que la piedra se agitaba como si tuviera un géiser debajo a punto de estallar, ahora que el aire estaba amarillo y el cerebro se le hinchaba como un calabacín en agosto.
Tiró de ella con fuerza, pero no se desenterraba.
La maldijo y lo volvió a intentar con las dos manos, manteniéndose a prudente distancia, pues la agitación creciente de la piedra lanzaba ráfagas de tierra, piojos y guijarros.
Volvió a tirar de la pala, pero no quería ceder. No se paró a analizar la situación. El trabajo le tenía obsesionado; sólo quería recuperar la pala, su pala, sacarla del agujero y salir pitando.
La piedra daba sacudidas, pero no por eso dejó de sujetar la pala; se le había metido entre ceja y ceja la idea de que tenía que recuperarla para poder largarse. Sólo cuando la tuviera entre las manos, sana y salva, obedecería a sus tripas y saldría corriendo.
Bajo sus pies el suelo comenzó a hacer erupción. La piedra salió rodando del sepulcro como si pesara menos que una pluma. Una segunda nube de gas, más repugnante que la primera, pareció arrastrarla consigo. Al mismo tiempo salió la pala del hoyo, y Thomas pudo ver qué era lo que la sujetaba.
De repente todo dejó de tener sentido, así en la tierra como en el cielo.
Era una mano, una mano viva, la que se aferraba a la pala, una mano tan grande que podía sujetarla por la hoja sin dificultad.
Thomas conocía aquel momento perfectamente bien. La tierra hendiéndose; la mano; la fetidez. Sentado en el regazo de su padre, había oído que alguien lo describía en una pesadilla.
Pensó en abandonar la pala, pero ya no le quedaba fuerza de voluntad. Sólo pudo obedecer a un mandato procedente del subsuelo que le instaba a estirar hasta que se le desgarraran los ligamentos y le sangraran los tendones.
Por debajo de la delgada corteza de tierra, el hombre-lobo olió el aire libre. Fue como éter purificado para sus adormecidos sentidos; tanto placer le dio arcadas. Sólo unos centímetros más y tendría reinos a su disposición. Después de tantos años, de aquella interminable asfixia, sus ojos volvían a ver la luz y su lengua paladeaba el sabor del terror humano.
Por fin asomó su cabeza a la superficie, con el pelo negro coronado de gusanos y el cuero cabelludo cubierto de pequeñas arañas rojas. Esas arañas que llevaban cien años irritándolo, perforándole la medula espinal, y que tanto ansiaba aplastar. Tira, tira, le ordenaba al hombre, y Thomas Garrow tiró hasta que no le quedaron más fuerzas en el lamentable cuerpo y centímetro a centímetro Rex fue arrancado de su sepultura, de su mortaja de plegarias.
La piedra que le había tenido tanto tiempo aprisionado ya no le retenía; salía con facilidad a la superficie, mudando de sepulcro como de piel las serpientes. Ya tenía el torso fuera. Sus hombros eran el doble de anchos que los de un hombre; sus brazos, flacos y llenos de cicatrices, más fuertes que los de cualquier ser humano. La sangre le palpitaba en las extremidades como si fueran las alas de una mariposa, pletórica ante la resurrección. Fue clavando rítmicamente los dedos, largos y letales, en la tierra a medida que recuperaban energía.
Thomas Garrow se quedó de pie, mirándolo. No sentía más que reverente temor. El miedo estaba hecho para quienes tenían aún alguna posibilidad de sobrevivir: a él no le quedaba ninguna.
Rex había salido definitivamente de su sepultura. Empezó a erguirse por vez primera desde hacia siglos. Le cayeron terrones de arena húmeda del torso al estirarse en toda su altura, un metro más que la de Garrow, que media un metro ochenta.
Éste se quedó a la sombra del hombre-lobo con los ojos fijos en el hoyo de donde había salido el Rey. Seguía aferrando la pala con la mano derecha. Rex lo levantó del pelo. El cuero cabelludo se le desgarraba por el peso del cuerpo, de forma que el hombre-lobo lo agarró por el cuello, que pudo rodear con facilidad con su inmensa mano.
La sangre del cuero cabelludo le resbaló a Garrow por el rostro, y esa sensación lo espabiló. Sabía que la muerte era inminente. Se miró las piernas, que pataleaban inútilmente, y luego levantó la vista y contempló detenidamente el rostro despiadado de Rex.
Era inmenso, como la luna de septiembre, inmenso y ambarino. Pero esa luna tenía ojos; ojos ardientes sobre una cara pálida y picada de viruela. Aquellos ojos eran como heridas del mundo, como si se los hubieran arrancado a Rex de la cara y en su lugar hubieran colocado dos velas que le parpadearan en las cuencas.
Garrow estaba extasiado por la inmensidad de esa luna. La observó de ojo a ojo, bajó luego la vista hasta las húmedas rajas que tenía por nariz, y por fin, con una sensación de terror infantil, hasta la boca. Dios mío, qué boca. Era tan ancha y tan cavernosa que pareció dividirle la cabeza en dos cuando se abrió. Ésa fue la última idea de Thomas. Que la luna se estaba partiendo en dos y que se caía del cielo encima de él.
Entonces el Rey invirtió su cuerpo, como siempre había hecho con sus enemigos muertos, y tiró a Thomas con la cabeza por delante al agujero, incrustándolo en la misma tumba en que sus antecesores trataron de enterrar para siempre al hombre-lobo.


Cuando la tormenta que se avecinaba descargó sobre Zeal, el Rey estaba a una milla del Campo de los Tres Acres, refugiándose en la cuadra de los Nicholson. En el pueblo todo el mundo se ocupaba de sus asuntos, con lluvia o sin ella. Se tomaba la ignorancia por dicha. No tenían a ninguna Casandra entre ellos y el horóscopo de la gaceta de esa semana no había intuido ni por asomo la muerte súbita de un géminis, tres leos, un sagitario y todo un pequeño sistema estelar en los próximos días.
Con el trueno vino la lluvia, que caía en frescos goterones y que pronto se convirtió en un aguacero tan feroz como el de un monzón. Sólo cuando empezaron a caer torrentes de los canalones buscó refugio la gente.
En el solar de la obra, la excavadora que había allanado el jardín trasero de Ronnie Milton yacía, ociosa, bajo la lluvia, soportando el segundo chaparrón en dos días. El conductor vio en el aguacero una señal para guarecerse en la cabaña para hablar de carreras de caballos y de mujeres.
En el portal de Correos tres aldeanos miraban cómo se atascaban las alcantarillas y se quejaban de que siempre pasara lo mismo cuando llovía, mascullando que en media hora la depresión que había al final de la calle principal estaría tan encharcada que se podría navegar por ella.
Y en esa depresión, en la sacristía de St. Peter, Declan Ewan, el sacristán, contemplaba la lluvia rodar colina abajo en grandes riachuelos que desembocaban en un pequeño mar que se estaba formando al pie de la puerta de la sacristía. Pronto sería lo bastante profundo como para ahogarse en él, pensó, y, luego, sorprendiéndose por haber pensado en ahogamientos, se apartó de la ventana y volvió a la tarea de doblar vestimentas. Hoy se sentía extrañamente excitado: y ni podía ni quería ni estaba dispuesto a calmarse. No tenía nada que ver con la tormenta, aunque le encantaran desde pequeño. No: era otra cosa lo que le excitaba, aunque no tenía la más remota idea de qué podía ser. Se volvía a sentir como un niño. Como en Navidad, como si en cualquier momento Santa Claus, el primer Señor en quien tuvo fe, fuera a presentarse ante la puerta. La sola idea le dio ganas de echarse a reír ruidosamente, pero la sacristía era un lugar demasiado grave para reírse en él y reprimió las carcajadas, dejando que la sonrisa se esbozara en su interior, como una esperanza secreta.


Mientras todo el mundo se resguardaba de la lluvia, Gwen Nicholson se estaba calando hasta los huesos. Todavía se encontraba en el patio trasero de su casa, tratando de llevar con carantoñas al pony de Amelia a la cuadra. A ese estúpido animal le daban canguelo los truenos y no parecía dispuesto a moverse. Gwen estaba empapada y furiosa.
–¿Vas a venir, pedazo de animal? –le chillaba por encima del rugido de la tormenta. La lluvia azotaba el patio y le aporreaba el cráneo. Tenía el pelo aplastado–. ¡Vamos! ¡Vamos!
El pony, terco, no se movía. Tenía los ojos como platos a causa del miedo. Cuanto más retumbaba el trueno y crepitaba por el patio menos quería moverse. Furiosa, Gwen le golpeó en las ancas, con más violencia de la necesaria. Dio dos pasos atrás en respuesta al azote, dejando caer cagajones humeantes al hacerlo, y Gwen aprovechó su ventaja. En cuanto conseguía ponerlo en movimiento le podía hacer trabajar el resto del día.
–Cálida cuadra –le prometió–; venga, te vas a mojar aquí afuera, no irás a quedarte aquí.
La puerta de la cuadra estaba ligeramente entornada. Debería ser una perspectiva alentadora, pensó, incluso para un pony con el cerebro del tamaño de un guisante. Lo arrastró hasta el lado del establo y consiguió hacerlo entrar gracias a un nuevo golpe.
Como le había prometido al maldito animal, el interior de la cuadra estaba agradablemente seco, aunque la tempestad había creado un ambiente metálico. Gwen ató al pony a la barra de su establo y le echó con brusquedad una manta sobre el brillante lomo. No lo iba a cepillar por nada del mundo, eso era cosa de Amelia. Eso era lo que había acordado con su hija cuando decidieron comprar el pony: que el almohazado y la limpieza correrían de cuenta de Amelia; para ser justos con ella, cumplió más o menos lo prometido.
El pony seguía aterrorizado. Piafaba y ponía los ojos en blanco como un mal actor trágico. Tenía motas de espuma en la boca. Gwen le palmeó el costado, ligeramente arrepentida de su brusquedad. Había perdido la calma. Por primera vez en todo el mes. Ahora lo lamentaba. Deseó que Amelia no la hubiera estado observando a través de la ventana de su cuarto.
Una bocanada de viento alcanzó la puerta de la cuadra, que se cerró con un portazo. El ruido de la lluvia cayendo sobre el patio cesó bruscamente. De repente se quedó a oscuras.
El pony dejó de piafar. Gwen dejó de acariciarle el flanco. Todo se detuvo: hasta su corazón, o eso le pareció.
Una figura, que medía casi el doble que ella, se alzó de entre las balas de paja a su espalda. Gwen no vio al gigante, pero se le revolvieron las entrañas. «Malditos períodos», pensó, dándose un masaje circular en el bajo vientre. Normalmente era tan regular como un mecanismo de relojería, pero este mes le había venido con un día de anticipación. Debía volver a casa, cambiarse y lavarse.
El hombre-lobo se quedó contemplando el cogote de Gwen Nicholson, donde un simple pellizco la mataría fácilmente. Pero no podía obligarse a tocar a esa mujer; hoy no. Tenía la regla, reconocía aquel olor fuerte y le mareaba. Esa sangre era tabú; jamás había asaltado a una mujer con ese veneno encima.
Advirtiendo la humedad que tenía entre las piernas, Gwen salió precipitadamente de la cuadra sin volver la vista atrás y atravesó el chaparrón hasta llegar a su casa, dejando al inquieto pony en la oscuridad del establo.
Rex oyó alejarse los pasos de la mujer y el portazo de la puerta principal.
Esperó hasta asegurarse de que no volvía y luego se dirigió silenciosamente hacia el animal, se agachó y lo agarró. El pony se puso a cocear y a relinchar, pero Rex había capturado en su época animales mucho más fuertes y mejor dotados que éste.
Abrió la boca. Al descubrir los dientes dejó ver sus encías, bañadas en sangre, como las uñas desenvainadas de la garra de un gato. Tenía dos hileras en cada mandíbula, dos docenas de montículos tan afilados como agujas. Resplandecieron al cerrarse sobre el cuello del pony. Por la garganta de Rex bajó sangre roja y espesa; la engullía con avidez. El cálido sabor del mundo. Le hacía sentirse fuerte y sabio. Ésta no era más que la primera de muchas comidas que iba a degustar, se tragaría todo lo que se le antojara y nadie podría detenerlo, esta vez sí que no. Y cuando estuviera preparado echaría a los usurpadores de su trono, los incineraría en sus casas, asesinaría a sus hijos y se pondría sus intestinos de collar. Aquel lugar era suyo. El que hubieran aplacado momentáneamente a las fuerzas salvajes no significaba que fueran amos del mundo. Era suyo, y nadie se lo iba a arrebatar, ni siquiera las fuerzas de la santidad. También las tendría en cuenta. Jamás lo volverían a doblegar.
Se sentó con las piernas cruzadas en el suelo de la cuadra, enrollado en los intestinos grises y rosados del pony, preparando su estrategia lo mejor que pudo. Nunca había sido un gran pensador. Tenía demasiado apetito: le nublaba la razón. Vivía en el sempiterno presente de su hambre y de su fuerza, no sentía más que un descarnado instinto territorial que tarde o temprano degeneraría en matanza.


La lluvia no cejó durante más de una hora.
Ron Milton se estaba impacientando: era un defecto de su carácter, que ya le había procurado una úlcera y un trabajo de primera categoría como asesor de diseño. Nadie podía hacer más rápidamente lo mismo que Milton. Era el mejor, y odiaba la indolencia ajena tanto como la suya. Aquella maldita casa, por ejemplo. Le prometieron que estaría acabada hacia mediados de julio, con el jardín en condiciones, el camino de entrada listo, todo, y ahí estaba, dos meses después de esa fecha, contemplando una casa que distaba mucho de ser habitable. La mitad de las ventanas sin cristales, sin puerta principal, el jardín hecho una pista de pruebas y el camino de entrada un lodazal.
Ése debía ser su castillo: su refugio de un mundo que lo había hecho dispéptico y rico. Un abrigo alejado de los ajetreos de la ciudad, donde Maggie podría plantar rosas y los chicos respirar aire puro. Pero no estaba listo. Maldita sea; a ese paso no podría vivir en ella hasta la próxima primavera. Otro invierno en Londres: la idea le hizo desfallecer.
Maggie se unió a él, cubriéndolo con su paraguas rojo.
–¿Dónde están los niños? –preguntó él.
Ella hizo una mueca.
–En el hotel, volviendo loca a la señora Blatter.
Enid Blatter había soportado sus travesuras media docena de fines de semana aquel verano. Había tenido hijos propios y manejaba a Debbie y a Ian con aplomo. Pero todo, hasta su capacidad de alegría y diversión, tenía un límite.
–Haríamos mejor en volver a la ciudad.
–No. Quedémonos un día o dos más, por favor, Podemos volver el domingo por la tarde. Quiero que vayamos el domingo al oficio y al festival por la cosecha.
Ahora fue Ron quien hizo una mueca.
–Maldita sea.
–Todo forma parte de la vida del pueblo, Ronnie. Si queremos vivir aquí, tenemos que participar en la vida de comunidad.
Gemía como un niño pequeño cuando estaba de ese humor tan peculiar. Ella lo conocía tan bien que oyó sus próximas palabras antes de que las pronunciara.
–No quiero.
–No tenemos más alternativa.
–Podemos volver mañana por la noche.
–Ronnie...
–No tenemos nada que hacer aquí. Los niños se aburren, tú estás triste...
Maggie endureció el rostro; no estaba dispuesta a ceder ni un ápice. Él conocía aquella expresión tan bien como ella reconocía su gemido.
Escrutó los charcos que se formaban en lo que algún día quizá fuera su jardín delantero, incapaz de imaginar que ahí pudiera haber césped o rosales. De repente todo le parecía imposible.
–Tú vuélvete a la ciudad si quieres, Ronnie. Llévate a los niños. Yo me quedo. Volveré en tren el domingo por la noche.
Muy astuta, pensó, al darle una posibilidad de irse menos atractiva que la de quedarse. ¿Dos días solo en Londres cuidando a los niños? No, gracias.
–De acuerdo. Tú ganas. Iremos al maldito festival de la cosecha.
–Mártir.
–Espero que por lo menos no tenga que rezar.


Amelia Nicholson entró corriendo en la cocina con su cara redonda pálida y se desplomó delante de su madre. Tenía el impermeable de plástico verde salpicado de vómito grasiento y las botas de agua verdes manchadas de sangre.
Gwen llamó a gritos a Denny. Su hija pequeña estaba temblando, desmayada, tratando sin éxito de mascullar alguna palabra.
–¿Qué pasa?
Denny bajaba por la escalera hecho un basilisco.
–Por el amor de Dios...
Amelia estaba vomitando de nuevo. Tenía la cara prácticamente azul.
–¿Qué le pasa?
–Acaba de entrar. Deberías llamar a una ambulancia.
Denny le puso las manos sobre las mejillas.
–Ha sufrido una conmoción.
–Una ambulancia, Denny... –Gwen le estaba quitando el impermeable verde y aflojándole la blusa.
Denny se levantó lentamente. Miró el patio entre los rizos que dejaba la lluvia sobre el cristal: la puerta de la cuadra batía con el viento. Había alguien dentro; entrevió algo que se movía.
–¡Por el amor de Dios! ¡Una ambulancia! –repitió Gwen.
Denny no la escuchaba. Había alguien en su cuadra, en su finca, y siempre observaba el mismo ritual estricto con los intrusos.
La puerta de la cuadra se volvió a abrir, incitándole. ¡Sí! Se amparaba en las sombras. Entrometido.
Descolgó el rifle, que estaba junto a la puerta, manteniendo los ojos fijos en el patio tanto como pudo. Detrás de él, Gwen había dejado a Amelia en el suelo de la cocina y pedía auxilio por teléfono. La chica empezó a gemir: se le pasaría. Algún asqueroso intruso la habría asustado, nada más que eso. En su propio territorio.
Denny abrió la puerta y salió al patio. Iba en mangas de camisa y hacía un viento glacial, pero había dejado de llover. A sus pies relucía el suelo, de cada pórtico y canalón caían gotas de agua con un ritmo nervioso que le acompañó mientras cruzaba el patio.
La puerta de la cuadra se volvió a abrir levemente con suavidad, pero esta vez no se volvió a cerrar. No vio nada en el interior. Supuso que se trataría de una jugarreta de la luz que...
Pero no. Había visto a alguien moverse allá dentro. La cuadra no estaba vacía. Algo (y no era el pony) lo estaba observando en ese preciso instante. Verían que llevaba encima un rifle y se pondrían a sudar. Ojalá. Entrar en sus propiedades de esa manera. Que creyeran que les iba a volar las pelotas.
Recorrió la distancia que le separaba de la cuadra con seis pasos confiados y entró en ella.
Tenía el estómago del pony debajo del pie, una de sus patas a la derecha de donde se encontraba y la capa superior roída hasta el hueso. Charcos de sangre espesa reflejaban los agujeros del tejado. Aquella mutilación le dio náuseas.
–De acuerdo –desafió a las tinieblas–. Sal. –Esgrimió el rifle–. ¿Me oyes, bastardo? Fuera, te he dicho, o te dejo listo para el Día del Juicio.
Estaba dispuesto a hacerlo.
En el extremo opuesto de la cuadra algo se agitó entre las balas de paja. «Ya tengo a ese hijo de puta», pensó Denny. El intruso irguió sus dos metros setenta de altura y lo contempló.
–Di-os mí-o.
Y se le vino encima sin previo aviso, se le vino encima como una locomotora, tranquilo y eficiente. Le disparó y la bala le alcanzó en la parte superior del pecho, pero la herida no lo detuvo.
Nicholson se dio la vuelta y echó a correr. Los adoquines del patio estaban resbaladizos y no tenía ninguna posibilidad de ganar la carrera. Lo tuvo a su espalda en dos zancadas y en una más ya lo tenía encima.
Gwen soltó el teléfono al oír el disparo. Llegó corriendo a la ventana a tiempo para ver cómo una figura descomunal eclipsaba a su querido Denny. Aulló al apoderarse de él y lo lanzó al aire como si fuera un saco de plumas. Impotente, observó cómo su cuerpo alcanzaba la cúspide de su trayectoria antes de caer en picado hasta el suelo, con un golpe sordo que Gwen apreció en cada uno de sus huesos. El gigante se abalanzó sobre el cuerpo instantáneamente, aplastándole la adorable cabeza contra el estiércol.
Chilló, tratando de acallar su grito con una mano. Demasiado tarde. Ya había proferido el chillido y el gigante la estaba contemplando, mirándola detenidamente. Su maldad perforaba la ventana. Dios mío, la había visto y ahora venía a por ella..., cruzando el patio a grandes zancadas. Era un monstruo desnudo que le gruñía una amenaza mientras se iba acercando.
Gwen recogió a Amelia del suelo y la apretó con fuerza contra sí, protegiendo la cara de la niña contra su cuello. A lo mejor así no lo veía, no debía verlo. El ruido de sus pies contra el suelo mojado del patio se hacía cada vez más apremiante. Su sombra invadió la cocina.
–Dios mío, ayúdame.
Estaba empujando la ventana, su cuerpo era tan gigantesco que tapaba la luz, tenía la cara, lúbrica y repugnante, aplastada contra el cristal mojado. Y entró destrozándolo, haciendo caso omiso de los trozos de vidrio que se le clavaron en la piel. Olía a carne infantil. Quería carne infantil. Obtendría carne infantil.
Le asomaron los dientes y su sonrisa se convirtió en una obscena carcajada. De la mandíbula le colgaban hilachos de saliva. Como un gato persiguiendo a un ratón en una jaula, daba zarpazos al aire, acercándose cada vez más a su víctima, con el bocado más cerca a cada zarpazo.
Gwen abrió la puerta del vestíbulo cuando el monstruo se cansó de alargar los brazos y empezó a destrozar el marco de la ventana para entrar gateando. Cerró la puerta detrás de ella mientras, al otro lado, la loza era aplastada y la madera astillada, y luego empezó a taparla con todos los muebles que encontró en el vestíbulo. Mesas, sillas, percheros, consciente de que todo eso quedaría reducido a añicos en dos segundos. Amelia estaba arrodillada en el suelo del vestíbulo, tal como la había dejado su madre. Su cara, agradecida, estaba desprovista de expresión.
Bueno, eso era todo lo que podía hacer. Ahora a subir la escalera. Recogió a su hija, que de repente le pareció más ligera que el aire, y subió los peldaños de dos en dos. A mitad de camino el estrépito de la cocina cesó por completo.
Tuvo una crisis de realidad. En el rellano todo era paz y tranquilidad. El polvo se amontonaba sobre el alféizar de la ventana, las flores se marchitaban; todos los infinitesimales trámites domésticos seguían su curso como si no hubiera ocurrido nada.
–Lo he soñado –dijo–. Dios mío, es cierto: lo he soñado.
Se sentó sobre la cama en que Denny y ella habían dormido durante ocho años y trató de pensar con serenidad.
Una asquerosa pesadilla menstrual, no era más que eso, una fantasía de violación totalmente descontrolada. Dejó a Amelia sobre el edredón rosa (Denny odiaba el rosa, pero lo soportaba por ella) y acarició la frente sudorosa de la niña.
–Lo he soñado.
Y entonces la habitación se quedó a oscuras. Levantó la vista sabiendo por adelantado qué iba a ver.
Ahí estaba la pesadilla, contra las ventanas del piso de arriba, abarcando todo el cristal con sus brazos de araña, colgando del marco como un acróbata, enseñando y tapando sus repelentes dientes mientras contemplaba boquiabierto el terror de Gwen.
Se abatió sobre Amelia, arrancándola del lecho y arrastrándola hacia la puerta. Detrás de ella se resquebrajaron los cristales y una bocanada de aire frío se coló en el cuarto. El monstruo se acercaba.
Cruzó el rellano y subió la escalinata, pero él la alcanzó en un santiamén, con la boca abierta como un túnel, después de pasar en cuclillas por la puerta. En el exiguo espacio del rellano parecía aún más descomunal. Gritó de alegría al poner la mano sobre el paquete mudo que Gwen tenía entre sus brazos. Sus manos se apoderaron de Amelia con una insolente naturalidad y tiraron de ella.
La niña gritó cuando la arrancaron del regazo de su madre, a quien dejó cuatro arañazos en la cara.
Gwen se tambaleó, aturdida por la inefable visión que tenía ante sus ojos, y perdió el equilibrio. Mientras caía de espaldas por la escalera vio cómo las hileras de dientes engullían la cara manchada de lágrimas y entumecida de su hija Amelia. Luego se golpeó la cabeza contra la barandilla y se le rompió el cuello. Cuando cayó rodando los seis últimos escalones ya no era más que un cadáver.


A primera hora de la tarde el agua de la lluvia se había dispersado un poco, pero el lago artificial que se había formado en el fondo de la depresión aún tenía varios centímetros de profundidad. Reflejaba serenamente el cielo. Resultaba hermoso pero incómodo. El reverendo Coot recordó discretamente a Declan Ewan que informara al ayuntamiento de la obstrucción de las alcantarillas. Era la tercera vez que se lo pedía, y Declan se sonrojó al oírle.
–Lo siento, yo...
–De acuerdo. No te preocupes, Declan. Pero tenemos que conseguir que las desatasquen.
Una mirada perdida. Un presentimiento. Una idea.
–El otoño siempre las vuelve a atascar, claro.
Coot hizo un amplio gesto circular, una especie de precisión de que en realidad no era tan importante que el ayuntamiento limpiara o no los desagües o cuándo lo hiciera, y su presentimiento desapareció. Había asuntos más urgentes. Por una parte, el sermón del domingo. Por otra, averiguar por qué no lograba ponerse a escribir el sermón esa tarde. Se respiraba un desasosiego en el ambiente que hacía que cada palabra tranquilizadora se volviera gélida al transcribirla sobre el papel. Coot se acercó a la ventana, dándole la espalda a Declan, y se rascó las palmas de las manos. Le dolieron: tal vez tuviera un nuevo acceso de eczema. Si por lo menos pudiera hablar, encontrar palabras con que expresar su desazón, Nunca, a lo largo de sus cuarenta y cinco años, se había sentido tan incapaz de comunicarse; y nunca en su vida había sido tan vital que hablara.
–¿Debo irme? –preguntó Declan.
Coot negó con la cabeza.
–Un poco más. Si haces el favor.
Se volvió hacia el sacristán. Declan Ewan tenía veintinueve años, aunque por la cara parecía mucho mayor; rasgos suaves y pálidos, entradas prematuras.
«¿Qué hará este cara de huevo con mi revelación?», pensó Coot. «Probablemente se echará a reír. Por eso no encuentro las palabras, porque no quiero. Tengo miedo de parecer estúpido. Aquí estoy; un hombre del clero dedicado a los misterios cristianos. Por primera vez en cuarenta monótonos años he vislumbrado algo, una visión quizá, y tengo miedo de que se rían de mí. Eres un estúpido, Coot, un auténtico estúpido.»
Se sacó las gafas. Los rasgos anodinos de Declan se convirtieron en un borrón. Por lo menos ya no tendría que contemplar su sonrisa afectada.
–Declan, esta mañana he recibido lo que sólo puede describirse como... como una... visita.
Declan no dijo nada, el borrón tampoco se movió.
–No sé muy bien cómo llamar a esa... nuestro vocabulario es muy limitado en lo que respecta a esta clase de cosas..., pero, francamente, nunca había presenciado una manifestación tan directa, tan inequívoca de...
Coot se detuvo. ¿Quería decir «Dios»?
–Dios –dijo, sin estar seguro de haberlo dicho.
Declan permaneció callado un momento. Coot se arriesgó a volver a poner las gafas en su sitio. El huevo no se había resquebrajado.
–¿Puedes explicar qué aspecto tenía? –preguntó, completamente sereno.
Coot negó con la cabeza; llevaba todo el día buscando las palabras adecuadas, pero sólo se le ocurrían frases manidas.
–¿Qué aspecto tenía? –insistió Declan.
¿Por qué no quería comprender que no lo podía explicar? «Tengo que intentarlo, pensó Coot, tengo que hacerlo.»
–Me quedé en el altar después de maitines... –comenzó–, y noté que una sensación me recorría el cuerpo. Era casi como electricidad. Me puso los pelos de punta. Literalmente de punta.
Al recordar esa sensación se pasó la mano por el corto pelo. El pelo tieso como un campo de maíz rojo. Y el zumbido en las sienes, en los pulmones, en la ingle. En realidad le había provocado una erección, pero era incapaz de confesárselo a Declan. Se quedó en el altar con una erección tan poderosa como si hubiera vuelto a descubrir los placeres de la lujuria.
–No voy a afirmar... no puedo afirmar que fuera Dios nuestro señor...
(Aunque fuera eso lo que quería creer, que era el dios de la erección.)
–No puedo afirmar siquiera que fuera cristiano. Pero hoy ha ocurrido algo. Lo he notado.
El rostro de Declan seguía siendo impenetrable. Coot lo contempló unos segundos, esperando encontrar una mueca de desdén.
–¿Y bien? –preguntó.
–¿Y bien qué?
–¿No tienes nada que decir?
El huevo frunció el entrecejo; fue como una arruga sobre su cascarón.
Luego dijo:
–Dios nos asista –casi en un susurro.
–¿Qué?
–Yo también lo noté. No tal y como lo has descrito: no fue como una descarga eléctrica. Pero fue algo.
–¿Por qué nos tiene que asistir Dios, Declan? ¿Tienes miedo de algo?
No contestó.
–Si sabes algo acerca de estas experiencias que yo desconozca... dímelo, por favor. Quiero saber, comprender. Por Dios; tengo que comprender.
Declan se lamió los labios.
–Bueno... –Sus ojos se volvieron más inescrutables que nunca; y, por primera vez, Coot intuyó que había un fantasma detrás de ellos. ¿Era, quizá, desesperación?
–Este lugar tiene mucha historia, ¿sabes? –dijo–, historias de cosas... que había en su emplazamiento.
Coot sabía que Declan había estado hurgando en la historia de Zeal. Un pasatiempo sin duda inofensivo: el pasado era el pasado.
–Ha habido un asentamiento que se remonta a una época muy anterior a la de la ocupación romana. Nadie sabe exactamente a cuándo. Probablemente siempre haya habido un templo sobre este lugar.
–No hay nada raro en ello. –Coot le brindó una sonrisa con la intención de que Declan le tranquilizara. Una parte de su ser quería que le dijeran que todo estaba bien en el mejor de los mundos, aunque fuera mentira.
La cara de Declan se ensombreció. No tenía ningún motivo para tranquilizarle.
–Y aquí había un bosque. Inmenso. Los Bosques Salvajes. –¿Seguía habiendo desesperanza en esos ojos? ¿O era nostalgia?–. Ni siquiera un pequeño y apacible huerto. Un bosque en que se podría haber escondido una ciudad; lleno de bestias...
–¿Te refieres a lobos? ¿Osos?
Declan negó con la cabeza.
–Había seres que poseían esta tierra. Antes de Cristo. Antes de que hubiera civilización. La mayoría no logró sobrevivir a la destrucción de su hábitat natural: eran demasiado primitivos, supongo. Pero fuertes. No eran como nosotros; no eran humanos. Eran algo completamente diferente.
–¿Y qué?
–Uno de ellos sobrevivió hasta el siglo catorce. Hay una talla, en el altar, que describe su entierro.
–¿En el altar?
–Bajo el manto. La descubrí hace poco: nunca le había prestado demasiada atención hasta esta mañana. Hoy... intenté tocarla.
Abrió el puño y mostró la palma de la mano. La carne estaba cubierta de ampollas. De la piel rasgada manaba pus.
–No duele –explicó–. En realidad está bastante entumecida. Me ha servido de escarmiento. Me lo podía haber imaginado.
La primera reacción de Coot fue pensar que ese hombre estaba mintiendo. Luego pensó que tenía que haber una explicación lógica. Finalmente recordó el dicho de su padre: «La lógica es el último refugio de un cobarde».
Declan se puso a hablar de nuevo. Esta vez estaba excitadísimo.
–Lo llaman «hombre-lobo».
–¿Qué?
–A la bestia que enterraron. Está en los libros de historia. Lo llaman «hombre-lobo» porque tenía la cabeza inmensa y del color de la luna 2 y descarnada.
Declan no pudo evitarlo. Se sonrió.
–Se comía a los niños –dijo, irradiando felicidad, como un bebé a punto de mamar.


Hasta la mañana del sábado no se descubrió la matanza de la granja de los Nicholson. Mick Glossop se dirigía en coche a Londres por la carretera que pasa junto a la granja («No sé por qué. No suelo hacerlo. Es curioso.») y oyó el revuelo que armaba el rebaño de frisonas de los Nicholson, con las ubres hinchadas. Llevaban veinticuatro horas sin ordeñar. Glossop dejó el jeep al lado de la carretera y entró en el patio.
Aunque el sol había salido hacía una hora escasamente, el cuerpo de Denny ya estaba atestado de moscas. En el interior de la casa, lo único que quedaba de Amelia eran jirones de un vestido y un pie descuidado. Al pie de las escaleras yacía el cuerpo sin mutilar de Gwen Nicholson. En su cadáver no se apreciaron heridas ni indicios de abuso sexual.
Hacia las nueve y media Zeal era un hormiguero de policías y todos los rostros del pueblo parecían afligidos. Aunque hubo informes contradictorios acerca del estado de los cuerpos, nadie puso en duda la brutalidad de los asesinatos. Especialmente el de la niña, probablemente descoyuntada. El asesino se había llevado el cuerpo Dios sabe con qué propósito.
La Brigada del Crimen estableció un cuartel general en The Tall Man, se entrevistó a todos los aldeanos. De momento no se descubrió nada. No se habían visto extranjeros en la localidad ni se apreció conducta más sospechosa que la normal en un cazador furtivo o un especulador de terrenos. Fue Enid Blatter, la del busto generoso y los modales maternales, quien mencionó que llevaba más de veinticuatro horas sin ver a Thom Garrow.
Lo encontraron donde lo dejó su asesino, como un botín expoliado en pocas horas. Tenía gusanos en la cabeza y las gaviotas le habían picoteado la carne de las pantorrillas –al descubierto porque los pantalones se le salieron de las botas–, hasta el hueso. Cuando lo sacaron del hoyo se le escurrieron familias enteras de piojos, refugiadas en las orejas.
Esa noche el ambiente del hotel era crispado. En el bar, el sargento y detective Gissing, venido desde Londres para dirigir la investigación, había encontrado en Ron Milton a un oído complaciente. Le gustaba poder conversar con un londinense como él, y Milton alargó la charla durante casi tres horas a base de whisky escocés y agua.
–Veinte años en el cuerpo –repetía, incansable, Gissing– y nunca había visto nada parecido.
Lo que no era absolutamente cierto. Hacía más de una década, se encontró a una puta (o a sus selectos despojos) dentro de una maleta, en la sección de objetos perdidos de la estación de Euston. Y a un drogadicto que se había empeñado en hipnotizar a un oso polar del zoo de Londres: cuando lo sacaron del estanque estaba hecho un espectáculo lamentable. Stanley Gissing había visto muchas cosas, ya lo creo...
–Pero esto..., jamas había visto nada parecido –insistió–. Para ser honestos, me entraron ganas de vomitar.
Ron no sabía a ciencia cierta por qué se quedaba a escuchar a Gissing; tal vez simplemente para matar la noche. En sus años mozos había sido un radical, nunca le gustaron demasiado los policías, y le producía cierta satisfacción inconfesable comprobar que a ese saco de mierda no le cabía en el diminuto cráneo tamaña monstruosidad.
–Es un jodido lunático –decía Gissing–, puede creerme. Lo atraparemos fácilmente. Un hombre de ésos no tiene control, ¿comprende? No se preocupa por borrar sus huellas, ni le preocupa siquiera vivir o morir. Dios sabe que un tipo que es capaz de desgarrar a una niña de siete años de esa manera está a punto de estallar. Los he visto.
–¿Sí?
–Desde luego. Los he visto llorar como niños, cubiertos de sangre como si acabaran de salir del matadero. Patético.
–O sea que podrá con él.
–Así de fácil –dijo Gissing, haciendo un chasquido con los dedos. Se puso de pie titubeando levemente–. Lo atraparemos, tan seguro como que Dios creó al mono. –Echó una ojeada al reloj y luego al vaso vacío.
Ron no hizo ningún ademán de volver a llenarlo.
–Bueno –dijo Gissing–, tengo que volver a Londres a presentar mi informe.
Se dirigió a la puerta haciendo eses y dejó que Milton se las apañara con la nota.
El hombre-lobo contempló cómo salía del pueblo el coche de Gissing y tomaba la carretera del norte. Los faros iluminaban la noche tenuemente. A pesar de ello, el ruido del motor, acelerado para subir la colina donde se encontraba la granja de los Nicholson, puso nervioso a Rex. Sus rugidos y toses no se parecían a los de ninguna bestia con la que se hubiera encontrado antes, y el homo sapiens lo controlaba de alguna manera. Para arrebatar a los usurpadores su reino tendría que doblegar tarde o temprano a una de esas bestias. Rex se tragó el miedo y se preparó para el combate.
La luna mostró sus colmillos.
En el asiento trasero del coche, Stanley estaba a punto de dormirse, soñando con niñas pequeñas. Soñaba que esas encantadoras ninfas subían a la cama por una escalera y que él estaba apostado junto a la escalera mirándolas subir, vislumbrándoles las bragas ligeramente sucias a medida que desaparecían en el cielo. Era un sueño habitual, aunque jamás lo habría reconocido, ni borracho. No es que le avergonzara exactamente; sabía positivamente que muchos de sus colegas tenían vicios igual de excéntricos y a veces mucho menos sabrosos que el suyo. Pero quería ser dueño suyo en exclusiva: era su sueño personal y no estaba dispuesto a compartirlo con nadie.
En el asiento del conductor, el joven oficial que llevaba seis meses haciendo de chófer para Gissing esperaba que el viejo se quedara dormido como un tronco. Entonces, y sólo entonces; podría arriesgarse a enchufar la radio para oír los resultados de cricket. Australia se había quedado muy rezagada en la clasificación: parecía poco probable que se recuperara a última hora. Ah, en el cricket estaba su futuro; gracias a él podría mandar a paseo esa rutina, pensaba mientras conducía.
Ni el pasajero ni el conductor, perdidos en sus ensoñaciones, advirtieron al hombre-lobo. Estaba acechando el coche, su gigantesca zancada le permitía ir al mismo paso, seguirlo por la sinuosa y oscura carretera.
De repente se encolerizó y salió de los campos para plantarse en medio del asfalto.
El conductor dio un giro al volante para esquivar a esa masa inmensa que se abalanzaba contra los faros encendidos aullando como una jauría de perros rabiosos.
El coche patinó sobre el piso mojado, abollándose la aleta izquierda contra los arbustos que bordeaban la carretera y destrozándose el parabrisas al llevarse por delante un revoltijo de ramas. En el asiento trasero Gissing se cayó de la escalera por la que estaba trepando cuando el coche acabó de recorrer el seto y se estrelló contra una puerta de hierro. Gissing salió disparado contra el asiento delantero, asustado pero ileso. El impacto arrancó al conductor del volante y lo despidió por la ventana en cuestión de segundos. Su pie, que reposaba ahora contra la cara de Stanley, se contrajo.
Rex contempló la muerte de la caja de metal desde la carretera. Sus estertores, el aullido de su costado destrozado, su cara lacerada le asustaban. Pero estaba muerto.
Precavido, esperó un rato antes de acercarse a olisquear aquel cuerpo aplastado. Un olor aromático flotaba en el aire, dándole cosquilleos en las fosas nasales. Era la sangre de la caja, cuyo torso herido vertía gotas que se alejaban por la carretera. Se acercó, seguro ya de que la bestia estaba muerta.
Había alguien vivo en la caja. No se trataba de la dulce carne de niño que tanto le gustaba; no era más que carne correosa de macho. Una cara cómica lo miraba de hito en hito. Ojos redondos, como platos. La estúpida boca se abría y cerraba como la de un pez. Le dio una patada a la caja para abrirla y, al ver que no lo conseguía, arrancó las puertas de cuajo. Cogió al macho gimoteante y lo sacó de su refugio. ¿Sería uno de los que habían podido con él? ¿Ese insecto asustado de labios de gelatina? Se rió de sus súplicas y le puso boca abajo, sujetándolo por un pie. Esperó a que dejara de chillar, hurgó entre sus piernas crispadas y encontró la virilidad de aquel hombre. No era grande. De hecho, la tenía muy encogida de miedo. Gissing farfullaba todo lo que se le ocurría; es decir, incoherencias. El único sonido de Stanley que comprendió Rex fue el que estaba profiriendo ahora, el chillido desgarrador que acompañaba siempre a una castración. Al acabar dejó caer a Gissing al lado del coche.
El motor aplastado empezaba a arder, lo estaba oliendo. No era tan bestia como para tener miedo del fuego. Lo respetaba, desde luego; pero no lo temía. El fuego era un instrumento, lo había usado muchas veces: para quemar a sus enemigos, incinerarlos en la cama.
Se apartó del coche cuando la llama encontró la gasolina y produjo una explosión. Las lenguas de fuego se abalanzaron contra él y notó cómo se le chamuscaba el pelo del pecho, pero el espectáculo lo tenía demasiado cautivado como para apartar los ojos. El fuego siguió el rastro de sangre de la bestia, consumiendo a Gissing y relamiendo los regueros de gasolina como un perro excitado un rastro de pis. Rex contempló el espectáculo y aprendió una nueva y mortífera lección.


En el caos de su estudio, Coot trataba sin éxito de resistirse al sueño. Había pasado buena parte de la tarde en el altar y un rato con Declan. Esa noche no habría oraciones, sólo meditaciones. Sobre la mesa de despacho tenía una copia de la talla del altar; llevaba una hora examinándola sin ningún resultado. O la talla era demasiado ambigua o él tenía poca imaginación. En cualquier caso, no acertaba a deducir gran cosa de la imagen. Describía sin duda un entierro, pero eso fue casi todo lo que sacó en limpio. Tal vez el cuerpo fuera un poco más grande que el de los acompañantes, pero no tenía nada de excepcional. Pensó en el pub de Zeal, The Tall Man, y se sonrió. Podía ser que a un ingenioso medieval le hubiera gustado la idea de dibujar el entierro de un cervecero debajo de la sabanilla del altar.
En el vestíbulo el reloj estropeado dio las doce y cuarto, lo que quería decir que era casi la una. Coot se levantó de la mesa, se estiró y apagó la lámpara. Le sorprendió la intensidad de la luz de la luna que se colaba por un desgarrón de la cortina. Era una luna llena, de septiembre, y daba una luz exuberante, aunque fría.
Colocó la alambrera delante del fuego y salió al pasillo ensombrecido, cerrando la puerta detrás de él. El reloj hacía un tictac ruidoso. En algún lugar camino de Goudhurst oyó la sirena de una ambulancia.
«¿Qué ocurre?», pensó, y abrió la puerta delantera para ver mejor. Se distinguían faros sobre la colina y el latido alejado de las luces azules de la policía, más rítmicas que el tictac que sonaba a su espalda. Un accidente en la carretera que iba hacia el norte. Demasiado pronto para que hubiera hielo. Además, no hacia tanto frío. Contempló cómo las luces, plantadas sobre la colina como joyas sobre el lomo de una ballena, se alejaban parpadeando. En realidad hacía bastante frío. No hacía tan buen tiempo como para quedarse en él...
Frunció el entrecejo; había sorprendido algo, un movimiento en el extremo opuesto del camposanto, bajo los árboles. La luz de la luna proyectaba una escena en blanco y negro. Tejos negros, piedras grises, un crisantemo blanco que derramaba sus pétalos sobre una tumba. Y, a la sombra de los tejos, una silueta negra, pero dibujada nítidamente contra la lápida de un túmulo de mármol. La silueta de un gigante.
Coot salió de la casa con paso vacilante.
El gigante no estaba solo. Alguien estaba arrodillado ante él, una figura más pequeña y humana, con la cara levantada e iluminada. Era Declan. Hasta de lejos se advertía que le estaba sonriendo a su amo.
Coot quiso acercarse; ver aquella pesadilla más de cerca. Al dar el tercer paso hizo crujir la grava.
El gigante pareció moverse en la oscuridad. ¿Se estaba dando la vuelta para mirarlo? Coot se quedó pálido. No, ojalá esté sordo; por piedad, Dios mío, que no me vea, hazme invisible.
Aparentemente su súplica fue escuchada. El gigante no dio indicios de haberle visto acercarse. Haciendo acopio de valor, Coot avanzó por un camino de lápidas, haciendo eses de tumba a tumba, en busca de protección, apenas osando respirar. Cuando llegó a pocos pasos de la escena pudo ver cómo inclinaba la criatura su cabeza en dirección a Declan; oyó los ásperos sonidos guturales que emitía su garganta. Pero la escena era algo más que eso.
Declan tenía las vestiduras rasgadas y sucias, su pequeño pecho estaba desnudo. La luz de la luna le iluminaba el esternón, las costillas. Su estado y su posición no dejaban lugar a dudas. Lo estaba adorando, pura y simplemente. Coot oyó ruido de salpicaduras; se acercó un poco más y vio que el gigante estaba dirigiendo un chorro reluciente de orina a la cara levantada de Declan. Le entraba por la boca, le salpicaba el torso. Declan no dejó de irradiar alegría mientras recibió ese bautismo; aún más, movía la cabeza de lado a lado, satisfecho de que lo humillaran de pies a cabeza.
El aire llevó el olor de la orina de la criatura hasta Coot. Era ácido, repugnante. ¿Cómo podía Declan soportar que le cayera una sola gota encima o, mucho peor, chapotear en ella? Coot quiso chillar, detener ese espectáculo de depravación, pero incluso a la sombra del tejo la silueta del monstruo era aterrorizadora. Era demasiado alta y ancha para ser humana.
Se trataba sin duda de la Bestia del Bosque Salvaje que Declan le había intentado describir; era el devorador de niños. ¿Había imaginado Declan, al elogiar a este monstruo, qué poder llegaría a tener sobre su conciencia? ¿Supo desde siempre que si la bestia llegaba hasta él olisqueando su rastro se arrodillaría ante ella, la llamarla «señor» (antes de Cristo, antes de la civilización, había dicho), permitiría que le descargara la vejiga encima con una sonrisa en los labios?
Sí. Claro que sí.
Así que mejor dejarle disfrutar de ese momento. «No te juegues el pellejo, pensó Coot, está donde quiere estar.» Se alejó muy despacio hacia la sacristía, con los ojos todavía puestos sobre la escena de degradación que tenía delante. El bautista dejó caer las últimas gotas, pero Declan había recogido algo de líquido con las manos. Se las llevó a la boca y bebió.
Coot tuvo un acceso de náuseas irreprimible. Cerró un segundo los ojos para dejar de ver aquello. Cuando los volvió a abrir descubrió que el rostro ensombrecido de la bestia estaba vuelto hacia él, que lo miraba con unos ojos que ardían en la oscuridad.
–Dios bendito.
Lo estaba mirando. Esta vez no cabía duda alguna, lo veía. Rugió y su cabeza cambió de forma en las sombras al abrir una boca horrible e inmensa.
–Jesusito de mi vida.
Ya estaba cargando hacia él con la agilidad de un antílope, dejando a su acólito desplomado bajo un árbol. Coot se dio la vuelta y corrió, corrió como no lo había hecho en muchos años, saltando sobre las lápidas en su estampida. La puerta estaba a pocos metros; era su único refugio. Quizá no resistiera demasiado, pero le daría tiempo para pensar, para encontrar un arma. Corre, cabrón. Como si el diablo te pisara los talones. Cuatro metros.
Corre.
La puerta estaba abierta.
Casi a mano; a un metro...
Cruzó el umbral y se giró en redondo para cerrarle la puerta a su perseguidor. Pero ¡no! Rex había introducido la mano por la puerta, una mano tres veces más grande que la de un hombre. Daba brazadas en el aire, tratando de alcanzar a Coot, sin dejar de rugir.
Éste se apoyaba con todo su peso contra la puerta de roble. El montante, revestido de acero, se clavó en el antebrazo de Rex. El rugido se hizo aullido: la perfidia y el dolor se unieron en un grito estentóreo que se oyó de un extremo a otro de Zeal.
Atravesó la noche, llegando incluso hasta la carretera norte, donde estaban recogiendo los restos de Gissing y su conductor para envolverlos en plástico. Resonó en las gélidas paredes de la cámara mortuoria, donde Denny y Gwen Nicholson empezaban ya a descomponerse. También se oyó en las habitaciones de Zeal, donde yacían juntos parejas de seres vivos, quizá con un brazo por debajo del cuerpo del compañero; donde los ancianos velaban escrutando la geografía del techo; donde los niños soñaban con el claustro materno y los bebés lloraban por él. Se oyó una, dos, tres y mil veces mientras Rex se debatió ante la puerta.
Los aullidos le dieron vértigo a Coot. Farfulló plegarias, pero la ayuda de las alturas no daba muestras de ir a bajar sobre él. Sintió que le empezaban a flaquear las fuerzas. El gigante se iba abriendo camino lentamente, desentornando la puerta centímetro a centímetro. Los pies de Coot se deslizaban por el suelo demasiado barnizado, los músculos le temblaban al desfallecer. Era una lucha en la que no tenía ninguna posibilidad de vencer si pretendía medir la fuerza de cada uno de sus tendones contra los de la bestia. Si quería ver amanecer, necesitaba una estrategia.
Coot hizo más presión contra la puerta, paseando los ojos por el pasillo en busca de un arma. No debía entrar: no debía dejar que se le impusiera. El aire estaba impregnado de un olor acre. Se vio fugazmente desnudo y arrodillado delante del gigante, que le orinaba en la cara. Esa escena le sugirió muchas perversiones más: todo lo que podía hacer para evitar que entrara era pensar en obscenidades. Le estaba royendo la conciencia, introduciendo una cuña de mugre en sus recuerdos, arrancándole ideas enterradas en el subconsciente. ¿No exigiría que lo adoraran como cualquier dios? ¿Y no serían sus exigencias claras y factibles, y no ambiguas, como las del señor a quien había servido hasta ese día? Era una buena idea: entregarse a ese dios que golpeaba el otro lado de la puerta, quedarse quieto delante de él y dejar que lo destrozara.
Cabeza Cruda. El nombre le resonaba como un latido en el oído. Cabeza. Cruda.
Desesperado, comprendiendo que sus débiles defensas mentales estaban a punto de venirse abajo, sus ojos se posaron sobre la estantería llena de vestidos que había a la izquierda de la puerta.
Cabeza. Cruda. Cabeza. Cruda. El nombre era como un mandato. Cabeza. Cruda. Cabeza. Cruda. Le sugería una cabeza rapada, sin defensas, una cosa a punto de estallar de dolor o de placer, poco importaba. Pero resultaría fácil descubrirlo...
Ya casi se había apoderado de él, lo sabía: ahora o nunca. Apartó una mano de la puerta y la estiró hacia la balda, en busca de un bastón. Sentía un cariño especial por uno de ellos. Lo llamaba su bastón de «campo a través», una vara de metro y medio de fresno sin corteza, usada y dura. La agarró con la punta de los dedos.
Rex había sacado partido de la falta de resistencia que le oponía Coot y estaba introduciendo ya su brazo correoso, indiferente a los desgarrones que le producía la jamba. La mano, y sus dedos –fuertes como el acero–, habían alcanzado los pliegues de la chaqueta de Coot.
Este levantó la vara de fresno y golpeó el codo de Rex donde el hueso estaba más cerca de la piel. La madera se astilló con el golpe, pero cumplió su cometido. El monstruo retiró velozmente la mano y empezó a aullar de nuevo. Al desaparecer los dedos, Coot cerró de un portazo y echó el pestillo. Hubo un breve compás de espera, tan sólo unos segundos, antes de que volviera a empezar el ataque, esta vez fueron dos puños los que golpearon la puerta. Las bisagras empezaban a combarse, la madera rechinaba. Pasaría poco tiempo, poquísimo tiempo, antes de que lograra entrar. Era fuerte y ahora, además, estaba furioso.
Coot cruzó el vestíbulo y cogió el teléfono. «Policía», dijo, y empezó a marcar. ¿Cuánto tiempo le quedaba hasta que la bestia recapacitara, dejara la puerta en paz y se dirigiera a los ventanales? Estaban sellados con plomo, pero cederían en seguida. Disponía de algunos minutos como mucho, probablemente de segundos; dependía de la capacidad intelectual del monstruo.
La conciencia de Coot, liberada del influjo de la de Rex, era una algarabía de fragmentos de súplicas y plegarias. «Si me muero –se sorprendió pensando– ¿seré recompensado en el cielo por morir de una manera más brutal que la que le espera en buena lógica a cualquier cura de pueblo? ¿Otorga el paraíso alguna compensación a quien muere con las entrañas fuera en el vestíbulo de su propia sacristía?»
En la comisaría de policía sólo quedaba un oficial de servicio: el resto estaba en la carretera norte recogiendo los restos de la fiesta de Gissing. El pobre hombre apenas si podía comprender las súplicas del reverendo Coot, pero el ruido de madera astillada y el eco de los aullidos que tapaban sus balbuceos eran inconfundibles.
El oficial colgó el teléfono y pidió ayuda por radio. La patrulla de la carretera norte tardó veinte o veinticinco minutos en contestar. En ese tiempo Rex había hundido el paño de la puerta de la sacristía y se disponía a destrozar el resto. Eso no significaba que la patrulla lo supiera. Después de lo que acababan de ver, el cuerpo carbonizado del conductor y la virilidad diezmada de Gissing, se habían vuelto tan insolentes como antiguos veteranos de guerra. Al oficial de comisaria le costó un minuto largo convencerlos de que la voz de Coot estaba totalmente descompuesta. Para entonces Rex ya había logrado entrar.


Ron Milton contemplaba desde el hotel el desfile de luces parpadeantes por la colina, escuchaba las sirenas y los aullidos de Rex y las dudas le asediaban. ¿Era éste el tranquilo pueblo en el campo en que quiso instalarse con su familia? Miró a Maggie, a quien el ruido había despertado, pero que se había vuelto a dormir. Tenía un frasco de somníferos sobre la mesilla de noche, casi vacío. Se sintió protector, aunque ella se le hubiera reído en las narices: quería ser su héroe. Sin embargo, era ella quien iba a clases de defensa personal por la noche, mientras él engordaba a base de comidas caras. Le producía una tristeza inexplicable verla dormir, saber que tenía tan poco poder sobre la vida y la muerte.
Rex estaba en medio del vestíbulo de la sacristía envuelto en confetis de madera. Tenía el torso acribillado de astillas y docenas de heridas pequeñas le sangraban por el cuerpo jadeante. Su sudor acre impregnaba el vestíbulo como si de incienso se tratara.
Olisqueó el aire en busca de su hombre, pero ya debía de estar lejos. Apretó los dientes, frustrado, emitió un leve silbido gutural y se dirigió a grandes zancadas hacia el estudio. El ambiente era cálido y confortable en esa habitación, lo notaba a veinte metros de distancia. Rodeó la mesa de despacho y destrozó dos sillas, en parte para ganar espacio, pero sobre todo por el placer de destrozar, luego arrojó el guardafuego y se sentó. Estaba rodeado de calor: un calor curativo y vivo. Le deleitaba sentir cómo le acariciaba la cara, el bajo vientre, las extremidades. También le calentaba la sangre, evocándole recuerdos de otros fuegos, de fuegos que había provocado en campos de trigo en flor.
Y le vino a la memoria otro fuego, cuyo recuerdo trataba de eludir, pero no podía dejar de pensar en él: la humillación de aquella noche le acompañaría siempre. Habían escogido cuidadosamente la estación: era verano avanzado, no había llovido en dos meses. El sotobosque del Bosque Salvaje era pura yesca, hasta los árboles vivos prendían fácilmente. Le habían hecho salir de su fortaleza con los ojos bañados en lágrimas, aturdido y asustado, y se vio rodeado por cantidad de estacas con púas, de redes y de... esa cosa que esgrimían, cuya sola vista le detenía.
Claro que no fueron lo bastante valientes como para matarlo: eran demasiado supersticiosos para eso. Además, ¿no estaban reconociendo su autoridad mientras lo herían, no era su terror el homenaje que le ofrecían? Por eso lo enterraron vivo, y eso fue peor que la muerte. ¿No fue eso lo peor de todo? Porque podía vivir toda una eternidad sin morir jamás, ni aunque lo metieran bajo tierra. Lo dejaron condenado a esperar cien años y a sufrir, a esperar un siglo y otro siglo, mientras las generaciones pisaban la tierra que tenía encima, vivían, morían y lo olvidaban. A lo mejor no lo olvidaron las mujeres: incluso a través de la tierra podía distinguir su olor cuando se acercaban a la tumba y, aunque no supieran nada de él, se sentían inquietas y convencían a sus maridos de que se marcharan para siempre de aquel lugar, de forma que se quedaba absolutamente solo, sin que un solo espigador le hiciera compañía. La soledad era la venganza de los hombres, creía, por la época en que él y sus hermanos se habían llevado a las mujeres a los bosques, las habían desnudado, violado y soltado, sangrando, pero fértiles. Morían al parir los frutos de las violaciones; ninguna anatomía femenina podía soportar los pataleos de un híbrido, sus dientes o su angustia. Ésa fue la única venganza que él y sus hermanos se tomaron sobre el sexo débil.
Rex se acarició y contempló la reproducción de La luz del mundo que colgaba con su marco dorado encima de la repisa de la chimenea de Coot. La imagen no le suscitaba temor ni remordimiento: era una descripción de un mártir asexuado, desconsolado y con ojos de liebre. Eso no suponía ningún obstáculo. El verdadero poder, la única potencia que podía derrotarlo, había desaparecido aparentemente: se había perdido para siempre, un pastor virgen le había usurpado el trono. Eyaculó en silencio y su semen fino cayó en el hogar. El mundo era suyo; lo iba a gobernar sin ningún tipo de oposición. Tendría calor y comida en abundancia. Hasta bebés. Sí, carne de bebé, era la mejor. Criaturas recién paridas, todavía ciegas.
Se estiró, suspirando ante la perspectiva de tantos finos bocados, con la cabeza repleta de monstruosidades.


Desde su refugio en la cripta, Coot distinguió el chirrido de los coches de policía al detenerse junto a la sacristía y luego el ruido de pasos sobre el camino de grava. Decidió que había por lo menos media docena. Sería suficiente, sin duda.
Atravesó con cuidado las tinieblas, dirigiéndose a la escalera.
Alguien lo tocó: estuvo a punto de chillar, pero se mordió a tiempo la lengua.
–No te vayas ahora –le dijo una voz por detrás. Era Declan, y hablaba demasiado alto como para tranquilizarlo. El monstruo estaba encima de ellos, en alguna parte, los oiría si no se andaban con ojo. Por Dios, que no los oyera.
–Está encima de nosotros –dijo Coot en un susurro.
–Ya lo sé.
Parecía que la voz le saliera de las entrañas y no de la garganta; era como si tuviera un filtro de mugre.
–Hagamos que baje, ¿no? Te quiere, ¿sabes? Quiere que yo...
–¿Qué te ha pasado?
El rostro de Declan se distinguía en la oscuridad. Hizo una mueca, enloquecido.
–Creo que a lo mejor también te quiere bautizar a ti. ¿Qué te parece? ¿Te gustaría? Se meó encima de mí, ¿comprendes? Y eso no es todo. No, quiere más que eso. Lo quiere todo. ¿Me oyes? Todo.
Declan agarró a Coot con un abrazo de oso que apestaba a la orina de la criatura.
–¿Vienes conmigo? –le dijo a Coot con una mirada maliciosa.
–Pongo mi fe en Dios.
Declan se echó a reír. No fue una risa estúpida; rezumaba verdadera compasión por aquella alma perdida.
–Él es Dios –replicó–. Estaba aquí antes de que se construyera esta casa de mierda, y tú lo sabes.
–También había perros.
–¿Eh?
–Y eso no significa que les tenga que dejar que me levanten la pata y se me meen encima.
–¡Si será listo el cabrón! –dijo Declan con la sonrisa torcida–. Él te enseñará. Cambiarás.
–No, Declan. Suéltame.
El abrazo era demasiado estrecho.
–Subamos las escaleras, cara de acelga. No hay que hacer esperar a Dios.
Arrastró a Coot hacia las escaleras sin dejar de abrazarlo. Ni palabras ni argumentos lógicos, a Coot no se le ocurría nada: ¿qué podía decir para que Declan comprendiera su degradación? Entraron torpemente en la iglesia, y Coot miró inmediatamente el altar, buscando un poco de alivio, pero no consiguió nada. Estaba devastado. Las vestiduras estaban hechas jirones y untadas de excrementos, la cruz y las palmatorias estaban en medio de una hoguera de libros de oraciones que ardía alegremente sobre los escalones del altar. Por la iglesia flotaban carbonillas, el aire estaba lleno de humo.
–¿Has hecho tú esto?
Declan gruñó.
–Él quiere que destruya todo esto. Que lo desmonte piedra a piedra si no queda más remedio.
–No se atreverá.
–Claro que sí. No le tiene miedo a Jesús, no le tiene miedo a... Su seguridad desapareció de repente, fue un instante muy significativo, y Coot explotó esa vacilación.
–Aquí hay algo a lo que le tiene miedo. Si no, habría venido él y lo habría hecho solo...
Declan no miraba al sacerdote. Tenía los ojos vidriosos.
–¿Qué es, Declan? ¿Qué es lo que no le gusta? Puedes decírmelo. Declan le escupió a Coot en la cara un esputo de flema que le colgó de la mejilla como una babosa.
–No es asunto tuyo.
–En nombre de Dios, Declan, mira en qué te ha convertido.
–Reconozco a mi señor en cuanto lo veo...
Declan estaba temblando.
–... y tú vas a hacer lo mismo.
Obligó a Coot a darse la vuelta, a mirar hacia la puerta que daba al sur. Estaba abierta, y la criatura se encontraba en el umbral, agachándose ágilmente para entrar por el portal. Coot vio por primera vez con claridad a Rex y empezó a tener miedo de veras. Había tratado de no pensar demasiado en su tamaño, su mirada, sus orígenes. Ahora, mientras se le acercaba a pasos lentos, hasta majestuosos, reconoció su poderío. A pesar de su melena y de sus aterradoras hileras de dientes no era una mera bestia; lo estaba atravesando con la mirada, que relucía con un desprecio más profundo del que pudiera sentir ningún animal. Abrió la boca más y más; los dientes, de dos y cuatro centímetros de largo, no dejaban de descubrirse, y aún no había abierto la boca del todo. Cuando no tuvo escapatoria, Declan soltó a Coot. Éste, de todas formas, no se habría movido: aquella mirada era demasiado insistente. Rex alargó la mano y recogió a Coot. El mundo se puso a dar vueltas...


Había siete agentes y no seis, como creyó Coot. Tres iban armados. Sus armas procedían de Londres, el sargento y detective Gissing las había encargado. El difunto sargento y detective Gissing, que pronto habría de ser condecorado póstumamente. Esos siete bravos y valientes estaban bajo el mando del sargento Ivanhoe Baker. Ivanhoe no era un héroe, ni por afición ni por educación. La voz, que esperaba que no le traicionara y diera las órdenes pertinentes cuando llegara el momento, se le convirtió en un gañido apagado cuando Rex salió del interior de la iglesia.
–¡Ya lo veo! –dijo.
Todo el mundo lo veía: medía dos metros setenta, iba cubierto de sangre y parecía la encarnación del infierno andante. A nadie le hacía falta que se lo señalaran. Sin que Ivanhoe lo ordenara, le apuntaron con la pistola: los hombres desarmados se sintieron desnudos; besaron sus porras y se pusieron a rezar. Uno de ellos echó a correr.
–¡Quieto! –chilló Ivanhoe; si esos hijos de puta salían corriendo se quedaría solo. No le habían provisto de una pistola, sólo le dieron autoridad, y eso no suponía ningún alivio.
Rex seguía sujetando a Coot por el cuello con el brazo extendido. El reverendo pataleaba a medio metro del suelo, con la cabeza reclinada y los ojos cerrados. El monstruo esgrimió el cuerpo ante sus enemigos en prueba de su poder.
–¿Podemos... por favor... podemos... disparar a ese bastardo? –inquirió uno de los agentes armados.
Ivanhoe tragó saliva antes de contestar.
–Alcanzaremos al cura.
–Ya está muerto –dijo el agente.
–No lo sabemos.
–Tiene que estarlo. Mírelo.
Rex sacudía a Coot como si fuera un edredón, y a ese edredón, para disgusto de Ivanhoe, se le estaba cayendo el relleno. Luego la bestia lanzó casi con desgana a Coot contra la policía. El cuerpo golpeó la grava a pocos metros de la puerta y se quedó inmóvil. Ivanhoe recuperó la voz...
–¡Disparen!
Los agentes no necesitaban que nadie los animara; ya habían apretado el gatillo antes de que acabara de pronunciar la palabra.
Tres, cuatro, cinco balas alcanzaron a Rex en rápida sucesión, casi todas en el pecho. Le escocieron y levantó un brazo para protegerse la cara. Con la otra mano se cubrió los huevos. Era un dolor que no había previsto. La herida que le provocó el rifle de Nicholson fue olvidada gracias a la alegría de la sangría que vino inmediatamente después, pero estos dardos le hacían daño y no cejaban. Le entró miedo. El instinto le impulsaba a lanzarse contra esas trayectorias explosivas y centelleantes, pero sentía un dolor demasiado intenso. En lugar de eso, dio la vuelta y emprendió la retirada saltando por encima de las tumbas mientras se dirigía hacia el refugio de las colinas. Conocía bosquecillos, madrigueras y cuevas donde esconderse y hacer tiempo para meditar acerca de este nuevo contratiempo. Pero antes que nada tenía que eludir a esos hombres.
Se lanzaron inmediatamente en su persecución, excitados por la facilidad de su victoria, dejando a Ivanhoe que convirtiera en palangana una de las tumbas, la limpiara de crisantemos y vomitara.
En cuanto empezó a subir por la cuesta, Rex comprobó que no había farolas a lo largo de la carretera y se sintió más seguro. Podía disolverse en la oscuridad, en la tierra, lo había hecho miles de veces. Atajó por un campo. Aún no habían cosechado la cebada, que se inclinaba por el peso de las semillas. La pisoteó al atravesarla, moliendo granos y tallos. A su espalda los perseguidores empezaban a perder terreno. El coche en que se habían montado en tropel se detuvo junto a la carretera; distinguía sus luces, una azul y dos blancas, a lo lejos. El enemigo profería una algarabía de órdenes, palabras que Rex no comprendía. No tenía importancia; conocía a los hombres. Se asustaban en seguida. No saldrían a buscarlo demasiado lejos; usarían la oscuridad como excusa para posponer la persecución, diciéndose que en cualquier caso sus heridas eran mortales. Eran tan crédulos como niños.
Subió a la cima de la colina y contempló el valle. Detrás de la carretera, iluminado: con los faros del coche del enemigo, el pueblo era como una rueda de luz cálida, con destellos intermitentes de luz azul y roja en el cubo. Más allá, se extendía por todas partes el manto impenetrable de la oscuridad de las colinas, sobre las que brillaban en enjambres y espirales las estrellas. De día parecía un valle acolchado, un pueblecito de maqueta. De noche era insondable, le pertenecía más a él que a sus enemigos.
Éstos ya volvían a sus guaridas, como había previsto. La persecución había concluido por el momento.
Se tumbó en el suelo y contempló cómo se consumía un meteoro y caía hacia el sudoeste. Fue un resplandor breve e intenso, que dibujó los contornos de una nube y luego desapareció. Aún faltaba mucho para que se hiciera de día, disponía de algunas horas por delante para curarse. Pronto volvería a estar fuerte: y entonces, entonces... los reduciría a todos a cenizas.


Coot no estaba muerto: pero quedó tan maltrecho que apenas si había diferencia. Tenía el ochenta por ciento de los huesos fracturados o rotos; la cara y el cuello eran un laberinto de desgarrones; tenía una mano tan aplastada que resultaba irreconocible. Era bastante probable que muriera. Sólo era cuestión de tiempo y de falta de voluntad.
En el pueblo quienes habían entrevisto tan sólo un fragmento de lo que ocurrió en la depresión ya andaban contando su versión de la historia, y los testimonios concedían crédito a las fabulaciones más fantásticas. El caos del camposanto, la puerta derrumbada de la sacristía, el coche acordonado de la carretera que iba al norte. Fueran cuales fuesen, pasaría mucho tiempo antes de que se olvidaran los sucesos de la noche de aquel sábado.
No se celebró el oficio por el festival de la cosecha, hecho que no sorprendió a nadie.
Maggie insistía:
–Quiero que volvamos todos a Londres.
–Ayer querías quedarte. Integrarte en la comunidad.
–Eso fue el viernes, antes de todo este... este... Hay un maníaco suelto, Ron.
–Si nos vamos ahora, no volveremos nunca.
–¿Qué estás diciendo? Claro que volveremos.
–Si nos vamos cuando el pueblo está amenazado, tenemos que abandonarlo para siempre.
–Eso es ridículo.
–Eras tú la que tenía tanto empeño en que nos vieran, en que nos integráramos en la vida del pueblo. Bueno, pues también tendremos que solidarizarnos con las víctimas. Y yo me quedo... quiero ver qué pasa. Tú puedes volver a Londres. Llévate a los niños.
–No.
Ron suspiró con fuerza.
–Quiero comprobar que lo han capturado: sea quien sea. Quiero ver que el asunto está resuelto, verlo con mis propios ojos. Es la única manera de que nos volvamos a sentir a salvo en este lugar.
Maggie asintió a regañadientes.
–Al menos salgamos un rato del hotel. La señora Blatter se está volviendo turulata. ¿Nos acercamos a verla en coche? A que nos dé un poco el aire...
–Sí, ¿por qué no?
Hacía un maravilloso día de septiembre: el campo, siempre dispuesto a sorprender, rebosaba de vitalidad. Flores tardías ponían una nota de color a los setos que bordeaban la carretera, los pájaros se les cruzaban por delante del coche. El cielo tenía un azul celeste, las nubes eran como una fantasía en crema. A pocas millas del pueblo empezó a disiparse el recuerdo de los horrores de la noche anterior y la exuberancia de aquel día comenzaba a alegrar los ánimos de la familia. Cuanto más se alejaban de Zeal menos miedo sentía Ron. Al poco rato se puso a cantar.
En el asiento trasero, Debbie se hacía la caprichosa. Unas veces «Tengo calor, papá», otras «Quiero un zumo de naranja, papá»; cuando no decía «Tengo pis».
Ron dejó el coche en un tramo vacío de carretera y se hizo el padre indulgente. Los niños lo habían pasado muy mal; hoy se les podía consentir un poco.
–De acuerdo, cariño, puedes hacer pis aquí y luego iremos a por un helado.
–¿Dónde está el re-re? –preguntó ella. Qué expresión más estúpida; era un eufemismo de su suegra.
Maggie intervino. Era más hábil con los caprichos de Debbie que Ron.
–Lo puedes hacer detrás del seto –le sugirió.
Debbie puso cara de aterrorizada. Ron intercambió una sonrisita con Ian.
El niño tenía cara de estafado. Empezó a hacer muecas, imitando a un perro con las orejas gachas.
–Date prisa, ¿quieres? –murmuró–. Así podremos ir a algún sitio agradable.
«Un sitio agradable», pensó Ron. «Quiere decir un pueblo. Es un niño de ciudad: va a costar mucho tiempo convencerle de que una colina con una buena vista es algo agradable.» Debbie seguía imposible.
–No puedo ir ahí, mama...
–¿Por qué?
–Me podría ver alguien.
–Nadie te va a ver, cariño –la tranquilizó Ron–. Haz lo que te dice tu madre. –Se volvió hacia su mujer–. Acompáñala, amor.
Maggie no se inmutó.
–No es necesario.
–No puede saltar la verja sola.
–Ve tú con ella entonces.
Ron no estaba dispuesto a ponerse a discutir; se obligó a sonreír.
–Vamos –dijo.
Debbie bajó del coche y Ron la ayudó a saltar la puerta de hierro para que llegara al campo. Lo acababan de cosechar. Olía a... tierra.
–No mires –le advirtió, atenta–, no debes mirar.
A sus nueve tiernos años ya era una manipuladora.
Podía jugar con él mejor que con el piano, por muchas clases de música que recibiera. Él lo sabía tan bien como ella. Le sonrió y cerró los ojos.
–De acuerdo. ¿Lo ves? Tengo los ojos cerrados. Date prisa, Debbie. Por favor.
–Prométeme que no me espiarás.
–No te espiaré –Dios mío, pensó, lo está convirtiendo en una auténtica obra de teatro–. Date prisa.
Echó una ojeada al coche. Ian estaba sentado detrás, leyendo, absorto en alguna novela de aventuras barata, impertérrito. El chico era demasiado serio: una sonrisa a medias de vez en cuando era todo lo que conseguía sacarle Ron. No era afectación, no se trataba de una expresión teatral de misterio. Se contentaba con que su hermana representara todos los papeles.
Detrás del seto, Debbie se bajó las bragas de domingo y se puso en cuclillas pero, después de tanto jaleo, se le habían ido las ganas de hacer pis. Se concentró, pero eso sólo sirvió para hacerlo más difícil.
Ron oteó el horizonte. Unas gaviotas se disputaban un bocado de cardenal. Las estuvo contemplando un rato, cada vez más impaciente.
–Venga, cariño.
Volvió a mirar al coche; Ian lo estaba observando, con el aburrimiento, o algo parecido, pintado en la cara. ¿Había algo más, una profunda resignación?, pensó Ron. El niño se puso a leer de nuevo su cómic, Utopía, haciendo caso omiso de su mirada.
Y entonces chilló Debbie; fue un grito de los que destrozan tímpanos.
–¡Jesucristo! –Ron saltó la puerta al instante con Maggie pisándole los talones.
–¡Debbie!
Se la encontró de pie contra el seto, mirando el suelo, balbuciendo y con la cara roja.
–¿Qué ocurre, por el amor de Dios?
Farfullaba sonidos incoherentes. Ron siguió la trayectoria de su mirada.
–¿Qué pasa? –A Maggie le costaba trabajo saltar la puerta.
–Nada... nada.
Había un bulto muerto a medio enterrar en una esquina del campo, entre un montón de escombros. Le habían arrancado los ojos; el pellejo, podrido, hormigueaba de moscas.
–Dios mío, Ron.
Maggie lo miró acusadoramente, como si fuera él quien había dejado eso ahí a mala fe.
–No te preocupes, amor –dijo adelantándose a Ron y estrechando a Debbie entre sus brazos.
Sus sollozos se calmaron un poco. Niños de ciudad, pensó Ron. Tendrían que acostumbrarse a este tipo de cosas si querían vivir en el campo. Aquí no había barrenderos que se llevaran cada mañana a los gatos atropellados. Maggie la estaba acunando, parecía más tranquila.
–Se le pasará –dijo Ron.
–Claro que sí. ¿Verdad que sí, cariño? –Maggie la ayudó a subirse las bragas. Seguía gimoteando. El susto le había hecho olvidar su deseo de un poco de intimidad.
En el coche, Ian oyó el maullido de su hermana y trató de concentrarse en el cómic. «Es capaz de cualquier cosa con tal de llamar la atención», pensaba. «Que haga lo que quiera.»
De repente se quedó a oscuras.
Levantó la vista del libro, malhumorado. A la altura de su hombro, a unos veinte centímetros de distancia, había algo agachado para verlo mejor. Tenía una cara monstruosa. Trató de chillar, pero no pudo: tenía la lengua paralizada. Todo lo que pudo hacer fue arañar el asiento y patalear inútilmente cuando unos brazos largos y llenos de cicatrices entraron por la ventana para atraparlo. Las uñas de la bestia le rasparon los tobillos y le destrozaron los calcetines. Perdió uno de sus zapatos nuevos en el forcejeo. Le había cogido por el pie y le arrastraba por el mojado asiento hacia la ventana. Recuperó la voz. No es que fuera exactamente su voz, era una voz patética, ridícula, que no tenía nada que ver con el pánico que se había apoderado de él. De todas formas, ya era demasiado tarde; le había sacado las piernas por la ventana y ya tenía las nalgas casi fuera. Cuando tuvo el torso al aire libre miró por la ventana trasera y vio a su padre como en un sueño, con una expresión completamente grotesca. Estaba saltando la verja, venía a socorrerle, a salvarle, pero iba demasiado despacio. Ian comprendió desde el principio que no tenía escapatoria, porque había muerto mil veces en sueños de una forma semejante y papá nunca había llegado a tiempo. Tenía una boca más grande que todas las que le había atribuido, era un pozo al que estaba cayendo de cabeza. Olía como los cubos de basura que había detrás del comedor del colegio, pero mil veces más fuerte. Cuando le arrancó el cuero cabelludo de un mordisco vomitó en la garganta del monstruo.
Ron no había chillado en su vida. Eso era cosa de mujeres, o lo había sido hasta entonces. Al ver a esa bestia de pie, cerrando las mandíbulas en torno a la cabeza de su hijo, no pudo reprimir un grito.
Rex lo oyó y se dio la vuelta, sin rastro de miedo en la cara, para descubrir de dónde procedía. Las dos miradas se encontraron. Los ojos del Rey atravesaron a Milton como un dardo, dejándolo paralizado sobre la carretera y dándole escalofríos en la espina dorsal. Fue Maggie quien rompió el hechizo, su voz sonó como si estuviera entonando un canto fúnebre.
–Oh... por favor... no.
Ron consiguió desprenderse de la mirada penetrante y se dirigió hacia el coche, hacia su hijo. Pero ese momento de vacilación le había dado una ocasión preciosa (que, por otra parte, no le hacía ninguna falta) a Rex, y ya estaba lejos, con la presa entre los dientes, meciéndose de lado a lado. La brisa arrastró las gotas de la sangre de Ian hacia la carretera, hacia Ron, que las sintió caer sobre su cara como en una delicada ducha.


Declan se quedó en el presbiterio escuchando un tarareo. Un sempiterno tarareo. Tarde o temprano descubrirla el origen de ese murmullo y lo destruiría, aunque eso supusiera, como era bastante probable, su propia muerte. Su nuevo amo se lo exigiría. Pero eso formaba parte del curso normal de los acontecimientos; no le asustaba la idea de la muerte, ni mucho menos. En los últimos días se había dado cuenta de las ambiciones que llevaba años abrigando (ambiciones que a veces no había expresado, ni pensado siquiera).
Mirar a ese bulto negro mientras le orinaba encima había supuesto la mayor de las dichas. Si esa experiencia, que antaño le habría dado asco, podía resultar tan satisfactoria, ¿cómo sería la muerte? Todavía más excelsa. Y si lograba que fuera Rex quien lo matara con su propia mano, esa mano de olor tan pestilente, ¿no sería el más glorioso de todos sus actos?
Contempló el altar y los restos del incendio que había apagado la policía. Después de la muerte de Coot lo estuvieron buscando, pero conocía una docena de escondites de donde jamás podrían sacarlo, y se cansaron en seguida. Tenían asuntos más urgentes. Cogió un montón de Libros de oración y los tiró sobre las cenizas húmedas. Las palmatorias estaban rotas, pero todavía se podían reconocer. La cruz había desaparecido, consumida o sisada por un agente de la ley largo de manos. Arrancó unos puñados de himnos y encendió una cerilla. Los viejos cánticos prendieron en seguida.


Ron Milton probaba el sabor de las lágrimas, un sabor que había olvidado. Hacia años que no lloraba, especialmente delante de hombres. Pero ya no le preocupaba: de todas formas, esos bastardos de policías no eran seres humanos. Se quedaron mirándole mientras contaba su historia, asintiendo como idiotas.
–Hemos llamado a todas las divisiones en un radio de cincuenta millas, señor Milton –le dijo un tipo blando de mirada compasiva–. Hay batidas por todas las colinas. Lo cogeremos, sea lo que sea.
–Me ha quitado a mi hijo, ¿comprende? Lo mató delante de mí...
No dieron muestras de apreciar el horror de la situación.
–Estamos haciendo todo lo que podemos.
–No es suficiente. Esa cosa... no es humana.
Ivanhoe, el de la mirada comprensiva, sabía perfectamente bien que no tenía nada de humano.
–Va a venir personal del Ministerio de Defensa: hasta que vean las pruebas no podemos hacer más de lo que hacemos –dijo. Y añadió, a guisa de justificación–: Es dinero del Estado, señor.
–¡Maldito imbécil! ¿Qué importa cuánto cuesta matarlo? No es humano. Es infernal.
La expresión de Ivanhoe se endureció.
–Si viniera directamente del infierno, señor –dijo–, no se habría apoderado tan fácilmente del reverendo Coot.
Coot: ése era su hombre. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Coot.
Ron no había sido nunca demasiado religioso. Pero estaba dispuesto a ser tolerante y, después de enfrentarse a las huestes –o a una de las huestes– del maligno, no le costaría trabajo cambiar de opinión. Creería en cualquier cosa, absolutamente todo, si eso le proporcionaba un arma contra el demonio.
Tenía que ver a Coot.
–¿Qué hacemos con su mujer? –le preguntó el agente. Maggie estaba sentada en una celda, bajo los efectos de un sedante, con Debbie dormida al lado. No podía hacer nada por ellas. Estaban tan seguras ahí como en cualquier otra parte.
Tenía que ver a Coot antes de que muriera.
Le comprendería a la manera de los reverendos; tendría más compasión por su dolor que estos monos. A fin de cuentas, las ovejas descarriadas eran las predilectas de la Iglesia.
Al entrar en el coche creyó reconocer por un momento el olor de su hijo: el niño que habría heredado su nombre (lo habían bautizado como Ian Ronald Milton), el niño que llevaba su misma sangre, circuncidado como él. El niño sosegado que lo miraba con tanta resignación en los ojos.
Esta vez no se echó a llorar. Esta vez sólo sintió rabia, una rabia maravillosa.


Eran las once y media de la noche. Rex estaba tumbado bajo la luna en una de las tierras cosechadas al suroeste de la granja de los Nicholson. Los rastrojos empezaban a quedar envueltos por la oscuridad y de la tierra emanaba un aroma embriagador de materia vegetal en descomposición. Tenía la cena al lado: Ian Ronald Milton, boca abajo, con el diafragma abierto en canal. De vez en cuando la bestia se recostaba sobre un codo y removía el caldo tibio que era el cuerpo del niño, en busca de un bocado exquisito.
Bajo la luna, bañado por su luz plateada, estirando las extremidades y comiendo carne humana, se sentía imbatible. Arrancó un riñón del plato y se lo tragó.
Delicioso.


A pesar de los sedantes, Coot estaba despierto. Sabía que iba a morir y el tiempo que le quedaba era demasiado precioso como para pasarlo adormecido. No conocía el nombre de la persona que le hacía preguntas, no acertaba a distinguirlo en el ambiente amarillento de la habitación, pero su voz era tan insistente y a la vez tan educada que tuvo que hacerle caso, aunque interrumpiera su reconciliación con Dios. Además, las preguntas le interesaban: estaban todas relacionadas con la bestia que le había hecho papilla.
–Me arrebató a mi hijo –decía ese hombre–. ¿Qué sabe acerca de esa criatura? Dígamelo, por favor. Creeré todo lo que me diga... –Su desesperación era auténtica–. Explíquemelo...
Ideas confusas habían cruzado por la mente de Coot una y otra vez desde que se vio tumbado sobre la cálida almohada. El bautismo de Declan; el abrazo de la bestia; el altar; la piel y la carne poniéndosele de gallina. Tal vez le pudiera decir algo útil a ese padre angustiado.
–... en la iglesia...
Ron se acercó aún más a Coot; ya olía a sepultura.
–... el altar... le tiene miedo... el altar...
–¿Quiere decir la cruz? ¿Le asusta la cruz?
–No... no...
–No...
El cuerpo tuvo una contracción y se quedó inmóvil. Ron vio a la muerte apoderarse de esa cara: la saliva se secó sobre los labios de Coot, el iris del ojo que le quedaba se contrajo. Lo estuvo contemplando un buen rato antes de llamar a una enfermera. Luego desapareció sigilosamente.


Había alguien en la iglesia. La puerta, que la policía había cerrado con candado, estaba entornada; el candado, roto. Ron la empujó unos centímetros y se deslizó dentro. No había ninguna luz encendida, la única iluminación era una hoguera sobre los escalones del altar. La atendía un hombre joven que Ron había visto entrar y salir del pueblo. Levantó la vista pero continuó alimentando las llamas con hojas de libros.
–¿Qué puedo hacer por usted? –preguntó sin interés.
–He venido a... –Ron vaciló. ¿Iba a decirle la verdad a aquel hombre? No, había algo raro en su comportamiento.
–Le he hecho una pregunta directa –dijo–. ¿Qué quiere?
Andando por el ala hacia la hoguera, Ron empezó a distinguir con más precisión a su interlocutor. Tenía la ropa manchada, de barro posiblemente, y los ojos hundidos en las cuencas como si el cerebro los hubiera enterrado.
–No tiene derecho a estar aquí...
–Creía que todo el mundo podía entrar en una iglesia –dijo Ron, contemplando las páginas que se ennegrecían al quemarse.
–Esta noche no. Así que salga zumbando de aquí.
Ron continuó andando hacia el altar.
–¡Que salga zumbando le he dicho!
La cara que Ron tenía enfrente era pura lascivia y muecas: era la cara de un lunático.
–He venido a ver el altar; me iré cuando lo haya visto, y no antes.
–Ha estado hablando con Coot, ¿no es cierto?
–¿Coot?
–¿Qué le dijo ese cabrón? Todo mentira, sea lo que sea; no dijo nada cierto en su puta vida, ¿lo sabía? Se lo garantizo. Se subía ahí arriba... –tiró un libro de oraciones contra el púlpito– ...a contar mentiras.
–Quiero ver el altar por mi cuenta. Ya veremos si contaba mentiras...
–¡No lo hará!
El hombre arrojó otro puñado de libros a la hoguera y bajó los escalones para cerrarle el paso. No olía a barro sino a mierda. Sin previo aviso se precipitó sobre él. Agarró a Ron por el cuello y ambos cayeron al suelo. Declan estiraba los dedos para saltarle los ojos y los dientes para arrancarle la nariz.
A Ron le sorprendió la debilidad de sus propios brazos. ¿Por qué no había jugado a squash como le aconsejó Maggie? ¿Por qué eran tan poco eficaces sus músculos? En cuanto se descuidara ese hombre lo mataría.
De repente entró una luz por el ventanal que daba al oeste, tan brillante que podría haberse tratado de un amanecer en plena noche. Inmediatamente se oyó un coro de gritos. Unas llamaradas gigantescas, que empequeñecieron la hoguera del altar, se elevaron por el aire. El cristal manchado vibró.
Declan se olvidó un segundo de su víctima y Ron se recuperó. Le golpeó la barbilla, metió una rodilla debajo del torso de Declan y le pegó una patada. El oponente se retorció y Ron se levantó agarrándolo por el pelo para que no se le escapara, mientras le machacaba la cabeza con el puño libre hasta que la partió. No le bastó con ver sangrar a aquel bastardo por la nariz ni con oír cómo le crujía el cartílago; Ron le golpeó sin descanso hasta que le sangró el puño. Sólo entonces dejó caer a Declan.


Fuera de la iglesia, Zeal estaba en llamas.
Rex había provocado incendios antes, muchos incendios. Pero la gasolina era un arma nueva, y todavía estaba aprendiendo a dominarla. No le costó demasiado trabajo. El truco consistía en desgarrar las cajas sobre ruedas, era fácil. Hacerles una herida en el flanco para que sangraran, para que soltaran esa sangre que le daba dolor de cabeza. Las cajas eran presa fácil, alineadas como estaban contra la acera, como bueyes listos para el matadero. Enloquecido, con la muerte en los ojos, se paseaba entre ellas vertiendo su sangre y prendiéndole fuego. Los regueros de fuego líquido inundaban jardines, cruzaban umbrales. La paja echaba a arder; las casas de campo de madera se quemaban. Al poco rato Zeal se incendiaba de un extremo a otro.


En la iglesia de San Pedro, Ron recogía el manto del altar, tratando de no pensar en Debbie y en Margaret. La policía las trasladaría a un lugar seguro, no cabía ninguna duda. Antes que nada debía resolver el asunto que se traía entre manos.
Debajo del manto había una caja grande con una burda inscripción sobre la cara exterior. No se fijó en el dibujo; tenía cosas más importantes que hacer. La bestia andaba suelta. Oía sus aullidos triunfales y sentía ansias, verdaderas ansias de salir a su encuentro. De matarlo o morir. Pero antes estaba la caja. Contenía poder, no cabía la menor duda; un poder que ya le estaba poniendo los pelos de punta, que le irritaba el pene, provocándole una dolorosa erección. Le sobreexcitaba, exultaba de amor. Ansioso, puso las manos sobre la caja y una ola de fuego estuvo a punto de achicharrarle las articulaciones después de recorrerle los brazos. Se cayó y pensó por un momento que iba a perder el conocimiento, porque el dolor era insufrible, pero al poco tiempo remitió. Se puso a buscar una herramienta, algo con que abrir la caja sin tener que ponerle las manos encima.
Desesperado, se envolvió la mano con un trozo del manto del altar y cogió una de las palmatorias de latón de la línea de fuego. El manto empezó a chamuscarse. Volvió al altar y se puso a golpear la madera como un loco hasta que empezó a astillarse. Tenía las manos entumecidas; si las palmatorias le hubieran abrasado las palmas no se habría dado cuenta. De todas formas, ¿que más daba? Tenía un arma delante de él, a pocos centímetros, sólo pensaba en alcanzarla, en blandirla. Sintió punzadas en el pene, le escocieron los huevos.
–Ven a mí –se sorprendió diciendo–, venga, vamos. Ven a mí. Ven a mí. –Como si la estuviera atrayendo hacia sí para abrazarla, como si fuera su tesoro, como si fuera una chica que deseaba, que su erección deseaba, y la quisiera conducir hipnotizada hasta su lecho.
–Ven a mí, ven a mí...
La cara delantera empezaba a ceder. Jadeando, utilizó las esquinas de la base de la palmatoria como palanca para arrancar trozos de madera más grandes. El altar estaba hueco, como había previsto. Y vacío.
Vacío.
La caja sólo contenía una bola de piedra del tamaño de una pequeña pelota de fútbol. ¿Era ésa su recompensa? No esperaba que tuviera un aspecto tan insignificante: y, sin embargo, el ambiente que le rodeaba aún estaba electrizado, la sangre aún le bullía. Metió la mano por el agujero que había hecho en el altar y cogió la reliquia.
En el exterior, Rex exultaba.
Al sopesar la piedra con una mano insensible, un montón de imágenes asaltaron el espíritu de Ron. Un cadáver con los pies ardiendo. Una cuna en llamas. Un perro corriendo por la calle hecho una bola viva de fuego. Todo fuera de la iglesia, a punto de ocurrir.
Contra el autor de todo aquella disponía de una piedra.
Le molestaba profundamente haber confiado en Dios, aunque sólo fuera durante medio día. Tan sólo era una piedra: una maldita piedra. La hizo dar vueltas en la mano, tratando de encontrar algún sentido a sus surcos y prominencias. Tal vez estuviera predestinada a ser algo; quizá no comprendía su significado profundo.
Oyó ruidos en el extremo opuesto de la iglesia; una caída, un grito, un crepitar de llamas detrás de la puerta.
Entraron dos personas tambaleándose, humeantes y llorosas.
–Está quemando el pueblo –dijo una voz que Ron reconoció. Era el bondadoso policía que no quiso creer en el infierno; simulaba conservar toda su entereza, tal vez por su compañera, la señora Blatter, la del hotel. El camisón con el que había salido a la calle estaba hecho trizas. Tenía los pechos al aire, temblando con sus sollozos; no parecía darse cuenta de que estaba desnuda, ni siquiera sabía dónde estaba.
–Dios que estás en los cielos, ayúdanos –dijo Ivanhoe.
–Aquí no hay ningún Dios –dijo la voz de Declan.
Estaba de pie y se acercaba haciendo eses a los recién llegados. Ron no podía distinguir su cara desde donde estaba, pero sabía que estaba cerca. La señora Blatter lo esquivó y dejó que se fuera dando tumbos hacia la puerta. Ella se precipitó hacia el altar. Ahí se había casado, en el preciso lugar en que se inició el incendio.
Ron contempló su cuerpo, extasiado.
Estaba considerablemente gruesa; los pechos caídos, el vientre tan prominente que le ocultaba el sexo. Ron dudó de que pudiera vérselo ella misma. Pero ésa era la razón de que le latiera el glande, de que le diera vueltas la cabeza...
Tenía la imagen de aquella mujer en la mano. Sí, la tenía en la mano, ella era la imagen viviente de la bola que él sujetaba en la mano. Una mujer. La piedra era la estatua de una mujer, de una Venus más burda que la señora Blatter, con el vientre repleto de niños, senos como montañas y el sexo como un valle que empezara en su ombligo y mirara atónito el mundo. Hasta ese momento los fieles se habían postrado ante una diosa oculta bajo el manto y la cruz.
Ron bajó los escalones del altar y echó a correr por el ala, apartando a la señora Blatter, al policía y al loco.
–No salga –le dijo Ivanhoe–, está aquí mismo.
Ron empuñó con fuerza a la venus, calibrando su peso y sacando fuerzas de su posesión. Detrás de él, el sacristán le gritaba una advertencia a su señor. Sí, era una advertencia, sin lugar a dudas.
Ron abrió la puerta de una patada. Se encontró con fuego por todas partes. Una cuna en llamas, un cadáver (el del administrador de correos) con los pies ardiendo, un perro devorado por el fuego, hecho una bola. Y, naturalmente, Rex, dibujado sobre un telón de fondo hecho de llamas. Se dio la vuelta, quizás al oír las advertencias del sacristán, pero más probablemente porque sabía sin necesidad de que se lo dijera nadie que habían descubierto a la mujer.
–¡Aquí! –chilló Ron–. ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!
La bestia empezó a andar hacia él con el continente tranquilo del vencedor que se prepara a obtener su último y definitivo triunfo. Ron vaciló. ¿Por qué venía con tanta seguridad a su encuentro? ¿Por qué no parecía inquietarle el arma que tenía en las manos?
¿No la había visto? ¿No había oído la advertencia?
A no ser que...
Dios bendito.
... A no ser que Coot se hubiera equivocado. A no ser que lo que tenía en la mano fuera tan sólo una piedra, un trozo de piedra inútil y sin valor alguno.
Y entonces un par de manos le asieron por el cuello.
El loco.
En voz baja le escupió «¡cabrón!» al oído.
Ron vio acercarse a Rex, oyó que el loco chillaba:
–Aquí lo tienes. Cógelo. Mátalo. Aquí lo tienes.
De repente las manos soltaron su presa, y Ron se dio la vuelta a medias y vio cómo Ivanhoe arrastraba al loco hacia la pared de la iglesia. La boca del sacristán seguía profiriendo gritos.
–¡Está aquí! ¡Aquí!
Ron volvió la vista hacia Rex: la bestia estaba casi encima de él, y tardó demasiado en levantar la piedra para defenderse. Pero Rex no tenía intención de cogerlo. Era a Declan a quien oía y olía. Cuando las manos del monstruo se dirigieron hacia el loco, dejando de lado a Ron, Ivanhoe lo soltó. Lo que siguió fue inenarrable. Ron no soporto ver cómo las manos abrían a Declan en canal: pero oyó cómo el barboteo de súplicas se convertía en un rugido de dolor sorprendido. Cuando volvió a mirarlo, no había nada con apariencia humana sobre el suelo o contra la pared.
Y esta vez Rex venía a por él, dispuesto a hacer con él lo mismo o algo peor. La inmensa cabeza se estiró para fijarse mejor en Ron, con las fauces abiertas, y éste advirtió los estragos que el fuego le había causado. Entusiasmado por la destrucción, la bestia se había descuidado, y el fuego le había alcanzado el rostro y la parte superior del torso. Tenía el vello corporal chamuscado, la melena consumida y la carne de la parte izquierda de la cara negra y cubierta de ampollas. Las llamas le habían quemado los globos de los ojos, que nadaban en una costra de moco y lágrimas. Por eso había seguido la voz de Declan sin advertir a Ron; estaba casi ciego.
Pero ahora tenía que ver. Tenía que hacerlo.
–Aquí... aquí...–dijo Ron–. ¡Aquí estoy! –Rex le oyó. Miró hacia él sin verlo, con los ojos entornados.
–¡Aquí! ¡Estoy aquí!
Rex gruñó sordamente. La cara quemada le dolía, quería alejarse de ese lugar, refugiarse en la espesura de un bosquecillo de abedules bañado por la luna.
Sus turbios ojos distinguieron la piedra; el homo sapiens la mecía como a un bebé. Le costaba trabajo ver con claridad, pero comprendió la situación. Esa imagen le lastimaba el cerebro. Le daba comezón, le importunaba.
No era más que un símbolo, naturalmente, una muestra de poder, y no el poder en sí mismo, pero no podía comprender la diferencia. Para él la piedra era el objeto que más temía: la mujer sangrante con el agujero abierto para devorar la simiente y escupir niños. Ese agujero representaba la vida; esa mujer, la fecundidad sin fin. Le aterrorizaba.
Dio un paso atrás y sus excrementos le rodaron por la pierna. El miedo que tenía grabado en la cara dio fuerzas a Ron. Sacó partido de su ventaja, acercándose aún más a la bestia que se batía en retirada, vagamente consciente de que Ivanhoe estaba reuniendo a sus hombres, que no eran más que figuras con armas en el rabillo de su ojo, ansiosas por acabar con el incendiario.
Las fuerzas le empezaban a flaquear. La piedra, levantada por encima de la cabeza para que Rex la viera con nitidez, se hacía cada vez más pesada.
–Adelante –dijo en voz baja a los habitantes de Zeal–. Adelante, a por él. A por él...
Empezaron a estrechar el círculo antes de que hubiera acabado de hablar.
Más que verlos, Rex los olía: tenía los doloridos ojos fijos en la mujer.
Enseñó los dientes, preparándose para el combate. La peste a humanidad se cernía en torno a él mirara a donde mirara.
El pánico se impuso momentáneamente a sus supersticiones y pegó un zarpazo en dirección a Ron, haciéndose mentalmente invulnerable a la piedra. La agresión cogió a Ron por sorpresa. Las uñas se le clavaron en el cuero cabelludo, la sangre le corrió por la cara.
Pero en ese instante la muchedumbre se abalanzó sobre él. Manos humanas, débiles y pálidas, se posaron sobre el cuerpo de Rex. Los puños golpearon su espina dorsal, las uñas le rasgaron la piel.
Alguien le cortó el tendón de la corva con un cuchillo y soltó a Ron. El dolor le hizo proferir un aullido que resonó en todo el cielo, o eso les pareció. Las estrellas se pusieron a dar vueltas en los ojos quemados de Rex, que cayó de espaldas sobre la carretera, partiéndose la espina dorsal. Todos aprovecharon al punto la situación, reduciéndolo por su mera ventaja numérica. Consiguió romper un dedo acá, partir una cabeza allá, pero ahora ya nada podía detenerlos. Aunque no lo supieran, su odio era antiguo, lo llevaban en la sangre.
Se revolvió bajo sus asaltos tanto tiempo como pudo, pero sabía que la muerte era inevitable. Esta vez no habría resurrección, no esperaría siglos bajo tierra a que los descendientes de estos hombres lo hubieran olvidado. Habían acabado con él para siempre; se iba a enfrentar a la nada.
La idea le tranquilizó. Miró como pudo hacia donde se encontraba el padre. Sus ojos se encontraron como lo habían hecho en la carretera, cuando había raptado a su hijo. Pero la mirada de Rex ya había perdido su capacidad de paralizar. Su cara estaba tan vacía y era tan estéril como la luna. Mucho antes de que Ron le incrustara la piedra entre los ojos ya estaba derrotado. Tenía el cráneo frágil: se combó hacia dentro y un poco de materia gris salpicó la carretera.
El Rey murió. Ocurrió de repente, sin ceremonias ni júbilo. Se acabó de una vez por todas. Sin grito alguno.
Ron dejó la piedra donde estaba, medio enterrada en la cara de la bestia. Se levantó tambaleando y se palpó la cabeza. Le había arrancado el cuero cabelludo; con los dedos se tocó el hueso del cráneo. La sangre brotaba sin parar. Pero había brazos prestos a sujetarlo y le esperaba un sueño reparador.
Nadie se dio cuenta, pero después de la muerte de Rex se le estaba vaciando la vejiga. La orina salía intermitentemente, formando un riachuelo que corrió carretera abajo, humeando por el frío que empezaba a levantarse, y su nariz espumosa parecía buscar el mejor camino olfateando de un lado a otro. Encontró la alcantarilla a pocos pasos y se dirigió hacia ella por una grieta del asfalto. Por ella se escurrió hasta desaparecer y empapar la tierra agradecida.