5 de mayo de 2010

El vigilante

I Huellas.
Por EL año 1794, el hermano menor de un barón llamado James Barton, regresó a Dublín. Había servido en la marina con cierta distinción, mandando una fragata de Su Majestad durante casi toda la guerra con América. El capitán Barton contaba con cuarenta y dos a cuarenta y tres año de edad. Era un compañero agradable e inteligente cuando estaba de buen humor, aunque por regla general era reservado y, a veces, hasta extravagante. No obstante, en sociedad se comportaba como un hombre de mundo, como el más cumplido caballero. A pesar de los años transcurridos navegando, no adquirió los modales bruscos y toscos de los marinos, sino al contrario. Era de mediana estatura y robusto, y su rostro de líneas acusadas, tenía una agradable expresión grave y melancólica. Su aspecto personal, el nombre de familia y su posición le abrieron de par en par las puertas de las mejores casas de Dublín.En sus necesidades personales, el señor Barton gastaba poco. Habitaba en una linda mansión de una calle aristocrática, y tenía un solo criado y un caballo, y aunque se le Juzgaba de ideas avanzadas y libre pensador, llevaba una existencia ordenada y absolutamente moral, careciendo de vicios en absoluto. Por consiguiente, siendo Barton prudente, ahorrador y poco sociable, según todos los indicios, mantendría su soltería contra todos los intentos de las jóvenes, y era posible que muriese de vejez, dejando toda su fortuna a un hospital o un asilo. De pronto, los chismosos se dieron cuenta de que no interpretaban bien los sentimientos del capitán Barton.En un baile le presentaron a una encantadora joven llamada Clara Montague. Se trataba de una muchacha de carácter alegre, inteligente y muy linda, digna de ser elegida reina de los salones. Fue la tía de la joven, la rica viuda lady L. quien se la presentó. Sin embargo, todas las cualidades de la muchacha no le proporcionaban más que una admiración superficial, pues la joven tenía algo peor que un defecto, ya que por toda dote sólo podía aportar al matrimonio su inteligencia y su atractivo personal. Conocidos tales antecedentes, no es de extrañar la sorpresa que ocasionó la noticia de la formal petición de mano, por Barton, hecho que la tía, halagada por su perspicacia, se cuidó de esparcir por la capital.Para formalizar el compromiso matrimonial, faltaba el consentimiento del padre de Clara, que 'en aquellos momentos regresaba con licencia ilimitada de la India, y cuya llegada tendría lugar tres semanas más tarde. Naturalmente, no existía ninguna duda respecto a tal consentimiento y el retraso era, por tanto, mera fórmula. Se les consideraba ya como prometidos oficiales, y la tía de Clara, con el rigor de su anticuado decoro, del que su sobrino hubiese prescindido gustoso, la separó de todas las reuniones juveniles de la ciudad. El capitán Barton menudeaba sus visitas, quedando casi siempre invitado con los privilegios que otorga una intimidad entre dos prometidos. La tía de Clara residía en una cómoda y hermosa residencia de la parte norte de Dublín, o sea la opuesta a donde vivía el novio, que era en el extremo sur. La distancia entre ambas casas era considerable, y el marino tenía la costumbre de recorrer a pie el camino, sin ningún acompañante, cuando por la noche se despedía de las damas.El trayecto más corto cruzaba, durante largo trecho, por una calle recién abierta en la que apenas se habían echado los cimientos de los edificios. Una noche, poco después de hacerse público su compromiso, Barton se retiró ya muy avanzada la hora. La conversación con ambas mujeres se desvió hacia las pruebas de revelaciones, y Barton, escéptico por naturaleza, rebatió todos los argumentos presentados. Era medianoche cuando se despidió, emprendiendo el regreso a su domicilio. Poco después llegó a la calle en construcción, obstruida por tabiques, maderos y montones de piedras, a los cuales la luna, brillando borrosa, esfumaba los contornos, dándoles un aspecto verdaderamente lúgubre e impresionante.Reinaba un absoluto silencio, ese silencio indefiniblemente emocionante, y el eco de las fuertes pisadas del marino quedaba roto de manera rítmica y uniforme. Iba ya por la mitad de la calle, cuando de repente oyó otros pasos, acompasados y al parecer a unos veinte metros de distancia. La sospecha de ser seguido siempre es desagradable, de manera especial cuando se trata de un lugar solitario. Esta sospecha resultó tan fuerte en el espíritu del capitán, que de repente se volvió bruscamente para enfrentarse con su seguidor. Pero aunque había suficiente resplandor para distinguir cualquier cuerpo próximo, en todo lo largo de la calle no descubrió la menor sombra o vestigio de un ser humano.Aquel rumor de pasos no podía ser el eco de los suyos, ya que efectuó diversas pruebas para demostrarlo, consiguiendo siempre un resultado negativo. Aunque no era un individuo de imaginación enfermiza Barton tuvo que rendirse a la evidencia de que aquellos pasos eran puramente producto de su mente. Tranquilizado por estos razonables, reanudó la marcha y, antes de haber recorrido una docena de pasos, las misteriosas pisadas fueron de nuevo audibles a su espalda. Esta vez, como si hubiera un designio especial de demostrar que los sonidos no eran resonancias de un eco, los pasos se apresuraban unas veces, moderando otras la marcha, y avanzando con lentitud. A pesar de su profundo escepticismo, Barton experimentó un temor supersticioso, y con esta sensación inusitada y desagradable, reanudó el camino. Inmediatamente se repitieron las fantasmales pisadas, con súbitas ráfagas de velocidad que amenazaban con llevar al invisible perseguidor al lado del alarmado capitán.Éste volvió a detenerse, ya que las naturales e inexplicables sensaciones amedrentaban su ánimo, y cediendo a la excitación del momento, gritó con voz severa:—¿Quién va?El sonido de la propia voz, en medio de un absoluto silencio, siempre contiene una nota de espanto. Los pasos le persiguieron hasta el estreno de la solitaria calle y tuvo que realizar un enorme esfuerzo para resistir el impulso de echar a correr. Al hallarse en su casa, sentado junto al hogar, empezó a serenarse y a coordinar sus ideas, considerando con calma el caso que de manera tan súbita le hizo perder la tranquilidad.


II.El vigilante.


El capitán Barton se desayunaba a la mañana siguiente, reflexionando sobre los incidentes de la noche anterior, con más curiosidad que temor, ya que las impresiones más lúgubres desaparecen con el influjo sedante del día El timbre de la puerta resonó en la habitación y poco después su criado le entró una misiva que acababa de llegar. No había nada extraordinario en las señas de la carta, excepto la letra desconocida, quizás disfrazada; y con la expectación de tales casos, contempló intrigado la inscripción un minuto antes de abrirla.El señor Barton, excapitán del "Delfín", queda avisado del peligro. Obrará con prudencia si evita la calle... (Aquí se citaba el nombre de la calle recién abierta por donde tenía costumbre que pasar de pasar.) Si no hace caso de mi aviso, puede costarle un serio disgusto. Que estas líneas le sirvan de primero y último aviso.
El Vigilante.El capitán leyó varias veces tan extraña misiva. La examinó en todos sentidos, contemplándola a trasluz, sin conseguir un resultado positivo. Luego, dedicó su atención al sobre. Estaba lacrado y encima se veía imperfectamente la impresión accidental de un pulgar. Nada permitía adivinar su origen. El autor, la carta y su verdadero objetivo eran un enigma inexplicable; sin embargo, sugerían por asociación de ideas una finalidad común con la aventura de la noche anterior. Obedeciendo a un sentimiento desconocido, quizás de orgullo, el capitán no comunicó ni a su novia lo ocurrido. Aunque le parecía una broma pesada, afectó de manera desagradable su imaginación, y no quiso revelarle a la joven lo que ésta pudiera tomar como un signo de debilidad.Mas a pesar de considerar el asunto como indigno de pensar más en él, le perseguía con obstinación, atormentándole con dudas de perplejidad que le deprimían con aprensiones indefinidas. Lo cierto es que durante algún tiempo evitó pasar por la calle prohibida, dando un largo rodeo para llegar a casa. Una semana más tarde de recibir la extraña misiva le ocurrió algo que le recordó su contenido, o contrarrestó la desaparición gradual de su mente de la impresión recibida. Regresaba una noche del teatro, de donde al salir acompañó a su prometida y a la tía de ésta hasta su coche, en compañía de unos desconocidos. Separóse de ellos por el camino y por último quedó completamente solo. Era ya la una y las calles estaban desiertas. Ya durante el trayecto que realizó en compañía notó con creciente sobresalto el ruido de unos pasos que al parecer le seguían.Miró atrás un par de veces, con la inquieta impresión de ser otra vez víctima de las mismas aprensiones que le desconcertaron una semana antes. Deseaba con todas las fuerzas de su ser, ver algo que justificase de manera natural el rumor de aquellos pasos. Pero la calle continuaba desierta. Junto a la tapia del parque de un colegio, los pasos resonaron casi simultáneamente con la cadencia de sus propias pisadas. Dos o tres veces miró con rapidez y sigilo por encima del hombro, mas siempre con resultado negativo. La irritación que le produjo este misterio intangible llegó a ser casi intolerable. Y cuando ¡al fin llegó a su domicilio, tenía los nervios tan excitados que no pudo descansar y ni siquiera intentó acostarse hasta después de amanecer.Ya entrada la mañana le despertó un discreto golpe dado a la puerta de su habitación. Su criado entró con la correspondencia. Al momento, llamó la atención del capitán una de las cartas. Una sola mirada al sobre le permitió reconocer al momento el carácter de letra.Le será imposible, capitán Barton, escapar de su propia sombra como de mí. Tome las precauciones que guste, todo será en vano, pues le veré cuando me plazca. No pretendo ocultarme como usted se imagina. Que ello no le turbe el descanso, capitán Barton, pues con una conciencia limpia de toda mancha ¿por qué temer el ojo de
El Vigilante.No hay por qué describir la sensación experimentada después de la lectura de tan extrañas frases. Durante unos días, el capitán estuvo extraordinariamente retraído, mas nadie pudo adivinar la causa. No obstante, además de la proximidad de la boda, el capitán tenía un asunto de importancia relacionado con una reclamación judicial de un antiguo litigio sobre ciertas propiedades. Las incidencias del caso disiparon un poco el pesimista estado de su espíritu, y al poco tiempo había recobrado ya su antiguo buen humor. Sin embargo, constantemente sentíase vagamente aterrado, por repeticiones oídas de una manera oscura y confusa, que no sabía distinguir a su entera satisfacción entre la realidad y la mera sugerencia de una mente excitada.


III.El anuncio.


Varios días más tarde, el capitán Barton acompañado de un amigo, pasaba por el pasaje de College Green, cuando un individuo con una gorra de piel hundida hasta los ojos, avanzó rápidamente, como si estuviera muy excitado, murmurando algo entre dientes con extraña vehemencia. El desconocido dirigióse a Barton y se detuvo mirándole un momento, furioso y con mal velada amenaza. Luego, volviéndose con brusquedad, se retiró con el mismo paso agitado, desapareciendo por un pasaje lateral.El efecto de esta aparición inesperada fue sorprendente. El capitán Barton era hombre valiente, sereno y orgulloso del dominio que ejercía sobre sus nervios, pero al ver avanzar al desconocido retrocedió unos pasos en silencio, asiendo el brazo de su amigo en un terrible espasmo de dolor o terror. Luego, cuando desapareció aquel extraño personaje empujándole hacia atrás, lo persiguió dos pasos, se detuvo excitado y se desplomó en un banco cercano. Jamás se vio un rostro más pálido y macilento que el suyo.—¿Qué le sucede, amigo Barton? —le preguntó alarmado su acompañante—. No está herido ¿verdad? ¿Se siente indispuesto?—¿Qué dijo ese hombre? No le oí... —inquirió Barton, sin contestar a las anteriores preguntas.—Tonterías. ¿Qué pueden importarle las frases de un esquizofrénico? Usted no se encuentra bien, Barton. Está indispuesto. Permita que llame un coche.—¿Indispuesto? No, no lo estoy. Pero a decir verdad —continuó el antiguo marino, esforzándose para recobrar la serenidad—, me siento fatigado, abrumado por el exceso de trabajo de estos días... y quizás algo inquieto. Como sabe, he estado en Chancery y un pleito largo siempre agota el sistema nervioso. Ya me repongo. ¿Reanudamos el paseo?—No, Barton. Siga mi consejo y váyase a casa. Realmente, necesita descansar. Le acompañaré hasta allí.Costó poco persuadirle, pues era cierto que el capitán deseaba encontrarse en su casa. Pero rehusó la compañía de su amigo y cuando al día siguiente, éste fue a interesarse por su salud, el criado le manifestó que su amo no había salido de su habitación, pero que no se trataba de nada grave y que al cabo de unos días estaría totalmente restablecido. Aquella misma noche, el capitán mandó a buscar al médico, reputado entre la alta sociedad de Dublín, y la entrevista resultó muy extraordinaria. Entró en detalles sobre los síntomas de su postración, pero de manera vaga, como si careciese de interés en su propia salud. Sin embargo, el doctor comprendió que su paciente tenía en la mente algún asunto de mayor importancia que su enfermedad. Le preguntó, entre otras cosas, si alguna circunstancia irritante ocupaba sus pensamientos. El enfermo lo negó presuroso y casi con enojo. Entonces, el doctor diagnosticó una leve indisposición con una fuerte alteración nerviosa, y para justificar su visita recetó un ligero calmante. Al despedirse, Barton exclamó, como recordando algo importante:—Perdone, doctor, pero iba ya a olvidarme. ¿Me permitirá que le dirija unas preguntas médicas un tanto extrañas? No obstante, de su solución depende una apuesta. ¿Me perdonará asimismo si le parezco poco razonable? El médico asintió y volvió a sentarse. Barton parecía tener cierta dificultad en comenzar el propuesto interrogatorio, pues guardó silencio unos minutos bajo la escrutadora mirada del médico; luego, se acercó a la biblioteca y permaneció de pie junto a ella.—Opinará que son unas preguntas infantiles —comenzó por fin—, pero no puedo cobrar mi apuesta sin una aclaración. Deseo saber primero algo respecto del tétano. Si un hombre padece de esa dolencia y fallece por ella, según asegura un forense de mediana habilidad ¿puede volver a la vida?El médico sonrió, meneando la cabeza negativamente.—Mas... puede cometerse un error —continuó Barton—. Supongamos que se trata de un ignorante, que pretende poseer la habilidad de un médico. ¿Podría equivocarse hasta el punto de confundir la muerte con un proceso de la enfermedad?—Nadie, ni el más profano que haya presenciado una muerte, podría equivocarse en un caso de tétano.—Voy a formularle una pregunta, quizás aún más ingenua. Pero antes dígame: ¿son los hospitales extranjeros, por ejemplo el de Napóles, muy vagos y complicados? ¿No puede caber algún error en la inscripción del nombre y señas de un paciente?—Lo siento, mas no puedo contestarle esa pregunta porque desconozco por completo el régimen interior de los hospitales extranjeros.—Gracias, doctor. Ahora, mi última pregunta. ¿Existe alguna enfermedad, en el vasto campo de las dolencias humanas, que produzca el efecto de contraer el esqueleto humano, haciendo que un hombre reduzca sus proporciones y sin embargo conserve la exacta semejanza con la sola excepción del volumen y la estatura? ¿Alguna dolencia o afección, no importa lo rara o poco conocida que sea, que pueda producir semejante efecto?El médico replicó con una sonrisa francamente negativa.—Entonces —prosiguió el capitán bruscamente—, si un hombre teme razonablemente el asalto de un loco que anda suelto ¿no puede conseguir un mandato de detención?—En realidad, esta pregunta debe de hacerla a un abogado —contestó el galeno—. Pero a mi -entender, si se formula tal petición a un magistrado, en un caso justificado, la misma será atendida.El doctor despidióse al fin, mas al llegar a la calle recordó haber olvidado los guantes y subió para recogerlos. Su reaparición fue igualmente embarazosa para los dos hombres, pues un papel que el médico reconoció como su receta ardía en ¡el fuego del hogar, y Barton expresaba un profundo abatimiento. El doctor poseía demasiado tacto para hacer demostración alguna, mas ya había visto lo bastante para temer la seguridad de que la dolencia que afectaba al capitán era puramente moral. Unos días después apareció en un periódico de Dublín el siguiente anuncio:Si Silvestre Yalland, antiguo hombre de trinquete, a bordo de la fragata de Su Majestad, Delfín, o su pariente más próximo, se dirigen al señor Hubert Smith, abogado, en su oficina, se les comunicará algo que puede interesarles. Puede irse allí a cualquier hora, hasta las doce de la noche, si se desea evitar las horas de despacho. Se observará el silencio y la discreción más absolutos sobre las comunicaciones que tengan carácter confidencial.El Delfín era el navío que el capitán Barton había mandado antaño. Los esfuerzos realizados para dar una gran publicidad al anuncio le sugirieron al médico ya mentado la idea de que la extraña inquietud de su extraordinario paciente guardaba alguna secreta relación con el citado individuo.El agente de publicidad no divulgó la menor información sobre el verdadero propósito del anuncio, y ni siquiera insinuó quién podía ser el anunciante.IV. Un extraño encuentro.Durante este período, Barton recobró sus antiguos hábitos, algo más sosegado ya. Sin la menor vacilación, aceptó una invitación de sus camaradas de club y aunque al principio mostróse melancólico y abstraído, bebió mucho más de lo acostumbrado, posiblemente con la secreta esperanza de disipar sus angustias bajo los efectos del alcohol. Cuando terminó estaba excitado y sus chistes provocaron ruidosas carcajadas. A las ocho y media se despidió de sus compañeros y se le ocurrió dirigirse a casa de la tía de Clara a pasar el resto de la velada junto a ésta.Así, en simpática y bulliciosa camaradería volaron las horas y al acercarse la medianoche, su artificial alegría comenzó a flaquear, pues los pensamientos penosos y el temor a lo desconocido volvieron a filtrarse de nuevo en su espíritu, desapareciendo como por ensalmo todo su buen humor. Al fin, despidióse con un desagradable presentimiento, y la mente acosada por mil aprensiones misteriosas que se esforzaba valientemente en desdeñar. Fue este orgulloso desafío a lo que consideraba como su debilidad, lo que le indujo aquella noche a tomar el camino que provocó su nueva aventura.Hubiera podido fácilmente buscar un coche, pero consciente de que la poderosa inclinación que sentía para ello nacía de lo que motejaba de temor supersticioso, no quiso acceder. También pudo regresar por un camino distinto al que le fue prohibido por su misterioso comunicante. Jamás ningún ser humano vio sus resoluciones tan sometidas a prueba como el capitán Barton cuando, conteniendo la respiración, puso los pies en la desierta calle que, a pesar de todo su escepticismo, estaba infestada por algún poder maligno en lo que a él concernía. Prosiguió rápidamente su camino casi sin respirar por la creciente ansiedad de aquel momento. No obstante, no se vio molestado por ningún ruido sospechoso, y empezaba ya a felicitarse de su decisión cuando, ya casi al extremo de la calle, vislumbró los faroles de otras más iluminadas y concurridas.Sin embargo, tal sentimiento de alivio fue momentáneo. La detonación de un arma de fuego a unos cien metros de distancia, a sus espaldas, y el zumbido de una bala rozándole la cabeza, disiparon su euforia de una manera desagradable y escalofriante. Su primer impulso fue volver sobre sus pasos en persecución del frustrado asesino, pero el camino a ambos lados estaba entorpecido por los cimientos de las casas, y más allá se extendían extensos solares llenos de estiércol y basura, y todo estaba tan silencioso como si jamás un disparo hubiese alterado aquella soledad. La futilidad de intentar la búsqueda del asesino era patente, sobre todo cuando no había la menor pista. Con las sensaciones tumultuosas, propias de un hombre cuya vida ha estado expuesta a un atentado criminal, el capitán Barton volvióse de nuevo y, sin apresurar el paso, continuó su camino.De pronto, después de unos minutos y como brotando del suelo, topó con el hombrecillo de la gorra de piel. El encuentro fue de lo más inesperado. El hombre andaba al mismo paso exagerado y con la misma expresión de amenaza que la vez anterior. Al pasar por su lado, le pareció oírle proferir unas nuevas amenazas, añadiendo:—¡Todavía vivo! ¡Todavía vivo!La inquietud provocada por estos acontecimientos produjo una alteración natural en la salud de Barton, de modo que el cambio no pudo pasar inadvertido. Mas por ciertas razones sólo de él conocidas, no hizo la menor gestión para denunciar el atentado a la policía; por el contrario, lo guardó celosamente para sí. De tal forma ocultó la verdadera causa de sus sufrimientos, que parecía dictada por la sospecha de que conocía el origen de su extraña persecución, pero que era de tal naturaleza que no se atrevía a revelarlo. El marino se concentró en sí mismo y constantemente ocupado por una ansiedad de persecución que no se atrevía a revelar a nadie, se excitó cada día más y más, sufriendo varios ataques que produjeron desastrosos efectos en su sistema nervioso. Y en esta condición, se vio obligado a soportar con frecuencia creciente las sigilosas visitas de aquella apari ción.Llegó el momento en que el capitán Barton, abandonando sus escrúpulos, decidió realizar una visita a un famoso predicador al que conocía levemente, mas de quien aguardaba un consuelo. Encontró al clérigo en sus habitaciones particulares del colegio, rodeado de innumerables libros que versaban sobre diversas materias de su devoción, como filosofía, teología, ciencias; al ser anunciada su visita, el doctor abandonó su trabajo para atenderle. En las maneras de Barton había algo embarazoso y excitado que contrastaba con su rostro macilento y descolorido de tal forma que impresionó al predicador, dándole la desagradable sensación de que su visitante sufría mucho, tanto moral como físicamente.Tras el usual intercambio de saludos y unas cuantas banalidades, el capitán Barton, que evidentemente observó la sorpresa que despertaba su visita, interrumpió una breve pausa para manifestar:—Sé que es ésta es una visita extraña. Quizás injustificada entre dos personas que tan sólo han sido presentadas. En circunstancias ordinarias, jamás me hubiera atrevido a molestarle, pero mi visita no es una intrusión vana ni impertinente. Estoy seguro de que comprenderá y disculpará mi intención cuando le exponga mis motivos.El pastor, sorprendido por el extraordinario preámbulo, le interrumpió dándole las seguridades que la buena educación exigía.—He venido a poner a prueba su paciencia —prosiguió Barton—, solicitando su consejo y ayuda. Cuando digo paciencia, podría añadir algo más, y tal vez sería mejor llamarle sus sentimientos humanitarios, su compasión, pues he sido y soy actualmente víctima de un tremendo sufrimiento. Para mí será una verdadera satisfacción poder aliviarle en algo; mas usted ya sabe...—Conozco sus objeciones —le atajó Barton—. Se me considera un incrédulo y, por tanto, incapaz de apreciar los auxilios de la religión, pero no dé tal cosa por cierta. No soy lo que se llama un creyente fervoroso, pero las circunstancias me han obligado a examinar recientemente a través de otro prisma la cuestión religiosa, y ello con un espíritu desprovisto de prejuicios.—Entonces, debo entender que su visita tiene relación directa o indirecta con las pruebas de la revelación —sugirió el clérigo.—No es esto exactamente; en realidad, me avergüenza confesar que no he considerado siquiera mis objeciones lo suficiente para expresarlas de manera concreta. Pero... pero hay un tema sobre el cual me siento particularmente interesado.Hizo una pausa y el reverendo le instó a proseguir.—Lo cierto es —siguió Barton—, que sea cual sea mi incertidumbre respecto a la autenticidad de lo que hemos dado en llamar revelación, estoy profunda y horriblemente convencido de un hecho: que más' allá de los límites de nuestra humana comprensión existe un mundo espiritual que a veces se nos puede revelar de una manera terrible. Estoy cierto, sé que existe un Dios justiciero y que la retribución sigue al delito, de maneras misteriosas, por medio de agentes inexplicables y espantosos. Existe un castigo espiritual. ¡Dios santo, cómo me he convencido de ello! ¡Un castigo implacable y omnipotente, bajo cuya persecución estoy sufriendo los tormentos de los malditos... los fuegos y el furor del infierno!Mientras Barton así se expresaba, su agitación era tan vehemente, que el reverendo se alarmó ante aquel extraordinario penitente. La frenética y excitada rapidez con que hablaba, y el indefinible horror que expresaban sus facciones descompuestas, en contraste con su frialdad y flema habituales, eran sorprendentes y penosos...

1 de mayo de 2010

El jugador

Narrada en primera persona, el autor refleja elementos autobiográficos para la redacción de El jugador. La pasión amorosa frustrada por la voluble seductora Pólina Súslova se proyecta en el personaje Alexéi Ivánovich y la esclavitud del juego ligada a la absoluta sujeción de sus relaciones amorosas. Recrea un medio en el que las preocupaciones económicas de varios de los personajes, constituye una angustiosa cotidianidad.
La pasión del azar y la fortuna los convierte en jugadores perdidos por la casualidad de la suerte. Compara la vida de jugador con la del presidiario encadenado a la rueda de la fatalidad, al igual que al enamorado atrapado por la fuerza de su destino amoroso. Como todo jugador, Dostoievski creía que su sistema de juego era infalible y que si perdía no era por culpa suya, sino porque no había jugado con sangre fría.
El argumento gira en torno a Alexei, pero para entender lo que le sucede tenemos que tener en cuenta las personas con las que se relaciona, el General, padrastro de Polina, mister Astley, Blanche de Comingeres, la abuela de Polina y Des Grieux. Todos estos personajes se mueven torno al amor, deseo, dinero, avaricia, hipocresía, todos se conocen entre sí pero ocultan secretos, unas veces secretos comentarios a voces y otras secretos tan ocultos que ni tan siquiera saben que los guardan.
El retrato de Alexéi Ivánovich, de la psicología general de los jugadores y de la atmósfera decadente de las salas de juego, cobra en este libro la veracidad y la exactitud de un morboso realismo. Dando así testimonio de la pasión que tenía Dostoievski por los juegos de azar.

El fantasma de Madam Crowl

Ahora soy una vieja: pero la noche que llegué a Applewale House tenía trece años recién cumplidos. Mi tía era allí ama de llaves, y una especie de carricoche de un caballo bajó para recogernos a mí y a mi equipaje en Lexhoe, y subirnos a Applewale. Al llegar a Lexhoe me encontraba un poco asustada, y cuando vi venir al vehículo y el caballo, me dieron ganar de volverme otra vez a Hazelden, con mi madre. Cuando entré en el shay —que así solemos llamar a esa clase de coche— iba hecha un mar de lágrimas, y el viejo John Mulberry, el cochero, que era muy buen hombre, me compró un puñado de manzanas en El León de Oro, por ver si así me iba consolando; también me contó que había pastel de grosellas, y té y chuletas de cerdo, esperándome, todo ello bien caliente, en el cuarto de mi tía en la casa grande. Era una bonita noche de luna, y me comí las manzanas mientras miraba por la ventanilla del shay.Es una vergüenza que unos caballeros disfruten metiendo miedo a una pobre niña ignorante como era yo. A veces pienso que, en realidad, lo hacen en broma. Pero el caso es que hubo dos de ellos sentados junto a mí en la diligencia que me había llevado hasta Lexhoe, quienes, después de caída la noche, cuando salió la luna, empezaron a preguntarme adónde iba. Bueno, pues yo les contesté que iba a servir a casa de la señora Arabella Crowl, de Applewale House, cerca de Londres.—¡Anda, Dios! —dijo uno de ellos—. Entonces no durarás allí mucho tiempo.Yo le miré como preguntándole: «¿Y por qué no?», pero no abrí la boca, ya que les había hablado una vez cuando les dije dónde me dirigía, y no me ha gustado nunca hablar con desconocidos.—Porque sí —dijo él—; y por tu vida, no digas a nadie ni media palabra; más sin decir nada, no le quites ojo; mírala y verás: la vieja está poseída por el demonio, y también por más de un fantasma. ¿Ya te habrás traído una Biblia contigo, no?—Sí, señor —dije yo, dado que mi madre había puesto mi pequeña Biblia en el baúl y yo sabía que estaba allí; y por cierto, aunque tiene una letra que es ya demasiado pequeña para mis viejos ojos, todavía la tengo en mi poder.Al mirarle, cuando dije «sí, señor» me pareció verle hacer un guiño a su amigo, pero no estoy segura.—Vaya —dijo él—, entonces que no se te olvide ponerla todas las noches debajo de la almohada, a ver si así te libra de las zarpas de la vieja.¡Cuando dijo esto, me entró tanto miedo que no os lo podéis ni imaginar! Y me entraron muchas ganas de preguntarle un sinfín de cosas acerca de la anciana señora, pero yo era muy tímida entonces, y él y su amigo se pusieron a hablar de sus asuntos, y no me atreví; conque, al llegar a Lexhoe, me bajé muy asustada. Y me desesperé de miedo y de tristeza cuando me vi en el shay por la oscura carretera. Los árboles eran muy gruesos y enormes, casi tan viejos como la vieja casa, y algunos de ellos tenían un tronco tan gordo que apenas lo habrían podido abarcar entre cuatro personas.Bueno, yo estiraba el cuello por la ventanilla para ver cuándo aparecía la casa grande; y, de repente, nos paramos en seco frente a ella. La casa era bien grande, ya lo creo, blanca y negra, con grandes vigas negras que asomaban, y torretas en lo alto, blancas como sábanas a la luz de la luna; y a las sombras de los árboles en la pared se les habría podido contar hasta las hojas; también tenía vidrieras con dibujos en forma de rombos, sobre todo en el gran ventanal del vestíbulo, y grandes contraventanas de estilo antiguo, abiertas hacia afuera; pero todas las demás ventanas estaban cerradas con cerrojo, debido a que no había en la casa más que tres o cuatro criados y la señora, y casi todas las habitaciones se hallaban cerradas también. El corazón se me salía por la boca cuando me dijeron que el viaje había terminado y que la casa grande se encontraba allí, delante de mí; dentro estarían mi tía, a quien nunca había visto hasta entonces, y Madam Crowl, a cuyo servicio iba a entrar yo, y que ya me daba miedo.En el vestíbulo, mi tía me dio un beso y me llevó a su cuarto. Era alta y delgada, de cara pálida, negros ojos y manos largas y finas, siempre calzadas con guantes negros. Tenía más de cincuenta años y hablaba poco, pero sus palabras eran ley. De ella no guardo queja alguna; sin embargo, era una mujer dura, y creo que hubiera sido más cariñosa conmigo si yo hubiese sido hija de su hermana en vez de serlo de su hermano. Pero dejemos eso, que ya pasó. El señorito se llamaba Mr Chevenix Crowl; era nieto de Madam Crowl, y se dejaba caer por allí unas dos o tres veces al año para ver si la anciana señora estaba bien atendida. Yo no le vi más que dos veces en todo el tiempo que estuve en Applewale House. Por mi parte, lo único que sé decir es que sí que estaba bien atendida, pese a todo, a causa de que mi tía y Meg Wyvern, la doncella, eran mujeres de conciencia y hacían las cosas bien.Mrs Wyvern —mi tía la llamaba Meg Wyvern, pero para mí debía ser Mrs. Wyvern— era una mujerona gruesa y alegre, de unos cincuenta años, metida en carnes, siempre de buen humor, que hacía las cosas muy despacio. Tenía un buen sueldo, mas resultaba un poquito roñosa, y tenía todos sus vestidos buenos guardados bajo llave, y llevaba puesto de continuo un trajecito de algodón de color chocolate, con puntillas y bordados rojos, amarillos y verdes, que le duraba una barbaridad de tiempo. Nunca me dio nada, ni siquiera por valor de un penique, en todo lo que estuve allí; pero tenía buen humor, siempre se estaba riendo y hablando sin parar y, viéndome tan triste y callada, procuraba animarme con sus risas e historias: creo que la quería más que a mi tía —así son los chicos, sólo quieren al que les da alegría y les cuenta cuentos—,aunque ésta era muy buena para mí, pero un poco dura en muchas ocasiones, y siempre tan callada...Mi tía me llevo a su cuarto y tuve que quedarme allí sola un buen rato mientras ella preparaba el té en otra habitación. Pero antes de irse me dio unos golpecitos en la espalda, me dijo que estaba muy alta y desarrollada para mi edad, y me preguntó si sabía coser y bordar; mirándome a la cara, dijo que era igual que mi padre, o sea su hermano, que ya estaba muerto y enterrado el pobre, y también que esperaba que fuese buena cristiana, y trabajase y me portase bien.Para ser la primera vez que puse el pie en su cuarto estuvo un tanto seca, digo yo. Cuando entré a tomar el té en la habitación de al lado, el cuarto de llaves —muy confortable, con todas las paredes de roble—, había un hermoso fuego de carbón, turba y leña ardiendo en la chimenea; y en la mesa, té, pastel caliente y comida humeante; allí estaba Mrs. Wyvern, tan lucida y tan alegre, charlando en una hora más que mi tía en todo un año. Mientras yo tomaba el té, la tía subió al piso de arriba a ver a Madam Crowl.—Ha subido a cerciorarse de si esa vieja Judith Squailes está despierta o no —dijo Mrs. Wyvern—. Judith es la que hace compañía a Madam Crowl cuando yo y Mrs. Shutters (éste era el nombre de mi tía) estamos fuera. La señora es una vieja muy molesta. Tendrás que tener los ojos bien abiertos con ella, porque si no, se te caerá al fuego o se te tirará por la ventana. Parece andar como movida por alambres a pesar de ser tan mayor.—¿Qué edad tiene, señora? —pregunté.—Noventa y tres son los últimos que cumplió, y de esto hace ya más de ocho meses —dijo, y se rió—, y no andes haciendo preguntas sobre ella delante de tu tía, fijate bien lo que te digo; tú tómala como es, y no pretendas saber más.—¿Cuál será mi trabajo para con ella, por favor?—¿Con la señora? Bueno —dijo—, ya te lo dirá tu tía, Mrs. Shutters; aunque me figuro que tendrás que hacerle compañía en su cuarto, mientras haces tus labores, ocuparte de que no haga diabluras, dejarla que se entretenga con sus cosas en la mesa, llevarle de comer o de beber cuando lo pida, cuidar de que no cometa tonterías, y sobre todo tocar la campanilla bien fuerte si ves que te da demasiada guerra.—¿Está sorda?—No, ni ciega tampoco —dijo—; es tiesa como un hueso, pero está un poco chiflada y no se acuerda bien de las cosas; lo mismo le da Jack el Matador de Gigantes o Juanito Dos zapatos, que la corte del Rey o los asuntos del país.—¿Qué hizo la otra chica para que la echaran, señora; la que se fue el viernes? Mi tía le escribió a mi madre que se había ido.—Se fue, sí.—¿Por qué? —volví a preguntar.—Me figuro que no acudiría cuando la llamó Mrs. Shutters —respondió—, no sé. No hables tanto. A tu tía no le gustan las niñas charlatanas.—Señora, por favor, ¿la anciana señora se encuentra bien de salud?—No hay mal alguno en preguntar eso, hija. Estuvo un poco pachucha últimamente, pero ya está mejor desde la semana pasada, y yo me atrevo a asegurar que durará aún hasta llegar a los cien años. ¡Chst! Ya está aquí tu tía, viene por el pasillo.Entró y se puso a hablar con Mrs. Wyvern, y yo, que empezaba a sentirme más a gusto como en mi propia casa, estuve dando vueltas por el cuarto, curioseándolo todo por aquí y por allá. Había cosas preciosas, de china, en el vasar, y cuadros en la pared; y una puerta abierta en la madera que revestía la pared, y vi una especie de camisa vieja y extraña, de cuero, toda llena de correas y hebillas, con unas mangas colgando tan largas que llegaban casi al suelo; camisa que estaba allí dentro del armario.—Niña, ¿qué andas enredando por ahí? —dijo mi tía, bastante enfadada, volviéndose hacia mí cuando menos lo esperaba yo—. ¿Qué has cogido?—Esto, señora —respondí, volviéndome con la chaqueta de cuero en las manos—.No sé que es.Pese a su palidez, se le arrebolaron las mejillas, sus ojos brillaron de ira, y pensé que, si quisiera pegarme, apenas tendría que dar media docena de pasos, pero no me dio más que un cachete en la espalda y me dijo: -Mientras estés aquí, no te metas en nada que no te importe, volvió a colgarla otra vez en la percha, cerró la puerta del armario de golpe y echó a toda prisa la llave. Mrs. Wyvern no paró en todo el tiempo de reír y alzar las manos, sin abandonar su silla, y de retorcerse como solía cuando le daba por soltar carcajadas. Yo tenía los ojos llenos de lágrimas, y ella hizo un guiño a mi tía, y dijo, secándose los ojos, que le lloraban de tanto reír:—Vamos, déjela, la chica no lo ha hecho con mala intención. Ven aquí conmigo, guapa. Esa chaqueta no es más que un camisón para niñas malas; y si no nos preguntas cosas y eres obedientes, no te tendremos que decir mentiras. Conque, ¡hala!, ven aquí, siéntate, y después de beber un vasito de cerveza, vete a la cama.Mi habitación, fijaos bien, estaba en el piso de arriba, justamente al lado de la que ocupaba la anciana señora; Mrs. Wyvern dormía en una cama situada junto a la de aquélla, dentro del cuarto de Madam, y yo debía estar atenta a las llamadas por si me necesitaba. La anciana señora tenía esa noche una de sus pataletas, que ya arrastraba de todo el día. Solía tener los ataques cuando le entraba morriña. A veces no dejaba que la vistieran y otras no les dejaba que la desnudasen. Decían que, de joven, había sido una gran belleza. Pero no había nadie en todo Applewale que la recordase en sus años mozos. Todavía era muy presumida, le gustaban muchísimo los vestidos, poseía pesadas sedas, almidonados satenes, terciopelos y encajes, y de todo, lo bastante para abastecer lo menos siete tiendas. Todos sus vestidos estaban pasados de moda y eran muy raros, mas valían una fortuna. Bien, me fui a la cama. Y allí estuve un buen rato despierta, porque todas las cosas me resultaban nuevas y extrañas, y además debía de tener el té agarrado a los nervios, ya que no estaba acostumbrada a tomarlo; no lo hacía más que en fiestas y ocasiones por el estilo. Oí a Mrs. Wyvern hablar, y para ello me puse la mano en la oreja, pero no pude escuchar a Madam Crowl, y ni siquiera sé si ésta dijo una sola palabra.Todos se preocupaban mucho de ella. La servidumbre de Applewale sabía que, en el momento que muriese, quedarían sin nada, y sus empleados eran cómodos y bien pagados. El doctor venía dos veces por semana a ver a la anciana señora, y podéis estar seguros de que todos hacían lo que él ordenaba. Siempre había el mismo mandato: no debían nunca regañarla ni llevarle la contraria de ningún modo, sino seguirle la corriente y darla gusto en todo. Conque, por lo visto, se pasó toda la noche tumbada vestida en la cama, y todo el día siguiente sin decir ni una sola palabra; por mi parte, pasé todo el día en mi cuarto dedicada a la costura, y sólo bajé a comer. Tenía ganas de ver a la anciana señora, y también de oírle hablar. Pero, por lo que a mí me toca, igual hubiera dado que estuviera en Londres. Después de comer, mi tía me mandó fuera a dar un paseo durante una hora. Me alegré de volver otra vez a la casa, de tan grandes como eran los árboles y lo oscuro y solitario del paraje; pensando en mi casa me había hartado de llorar mientras paseaba a solas por allí. Aquella noche, estaban ya encendidas las velas y yo sentada en mi cuarto cuando se abrió la puerta de la habitación de Madam Crowl, donde también se hallaba mi tía. Entonces fue la primera vez que oí lo que me figuro que sería la voz de la vieja señora.Era un ruido extraño, parecido no sé bien a qué, si al hecho por un pájaro o una bestia, sólo que tenía como un algo de balido, y era muy débil. Agucé mis oídos para no perder nada de lo que decía. Pero no pude entender ninguna de las palabras que pronunció. Únicamente que mi tía le contestaba:—El demonio no puede hacer daño a nadie, señora, si no lo permite el Señor.Entonces la misma vocecilla extraña que salía de la cama dijo algo más que tampoco pude entender. Y mi tía volvió a contestar:—Déjeles que pongan las caras que quiera, señora, y que digan lo que se les antoje; si el Señor está con nosotras nadie nos podrá hacer ningún mal.Yo seguía escuchando, la oreja vuelta hacia la puerta, conteniendo la respiración, pero no salió del cuarto ni una palabra ni un ruido más. Durante unos veinte minutos estuve sentada a la mesa, mirando los santos de un libro de fábulas del viejo Esopo, y me di cuenta de que algo se movía en la puerta de mi cuarto y, levantando la vista, vi la cara de mi tía, quien me miraba desde allí mientras se llevaba un dedo a los labios.—¡Chist! —dijo muy bajito, se acercó a mí de puntillas y me dijo en un susurro—:Gracias a Dios se ha quedado dormida por fin; no hagas ruido hasta que yo vuelva, voy abajo a tomar una taza de té y en seguida regresaremos yo y Mrs. Wyvern; ella dormirá con la señora en su cuarto, tú podrás bajar cuando subamos nosotras, y Judith te llevará la cena a mi cuarto.Dicho esto, se fue. Seguí mirando el libro de los dibujos, como antes, y escuchando a cada paso, pero no pude oír ni un ruido ni un suspiro; y me puse a decirles cosas en voz baja a los dibujos y a hablar conmigo misma para mantener mi moral, pues empezaba a tener miedo, sola como estaba en aquel cuarto tan grande. Luego me levanté y empecé a pasearme por él, mirando esto, atisbando lo otro, para entretenerme, ya comprenderéis. Por fin me atreví a echar alguna mirada a hurtadillas en la alcoba de Madam Crowl.Era una alcoba grande, tenía una cama enorme con dosel y cortinas de seda floreada, tal altas que llegaban cerradas alrededor de la cama. Había un espejo, el más grande que había visto en mi vida, y la habitación era una ascua de luz. Conté hasta veintidós candelabros, todos encendidos. Tal era su capricho, que nadie se atrevía a negárselo. Escuché desde la misma puerta, sin atreverme a pasar, boquiabierta y maravillada de todo. Como no se oía ni un suspiro ni se veía el menor movimiento de las cortinas, me armé de valor, entre de puntillas en el cuarto y volví a mirar a mi alrededor. Entonces, me eché una ojeada en el espejo grande, y por fin me vino la idea a la cabeza: «¿Por qué no acercarme y echar una mirada a la vieja señora que está en la cama?».Me tomaréis por loca con sólo saber la mitad de las ganas que tenía de ver a Madam Crowl. Por mi parte, me dije que si no la veía en aquel momento, tendría que esperar a lo mejor muchos días antes de que se me presentase otra ocasión. Pues bien, escuchadme, me acerqué a la cama, que tenía corridas las cortinas; casi se me paraba el corazón. Pero cogí valor, pasé un dedo por entre los pesados cortinones, y después la mano entera. Y así me quedé, esperando un poco, mas todo estaba callado como la muerte. Conque, despacio, despacito, fui corriendo la cortina, y allí vi ante mí, extendida como la mujer esa que hay en una tumba de la iglesia de Lexhoe, a la famosa Madam Crowl de Applewale House. Allí estaba, vestida por completo. Nunca veréis nada parecido en estos tiempos. Satenes y sedas, escarlata y verde, oro y brocados. ¡Dios mío, qué espectáculo! Tenía puesta en la cabeza una peluca toda empolvada, enorme, casi tan grande como ella. ¡Y qué de arrigas, Señor mío! ¡Con la vieja garganta llena de bolsas, toda empolvada de blanco, las mejillas pintadas de rojo, y con las cejas postizas, que le solía pegar Mrs. Wyvern, allí estaba, grande y tiesa, con un par de medias de seda a cuadros, y unos tacones en los zapatos como de un palmo de altos! ¡Virgen Santa! Tenía una nariz ganchuda y delgada, y los ojos medio abiertos, de modo que se le veía casi la mitad de lo blanco. Tal como aparecía vestida ahora, solía ponerse en pie y mirarse en el espejo, dando paseítos y sonriéndose ante él, y haciendo monerías con un abanico en la mano y un ramillete de flores prendido en el corpiño. Sus arrugadas manitas estaban extendidas a ambos lados, y uñas tan largas y puntiagudas como las suyas no las he visto en mi vida jamás. ¿Puede haber sido moda alguna vez entre los ricos gastar unas uñas así?Bueno, creo que también vosotros os hubieseis asustado de contemplar un espectáculo como aquél. Yo no podía soltar la cortina ni moverme una pulgada ni quitarle los ojos de encima; hasta el corazón se me había parado. Y de repente vi que abría los ojos, se incorporaba, se daba la vuelta, se me bajaba de la cama, metiendo ruido al dar con sus tacones, comiéndome el rostro con sus grandes ojos vidriosos, mientras sonreía de forma pícara y maligna con sus labios arrugados y sus largos dientes postizos. Vaya; un muerto es cosa natural, digo yo pero éste es la visión más espantosa que he visto en mi vida. Me apuntaba con los dedos y su espalda estaba encorvada por la edad. Dijo:—¡Tú, pequeña! ¿Por qué andas por ahí diciendo que yo maté al niño? ¡Te voy a hacer cosquillas hasta dejarte más tiesa que un muerto!Si lo hubiera pensado un momento, me habría dado la vuelta y hubiera escapado. Pero no podía quitar mis ojos de ella, de forma que, tan pronto como pude, empecé a retroceder; mas ella vino detrás de mí, taconeando, moviéndose como con alambres, los dedos apuntados hacia mi garganta, y haciendo todo el tiempo ruido con la lengua, algo que sonaba así como zizz-zizz-zizz. Seguí retrocediendo y retrocediendo tan deprisa como podía, sus dedos estaban ya sólo a pocas pulgadas de mi cuello, y sentí que perdería el juicio sólo con que llegase a tocarme.Continué retrocediendo hasta alcanzar el rincón del cuarto, y lancé tal grito que cualquiera diría que se me partía cuerpo y alma; en ese momento mi tía, desde la puerta, pegó fuerte una voz, la vieja señora se tornó hacia ella, y yo me di la vuelta, salí corriendo, atravesé mi cuarto, y luego fui escaleras abajo todo lo aprisa que podían llevarme las piernas. Lloré con toda el alma, os lo puedo asegurar, cuando, por fin, me vi en el cuarto de llaves. Mrs. Wyvern se rió mucho cuando le conté lo que me había pasado. Pero cambió de tono cuando oyó las palabras que me había dicho la vieja señora.—A ver, repítemelas otra vez —dijo.Así lo hice yo:—¡Tú pequeña! ¿Por qué andas diciendo por ahí que yo maté al niño? ¡Te voy a hacer cosquillas hasta dejarte más tiesa que un muerto!—¿Y tú habías dicho que ella había matado a un niño? —preguntó ella.—No, señora —dije yo.Pasado esto, Judith siempre se quedaba conmigo cuando las dos mujeres dejaban a la señora. Antes me hubiera tirado por la ventana que quedarme a solas con ella en la misma habitación. Cosa de una semana después, si mal no recuerdo, Mrs Wyvern, un día que estábamos las dos solas, me dijo una cosa de Madam Crowl que no sabía yo. Resulta que, de joven, siendo una gran belleza, hacía ya de eso lo menos setenta años, se casó con el señor Crowl de Applewale. Él era viudo y tenía un hijo de unos nueve años. A partir de cierta mañana, nunca se volvió a saber nada del niño. Ninguna persona pudo decir qué había sido de él. Le dejaban demasiada libertad, y solía irse de paseo por las mañanas; unos días iba a la casita de los guardas, desayunaba con ellos, luego se dirigía a las conejeras y no volvía a casa, a lo mejor, hasta la noche; y otras veces bajaba hasta el estanque, se bañaba y pasaba el día pescando o remando en un bote. Bien, el caso es que nadie pudo decir qué había sido de él; sólo esto: que encontraron un sombrero junto al estanque, bajo un espino que hay allí y todavía sigue hoy en día, y se pensó que se habría ahogado. Entonces le correspondió toda la herencia al hijo segundo matrimonio del señor Crowl, o sea al que tuvo con esta Madam Crowl que tanto ha vivido. Y el hijo de éste, o sea el nieto de la anciana señora, Mr. Chevenix Crowl, era el propietario de todos los bienes de la época en que yo estuve en Applewale.Relacionado con aquello había habido muchas habladurías, mucho tiempo antes de que mi tía se colocase allí, y éstas sugerían que la madrastra sabía mucho más del asunto de lo que parecía. Y también que sabía manejar a su esposo, al viejo señor Crowl, y sacar de él lo que deseaba con sus halagos y gramática parda. Pero como el niño no se le volvió a ver más, con el transcurso del tiempo las cosas se fueron borrando de la memoria de las gentes. Ahora os contaré lo que vi con mis propios ojos. Todavía no llevaba yo seis meses en la casa, cuando aquel invierno la anciana señora cogió su última enfermedad. El doctor tenía mucho miedo de que fuese a darle un ataque de locura, ya que le había dado una hacía quince años y la tuvieron que tener sujeta durante mucho tiempo con una camisa de fuerza, que era la misma de cuero que había visto yo en el armario trasero del cuarto de mi tía.Bueno, pues no le dio. Se consumió, se retorció, se fue yendo poquito a poco y bastante tranquila hasta un día o dos antes de pasar a mejor vida, en que se le ocurrió blasfemar y a veces soltar unos gritos que no parecían sino que la estuvieran cortando el cuello; también la daba por escaparse de la cama, y como no estaba lo bastante fuerte para andar, ni siquiera para tenerse en pie, se caía al suelo con sus viejas manos marchitas extendidas hacia adelante, y desde allí seguía pidiendo clemencia a gritos. Como os podéis figurar, yo no entraba para nada en la habitación, solía quedarme en la cama, temblando de miedo al oír sus gritos y pataleos. ¡Y gritaba unas palabras que ponían la carne de gallina!Mi tía, Mrs. Wyvern, Judith Squailes y una mujer de Lexhoe no se apartaban de su lado. Pero, por fin, le vinieron los ataques, y éstos terminaron con su vida. El párroco estuvo allí y rezó por ella, pero ella dijo que no estaba para oraciones. Me figuro que, cuando lo dijo, sus motivos tendría, pero a nadie de los reunidos le pareció bien; y así fue como pasó definitivamente a mejor vida, todo se acabó, y la anciana Madam Crowl fue amortajada y metida dentro de la caja, y se avisó por escrito a Mr. Chevenix. Pero éste estaba entonces en Francia, y dado que la tardanza en regresar iba a ser tan grande, el párroco y el doctor se pusieron de acuerdo, conviniendo que no se la debía tener mucho tiempo sin enterrar; y al entierro no se atrevió a ir nadie más que ellos dos, junto con mi tía y el resto de nosotros, los de Applewale. De modo que a la vieja señora de Applewale la pusieron en la cripta que hay debajo de la iglesia de Lexhoe, y nosotras seguimos viviendo en la casa grande hasta que volviese el señor y nos dijera qué pensaba hacer con nosotras, nos pagase lo que le pareciese y nos despidiera si quería.A mí me trasladaron a otra habitación, dos puertas más allá de la que había sido de Madam Crowl antes de su muerte, y esto sucedió la noche antes de que llegase a Applewale Mr. Chevenix. El cuarto que yo habitaba ahora era grande y cuadrado, con las paredes de roble, pero sin más muebles que mi cama, que no era de cortina, y una silla y una mesa que no abultaban nada en una habitación tan grande. Y aquel enorme espejo donde se solía mirar y admirar de pies a cabeza la vieja señora, ahora que no servía para nada, lo habían quitado de allí y lo habían traído a mi cuarto, dejándolo apoyado contra la pared, pues habían tenido que mudar de sitio y quitar muchas cosas en su habitación, como os podéis figurar, cuando la metieron en la caja.Aquel día tuvimos la noticia de que Mr. Chevenix llegaría a Applewale a la mañana siguiente; y no era yo quien lo sentía, porque estaba segura de que me mandaría otra vez a casa, con mi madre. Y qué contenta me ponía al pensar en mi hogar, en mi hermana Janet, en el gatito y en las empanadas, en Trimmer y todo lo demás, sintiéndome tan feliz que no podía dormir. El reloj dio las doce, yo seguía completamente despierta, y el cuarto tan negro como la tinta. Mi posición era dando la espalda a la puerta y la cara a la pared de enfrente. Pues bien, no serían más de las doce y cuarto cuando, de pronto, veo una luz contra la pared frente a mí, como si hubiera algo encendido a mis espaldas; las sombras de la cama, de la silla y de mi vestido, colgado en el muro, bailoteaban arriba y abajo; rápidamente, giré la cabeza por encima del hombro, pensando que debía haber algo ardiendo allí detrás.Y lo que vi, ¡Virgen Santa!, fue la apariencia de la vieja bruja, adornado con sedas y terciopelos su cuerpo de muerta, sonriendo tontamente, los ojos tan abiertos como platos, y una cara como la del mismo demonio. Había una luz roja que salía de ella igual que un resplandor, como si sus vestidos estuvieran ardiendo. Venía derecho a mí con sus viejas manos sarmentosas engarfiadas, como si fuera a arañarme. Yo no podía ni moverme, pero ella pasó de largo, a mi lado, con una ráfaga de aire frío, y la vi llegar a la pared de enfrente, a la rinconera (como llamaba mi tía a aquel cuartucho), donde solían poner la cama de gala en los viejos tiempos, y allí en el fondo abrir una puerta y buscar a tientas con las manos algo que allá tenía que haber. Yo nunca había visto la puerta aquella, o no me había fijado. Luego se volvió hacia mí, como girando sobre un eje, se puso a hacer gestos y, de repente, ya estaba otra vez toda la habitación a oscuras y yo de pie en el rincón más alejado de la cama. Ni sé cómo llegué hasta allí, pero, por fin, recobré otra vez el habla y empecé a dar unos gritos horribles que resonaron por toda la galería y que casi arrancaron de cuajo la puerta de Mrs. Wyevern, asustándola tanto que estuvo a punto de perder el juicio.Os podéis figurar lo que dormiría yo en lo que quedó de noche; con el alba, bajé al cuarto de mi tía tan aprisa como pudieron llevarme mis piernas. Bueno, mi tía no me regañó ni me castigó, como temía, sino que me cogió de la mano y me estuvo mirando a la cara fijamente todo el tiempo. Me dijo que no tuviera miedo, y me preguntó:—¿Tenía la aparición una llave en la mano?—Sí —contesté teniendo que hacer un esfuerzo para acordarme—, una llave grande con un puño de bronce muy raro.—Aguarda un poco —me dijo, soltando mi mano y abriendo la puerta del parador—,¿era como ésta? —preguntó, sacando una y enseñándomela, mientras me lanzaba una extraña mirada.—Esa misma —respondí en seguida.—¿Estas segura? —dijo, y sentí como si fuera a marearme.—Bueno, niña, está bien —dijo en voz baja, y la guardó otra vez—. Hoy vendrá el señor en persona, antes de las doce, y le contarás todo lo que sabes; y como me figuro que pronto me despedirán, lo mejor que puedes hacer es volverte esta misma tarde a tu casa, yo te buscaré, cuando pueda, otro sitio para que trabajes.Como imaginaréis, escuché con gusto esas palabras. Mi tía empaquetó mis cosas y las tres libras que me debían, para que me lo llevase todo a casa, y el señor Crowl en persona llegó ese día a Applewale; era un hombre guapo, de unos treinta años de edad, a quien veía por segunda vez. Aunque ésta fue la primera que me dirigió la palabra. Mi tía estuvo hablando con él en el cuarto de llaves y no sé qué dirían. Yo estaba un poco cortada por la presencia del señor, un gran caballero de Lexhoe, y no atrevía a hablar si no me preguntaban. Él me dijo, sonriendo:—¿Qué es lo que viste, guapa? Tuvo que ser un sueño, pues ya sabes que esas cosas no existen en el mundo. Pero sea lo que fuere, jovencita, te vas a sentar y nos vas a contar todo lo que sabes del principio al fin.Bien, cuando terminé de contarlo, quedó pensando un rato y luego dijo a mi tía:—Conozco bien el sitio. En tiempos del viejo sir Oliver, el cojo Wyndel me dijo una vez que había una puerta en esa especie de nicho, a la izquierda, precisamente en el sitio donde soñó la chica que se dirigía mi abuela. Él tenía más de ochenta años cuando me lo dijo, y yo era sólo un chiquillo. De esto hace veinte años. Antiguamente, antes de que construyeran la caja de caudales que hay ahora en el salón de los tapices, se solían guardar allí los cubiertos y las joyas. Me contó el cojo que la llave tenía una empuñadura de bronce, y ésta dice usted que la ha encontrado en la caja de los abanicos de mi abuela. Ahora bien, ¿no tendría gracia que encontrásemos allí algunas cucharillas o diamantes olvidados? Tú sube con nosotros, mocita, y nos señalarás el sitio exacto.A mí, en cambio, aquello no me hacía gracia alguna, y tenía el corazón en la boca, así que en cuanto entré en la espantosa habitación, me cogí de la mano de mi tía y les explique cómo había ocurrido la aparición de la vieja señora, cómo pasó de largo junto a mí y el sitio donde se puso y dónde pareció abrirse la puerta.Había una viejo armario vacío en la pared y, al correrlo, encontramos en el artesonado señales de una puerta, con una cerradura atascada con tacos de madera, tan cepillada y pintada que no se la distiguía del resto, ya que tenía todas las juntas rellenas de masilla del mismo color del roble; y, si no hubiera sido por los goznes, que sí se notaban, nunca se nos hubiera ocurrido imaginar que existía cuando corrimos el armario.—¡Ah! —dijo él, con una rara sonrisa—. Ésta parece que es.Tardó unos cuantos minutos en sacar el tarugo de madera de la cerradura, con ayuda de un pequeño formón y un escoplo. La llave agarró y, haciéndola girar con fuerza, el pestillo se corrió rechinando terriblemente, empujó él la puerta y ésta se abrió. Allí dentro había otra puerta más, todavía más extraña que la primera, pero la cerradura estaba quitada y se abrió fácilmente. Daba a un cuartito pequeñísimo, con su bóveda y sus paredes de ladrillo; no pudimos ver lo que había dentro, pues aquello estaba negro como boca de lobo. Mi tía encendió una vela y el señor Crowl la cogió y entró. Ella se puso de puntillas para mirar por encima del hombro de éste, yo no vi nada.—¡Ah! ¡Ah! —dijo el señor, dando un paso atrás—. ¿Qué es eso? ¡Rápido, tráigame una atizador! —dijo a mi tía. Y cuando ella se dirigió a la chimenea a cogerlo, yo miré junto al brazo de él, y vi acurrucado en el suelo, en el rincón del fondo, un mono o algo parecido, con todo el pecho desollado, una cosa de lo más arrugada, marchita y seca que he visto en mi vida.—¡Virgen Santa! —dijo mi tía, mirando por encima del hombro del señor Crowl y viendo la nada agradable cosa, al darle el atizador—. ¡Tenga, señor, cuidado con lo que hace! Salgamos y cierre bien la puerta.Pero él, en lugar de hacerle caso, avanzó con cuidado, con el atizador cogido como si fuera una espada, y dio a la cosa un golpecito con el hierro, ésta se vino abajo, con su cabeza y todo, y quedó convertida en un montón de huesos y polvo, poco más de un puñado. Eran los huesos de un niño; todo lo demás se deshizo con sólo tocarlo. Quedaron callados durante un rato, él estuvo dándole vueltas a la calavera que había en el suelo. A pesar de ser entonces yo muy joven, creo que sabía bastante bien en qué estaban pensando.—¡Un gato muerto! —dijo él, empujándome hacia afuera, soplando la vela y cerrando la puerta—. Volveremos usted y yo, Mrs. Shutters, y miraremos luego por las estanterías. Tengo antes otros asuntos que tratar con usted. Esta chica que regrese a su casa, ya lo sabe usted. Se le ha pagado lo que se le debía, además yo le haré un regalo —dijo, dándome golpecitos en el hombro con una mano.Me dio nada menos que una libra entera, me fui a Lexhoe cosa de una hora después, luego a casa en la diligencia, ¡y poco contenta que me vi de encontrarme en mi hogar otra vez! Nunca más volví a ver a la anciana Madam Crowl de Applewale, gracias a Dios, ni en aparición ni en sueño. Pero, cuando crecí y me hice mujer hecha y derecha, mi tía pasó una vez un día y una noche conmigo en Littleham, y me contó que no había duda de que aquel pobre niño que decían que se había perdido hacía tanto tiempo, lo había encerrado aquella maldita bruja, hasta que murió en ese cuarto oscuro, desde donde no se podían oír sus gritos, sus ruegos o sus golpes, y que ella misma dejó su sombrero a la orilla del agua para hacer creer que se había ahogado. Los trajes, con sólo tocarlos, se convirtieron en polvillo fino en la celda donde se encontraron los huesos. Pero había un puñado de botones de azabache y una navaja con mango verde, junto con un par de peniques que la pobre criatura llevaba, sin duda, en los bolsillos cuando lo encerraron allí y vio la luz por última vez. Y entre los papeles del señor Crowl existía una copia del anuncio que habían puesto cuando se perdió el niño, en el cual decía el señor anterior que, a su juicio, la criatura debía de haberse escapado o que si no, tal vez, lo habrían robado unos gitanos; y también que el niño llevaba una navajita con el mango verde, y que todos los botones de sus traje eran azabache. Esto es todo lo que os sé decir en relación a la anciana Madam Crowl de Applewale House.

Noche blanca

No hay en nuestra casa más que un lecho, demasiado ancho para ti, un poco estrecho para nosotros dos. Es casto, blanco del todo, desnudo del todo; ningún cubrecama oculta, en pleno día, su honesto candor.
Los que vienen a vernos lo miran tranquilamente, y no vuelven los ojos con un aire cómplice, porque está marcado, en medio, por un solo valle, como el lecho de una muchacha que duerme sola.
Los que entran aquí no saben que cada noche el peso de nuestros cuerpos juntos ahonda un poco más, bajo su mortaja voluptuosa, ese valle no más amplio que una tumba:
¡Oh, nuestro lecho desnudo! Una lámpara deslumbrante, inclinada sobre él, lo desviste más todavía. No buscamos, en el crepúsculo, la sombra sabia, de un gris de araña, que filtra un dosel de encaje; ni la luz rosa de una lamparilla color de conchas marinas... Astro sin alba y sin ocaso, nuestro lecho no cesa de irradiar más que para hundirse en una noche profunda y aterciopelada.
Un halo de perfume lo nimba; respira fragancia, rígido y blanco como el cuerpo de una bienaventurada difunta. Es un perfume complicado que sorprende, que se respira con atención, con la preocupación de distinguir el alma rubia de tu tabaco preferido, el aroma más rubio de tu piel tan clara, y ese sándalo quemado que se exhala de mí; pero este agreste olor de hierbas aplastadas, ¿quién puede decir si es mío o tuyo?
¡Acógenos esta noche, oh nuestro lecho, y que tu fresco valle se ahonde un poco más bajo la somnolencia febril con que nos ha embriagado una jornada de primavera en los jardines y en los bosques!
Yazgo sin movimiento, la cabeza sobre tu dulce hombro. Voy a descender, seguramente hasta mañana, al fondo de un negro sueño, un sueño tan obstinado, tan cerrado, que las alas de los sueños vendrán en vano a golpearlo. Voy a dormir... Espera tan sólo que busque, para la planta de mis pies que hormiguea y arde, un sitio fresco del todo... Tú no te has movido. Respiras con largas aspiraciones, pero siento tu hombro todavía despierto, atento a ahuecarse bajo mi mejilla... Durmamos... Las noches de mayo son tan cortas... A pesar de la oscuridad azul que nos baña, mis párpados están todavía llenos de sol, de llamas rosas, de sombras que se mueven, balanceadas, y contemplo mi jornada con los ojos cerrados, como se inclina una detrás del abrigo de una persiana, sobre un jardín de verano deslumbrante.
¡Cómo palpita mi corazón! Oigo también el tuyo bajo mi oreja. ¿No duermes tú? ¿No duermes? Levanto un poco la cabeza, adivino la palidez de tu rostro caído hacia atrás, la sombra salvaje de tus cortos cabellos. Tus rodillas son frescas como dos naranjas... Vuélvete hacia mi lado, para que las mías les roben ese liso frescor.
¡Ah! ¡Durmamos...! Mil hormigas corren mil veces, con mi sangre, bajo mi piel. Los músculos de mis tobillos palpitan, mis orejas tiemblan, y nuestro dulce lecho, ¿está sembrado de agujas de pino, esta noche? ¡Durmamos! ¡Lo quiero!
No puedo dormir. Mi insomnio feliz palpita, alegre, y adivino, con tu inmovilidad, el mismo abatimiento tembloroso... Tú no te mueves. Tú esperas que yo me duerma. Tu brazo se aprieta, a veces, en torno de mí por tierna costumbre, y tus pies encantadores se entrelazan con los míos... El sueño se acerca, me roza y huye... ¡Lo veo! Es semejante a esa mariposa de pesado terciopelo que yo perseguía en el jardín inflamado de iris... ¿Recuerdas? ¡Qué luz, qué impaciente juventud exaltaba toda aquella jornada...! Una brisa ácida y apresurada lanzaba sobre el sol una humareda de nubes rápidas, ajaba al paso las hojas demasiado tiernas de los tilos, y las flores del nogal caían convertidas en orugas enrojecidas sobre nuestros cabellos, con las flores de las paulonias, de un morado lluvioso de cielo parisiense... Los brotes de las grosellas que tú magullabas, la acedera salvaje en forma de rosa en medio del césped, la menta tierna del todo, todavía morena, la salvia vellosa como una oreja de liebre, todo desbordaba un jugo fuerte y pimentado, del que mezclaba en mis labios el gusto de alcohol y de taronjil. Yo no sabía más que reír y gritar, pisoteando la larga hierba jugosa que manchaba mi vestido... Tu alegría tranquila velaba sobre mi locura, y cuando he tendido la mano para alcanzar aquellos agavanzos, ¿sabes? de un rosa tan conmovedor, la tuya ha roto la rama antes que yo, y has quitado, una por una, las espinitas curvadas, color de coral con forma de garras... Me has dado las flores desarmadas...
Me has dado flores desarmadas. Me has dado, para que descanse jadeante, el mejor sitio a la sombra, bajo el árbol de lilas de Persia con racimos maduros. Has recogido para mí las anchas azulinas de las canastillas, flores encantadas cuyo corazón velloso emana olor a albérchigo... Me has dado la nata del botecito de leche, en la hora de la merienda; cuando mi hambre feroz te hacía sonreír... Me has dado el más dorado pan, y veo todavía tu mano transparente al sol, alzada para arrojar la avispa que se ahogaba, cogida en los rizos de mis cabellos... Has colocado sobre mis espaldas una ligera capa cuando una nube más larga ha pasado lentamente, hacia el fin del día, y he temblado toda sudorosa, ebria del todo, de un placer sin nombre entre los hombres, el placer ingenuo de los animales, felices en la primavera... Me has dicho: «Vuelve... Párate... Regresemos.» Me has dicho...
¡Ah! Si pienso en ti se acabó mi descanso. ¿Qué hora acaba de sonar? He aquí que las ventanas azulean. Oigo palpitar mi sangre, o tal vez es el murmullo de los jardines, allá lejos... ¿Duermes? No. Si acercara mi mejilla a la tuya sentiría temblar tus cejas como el ala de una mosca cautiva... Tú no duermes. Espías mi fiebre. Me guareces contra los malos sueños; piensas en mí como pienso en ti, y fingimos, por un extraño pudor sentimental, un apacible sueño. Mi cuerpo entero se abandona distendido, y mi nuca pesa sobre tu dulce espalda pero nuestros pensamientos se aman, discretamente, a través de esta alba azul, tan presta a crecer.
Pronto la barra luminosa, entre las cortinas, va a avivarse, a tornarse rosa... Unos cuantos minutos más, y podré leer en tu hermosa frente, en tu mentón delicado, en tu boca triste y tus párpados cerrados, la voluntad de aparecer dormido... Es la hora en que mi cansancio, mi insomnio enervador no podrán ya callarse, en que sacaré los brazos fuera de este lecho febril y mis talones malvados preparan ya su andar astuto...
Entonces, fingirás que te despiertas. Entonces podré refugiarme en ti, con confusas quejas injustas, con suspiros exagerados, con crispaciones que maldecirán el día llegado ya, la noche tan tarde en terminar, el ruido de la calle... Porque sé que entonces apretarás tu abrazo, y que, si el acunamiento de tus brazos no es suficiente para calmarme, tu beso se hará más tenaz, tus manos más amorosas, y que me concederás la voluptuosidad como un socorro, como el exorcismo soberano que expulsa de mí a los demonios de la fiebre, de la ira, de la inquietud... Me darás la voluptuosidad, inclinado sobre mí, los ojos llenos de una ansiedad maternal, tú que buscas, a través de tu amiga apasionada, el hijo que no has tenido...

19 de abril de 2010

Un artista del trapecio

Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

7 de abril de 2010

Acuérdate

Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga ángel maldito" cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos "el Abuelo" por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre música y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias" y la canción esa de "ahí te mando, Señor, otro angelito". De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La debes haber conocido, pues era muy discutidora y cada rato andaba en pleito con las vendedoras en la plaza del mercado porque le querían dar muy caros los jitomates, pegaba gritos y decía que la estaban robando. Después, ya pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca a sus hijos". Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en el bolso: canicas ágata, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.
Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió tonto a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse tuvo que poner un puesto de tepeche en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas refinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.
Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepeche que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.
Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre el risón de todos, pasándolo por una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándolos a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro".
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen que su tío Fidencio, el del molino, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.
Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en la banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.
Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando las campanas todavía estaban tocando el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos y la gente que estaba en la Iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.
Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.
Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

Canope 2: Historias minimas para mentes amplias

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Bienvenidos a Canope II, la esperada continuación a la primera antología de microrrelatos editada por Ediciones Efímeras hace ya dos años. En esta ocasión contamos con un autor, Jorge Antares, que nos ofrece un excelente conjunto de microrrelatos de diversos estilos y géneros, aunque prime en ellos el fantástico. La selección ha sido ilustrada minuciosamente por Pedro Belushi, que ha aportado además una exquisita portada para la edición.
Lean los relatos sin prisa. No los lean todos seguidos.
Proporciónenle a cada pequeña obra el tiempo necesario para degustarla, porque la prisa no es buena consejera. Merece la pena deleitarse con cada microrrelato de Jorge Antares, de verdad. Hemos trabajado en esta antología con cariño, y sólo queremos pedirles una
cosa.
Disfrútenla.
Jorge Antares