24 de marzo de 2010

Las almas permutadas

Tanto Uno como Otro eran sanos y tenían unos treinta años. Habían comido en las mismas tabernas, se habían sentado juntos en los conciertos y se habían prestado libros. Muchas veces Uno había ofrecido cigarros a Otro y éste había aceptado, pasándole, a cambio, la última revista que tenía en el bolsillo.
Pero, si no me equivoco, sus relaciones no habían sido nunca más íntimas que esto, y si alguna vez se habían estrechado la mano, Uno sentía, a través de los guantes de piel afelpada, que los blandos dedos de Otro no se entretenían con excesiva cordialidad.
Y sin embargo, Uno y Otro no se parecían a nadie de aquellos entre los que vivían, aunque tampoco se parecían entre ellos, y no me asombraría en absoluto que detrás de su silencio nacieran pensamientos bien curiosos. Pero los hombres extraños son tan corrientes que ahora ya no nos preocupamos de ellos.
Lo que supe después conmovió mi indiferencia. Parece ser que un día, mientras paseaban juntos después de la comida, Uno dijo a Otro:
-¿Estaría dispuesto a hacer conmigo un cambio importante?
(Esto fue dicho sin ninguna preparación. Entre ellos nunca habían hablado de asuntos personales.)
-Haría con gusto cualquier cambio, con tal que no perdiera demasiado -respondió Otro.
-El cambio que le propongo no se puede calcular. No podemos saber anticipadamente quién pierde o gana.
-Mejor. No busco el riesgo, pero tampoco lo rehuyo.
-Me temo que no crea posible el cambio que quiero proponerle.
-No es necesario que yo lo crea posible antes. Si lo puede llevar a cabo, creeré en él de todas maneras.
-¿Me promete, si lo rechaza, que no dirá nada a nadie?
-Le prometo todo, con tal de saber en seguida de qué se trata.
-Yo quería proponerle que permutáramos nuestras almas.
Otro sonrió y se detuvo. No se apresuró a responder, porque no quiso demostrar que la imprevista propuesta lo había asombrado demasiado. (Verdaderamente, cuesta creer que tal diálogo haya sucedido en el paseo de una gran ciudad.)
Uno tuvo que detenerse y, después de haber tenido el valor de arriesgarse a hacer la propuesta, no tuvo fuerzas para sonreír como Otro. Pero éste lo sacó en seguida del embarazo, diciendo:
-¿Por qué no? ¿Cree usted verdaderamente que es posible?
Otro, precisamente porque era un escéptico, prefería los pensamientos que nadie había pensado. Uno, enardecido, se entregó a exponer una teoría sobre las almas, sosteniendo, con mucho empeño, que en todo el mundo sólo hay una persona, que esta persona tiene muchas almas, innumerables almas contemporáneas, y que esas almas, para distinguirse, se crean cada una un cuerpo recogiendo la materia.
...Pero Otro no podía sufrir la metafísica.
-¡Basta, basta! -exclamó en lo mejor de la demostración-. Todo eso es perfectamente inútil para nuestra finalidad. A mí me importa saber si este cambio se puede hacer de verdad, de manera rápida y no dolorosa. Todo lo demás, perdóneme, es música celestial.
-¡Sea! -asintió Uno-. Veo que es usted un hombre práctico, y esto me agrada, porque yo no lo soy. Pero le diré que el problema de la sustitución de las almas es tan soluble que ya ha sido resuelto. Yo, que hablo, ya no tengo el alma con la que nací. Hace algunos años la cambié con la de un poeta que no conseguía ganar lo bastante con su alma de vagabundo, mientras yo puedo vivir de rentas. Como ve, soy un experto en estas permutas. ¿Acepta o no acepta?
-Ya le he dicho que no soy en absoluto contrario. Permítame solamente que le pida dos condiciones: ante todo, estaremos juntos por lo menos un mes, hablando mucho de nosotros mismos, para conocer mejor las respectivas almas. Por otra parte, si al cabo de un tiempo uno de nosotros ya no quisiera la nueva alma, queda entendido que nos restituiremos las que ahora poseemos.
¿Cómo podía Uno negar dos peticiones tan razonables? Así empezó, a partir de aquel día húmedo y oscuro de enero, el mes de hermandad de Uno y de Otro.
Los dos tenían mucho interés en hacerse bellos, en engañarse, en esconderse, en inventarse. Uno deseaba ardientemente hacer el cambio porque su alma de poeta no le permitía procurarse una vida tranquila y cómoda. Otro estaba estimulado por la curiosidad, por el inquieto deseo de lo nuevo.
Los dos se encontraban, por ello, en esta extraña condición: que cada uno tenía necesidad de despertar el deseo del otro y, para hacerlo, cada uno tenía que adivinar los gustos del otro; pero, por otra parte, cada uno de ellos, para presentarse de la manera más atractiva, se veía obligado a esconder algunos aspectos personales menos visibles y por ello, probablemente, más profundos. Para quien no comprenda estas sutilezas, diré, en dos palabras, que cada uno, para engañar bien, hubiera tenido necesidad de la sinceridad del otro, y que la sinceridad de uno hubiera bastado para convencer al otro de que no valía la pena de engañarlo.
Para explicarme mejor diré que Uno -el poeta- intentó mostrarse más práctico y que Otro -el práctico- se ingenió para parecer más poeta, y que Uno intentó persuadir a Otro de que solamente los poetas pueden poseer profundamente el mundo verdadero, y que Otro dio a entender a Uno que solamente los hombres prácticos pueden apoderarse del mundo concreto, el único existente.
Por otra parte, Uno hizo todo lo posible para hacer creer a Otro que también los poetas saben hacer cuentas y, en ciertos casos, incluso ganar, y Otro se dejó arrastrar a decir que también las personas prácticas tienen afán de fantasía y ráfagas de imaginación.
-Pero si todo esto es verdad, ¿por qué quiere cambiar? -preguntó Otro.
-¡Para probar, para conocer, para tener nuevas experiencias!
Verdaderamente, nunca he sabido con exactitud de qué hablaron Uno y Otro durante el mes que estuvieron juntos, pero no hace falta mucho para adivinarlo. Se contaron su vida acomodada y transfigurada, según los supuestos gustos del oyente; se hicieron todas las confidencias que no podían comprometerlos; atenuaron algunas aventuras muy graves, hasta el punto de transformarlas en pequeñas anécdotas, mientras se aprovechaban de algún hecho verdadero de poca monta para agigantarlo y hacer con él un capítulo de Plutarco o de Casanova.
Durante aquel tiempo, por deseo de Otro, vivieron juntos, en la misma habitación, sin separarse nunca ni para comer, ni para pasear, ni para dormir. Suprimieron las visitas, olvidaron los conocidos, omitieron los asuntos. Discutieron y prepararon toda la parte práctica del asunto, y cuando llegó el gran día del cambio, sólo faltaba la definitiva voluntad de los dos amigos.
La voluntad no faltaba ni a Uno ni a Otro, y, durante la noche que precedió al día treinta y uno de convivencia, la transmisión de las almas se llevó a cabo sin ninguna dificultad.
Parece ser que la operación tuvo lugar durante el sueño, es decir, en el momento en que las almas, según una vieja teoría todavía no desmentida, dejan el cuerpo y van por su cuenta en busca de aventuras que poder contar al despertar.
Cuando la mañana estuvo cerca, el alma de Uno entró en el cuerpo de Otro y la de Otro en el cuerpo de Uno. Ninguno de los dos experimentó el más pequeño sufrimiento. Cada uno se despertó con el alma deseada, con el alma nueva y, cuando notaron que todo estaba hecho, se abrazaron conmovidos, en silencio. Desde aquel día empezó para Uno la tercera vida, y para Otro, la segunda vida de este mundo.
Cada uno de ellos, con la nueva alma, se fue por caminos diversos. En el fondo, nada había cambiado entre ellos, porque las dos almas, aunque hubieran cambiado el cuerpo, eran las mismas; sin embargo, sintieron en seguida la necesidad de alejarse, como si experimentaran una imprevista repulsión después de la íntima amistad de los días pasados. ¿Quién no comprende en seguida la razón? El alma lo contiene todo, incluso el recuerdo del pasado, incluso aquello que más se esconde a los otros.
Cada uno de nosotros -con excepción del santo- es muy indulgente para consigo mismo. Intentamos no recordar las vilezas, las debilidades, las infamias cometidas; esconder y negar lo feo de nuestro carácter y, a fuerza de querer olvidar y esconder, se termina por creer que nuestra alma es pura y nuestro pasado está limpio.
Imagínense, pues, que entre en ustedes, de repente, el alma de otro. En seguida, después de una primera exploración, sentirán el mal olor de los vicios escondidos, descubrirán los rincones oscuros y se maravillarán de la cantidad de imbecilidad y de vileza que puede contener el alma de un caballero inteligente. El otro, naturalmente, hará el mismo descubrimiento en el alma que le han dado y tendrá razones de horror semejantes.
Así sucedió a Uno y a Otro: en ellos el desprecio se convirtió en odio, porque cada uno descubrió en el alma que había recibido lo que esta alma había pensado de la otra antes de pasar al nuevo cuerpo.
Uno descubrió en la memoria de Otro que éste lo había considerado como un vago vanidoso, ligero y sabihondo; Otro encontró en la memoria de Uno que éste lo tenía, antes del cambio, por un ser burdo, estrecho y orgulloso. Aunque las almas habían sido permutadas, el amor propio retrospectivo sufría y cada uno pensaba: «¡Qué alma tan terrible me ha tocado!»
Vivieron bastante tiempo alejados y cada uno buscó improvisar una nueva vida. Cada cuerpo, como consecuencia del cambio de habitante, tuvo que cambiar de costumbres y actividades. Otro, convertido en poeta, se fue a la montaña y se divirtió vagando por los campos. Uno se retiró a París y frecuentó la Bolsa. Así pasaron dos años, pero al cabo de este tiempo, a Uno lo asaltó una gran nostalgia de su alma pasada, de la que sabía algo a través de los recuerdos del alma de Otro, que ahora tenía dentro de sí, y volvió a la ciudad donde tuvo lugar el intercambio para solicitar la restitución.
Otro, en cambio, era muy feliz y había acabado por adaptarse perfectamente a su nueva alma. El alma del poeta se había vuelto verdaderamente suya. Todo lo feo estaba cubierto por la ceniza del tiempo y por las frondas de la vanidad, y Otro gozaba de los árboles, del cielo, de las aguas y de las palabras como un extático.
Es más, le había llegado una fortuna: se había enamorado de una mujer que estaba enamorada de él. Desde hacía algunos meses vivían juntos, en una casa rodeada de arroyos y de pájaros, y Otro recordaba con desagrado lo que había sido antes, cómo se había visto mientras su alma actual estaba en el cuerpo de Uno. Pero éste consiguió pronto encontrar el refugio de Otro y se presentó con bruscas maneras para pedirle el alma que le había dado; el alma que había sido suya. Los dos hombres, encerrados en un cuarto, gritaron toda una mañana sin ningún provecho. Otro no quería en absoluto restituir el alma con la que se encontraba tan bien en el mundo, y sostenía su derecho sin ninguna piedad. Hablaba a grandes voces, sin pensar que su mujer podía oírlos y, tal vez, dejar de amarlo al descubrir que aquella alma que la había enamorado no era la verdadera alma del amado. En efecto, la mujer escuchó durante mucho tiempo a la puerta, pero, como los dos gritaban a la vez sobre un intercambio tan extraño que a nadie podía ocurrírsele fácilmente, no entendió nada.
Cuando Uno salió, al fin, cerrando furiosamente la puerta, la amante se precipitó dentro del cuarto y encontró a Otro sudando, con la cara enrojecida y malhumorado.
-Se trata de un viejo acreedor -dijo, respondiendo a la pregunta de los ojos-, pero de un acreedor que no tiene ningún derecho a reclamar lo suyo.
No quiso decirle más. Comprendía que la confesión hubiera puesto en peligro su amor. La mujer amaba, sobre todo, su espíritu, su carácter, sus sueños, y por eso seguramente hubiera amado lo mismo aunque el alma hubiese vuelto a otro cuerpo, pero el pobre Otro amaba también con su cuerpo y no quería que el cuerpo de ella se le escapara.
Uno estaba fuera de sí por la rabia y, sin pensar en lo que hacía, fue a ver a un abogado y le expuso con gran calor su caso. El abogado, no pudiendo refrenar su elocuencia de ninguna manera, dejó que se desahogara, pero, apenas hubo terminado, le dijo:
-Querido señor, su asunto es muy interesante, pero creo que lo han dirigido mal. A usted le hace falta un médico y no un jurista.
Uno no se desanimó y expuso de nuevo su caso a un segundo abogado. Éste lo tomó más en serio y le dijo claramente que en el Código no había ningún artículo que hiciera referencia a una permuta tan extraordinaria, que faltaban los documentos del intercambio y que, por otra parte, él mismo reconocía que la retrocesión debía admitirse de común acuerdo, lo que, evidentemente, era imposible.
Uno pensó entonces en prescindir de los abogados, defenderse por sí mismo y denunciar el caso ante un tribunal. Encontró, por fortuna, a un juez inteligente, el cual, en lugar de hacer encerrar al pobre Uno en un manicomio, llamó a los dos contendientes para saber la verdad y, en su caso, ponerlos de acuerdo. Pero Otro sostuvo su tesis, jurídicamente legítima, de que el contrato había sido hecho contando solamente en la buena fe recíproca, y que el querellante reconocía que no se podía volver atrás más que en caso de perfecto acuerdo.
-Este acuerdo -decía- no existe y no puede existir, porque yo me encuentro bien con el alma que poseo y no quiero, en absoluto, volver a tener la antigua. La proposición del intercambio no ha salido de mí, sino de él, y es justo que sea él quien sufra las consecuencias del riesgo que ha buscado.
Uno lloraba silenciosamente y no sabía qué contestar. Se arrojó a los pies de Otro, rogó, suplicó, improvisó las más patéticas imploraciones que un hombre pueda dirigir a otro hombre, pero de nada le valió. Otro estaba demasiado apegado a su alma y a su mujer.
Uno salió de la casa del juez todo blanco, descorazonado, humillado; se encerró en un hotel y no salió de casa durante dos meses. Finalmente, una tarde -era en febrero- pensó que un poco de música le haría bien y quiso ir al teatro. Nevaba y Uno no iba bien tapado. A la mañana siguiente no se levantó de la cama, estuvo muy mal durante una semana, lo trasladaron a un hospital y sintió que la muerte se acercaba. Su cuerpo no había podido adaptarse nunca a la nueva alma.
Pero, antes de morir, pensó en la venganza. Recordó que el alma que él deseaba tan ardientemente volver a tener no había sido suya desde el nacimiento. La había obtenido, en cambio, de un pobre poeta, que, una vez librado de su incómodo espíritu, había podido llegar a ser un gran terrateniente. Uno sabía dónde vivía y le escribió una larga carta explicándoselo todo. La carta terminaba así:
Ahora que ha hecho fortuna, podría permitirse, creo, volver a tomar el alma que me cedió en la juventud. Entonces le impedía ser rico, pero hoy le serviría para gozar más notablemente sus riquezas. Vaya a casa de aquel a quien, en un momento de loca curiosidad, la cedió y no le dé paz hasta que se la devuelva. Usted será feliz, y, además, vengará a este infeliz bienhechor suyo.
Al cabo de dos días éste corrió al hospital, y llegó a tiempo de obtener todas las noticias que le hacían falta para recuperar su alma nativa. Poco después Uno moría, y el propietario -el verdadero propietario- se puso en acción para vengarlo. Fue a ver a Otro y le dijo resueltamente:
-O me devuelve mi alma o se lo cuento todo a su mujer. Para mañana tengo necesidad de una respuesta.
El medio elegido era demasiado brusco. ¿Qué le importaba a Otro tener un cuerpo si el alma se iba, si la mujer no le amaría ya? De todas maneras, perdería lo mejor de sí mismo y de su vida. Y entonces se oyó, en el silencio de la casa campestre, el acostumbrado disparo de arma de fuego que termina tan bien con todas las situaciones embrolladas.
Cuando a la mañana siguiente llegó el propietario para la respuesta, encontró a un cuerpo vivo que sollozaba sobre un cuerpo muerto: el sabio señor vio que no merecía la pena hacer revelaciones.

Mensajes indios

Se identificaba con el ambiente y el mundo indígena, aunque era de clase alta y urbana, pues no era indígena, sino ladino.
A Miguel Ángel Asturias le gustaba incorporar las ideas y las creencias de la gente guatemalteca en su obra, pues, el enfoque de gran parte de la obra de Asturias es la gente indígena, especialmente los mayas, porque históricamente Guatemala fue el corazón del Imperio maya. La cultura maya siempre era un tema muy interesante para Asturias porque la edad clásica de los mayas ya había terminado cuando llegaron los españoles, pues no había nada formal para erradicar y no había conflicto entre la cultura maya y los españoles.

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4 de marzo de 2010

El pueblo blanco


El libro se divide en diez cuentos que sirven para dar a conocer el folklore más famoso del antiguo pueblo celta, al que pertenece Machen, y que vamos a ir desgranando poco a poco:
1.- El pueblo blanco: da título al libro y cuenta cómo a través de un ajado libro verde que parece antiguo, el joven que comienza a leerlo descubre cómo una muchacha de dieciséis años, la autora del libro, ha sido introducida por su niñera en los ritos ancestrales de un pueblo que se caracteriza por la blancura de su piel. Por medio de canciones y extrañas piruetas son capaces de hacer que las personas digan siempre la verdad, etc. También nos introduce en el fenómeno poltergeist, pues explica que la niñera le enseñó a tirar platos y ollas sin moverse, y a hacer ruidos y dar golpes de manera que se asustaran los que estuvieran en la casa. La joven pasea por el bosque y va recordando las enseñanzas de su cuidadora sobre los seres extraños y diferentes que habitan las aguas.
2.- Un chico listo: Joseph Last, huérfano pero graduado en Oxford, está decidido a abrir un internado cuando recibe la propuesta de dar clases a un niño bien afincado en una mansión en el campo. Cuando el preceptor llega allí, descubre que Harry, su alumno de siete años es encantador, pero su padre y su madre no terminan de comportarse como se supone a un matrimonio convencional. El señor Last se enfrentará a los miedos irracionales y a supersticiones en su retiro voluntario al campo.
3.- Los arqueros: es el relato de cómo San Jorge con su ejército de arqueros celestiales ayudó a ganar una batalla a los ingleses. Bill, un joven soldado de la Primera Guerra Mundial, recuerda la leyenda mientras invoca al santo en medio de una ráfaga de ametralladora. Como curiosidad contaremos que este relato de Machen fue publicado en un periódico inglés y no tardó en hacerse famoso porque la gente creyó que era cierto.
4.- El gran retorno: un periodista curioso llega a un pueblecito costero con la intención de descubrir el misterio de unas luces cuya reseña ha visto en un diario londinense. Tras entrevistarse con el párroco y con algunos habitantes, hace un descubrimiento sorprendente (con tañido de campana incluido) que le horroriza.
5.- La pirámide resplandeciente: un par de amigos se quedan perplejos al observar unos extraños objetos depositados junto a la cerca que separa la propiedad de uno de ellos del camino vecinal. Al tratar de obtener información sobre quién ha depositado tales pertenencias en ese lugar, y tras muchas peripecias, terminan por descubrir vestigios de una tribu ancestral.
6.- Los niños felices: Otra vez el periodista que protagoniza el cuarto relato vuelve para investigar otro caso extraño. Esta vez es en el nordeste del país, y unos niños juegan en la calle hasta altas horas de la madrugada. Cuando comenta el hecho al posadero, éste le mira extrañado pero no dice nada, más tarde se aclara la cuestión y al periodista se le hiela la sonrisa en la cara.
7.- De las profundidades de la tierra: Otra vez estamos ante un suceso extraño con niños que dicen palabrotas y que parecen surgir de las profundidades de la tierra y volver a ella tras interactuar con los habitantes del pueblo.
8.- La habitación acogedora: cuando terminemos de leer este relato no consideraremos en absoluto acogedora esa habitación.
9.- N: tres amigos recuerdan viejos tiempos, pero cuando uno de ellos recrea ante ellos una vieja casa, otro replica que nunca existió y la conversación se olvida. Pero tiempo después a uno de aquellos hombres le cuentan una historia extraña sobre un solar que para algunos representa una delicada alfombra de dientes de león en la que ven algunas casas de hadas.
10.- Los niños de la charca: el periodista de cuentos anteriores investiga esta vez una extraña charca de agua que parece alquitrán con flores aún más raras. Lo que encontrará no será satisfactorio en modo alguno.
Dentro de El pueblo blanco aparecen toda clase de referencias a términos místicos; pero dentro de un contexto sólido, de absoluta verosimilitud.

La ladrona de libros

Érase una vez un mundo donde las noches eran largas.Érase una vez una ladrona que robaba libros y regalaba palabras.Una novela preciosa, tremendamente humana y emocionante, que describe las peripecias de una niña alemana de nueve años desde que es dada en adopción por su madre hasta el fnal de la II Guerra Mundial. Su nueva familia, gente sencilla y nada afecta al nazismo, le enseña a leer y, a través de los libros y Rudy, ella logra distraerse durante los bombardeos y combatir la tristeza. Pero es el libro que ella misma está escribiendo el que fnalmente le salvará la vida.
La historia es triste a momentos, esperanzadora en otras, pero nuestra narradora, que no gusta de guardar misterios nos adelanta en ocaciones el final, y nos hace latir el corazon a mil, y de nuevo nos regresa a la historia, no hay dudas esa narradora es vieja y posesiva y como ella misma lo dice nos veremos con ella al final todos, sin ecepciones.

Markus Zusak

27 de febrero de 2010

El barril de amontillado

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá...
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
-No es nada -dijo por último.
-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.
-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

26 de febrero de 2010

Alfred Wadham: El Ahorcado

Le estuve hablando al padre Denys Hanbuky sobre una extraordinaria sesión de espiritismo a la que había asistido unos días antes. La médium, en trance, había dicho una serie de cosas desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto recientemente, y que según la médium, estaba presente y me hablaba por medio de ella. Naturalmente, desde el punto de vista estrictamente científico, el único desde el que deberíamos abordar esos fenómenos, esa información no era una prueba auténtica de que el espíritu de mi amigo estuviera en contacto con ella, pues aquello ya lo conocía yo, y mediante algún proceso telepático pudo ser comunicado a la médium a través de mi cerebro, y no mediante la intervención del fallecido.
Además ella no hablaba con su voz ordinaria, sino con una que, ciertamente, se asemejaba a la de mi amigo. Pero yo también conocía su voz; estaba en mi memoria lo mismo que las cosas que ella decía. Por tanto, tal cómo le comenté al padre Denys, había que descartar aquello como una prueba positiva de que la comunicación procedía del otro lado de la muerte.
—La explicación telepática es posible —le dije—, y tenemos que aceptar cualquier explicación conocida que dé cuenta de los hechos antes de concluir que los muertos han regresado y contactado con el mundo material.
Aunque la habitación estaba cálida vi que él se estremeció ligeramente, y acercando un poco más la silla al fuego extendió las manos ante las llamas. Qué manos eran aquéllas: hermosas y expresivas, muy semejantes a las manos en oración de Alberto Durero: las llamas brillaban a través de ellas como si lo hicieran a través de un alabastro rojo-rosado. Sacudió la cabeza.
—Es algo terriblemente peligroso tratar de entrar en comunicación con los muertos —me dijo—. Si parece que entra en contacto con ellos corre el riesgo de establecerla conexión no con ellos, sino con inteligencias terribles y peligrosas.
Estudie la telepatía, pues es una de las maravillas de la mente que deberíamos investigar, como cualquier otro maravilloso secreto de la naturaleza. Pero le he interrumpido: dijo que sucedió algo más. Hábleme de ello.
Yo conocía el credo del padre Denys acerca de esas cosas, y lo deploraba. Tal como su iglesia le exige, sostiene que la relación con los espíritus de los muertos es imposible, y que cuando parece producirse, tal como indudablemente sucede, el investigador está en realidad en contacto con una especie de demonio dramático que está tomando la personalidad del espíritu del muerto. Tal cosa me pareció siempre monstruosa y carente de fundamento, y no he podido descubrir nada en las fuentes reconocidas de la doctrina cristiana que justifique dicho punto de vista.
—Sí, ahora viene lo extraño —proseguí—. Pues hablando todavía con la voz de mi amigo, la médium me dijo algo que al instante creí que era falso. Por tanto no pudo ser transmitido telepáticamente por mí. Cuando la sesión hubo terminado, y para convencerme de que aquello no podía proceder de él, examiné el diario de mi amigo, que me había legado a su muerte y me acababan de enviar los albaceas, de manera que seguía todavía empaquetado. Encontré allí una entrada que demostraba que lo que había dicho la médium era absolutamente cierto. Algo —y no necesito entrar en ello— había sucedido exactamente tal como ella lo había dicho, aunque
hubiera deseado poder jurar lo contrario. Aquello no podía haber llegado a la mente de la médium desde mi propia mente, y no existe ninguna fuente en la que yo pueda pensar desde la que ella pudiera obtener ese dato, salvo de mi amigo. ¿Qué dice usted a eso?
—No cambio en absoluto mi posición —me contestó sacudiendo la cabeza—. Esa información, aceptando que no procediera de su mente, lo que ciertamente parece imposible, procedería de algún ser desencarnado. Pero no del espíritu de su amigo: venía de alguna inteligencia maligna y horrible.
—¿Y no es eso pura suposición? —pregunté—. Seguramente es mucho más simple decir que, bajo ciertas condiciones, los muertos pueden comunicarse con nosotros. ¿Por qué meter aquí al diablo?
—No es demasiado tarde —contestó mirando el reloj—. A no ser que quiera irse a la cama, concédame su atención durante media hora y trataré de demostrárselo. El resto de la historia es lo que me contó el padre Denys, y lo que sucedió inmediatamente después.
—Aunque usted no es católico, pienso que estará de acuerdo conmigo acerca de una institución que juega un importante papel en nuestro ministerio, me refiero a la confesión, por lo sagrado de ésta y su inviolabilidad. Una alma cargada por el pecado llega a su confesor sabiendo que éste está hablando con aquél que tiene el poder de darnos o retirarnos el perdón, pero que nunca, por razón alguna, repetirá o sugerirá lo que se le ha contado. Si existiera la más ligera posibilidad de que la confesión del penitente se diera a conocer a algún otro, salvo al propio penitente, con
propósitos de expiación o de deshacer algún error, nadie se confesaría nunca. La iglesia perdería el más importante baluarte que posee sobre las almas de los hombres, y las almas de los hombres perderían ese consuelo inestimable de saber (no simplemente de esperar, sino saber) que sus pecados les han sido perdonados.
Evidentemente el sacerdote puede no dar la absolución si no está convencido de hallarse frente a un penitente auténtico, y antes de darla insistirá en que el penitente repare, en la medida en la que le sea posible, el mal que ha hecho. Si se ha beneficiado de su deshonestidad, deberá hacer el bien: cualquiera que sea el crimen que haya cometido deberá garantizar que su arrepentimiento es sincero. Pero imagino que aceptará que en ningún caso puede el sacerdote repetir lo que se le ha dicho con independencia de cuáles puedan ser las consecuencias de su silencio.
Aunque repitiéndolas pudiera corregir o evitar un mal horrible, le sería imposible. Lo que ha oído lo ha oído bajo el sello de la confesión, y con respecto a lo sagrado de éste no hay argumentación concebible.
—Es posible imaginar qué terribles consecuencias resultan de ello —intervine—. Pero lo acepto.
—Ya antes de ahora se han producido consecuencias terribles —prosiguió él—.Pero no afectan al principio. Y ahora voy a hablarle de una confesión que me hicieron en una ocasión.
—Pero ¿cómo va a hacerlo? Eso es imposible.
—Por una determinada razón a la que llegaremos más adelante, comprobará que ese secreto ya no me incumbe a mí. Pero no es ésa la clave de mi historia: sino la de advertirle sobre los intentos de establecer comunicación con los muertos. Parecen llegar a nosotros, a través de ellos, signos y muestras, voces y apariciones: pero ¿quién los envía? Se dará cuenta de a qué me refiero.
Me puse cómodo para disponerme a escucharle.
—Probablemente no recordará con claridad, o no recordará en absoluto, un asesinato cometido hace un año, en el que encontró la muerte un hombre llamado Gerald Selfe. No había allí ningún atractivo misterio, ni accesorios románticos, y no despertó el interés del público. Selfe era un hombre de vida licenciosa, pero mantenía una posición respetable y habría sido desastroso para él que llegaran a ser conocidas sus irregularidades privadas. Antes de su muerte, durante algún tiempo, estaba recibiendo cartas de chantaje referidas a sus relaciones con una determinada mujer casada, y correctamente había puesto el asunto en manos de la policía. La policía había seguido determinadas pistas, y la tarde anterior a la muerte de Selfe uno de los oficiales del Departamento de Investigación Criminal le había escrito que todo indicaba que el culpable era su criado personal, quien desde luego conocía la intriga. Era un hombre joven llamado Alfred Wadham: hacía relativamente poco que había entrado al servicio de Selfe, y su historia pasada era de lo más indeseable. Le habían preparado una trampa, de la que se incluían los detalles, y sugerían que Selfe se la mostrará, y consiguió hacerlo en una o dos horas. Esa información y esas
instrucciones se transmitieron en una carta que tras la muerte de Selfe se encontró en un cajón de su mesa de escritorio, cuya cerradura había intentado ser forzada. Sólo Wadham y su amo dormían en el piso; todas las mañanas venía una mujer para preparar el desayuno y hacer la limpieza de la casa, pues Selfe almorzaba y cenaba en su Club o en el restaurante que había en la planta baja de ese edificio de apartamentos, y allí es donde cenó aquella noche. Cuando la mujer llegó a la mañana siguiente, encontró abierta la puerta exterior del piso, y a Selfe muerto sobre el suelo de la sala de estar, con la garganta cortada. Wadham había desaparecido, pero en el cubo del agua de su dormitorio había agua teñida de sangre humana. Fue apresado dos días después y prestó testimonio en el juicio. Según su historia sospechaba haber caído en una trampa, y mientras el señor Selfe cenaba buscó en sus cajones y encontró la carta enviada por la policía, que demostraba que así era. Decidió por ello fugarse y abandonó el piso aquella noche antes de que su amo regresara de cenar.
Como estaba en el banquillo de los acusados, fue sometido desde luego a un interrogatorio inquisitivo y se contradijo en varios particulares. Además estaban las pruebas incriminadoras de su habitación, y el motivo del crimen resultaba bastante claro. Tras una deliberación muy larga el jurado le encontró culpable y fue sentenciado a muerte. La apelación posterior fue rechazada.
» Wadham era católico, y como mi puesto me lleva a ser ministro de los prisioneros católicos que hay en la cárcel en la que se encontraba él bajo sentencia de muerte, sostuvimos varias conversaciones y le rogué, por el bien de su alma inmortal, que confesara su culpa. Pero aunque deseaba confesar otras malas acciones, algunas de las cuales eran difíciles de transmitir, mantuvo su inocencia con respecto a esa acusación de asesinato. Nada le conmovía, y aunque por lo que pude juzgar se arrepentía sinceramente de otros malos actos, me juró que la historia que contó en el tribunal era esencialmente cierta, a pesar de las contradicciones en las que se había visto envuelto, y que si le ahorcaban moriría injustamente. Hasta la última tarde de su vida, en la que me senté con él durante dos horas, rogándole y suplicándole, se aferró a eso. Resultaba curioso que lo hiciera así, a menos de que realmente fuera inocente, si pensamos que de buena voluntad rebuscaba en su corazón para confesar otras graves perversidades; cuanto más pensaba en ello, más inexplicable me resultaba, y durante aquella tarde las dudas con respecto a su culpa empezaron a crecer en mí. Era un pensamiento terrible, pues él había vivido en el pecado y el
error, y al día siguiente su vida se rompería como un bastón quebrado. Tenía que acudir de nuevo a la prisión antes de las seis de la mañana, y debía decidir si le daría los sacramentos. Si acudía a su muerte culpable de asesinato, pero negándose a confesar, no tenía yo derecho a dárselo, pero si era inocente, el negarle ese derecho era tan terrible como cualquier violación de la justicia. Al salir sostuve unas palabras con uno de los celadores, lo que me hizo dudar todavía más.
» —¿Qué opina de Wadham? —pregunté.
» Se apartó para dejar pasar a un hombre que le hizo una señal de reconocimiento. De alguna manera supe que era el verdugo.
» —No me gusta pensar en ello, señor—me respondió—. Sé que fue considerado culpable, y que su apelación fue rechazada. Pero si me pregunta si creo que es un asesino, pues no, no lo creo.
» Pasé a solas toda la noche: hacia las diez estaba a punto de irme a la cama cuando me dijeron que abajo estaba un hombre llamado Horace Kennion que quería verme. Era católico, y aunque había tenido amistad con él en otro tiempo, habían llegado a mi conocimiento determinadas cosas que me imposibilitaban tener más relación con él, y tuve que decírselo así. Era perverso... oh, no me mal interprete; todos cometemos perversiones constantemente; la vida de cada uno de nosotros es un tejido de malos actos, pero de todos los hombres que he conocido sólo él me pareció que amaba la perversidad por sí misma. Dije que no podía verle, pero volvieron con el mensaje de que su necesidad era urgente, y entonces subió. Me dijo que quería confesar no al día siguiente, sino en ese momento, y que su confesor estaba fuera. Como sacerdote no podía resistirme a esa petición. Y confesó que había asesinado a Gerald Selfe.
» Pensé por un momento que se trataba de alguna broma impía, pero juró que estaba diciendo la verdad, y todavía bajo el secreto de confesión me hizo un relato detallado. Aquella noche había cenado con Selfe, y después había subido al piso de éste para jugar una partida de piquet. Con una sonrisa, Selfe le dijo que al día siguiente iba a atrapar a su criado por chantaje. Le dijo las siguientes palabras:
«Hoy es un hombre joven, guapo y activo, quizás mañana a esta hora haya perdido un poco de color».
Tocó la campanilla para que viniera el criado a poner la mesa de juego, pero luego vio que ya estaba preparada y se olvidó de que no habían respondido a la llamada. Jugaron puntos altos y los dos bebieron mucho. Selfe perdió una partida tras otra y acabó acusando a Kennion de hacer trampas. palabras subieron de tono y acabaron en golpes, y Kennion, tras varios golpes y caídas, cogió un cuchillo de la mesa y le cortó a Selfe la yugular y la arteria carótida de la garganta.
A los pocos minutos había muerto desangrado... Kennion recordó entonces que nadie había contestado a la llamada, y sigilosamente fue hasta la habitación de Wadham.
La encontró vacía; también estaban vacías las otras habitaciones del piso. De haber habido alguien allí, su idea era la de decir que acababa de subir por invitación de Selfe y le había encontrado muerto. Pero aquello era mejor todavía: sólo tenía unas manchas de sangre y las lavó en la habitación de Wadham, vaciando el agua en el cubo. Después, dejando abierta la puerta del piso, bajó las escaleras y se marchó.
» Me contó eso con pocas frases, tal como se lo he contado a usted, y me miró con rostro sonriente.
» —¿Qué hay que hacer ahora, venerable padre? —preguntó alegremente.
» —¡Ah, gracias a Dios que ha confesado! —dije—. Todavía estamos a tiempo de salvar a un inocente. Debe entregarse a la policía enseguida.
» Incluso mientras le decía eso, sentí la duda en mi corazón. El se levantó limpiándose las rodillas de los pantalones.
» —Qué idea tan pintoresca. No hay nada tan lejos de mi pensamiento —dijo.
» Me puse en pie de un salto y añadí:
» —Entonces iré yo mismo.
» Ante eso él se echó a reír:
» —Oh no, no lo hará. ¿Qué me dice del secreto de confesión? Ciertamente creo que es un pecado mortal incluso que un sacerdote piense en violar ese secreto. Realmente me avergüenzo de usted, mi querido Denys. ¡Es usted un malvado!
Aunque quizás fuera sólo una broma, y no pensara hacerlo.
» —Claro que pensaba hacerlo. Ya verá si lo pensaba o no. —Pero incluso mientras estaba hablando sabía que no iba a hacerlo—. Todo está permitido para salvar de la muerte a un hombre inocente.
» Él se echó a reír de nuevo.
» —Perdóneme: sabe perfectamente bien que no es así. En nuestra creencia hay una cosa que es peor que la muerte, y es la condenación del alma. Usted no tiene ninguna intención de condenar la suya. Yo no corría ningún riesgo cuando me confesé.
» —Pero si no salva a ese hombre será un asesinato —dije.
» —Oh, ciertamente, pero ya tengo un asesinato en mi conciencia. Uno se acostumbra a eso rápidamente. Y habiéndome acostumbrado, otro asesinato no parece importar mucho. Pobre Wadham: mañana, ¿no es así? No estoy seguro de que no sea una especie de justicia por aproximación. El chantaje es un delito repelente.
» Fui al teléfono y lo sostuve en la mano.
» —Realmente esto es de lo más interesante —dijo él—. Walton Street es la comisaría de policía más cercana. Ni siquiera necesita decir el número; simplemente diga comisaría de Walton Street. Pero no puede hacerlo. No puede decir que ahora está acompañado de un hombre, Horace Kennion, que ha confesado que asesinó a Selfe. Entonces, ¿a qué viene ese farol? Además, aunque usted pudiera hacerlo, a mí me bastaría con decir que no he hecho nada semejante. Su palabra, la palabra de un sacerdote que ha roto el voto más sagrado, contra la mía. ¡Absurdo!
» —Kennion, por el amor de Dios y por el miedo al infierno: ¡entregúese! ¿Qué importancia tiene que usted o yo vivamos algunos años menos, si al final pasamos al vasto infinito con nuestros pecados confesos y perdonados? Día y noche rezaré por usted.
» —Qué amable por su parte. Pero ahora no tengo duda de que dará a Wadham la plena absolución. Así que... ¿qué importa si es él el que entra en el... en el vasto infinito a las ocho en punto de mañana por la mañana?
» —Entonces, ¿por qué me lo confesó, si no tenía intención de salvarle y expiar
su pecado?
» —Bueno, no hace mucho tiempo usted fue muy desagradable conmigo. Usted me dijo que ningún hombre decente podría asociarse conmigo. Así que de repente, hoy, se me ocurrió que sería agradable verle en el agujero más horrible. Me atrevo a decir que tengo tendencias sádicas, y que me están permitiendo disfrutar maravillosamente. Como ve, está en una situación atormentadora: preferiría sufrir cualquier agonía física antes de hallarse en esta cámara de tortura del alma. Es maravilloso, mcencanta. Se lo agradezco mucho, Denys.
» Se levantó.
» —Mi taxi está esperando. Sin duda esta noche estará atareado. ¿Puedo dejarle en algún sitio? ¿En Pentonville?
» No hay palabras para describir determinadas oscuridades y éxtasis que llegan al alma, y sólo puedo decirle que no puedo imaginar un infierno del remordimiento que pueda igualar al infierno en el que yo me encontraba. Pues en la amargura del remordimiento podemos ver que nuestro sufrimiento es una experiencia necesaria y saludable: sólo mediante él puede limpiarse nuestro pecado. Pero yo me enfrentaba a una tortura vacía y carente de significado... y entonces mi cerebro se conmocionó y empecé a preguntarme si no podría hacer algo sin romper el secreto de confesión. Desde mi ventana vi que estaba encendida la luz en la torre del reloj de Westminster:
por tanto había allí alguien y me pareció posible que, sin violar el secreto, podría decirle al Secretario de Interior que me habían hecho una confesión por la cual sabía que Wadham era inocente. Me preguntaría detalles que pudiera darle, y podría decirle... y entonces me di cuenta de que no podía decirle nada: no podía decir que el asesino había subido con Selfe a su habitación, pues mediante esa información podría descubrirse que Kennion había cenado con él. Antes de hacer nada necesitaba consejo y fui a la casa del cardenal, junto a nuestra catedral. Él se había acostado, pues pasaba ya de la media noche, pero respondiendo a la urgencia de mi petición,
bajó a verme. Le conté lo que había sucedido sin darle pista alguna, y su veredicto fue el que en mi corazón había anticipado. Ciertamente podía ver al Secretario de Interior y decirle que me habían hecho esa confesión, pero no podía dejar escapar ninguna palabra o indicación que pudiera conducir a la identificación del confeso.
Personalmente no veía que con la información que yo podía dar fuera posible posponer la ejecución.
» —Y sea cual sea su sufrimiento, hijo mío —me dijo—, esté seguro de que sufre no por haber hecho el mal, sino por haber hecho lo correcto. En la posición en la que se encuentra, su tentación de salvar a un hombre inocente procede del diablo, y también tendrá ese origen toda fuerza a la que invoque para que le ayude a soportarlo.
» Vi al Secretario de Interior en sus habitaciones una hora después. Pero a menos que le dijera algo más, y él comprendía que yo no podía hacerlo, no podría hacer nada.
» — En el juicio le declararon culpable —me dijo—. Y su apelación fue rechazada. Sin nuevas pruebas, nada puedo hacer.
» Se quedó sentado un momento, pensativo, y después se puso en pie de un salto.
» —Buen Dios, es fantasmal. Creo verdaderamente, no es necesario que se lo diga, que ha oído usted esa confesión, pero eso no demuestra que sea cierto. ¿No puede ver de nuevo a ese hombre? ¿No puede meter en él el miedo a Dios? Si hasta el momento de caer el telón puede usted hacer algo que me dé una justificación para actuar, ordenaré inmediatamente una suspensión de la pena. Éste es mi número de teléfono: llámeme aquí o a mi casa a cualquier hora.
» Estaba de vuelta en la prisión antes de las seis de la mañana. Le dije a Wadham que creía en su inocencia y le di la absolución por todo lo demás. Recibió de mis manos el sagrado sacramento y se dirigió a su muerte sin pestañear.
El padre Denys se detuvo.
—He tardado mucho en llegar al punto de mi historia que concierne a la sesión de espiritismo de la que me habló, pero era necesario que conociera todo esto para poder entender lo que voy a contarle ahora —me dijo—. Afirmé que los mensajes y comunicaciones de los muertos no proceden de ellos, sino de algún poder maligno y horrible que los encarna. Usted me respondió, me acuerdo bien, que no entendía la razón de que hubiera que meter al diablo en esto. Leexplicaré el motivo.
» Cuando todo terminó, cuando la compuerta sobre la que estaba en pie aquel hombre se abrió, y la cuerda crujió, regresé a casa. Era una mañana invernal oscura, apenas iluminada todavía, y a pesar de la escena trágica que acababa de presenciar me sentía sereno y en paz. No pensaba en Kennion en absoluto, sólo en el muchacho—por su edad, apenas sí era más que eso— que había sufrido injustamente, y aquello me pareció un error lamentable, pero no más. Aquello no le había conmovido, a su alma viva y esencial, era como si hubiera sufrido la expiación sagrada del martirio. Y yo agradecía humildemente haber sido capaz de actuar correctamente, pues si por
algún acto mío Kennion estuviera entonces en manos de la policía, y Wadham viviera, yo habría cometido el crimen más terrible que puede cometer un sacerdote.
» Había estado en pie toda la noche, y tras decir mis oficios me acosté en el sofá para dormir un poco. Soñé que me encontraba en la celda con Wadham, y que él sabía que tenía yo prueba de su inocencia. Faltaban unos minutos para la hora de su muerte, y en el corredor de losetas de piedra del exterior se oían los pasos de los que venían a por él. Él también los oyó y se puso en pie señalándome.
» —Va a permitir que muera un hombre inocente, cuando podría salvarle —me dijo—. No puede consentirlo, padre Denys. ¡Padre Denys! —gritó, y el grito se convirtió en una boqueada, falto de respiración, mientras la puerta se abría.
» Desperté sabiendo que lo que me había despertado era mi propio nombre gritado desde algún lugar cercano, y supe de quién era esa voz. Pero estaba solo en mi habitación tranquila y vacía, en la que penetraba el día poco luminoso. Vi que sólo había dormido unos minutos, pero ahora había huido todo deseo o capacidad de dormir, pues en algún lugar junto a mí, invisible pero horriblemente presente, estaba el espíritu del hombre a quien había permitido perecer. Y me llamaba.
» Acabé por convencerme de que la voz que me llamó mientras dormía no era más que un sueño, lógico dadas las circunstancias, y pasaron varios días con suficiente tranquilidad. Pero un día en el que caminaba por una calle soleada y repleta de gente sentí un cambio claro y terrible en lo que podría denominar la atmósfera psíquica que nos rodea a todos, y mi alma se ennegreció por el miedo y por imágenes malvadas. Y allí estaba Wadham, que venía hacia mí por la acera, elegante y alegre. Me miró y su rostro se convirtió en una máscara de odio.
«Espero que nos encontremos a menudo, padre Denys», me dijo al pasar. Al día siguiente regresaba a casa a la hora del crepúsculo y de pronto, al entrar en la habitación, oí el crujido de una cuerda que se tensaba, y su cuerpo, con la cabeza cubierta por la capucha de la muerte, colgaba en la ventana contra el sol poniente. Y a veces, cuando estaba leyendo mis libros, la puerta se abría y cerraba calladamente, y yo sabía que él estaba allí. Ni la aparición ni sus signos eran frecuentes quizás porque mi resistencia se había fortalecido al saber que tenía un origen diabólico. Pero sucedía con largos intervalos cuando había bajado la guardia, pensando que lo había vencido, y entonces sentía a veces que mi fe se tambaleaba. Siempre era precedida por esa sensación de poder maligno que bajaba sobre mí, y rápidamente buscaba el abrigo de la elevada casa de defensa. Pero este último domingo...
Se detuvo y se tapó los ojos con las manos, como si quisiera evitar un espectáculo horrible.
—Llevaba predicando en favor de una de nuestras misiones. La iglesia estaba llena, y no creo que existiera otro pensamiento o deseo en mi alma si no el de potenciar la sagrada causa acerca de la cual estaba hablando. Era el servicio de la mañana y el sol penetraba por las vidrieras brillando con luces de colores. Pero en medio del sermón se elevó un banco de nubes, y con él la advertencia horrible de que se aproximaba una tempestad del mal. Se puso tan oscuro que cuando llegaba al final del sermón tuvieron que encender las luces de la iglesia, que así se llenó de brillo. Había una lámpara en la mesa del pulpito sobre la que había colocado mis notas, y al encenderse iluminó plenamente el banco que tenía justo debajo. Y allí estaba Wadham sentado, con la cabeza alzada hacia mí, el rostro morado, los ojos saltones y el nudo corredizo alrededor del cuello.
» Mi voz me falló un segundo y me aferré a la barandilla del pulpito mientras él me miraba fijamente, y yo a él. Me rodeó un horror del espíritu, negro como la noche eterna de los perdidos, pues le había permitido que, inocente, fuera hacia su muerte, y mi castigo era justo... y entonces, como una estrella que brillara a través de una piadosa hendidura en aquella tormenta anímica, brotó otra vez el rayo de la convicción de que yo, como sacerdote, no podía haber actuado de otra manera, y se acompañó del conocimiento seguro de que esa aparición no podía venir de Dios, sino del diablo, y había de resistirme a ella y desafiarla lo mismo que desafiamos con desprecio las tentaciones dulces e insidiosas. No podía ser el espíritu del hombre lo que estaba mirando, sino alguna falsificación diabólica.
» Volví a posar mi mirada en las notas y seguí con el sermón, pues sólo eso me interesaba. Aquella pausa me había parecido eterna: tenía la cualidad de lo intemporal, pero después me enteré de que apenas había resultado perceptible. Y en mi propio corazón supe que no era un castigo lo que estaba sufriendo, sino el fortalecimiento de una fe que había vacilado. Interrumpió de pronto su historia. Fijó los ojos en la puerta y no fue una mirada de miedo lo que brotó en ellos, sino de salvaje e implacable antagonismo.
—Se acerca —me dijo—. Y si ahora escucha o ve algo, desprécielo, pues es maligno.
La puerta se abrió y se cerró, y aunque no entró nada que fuera visible, supe que había ahora en la habitación una inteligencia viva distinta de mí y del padre Denys; y afectó a mi propio ser de la misma manera que un olor horrible a putrefacción nos afecta físicamente: mi alma sintió náuseas. Después, todavía sin ver nada, percibí que la habitación, hasta entonces cálida y confortable, con un fuego vivo de carbón en la rejilla, se estaba quedando fría, y que algún eclipse extraño estaba velando la luz. Cerca de mí, sobre la mesa, había una lámpara eléctrica: la sombra de ésta se agitó en la corriente helada que se movió en el aire, y el alambre luminoso dejó de ser incandescente, tornándose rojizo y oscuro como las ascuas sobre la rejilla. Escruté la semioscuridad, pero ninguna forma material se manifestó en ella.
El padre Denys estaba sentado muy erguido en su silla, con los ojos fijos y concentrados en algo que para miera invisible. Sus labios se movían y murmuraban y con las manos aferraba el crucifijo que colgaba sobre su pecho. Entonces vi lo que sabía que él estaba viendo también: un rostro que se perfilaba en el aire delante de él, un rostro hinchado y morado, con la lengua colgando desde la boca, ahorcado allí y agitándose a un lado y a otro. Fue haciéndose más y más claro, suspendido por la cuerda que ahora se me hizo visible, y aunque era la aparición de un hombre colgado por el cuello, éste no estaba muerto, sino vivo y activo, y el espíritu que horriblemente lo animaba no era humano, sino algo diabólico.
De pronto el padre Denys se puso en pie y acercó el rostro a cuatro o cinco centímetros del horror suspendido. Alzó las manos llevando en ellas el sagrado emblema.
—Regresa a tu tormento hasta que los tiempos de éste hayan terminado y la piedad de Dios te conceda la muerte eterna —gritó.
Brotó en el aire una lamentación, mientras una corriente sacudía la habitación estremeciendo sus esquinas, y entonces regresaron la luz y el calor y allí no estábamos más que nosotros dos. El rostro del padre Denys estaba ojeroso y sudoroso por la lucha que había experimentado, pero brillaba en él una radiación como no había visto nunca en un semblante humano.
—Ha terminado —dijo—. Le he visto marchitarse y secarse ante el poder de Su presencia... y sus ojos me dicen que también usted lo vio, y que sabe ahora que lo que se presentaba con el semblante de la humanidad era puramente maligno.
Apenas sí hablamos un poco más, y se levantó para irse.
—Ah, me olvidaba —dijo—. Querrá saber por qué he podido revelarle lo que se me contó en confesión. Horace Kennion se suicidó aquella misma mañana. Había dejado a su abogado un paquete que había que abrir a su muerte, con instrucciones de que se publicara en la prensa diaria. Lo leí en un periódico de la tarde y era un relato detallado de cómo había matado a Gerald Selfe. Deseaba que se le diera toda la publicidad posible.
—Pero ¿por qué? —pregunté.
—Imagino que se glorificaba en su perversidad —contestó el padre Denys tras una pausa—. La amaba por sí misma, tal como le había dicho, y quería que todo el mundo la conociera en cuanto él se hubiera ido y estuviera a salvo.

22 de febrero de 2010

La bailarina de Izu

El rasgo más bello de la bailarina eran sus resplandecientes y enormes ojos oscuros. La doble curva de los párpados era inexpresablemente encantadora. Después venía la sonrisa semejante a una flor. En su caso, la palabra “flor” era absolutamente apropiada. Ni cuentos ni testimonios personales, las historias de la La bailarina de Izu constituyen una autobiografía velada de los atribulados años de juventud de Yasunari Kawabata. Signado por la pérdida de los parientes más cercanos, las ceremonias del duelo y el fantasma de la memoria, el autor logra, con su estilo elegante y al mismo tiempo perturbador, componer escenas inolvidables a partir de los recuerdos dolorosos.
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